You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Un castigo inesperado (capítulo 3)

Hola espero que le guste el capítulo, voy a subir imágenes extra en mi cuenta de x disfrute el capítulo y quiero saber su opinión y su tiene alguna ideas 

Toc, toc, toc.

Rodrigo se despertó de golpe, el corazón martilleándole en el pecho. ¿Otra vez? ¿Quién demonios podía ser a esta hora? ¿No podía dejarme dormir en paz?

-Ya voy -gruñó, arrastrándose fuera de la cama.

Se puso la camisa blanca que colgaba del respaldo de una silla y caminó hacia la puerta, aún medio dormida, frotándose los ojos con el dorso de la mano. Los pechos le rebotaban con cada paso, ese recordatorio constante de su nueva realidad.

Abrió la puerta.

Un repartidor estaba al otro lado, con una caja de cartón entre las manos y una tableta en la otra.

-Eh... ¿Lucía Martínez? -preguntó, mirando la pantalla.

Rodrigo sintió cómo la ira le subía por la garganta. Ese nombre. Ese maldito nombre. Cada vez que lo escuchaba era como si alguien le clavara una aguja.

-Sí, soy yo -respondió, con la voz tensa-. ¿Qué quieres?

El repartidor, un chico joven con uniforme de mensajería, levantó la vista y parpadeó al verla. Sus ojos recorrieron instintivamente su figura: sus enormes pechos, sus muslos, el pelo revuelto. Se sonrojó y apartó la mirada rápidamente.

-Vengo a... a entregarle un paquete, señorita -dijo, tendiéndole la caja-. Aquí tiene.

Rodrigo agarro la caja sin darle las gracias y cerró la puerta en su cara.

La dejó sobre la mesa del comedor y la abrió. Dentro había una mochila escolar, varios cuadernos, bolígrafos, lápices... todo lo que necesitaría para las clases. También había una nota escrita a mano: "Materiales escolares. Agente G."

Rodrigo miró la mochila con desprecio. Todo preparado. Todo listo. Como si fuera una maldita estudiante de verdad.

Y entonces lo recordó. Hoy era su último día de libertad. Mañana empezaba la escuela.

Se dejó caer en la silla, con la mochila entre las manos. Mañana tendría que salir de ese departamento. Mañana tendría que caminar por las calles con ese cuerpo. Mañana tendría que sentarse en un aula rodeada de adolescentes que no sabían quién era realmente.

La idea le horrorizaba.

Pero era lo que tenía que hacer. Si quería volver a su cuerpo, si quería recuperar su vida, tenía que cumplir la condena. Dos años. Dos malditos años.

El resto del día lo pasó preparando sus cosas. Revisó los papeles que el agente le había entregado: el horario de clases, el reglamento escolar, un mapa del instituto, la ubicación. No era como si tuviera algo mejor que hacer. Ordenó el pequeño departamento, e incluso intentó cocinar algo pero no salió bien.

Cuando cayó la noche, ya tenía todo listo. La mochila preparada junto a la puerta, el uniforme colgado en el armario, el despertador configurado para las seis de la mañana.

Se metió en la cama y cerró los ojos.

Pero no podía dormir.

No era solo la dificultad habitual de encontrar postura con aquellos pechos enormes. Era algo más. Estaba nervioso. Nervioso como no lo había estado en años. Ni siquiera el día de su juicio había sentido esos nervios. Aquello había sido diferente; estaba seguro de que saldría impune. Pero esto... esto era un salto al vacío.

Se removió en la cama, intentando relajarse. Respiró hondo. Contó hasta cien. Nada funcionaba.

Y entonces empezaron.

Los gemidos.

Al principio fueron suaves, apenas audibles. Pero pronto crecieron, se hicieron más intensos, más rítmicos. Esos malditos gemidos del departamento de al lado. Manuel. Otra vez.

-No, no, no... -murmuró Rodrigo, tapándose los oídos con la almohada.

Pero los gemidos se colaban igual. Y esta vez... esta vez hicieron algo más que molestarle.

Rodrigo sintió un cosquilleo. Un calor extraño que nacía en su bajo vientre y se extendía hacia abajo, hacia un lugar que había estado intentando ignorar desde que despertó en ese cuerpo. Un lugar que ahora palpitaba, que le exigía atención.

-¿Qué...? -susurró, confundida.

Era excitación. Lo reconoció al instante, aunque nunca la había sentido así. Nunca en su propio cuerpo. Había sentido deseo antes, por supuesto. Había deseado a mujeres, había tenido sexo con ellas. Pero esto era diferente. Esto nacía de dentro, de su propio cuerpo, de esa nueva anatomía que aún no comprendía del todo.

Los gemidos de Manuel seguían. Cada vez más fuertes. Cada vez más obscenos.

Y el cosquilleo se intensificó.

Rodrigo apretó las piernas, tratando de ignorarlo. Pero era inútil. Su cuerpo respondía solo, como si tuviera vida propia. Podía sentir cómo su ropa interior se humedecía, cómo sus pezones se endurecían contra la copa de bra.

-Maldita sea... -jadeó, avergonzada.

Se sentó en la cama. Necesitaba hacer algo. Necesitaba parar esto. Pero no sabía cómo.

O quizás... quizás sí lo sabía.

Con manos temblorosas, se quitó la camisa blanca. Sus pechos quedaron solo cubiertos por el Brasier, enormes, pesados, con los pezones duros y sensibles. Intentó mirar hacia abajo, hacia su entrepierna, pero sus propios tetas le tapaban la vista. Malditos sean.

Se levantó de la cama y fue hacia el espejo del armario. Se sentó en el suelo, frente a su reflejo, y abrió las piernas.

Allí estaba. A través de la tela de las bragas negras, podía ver la forma de su nueva anatomía. Los labios que se insinuaban, la humedad que ya empezaba a manchar la tela.

Tragó saliva.

Lentamente, llevó una mano hacia abajo. Sus dedos rozaron la tela de las bragas, justo en el centro. Un escalofrío le recorrió la columna.

-Oh... -escapó de sus labios, un sonido que apenas reconoció como propio.

Estaba mojada. Completamente mojada. No podía creerlo. Su cuerpo, ese cuerpo que odiaba, estaba respondiendo. Estaba deseando.

Cerró los ojos y siguió tocando. Presionó con los dedos, frotando suavemente a través de la tela. Cada roce enviaba una descarga de placer que le subía por el vientre, que le hacía arquear la espalda.

Los gemidos de Manuel seguían sonando al otro lado de la pared. Y ahora, en lugar de molestarla, parecían acompañarla. Parecían animarla.

Rodrigo no pudo más. Se quitó las bragas con un movimiento brusco y las arrojó a un lado. Ahora estaba completamente expuesta ahí abajo frente al espejo, con las piernas abiertas, mostrándose a sí misma lo que era.

Y lo que vio la dejó sin aliento.

Su coño. Rosado, húmedo, palpitante. Los labios exteriores, suaves y carnosos. Y en el centro, ese pequeño botón que parecía concentrar toda la sensibilidad de su cuerpo.

Nunca había visto uno asi de esta manera. Nunca había prestado atención a los cuerpos de las mujeres que había tocado. Para él eran solo un medio, un instrumento para su propio placer. Pero ahora... ahora era suyo. Y era hermoso.

Con dedos temblorosos, se tocó.

El contacto directo fue eléctrico. Un gemido escapó de su garganta, agudo y sorprendido. Nunca había sentido nada así. Nunca.

Comenzó a moverse en círculos, lentamente, explorando. Cada roce le enviaba oleadas de placer que le recorrían todo el cuerpo. Sus pechos subían y bajaban con su respiración agitada, los pezones tan duros que dolían. Podía sentir cómo su interior se contraía, cómo su cuerpo entero se preparaba para algo.

-Esto... esto es... -jadeó, sin poder terminar la frase.

Aumentó el ritmo. Sus dedos se movían más rápido, más firmes. Ahora no era solo exploración; era necesidad. Necesitaba más. Necesitaba llegar a algún lugar.

Recordó cómo lo hacía con las mujeres. Cómo ellas gemían y se retorcían cuando él las tocaba. Cómo les pedían más, más rápido, más fuerte. Ahora entendía por qué.

Se deslizó un dedo hacia abajo, hacia su entrada. Estaba tan húmeda que entró sin resistencia. La sensación de tener algo dentro, de sentirse llena, era nueva y extrañamente satisfactoria. Movió el dedo lentamente, explorando, y luego añadió otro.

-Ah... -gimió, arqueando la espalda.

Con la otra mano, llevó sus dedos a su clítoris. Ahora tenía dos puntos de placer, dos fuentes de sensación que se combinaban, que la llevaban más y más alto.

Los gemidos de Manuel ya no eran molestos. Ahora eran un estímulo más. Imaginó que era ella la que gemía así, la que se retorcía de placer. Imaginó que aquellos sonidos eran suyos.

Su respiración se aceleró. El calor en su vientre creció, se concentró, se volvió insoportable. Sentía que algo se acercaba, algo enorme, algo que nunca había experimentado.

-No... no puedo... -jadeó, pero no quería parar.

Más rápido. Más fuerte. Sus dedos se movían con furia, su cuerpo se arqueaba, sus pechos temblaban con cada movimiento. Los gemidos escapaban de sus labios sin control, cada vez más agudos, más desesperados.

Y entonces...

-¡Ahhh!

Todo explotó.

Su cuerpo se tensó, su espalda se arqueó hasta casi doler, y una ola de placer puro, devastador, la recorrió de pies a cabeza. Su interior se contrajo una y otra vez, palpitando alrededor de sus dedos. Un grito ronco escapó de su garganta, un sonido que nunca había hecho, que no sabía que podía hacer.

Duró segundos. Minutos. No lo sabía. El tiempo se detuvo mientras su cuerpo se sacudía con espasmos de placer, mientras cada fibra de su ser se disolvía en esa sensación.

Cuando finalmente terminó, se derrumbó contra el suelo, jadeando, sudando, temblando.

-Dios mío... -susurró, con los ojos cerrados.

No podía creerlo. No podía creer que se sintiera así. Que un cuerpo pudiera dar tanto placer. Que ella -él- pudiera experimentar algo así.

Se quedó allí, tumbada en el suelo frío, con las piernas aún abiertas, sintiendo cómo su respiración se calmaba poco a poco. Los gemidos de Manuel habían cesado. El silencio volvía al edificio.

Pero ella no podía moverse. Estaba agotada. Completamente agotada.

Y antes de darse cuenta, se quedó dormida allí mismo, semi desnuda en el suelo, con la mejilla pegada al piso frío.

---

El sonido del despertador la sacó de su sueño.

Rodrigo abrió los ojos, desorientada. El techo que veía era el mismo de su habitación. Y estaba en el suelo. Y estaba casi desnuda.

De golpe, todo volvió a su mente. La noche anterior. Los gemidos. El espejo. Sus manos. El orgasmo.

-No... -gimió, incorporándose-. No, no, no, no...

Se miró. Su cuerpo desnudo, brillante de sudor y algo más. El espejo frente a ella, que ahora reflejaba su figura con toda claridad: los pechos enormes, las caderas anchas, su coño aun húmedo.

-¿Qué hice? -se susurró-. ¿Qué demonios hice?

Se levantó rápidamente y corrió al baño, con las mejillas ardiendo de vergüenza. Se metió en la ducha y abrió el agua fría, dejando que le golpeara la piel, que le limpiara el sudor y los restos de lo que había hecho.

Mientras el agua caía, no pudo evitar pensar en lo que había sentido. Ese placer. Ese orgasmo. Nunca había experimentado algo así. Ni con todas las mujeres que había tenido en su cama. Ni siquiera se acercaba.

-Fue un momento de debilidad -se dijo, restregándose la piel con fuerza-. Solo eso. Necesitaba relajarme. Necesitaba dormir. Eso es todo.

Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no era verdad. Sabía que había algo más.

Cerró el grifo y salió de la ducha. Se secó rápidamente y fue hacia su habitación. En el armario estaba el uniforme, todavía en su bolsa de plástico. El uniforme que había estado evitando desde que el agente se lo entregó.

Hoy ya no podía evitarlo más.

Agarró la bolsa y la abrió. Sacó las prendas una por una: unas medias blancas, una falda de tablas azul marino que parecía demasiado corta, una blusa blanca de botones. Todo impecable, todo nuevo.

-Vamos -se dijo, respirando hondo.

Se puso primero las bragas y el sujetador, ambos negros, los únicos que le gustaba. Luego las medias blancas, que le subían hasta medio muslo y le apretaban ligeramente. Después la falda, que efectivamente era corta, dejando sus muslos al descubierto. Y finalmente la blusa, que al abrocharla le quedó... ajustada. Muy ajustada.

Rodrigo se miró en el espejo de la habitación. El sujetador negro se marcaba claramente a través de la tela blanca. Los botones parecían a punto de saltar. La falda le llegaba apenas a medio muslo.

Un castigo inesperado (capítulo 3)


-No puedo ir así -murmuró.

Agarró su celular y escribió un mensaje al Agente G: "Oye, la camisa está muy ajustada. No puedo usar esto."

Esperó. Un minuto. Dos. Cinco.

No hubo respuesta.

-Maldito... -siseó.

Miró la hora. Tenía que salir ya si quería llegar a tiempo. No había opción. Tendría que ir así.

Se puso unos zapatos negros que había encontrado en el fondo del armario, cogió la mochila y se dirigió a la puerta.

Antes de salir, se detuvo un momento. Su reflejo en el espejo del recibidor la miraba. Una adolescente de cuerpo exuberante, con uniforme escolar ajustado, pelo oscuro cayendo sobre los hombros, expresión de horror en el rostro.

-Dos años -se recordó-. Solo dos años.

Abrió la puerta y salió al pasillo.

Rodrigo salió de su departamento con la mochila al hombro y el corazón latiéndole con fuerza. Cada paso que daba con aquellos zapatos le recordaba lo absurdo de su situación. La falda le rozaba los muslos con un movimiento que no podía ignorar, y la blusa ajustada le oprimía el pecho de una forma que la hacía sentirse expuesta.

Cerró la puerta con llave y se giró hacia el pasillo.

Y entonces lo vio.

Manuel estaba de pie frente a su puerta, apoyado contra el marco con una sonrisa perezosa en los labios. Llevaba una pantalonera y una camiseta sin mangas que dejaba ver sus brazos musculosos. En una mano sostenía un cigarrillo a medio consumir.

Pero no era eso lo que llamó la atención de Rodrigo.

Junto a Manuel, una mujer se alejaba por el pasillo. Caminaba con dificultad, con las piernas temblorosas y una expresión de agotamiento absoluto en el rostro. El pelo despeinado, la ropa arrugada, los ojos vidriosos. Parecía que apenas podía mantenerse en pie.

Rodrigo se quedó paralizada.

Los gemidos. Los malditos gemidos de las últimas noches. Esos sonidos que no la habían dejado dormir. Esos gemidos que anoche... que anoche la habían llevado a hacer lo que hizo.

Esa mujer era la fuente.

Y Manuel... Manuel era el causante.

Rodrigo sintió cómo sus mejillas se encendían al imaginar la escena. Esa mujer, agotada, satisfecha hasta el límite. Manuel, con esa sonrisa arrogante, fumando tranquilamente después de... de lo que fuera que hubieran hecho.

No pudo evitarlo. Su mente, traidora, la transportó a la noche anterior. A sus propios dedos. A su propio orgasmo. A esa sensación devastadora que la había dejado temblando en el suelo.

¿Era así como se sentía esa mujer? ¿Así de agotada? ¿Así de satisfecha?

-Buenos días, Lucía.

La voz grave de Manuel la sacó de sus pensamientos. Rodrigo parpadeó y volvió a la realidad. La mujer ya se había ido. Manuel seguía allí, apoyado contra el marco, mirándola con esos ojos oscuros que parecían verlo todo.

-¿Cómo estás? -continuó él, dando una calada a su cigarrillo-. Veo que ya estás lista para la escuela. Se te ve muy bien el uniforme.

Rodrigo apretó los dientes. Podía sentir la mirada de Manuel recorriéndola de arriba abajo, deteniéndose en la blusa ajustada, en la falda corta, en las medias blancas que le subían por los muslos.

-ya me tengo que ir- respondió, seca, ajustándose la mochila al hombro.

Camino hacia las escaleras, pero Manuel levantó una mano para detenerla.

-Espera un momento -dijo, con esa sonrisa que no le gustaba nada-. Hay que hablar un poco. Ya que somos vecinos, hay que conocernos.

Rodrigo se detuvo. Lo miró con el ceño fruncido.

-¿Conocernos? -repitió, con un tono que dejaba claro que no tenía el menor interés-. Mira, no quiero ser grosera, pero no tengo tiempo para hablar. Tengo que llegar a la escuela.

Manuel soltó una risita, sin apartarse del marco.

-Tranquila, no te voy a morder -dijo, divertido-. Solo es curiosidad. Eres nueva aquí, yo llevo años en este edificio. Es lo normal entre vecinos, ¿no?

Rodrigo resopló. Podía seguir discutiendo, pero eso solo alargaría la conversación. Y si de verdad iba a quedarse dos años en ese lugar, mejor no ganarse enemigos.

-Está bien -cedió, cruzándose de brazos-. Pero rápido. No pienso llegar tarde por esto.

Manuel sonrió, satisfecho. Se apartó del marco y dio un paso hacia ella, acortando la distancia. Rodrigo no retrocedió. Se mantuvo firme, mirándolo directamente a los ojos, con una expresión que dejaba claro que no se sentía intimidada.

-¿Por qué te mudaste aquí? -preguntó Manuel, con un tono casual-. ¿Y cuánto tiempo te vas a quedar?

Rodrigo lo miró un segundo antes de responder.

-La escuela me quedaba cerca -dijo, sin más detalles-. Y me quedaré dos años. Eso es todo.

-Dos años -repitió Manuel, como si analizara cada palabra-. Es bastante tiempo.

Sus ojos brillaron con algo que Rodrigo no supo identificar. Algo que le puso los nervios de punta.

-¿Algo más? -preguntó Rodrigo, impaciente-. Porque si no, me voy.

Manuel levantó las manos en un gesto de rendición, todavía con esa sonrisa en los labios.

-Tranquila, tranquila -dijo-. Solo era curiosidad. Ya no te molesto más.

Rodrigo asintió, sin devolverle la sonrisa, y comenzó a caminar hacia las escaleras. Pasó junto a Manuel, sintiendo su mirada clavada en la nuca, en la espalda, en las caderas. La falda se movía con cada paso, y sabía que él estaba mirando.

Justo cuando lo dejó atrás, la voz de Manuel sonó de nuevo.

-Ah, y Lucía...

Rodrigo se detuvo, pero no se giró.

-Lo siento por los ruidos de anoche -dijo Manuel, con un tono que pretendía ser inocente pero que sonaba profundamente burlón-. Espero no haberte molestado. Jaja.

Rodrigo sintió cómo la sangre le subía a la cara.

Los ruidos. Los gemidos. Lo que había hecho ella mientras los escuchaba. Lo que había sentido. Lo que había hecho con sus propios dedos, imaginando...

-No -dijo, con la voz tensa-. No me molestaron en absoluto.

Y siguió caminando, más rápido ahora, con el corazón latiéndole con fuerza y las mejillas ardiendo de vergüenza.

Manuel la observó alejarse. Su sonrisa se ensanchó. Se llevó el cigarrillo a los labios y dio una calada larga, disfrutando del espectáculo.

-Esto va a ser más divertido de lo que pensaba -murmuró para sí mismo.

---

Rodrigo llegó al elevador y pulsó el botón. Nada. El indicador seguía apagado. Seguía sin funcionar.

-Maldita sea -siseó.

No le quedaba otra opción. Las escaleras.

Comenzó a bajar. Cada piso era una tortura. El peso de sus pechos la desequilibraba, haciéndola rebotar con cada escalón. La falda se le subía ligeramente con el movimiento, obligándola a bajarla una y otra vez. Las medias le apretaban los muslos. Los zapatos, que no eran de su talla, le rozaban los talones.

-Odio esto -murmuró, agarrándose a la barandilla-. Odio todo esto.

Cuando finalmente llegó a la planta baja, estaba sin aliento e irritada . Empujó la puerta del edificio y salió a la calle.

El aire fresco de la mañana le golpeó la cara. Por un momento, se permitió cerrar los ojos y respirar hondo. Solo un momento.

Luego abrió los ojos y se enfrentó al mundo.

La calle estaba llena de gente. Hombres y mujeres caminando apresurados, coches pasando, tiendas abriendo. Y entre toda esa gente, otros adolescentes con uniformes escolares similares al suyo, caminando en grupos, riendo, hablando.

Rodrigo comenzó a caminar. Había visto la dirección en los papeles del agente. El instituto no quedaba lejos, quizás 20 o 15 minutos a pie. Podía hacerlo.

Mientras caminaba, no pudo evitar fijarse en las otras estudiantes. Algunas la miraban de reojo. Otras murmuraba entre ellas, tapándose la boca con las manos. Los chicos... los chicos eran peores. No disimulaban. Sus ojos se clavaban en ella, recorriéndola de arriba abajo, deteniéndose en su pecho, en sus caderas, en sus piernas.

Rodrigo apretó el paso, ignorándolos.

-¿Has visto a esa? -escuchó que decía una chica a otra-Las tiene enormes.

-Ya, y esa falda... seguro que se la ha subido a propósito.

-Qué zorra.

Rodrigo apretó los puños. No iba a responder. Solo la iba a ignorar. Siguió caminando, con la mirada al frente, hasta que finalmente llegó a la entrada del instituto.

El edificio era grande, varias piso, con un cartel que decía "Instituto de Educación Secundaria Nº 7". Había decenas de estudiantes entrando y saliendo, formando grupos en las escaleras, hablando a gritos.

Rodrigo se detuvo un momento. Respiró hondo.

-Vamos -se dijo-. Solo son dos años.

Entró.

El vestíbulo estaba lleno de gente. En una de las paredes, junto a la entrada, había un tablón de anuncios con varias listas pegadas. Rodrigo se acercó y buscó su nombre.

Lucía Martínez. Salón 11.

-Salón 11 -murmuró-. ¿Dónde está el salón 11?

Miró a su alrededor, buscando alguna señal. Encontró un pasillo a la derecha con flechas que indicaban los números de las aulas. Siguió el pasillo, sintiendo cómo la gente la miraba a su paso. Algunos chicos silbaban bajito. Algunas chicas se reían.

Ignorándolos, llegó hasta el salón 11. La puerta estaba abierta. Dentro ya había varios estudiantes sentados, hablando entre ellos.

Rodrigo entró.

Y en ese momento, todas las conversaciones cesaron.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

Los chicos abrieron los ojos, algunos con la boca ligeramente abierta. Las chicas la miraron con expresiones que iban desde la curiosidad hasta la envidia, pasando por la clara hostilidad.

Rodrigo sintió cómo el rubor le subía a las mejillas. Se sentía como un animal en exhibición. Como si estuviera desnuda frente a todos ellos.

Sin decir nada, caminó hacia el fondo del aula y se sentó en una de las sillas libres, junto a la ventana. Dejó la mochila en el suelo y se cruzó de brazos, tratando de hacerse lo más pequeña posible.

Justo en ese momento, la campana sonó.

Rodrigo seguía sentada en su asiento, con la mirada clavada en la superficie del escritorio. Todavía sentía algunas miradas sobre ella. Algunos alumnos, más disimulados que otros, seguían girándose de vez en cuando para observarla. Los chicos, sobre todo. Esas miradas que se deslizaban por su espalda, por su nuca, por sus hombros. Le daba igual. Solo quería que aquello terminara.

La puerta del salón se abrió y entró una mujer de mediana edad, con gafas y una expresión amable. Se presentó como la profesora de literatura y, tras una breve introducción, mencionó que había alumnos nuevos y que esperaba que todos se llevaran bien. Luego comenzó a explicar el programa de su clase, los libros que leerían, los trabajos que tendrían que entregar.

Rodrigo apenas le prestaba atención. Era lo mismo que decían todos los maestros. Explicaciones largas, normas, expectativas. Nada que le importara. Nada que le sirviera.

Las clases pasaron una tras otra. Cada profesor entraba, se presentaba, explicaba lo mismo. Rodrigo se limitaba a mirar por la ventana, a dibujar garabatos en un cuaderno vacío, a contar los minutos que faltaban para que aquello terminara.

Hasta que llegó la hora del receso.

La mayoría del salón se levantó de inmediato, formando grupos, riendo, hablando a gritos. Salieron al pasillo, algunos hacia el patio, otros hacia la cafetería. Rodrigo se quedó en su escritorio.

No tenía dinero. Tampoco tenía lonche. Se le había olvidado por completo. Bueno, en realidad, nunca lo había necesitado. Antes tenía dinero de sobra, tarjetas de crédito, cuentas bancarias. O tenía gente que se encargaba de esas cosas por él. Asistentes, secretarias, empleados. Siempre había alguien que le traía el almuerzo, que le preguntaba qué quería comer, que se aseguraba de que no le faltara nada.

Ahora no había nadie.

Se quedó sentada, con la cabeza baja, los brazos cruzados sobre el escritorio. El hambre le retorcía el estómago. Había desayunado poco, solo un poco de lo que había en el refrigerador. Y ahora, con el estómago vacío y los nervios del primer día, se sentía mareada.

Su estómago rugió. Fuerte.

Rodrigo cerró los ojos, avergonzada. Esperaba que nadie lo hubiera escuchado.

-Oye, tú.

Una voz a su derecha. Rodrigo levantó la cabeza, sorprendida.

Era el chico que se sentaba a su lado. No le había prestado atención en todo el día. Era un poco gordo, algo bajito, con el pelo despeinado y una expresión nerviosa. Tenía el brazo extendido, ofreciéndole una caja de plástico.

-¿Qué? -preguntó Rodrigo, frunciendo el ceño.

El chico se encogió un poco, como si se arrepintiera de haber hablado.

-Es que... me sobra uno -dijo, con voz temblorosa-. Y creo que tienes hambre.

Rodrigo miró la caja. Luego al chico. Luego la caja otra vez.

-Eh... gracias -dijo, alargando la mano para agarrarla.

El chico se lo entregó con manos temblorosas, evitando mirarla directamente. Rodrigo abrió la caja. Dentro había comida casera: arroz, carne guisada, unas verduras. Olía bien. Muy bien.

-¿Por qué tienes dos? -preguntó Rodrigo, señalando la otra caja que el chico tenía en su escritorio.

El chico se puso aún más nervioso.

-Emm... es que siempre me traigo dos -murmuró-. Por si acaso. Y... si quieres te puedo dar uno. Bueno, solo si quieres.

Rodrigo lo miró. Podía ver lo nervioso que estaba, cómo evitaba mirarla a los ojos, cómo sus manos jugueteaban con el borde de su propia caja. Era patético. Pero también era útil.

-Sí, eso me alegraría mucho -dijo Rodrigo, suavizando la voz, esbozando una sonrisa dulce.

El efecto fue inmediato. El chico se puso rojo. Sus ojos se abrieron, su boca se abrió y se cerró sin emitir sonido. Parecía que acababa de ganar la lotería.

-S-sí, a mí me encantaría comer con una chica tan linda -tartamudeó-. O sea, no digo que me gustes, pero sí que estás linda... mejor me callo.

Rodrigo soltó una risita. Una risita dulce, falsa, calculada. El chico casi se derrite en su asiento.

-Eres muy amable -dijo Rodrigo, mientras pensaba en lo repugnante que era todo aquello.

El chico no dejaba de mirar sus pechos. Lo hacía sin disimula, con miradas rápidas, pero Rodrigo lo notaba. Era incómodo. Asqueroso. Pero la comida estaba deliciosa. Hacía mucho que no comía comida casera. Desde antes del juicio, quizás. Desde que su vida era un torbellino de restaurantes caros y comidas preparadas por chefs personales.

Comieron en silencio durante la mayor parte del receso. Rodrigo, concentrada en la comida. El chico, concentrado en no mirarla demasiado y fracasando estrepitosamente.

-Voy al baño -dijo el chico de repente, levantándose.

Rodrigo asintió sin mirarlo. Siguió comiendo.

Unos minutos después, ella también necesitaba ir al baño. Se levantó y salió del aula. Los pasillos estaban casi vacíos, la mayoría de los estudiantes seguían en el patio o en la cafetería. Caminó hasta el baño, hizo lo que tenía que hacer, y salió.

Al regresar, tomó un pasillo más largo, un atajo que había visto antes. Y entonces los vio.

Al fondo del pasillo, en un rincón, el chico gordo estaba contra la pared. Frente a él, un chico alto, musculoso, con el pelo rubio y una sonrisa cruel. Le estaba diciendo algo, algo que Rodrigo no alcanzaba a escuchar. Pero por la postura del chico gordo, por la forma en que tenía los hombros encogidos, por cómo miraba al suelo, estaba claro lo que pasaba.

Rodrigo se detuvo un momento. Los observó.

El chico gordo no la vio. El chico alto tampoco. Estaban demasiado concentrados el uno en el otro.

Rodrigo podría haber intervenido. Podría haber dicho algo. Podría haber ayudado.

Pero no lo hizo.

Se dio la vuelta y siguió caminando hasta su aula. Se sentó en su escritorio y esperó a que sonara la campana.

No era su problema. No era asunto suyo.

La campana sonó. Los estudiantes comenzaron a volver. El chico gordo entró unos minutos después, con la cabeza baja, evitando mirar a nadie. Se sentó a su lado en silencio.

-Lo siento por la tardanza -murmuró-. Es que tuve... problemas. Y creo que no sé tu nombre. Jaja. Soy Juan.

Rodrigo lo miró de reojo.

-Soy Lucía -dijo, sin más.

Juan asintió, con una pequeña sonrisa. Luego se quedó callado, mirando al frente.

Entró un maestro. La rutina continuó. Explicaciones tediosas, normas, expectativas. Rodrigo se desconectó otra vez.

Llegó una hora libre. Los estudiantes se reunieron en grupos, hablando, riendo. Rodrigo se quedó en su escritorio. Juan, a su lado, parecía querer decir algo, pero no encontraba las palabras. Abría la boca, la cerraba, se retorcía las manos. Rodrigo lo ignoraba. Solo quería que aquello terminara.

Faltaba una clase. Solo una.

-Ey, amiga porque tan sola ?

Rodrigo levantó la cabeza. Una chica estaba de pie frente a su escritorio. Rubia, atractiva, con unos pechos bastante grandes y una sonrisa que pretendía ser amistosa.

-¿Disculpa? -dijo Rodrigo.

-Te veía tan sola que pensé que necesitabas una amiga -dijo la chica-. Me llamo Ángela. Espero que nos llevemos bien. Eres nueva, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?

Rodrigo la miró. Había algo en esa sonrisa que no le gustaba.

-Sí, soy Lucía -respondió, con tono neutro.

Ángela se sentó en el borde del escritorio, invadiendo su espacio personal.

-Amiga, ¿cómo le hiciste para tenerlas así? -preguntó, señalando con un gesto sus propios pechos-. ¿Qué te dieron de comer? Pasa tips.

Rodrigo parpadeó.

-Eh... solo es genética, creo.

-Ya veo -Ángela asintió, como si la respuesta la hubiera decepcionado-. Bueno, si tienes alguna duda o problema, te puedo ayudar sin problema. Y si te sientes sola, puedes venir conmigo. Siempre estoy con mis amigas. Bueno, ya te dejo. Nos vemos.

Se alejó, caminando hacia un grupo de chicas que esperaban al fondo del aula. En cuanto se reunió con ellas, todas comenzaron a reír, mirando disimuladamente hacia Rodrigo.

Rodrigo apretó los dientes. No soportaba a la chica.

La última clase pasó con lentitud. Cuando finalmente sonó la campana, Rodrigo se levantó de inmediato. Agarró su mochila y se dirigió hacia la salida, sin mirar a nadie.

Mientras caminaba por el pasillo, sintió algo extraño en el pecho. Un tirón. Luego otro.

Y entonces...

!Pop!
gender bender

El botón de su blusa saltó. Uno de los botones superiores, justo en el centro del pecho, salió disparado y cayó al suelo. La blusa se abrió de golpe, dejando a la vista una gran porción de sus pechos, cubiertos apenas por el sujetador negro.

Rodrigo se quedó helada.

El aire frío del pasillo le golpeó la piel expuesta. Y entonces lo sintió. Sus pezones, que ya estaban sensibles por el roce constante de la tela ajustada, reaccionaron al instante. Se endurecieron, erguidos, presionando contra el sujetador negro, marcándose con claridad a través de la tela.

Y la blusa seguía abierta. El sujetador era lo único que cubría sus pechos, y los pezones duros se veían perfectamente a través del encaje.

-Uff, mira eso...

-¡Mierda, son enormes!

-Qué rico...

Las voces llegaron desde algún lugar del pasillo. Rodrigo giró la cabeza, aturdida, y vio a varios alumnos mirándola. Un grupo de chicos, apoyado contra la pared, con los ojos clavados en su pecho. Uno de ellos se pasó la lengua por los labios. Otro soltó un silbido bajo.

-Cállate, idiota -dijo otro, pero también sonreía-. Te puede oír.

Rodrigo seguía paralizada. Su cerebro tardaba en procesar lo que estaba pasando. La blusa abierta. Los pezones duros. Las miradas. Las risas. Los comentarios.

-Dios, míralos -susurró una chica a su amiga-. Se le marcan totalmente. Qué vergüenza.

-Ya, pero con esas tetas, normal que se le salgan -respondió la otra, con una risita-. Seguro que lo hace a propósito.

Las palabras le llegaron como golpes. Rodrigo sintió cómo la sangre le subía a la cara, cómo el rubor le encendía las mejillas, el cuello, incluso el pecho. Pero su cuerpo no reaccionaba. Seguía allí, de pie, con la blusa abierta y los pezones erectos, expuesta a las miradas de todos.

Finalmente, su cerebro pareció volver a funcionar. Agarró la mochila y se la puso delante del pecho, ocultando lo más que pudo. Pero el daño ya estaba hecho. Las risas, los comentarios, las miradas lascivas... todo quedaba grabado en su memoria.

Con las mejillas ardiendo, caminó lo más rápido que pudo hacia la salida. No se detuvo. No miró atrás. Solo caminó, y caminó, y caminó, sintiendo todavía los pezones duros rozando contra el interior de brasier, recordándole constantemente lo que acababa de pasar.

Salió del instituto y el aire fresco le golpeó la cara. Pero no sirvió de nada. La vergüenza seguía allí, ardiendo en su interior. Hasta que finalmente llegó a su edificio, subió las escaleras de 2 en 2, y entró en su departamento.

Cerró la puerta de golpe.

Se apoyó contra la madera, respirando agitada.

-¿Qué mierda fue eso? -susurró.

Miró hacia abajo. La camisa seguía abierta, mostrando el brasier, mostrando sus pechos. El botón perdido. La tela rasgada.

-Maldito uniforme -siseó.

Se alejo de la puerta y caminó hacia su habitación. Se quitó la camisa, la arrojó al suelo, y se dejó caer en la cama.

0 comentarios - Un castigo inesperado (capítulo 3)