En el sofá del departamento deIván, la luz cálida de las lámparas y el brillo de unas cuantas velas envolvíanla habitación en una atmósfera densa, íntima. La película de terror que tantole gustaba a él corría en la pantalla, pero ninguno de los dos prestabaverdadera atención. Éthel, de dieciocho años, estaba sentada con las piernascruzadas, el pantalón de pijama a cuadros rosados y grises, y un top detirantes de encaje blanco tan escotado que el decolleté le quedaba casi porcompleto expuesto. El cabello largo y ondulado le caía sobre los hombros.Sonreía, aún fascinada por estar allí, en el lugar de su hermano, después dehaber bebido ya un buen vino.
Iván, de diecinueve, tenía elbrazo pasado por detrás del respaldo. La camiseta blanca le marcaba el pecho ylos brazos. En una mano sostenía el control remoto. Entre los dos, sobre lasrodillas de ella, un bol de palomitas casi olvidado. La manta gris cubría partede sus piernas. El departamento olía a vino, a jabón de hombre y a algo máscaliente que ninguno nombraba todavía.
La tensión creció despacio. Cadavez que Éthel se acomodaba, el tirante se deslizaba un milímetro y el escote seabría un poco más. Iván no podía dejar de mirarle la boca: labiosentreabiertos, brillantes por el vino, un poco más rojos de lo normal. El impulsode inclinarse y besarla le apretaba la mandíbula. Sabía que ella podíaresponder mal. Aun así, su vergón grueso y largo ya estaba completamente durodentro del pantalón, latiendo contra la tela cada vez que ella se movía.
Ella lo vio. No fue a propósitoal principio, pero cuando la luz de la tele iluminó el sofá, su mirada bajó yse quedó atrapada. El pantalón de Iván ya no disimulaba nada. La tela estabatensada de forma obscena sobre un bulto grueso y largo que apuntaba hacia unlado. Se veía el contorno claro: ancho en la base, alargado, con esa curvapesada. Más abajo, el saco de sus huevos se marcaba también, llenos yapretados. Cada vez que él se movía, el bulto latía. Éthel tragó saliva. Elcontraste entre la camiseta blanca y ese paquete tan evidente le dejó sin aire.Estaba duro por ella. Y ya no podía esconderlo.
Era virgen. Nunca había tenidonada dentro. Nunca había sentido algo más grande que sus propios dedos. Al verel tamaño real de su hermano, la pregunta se le atravesó sin piedad: ¿esoentrará? ¿Dolerá mucho? El miedo era real. Duele, seguro que duele la primeravez, sobre todo con algo tan grueso y largo. Pero debajo del miedo había otracosa más oscura y más caliente: la curiosidad de saber exactamente cómo sesentiría tenerlo dentro.
Iván se dio cuenta de la miradade ella al instante. En lugar de avergonzarse, se enorgulleció. Una mediasonrisa ladeada se le escapó mientras apretaba el control remoto, haciendo queel bulto se marcara aún más. Pensó, sin decirlo todavía: Así quería llamartu atención, hermanita… Míralo bien. Es tuyo. Todo tuyo. Abrió un poco laspiernas para que ella viera mejor el contorno completo: largo, grueso,amenazante, completamente erecto por ella.
Los pensamientos de Éthel seamontonaban desordenados y calientes. Dios… se dio cuenta. Me está mirandomirarlo. El corazón le latía en el cuello. Es tan grande… ¿Cómo diablosva a entrar algo así? Voy a doler. Entre las piernas ya estaba húmeda. Elpijama se le pegaba un poco. Es mi hermano. No debería estar mirándolo así.Pero está duro por mí. Todo eso está duro por mí. El miedo y el deseo se lemezclaban hasta hacerse indistinguibles. Parte de ella quería apartar la vista.Otra parte, más oscura, quería que él se lo sacara. Quería verlo. Queríatocarlo. Quería saber cómo se sentía algo tan grueso empujando dentro de ellapor primera vez. Quiero que me lo meta. Aunque duela.
Iván se estiró con calma. Elmovimiento hizo que la tela se tensara todavía más sobre el vergón y los huevospesados. Tomó la botella y le sirvió a Éthel un vaso grande, casi hasta elborde. Ella lo aceptó. Los dedos le rozaron los de él y sintió una descarga quele subió por el brazo. Bebió. Al principio solo un trago, pero el nerviosismo yel calor entre las piernas hicieron que bebiera más rápido de lo habitual. Elvino le bajó caliente por la garganta, le aflojó la cabeza y le quitó el frenoa los pensamientos.
Se llevó una mano a la cara,cubriendo discretamente la mirada, como si pudiera esconder la vergüenza dehaber estado mirando tan abiertamente. Iván lo notó. Sin decir palabra, lecambió la copa. Le quitó el vaso que ella había empezado a beber rápido y lepuso en la mano el suyo, más lleno, casi rebosante.
-Bebe -murmuró en voz baja, casironca-. Tranquila.
Éthel tragó saliva detrás de lamano. El nuevo vaso pesaba más. El olor del vino era más fuerte. Sintió elcalor subirle a las mejillas y, al mismo tiempo, un latido más intenso entrelas piernas. Siguió con la mano medio tapándose la cara, pero los ojos se leescaparon otra vez hacia abajo, hacia ese vergón grueso que seguía marcándosesin piedad.
Se terminó el vaso de un últimotrago largo. El vino le quemó un poco la garganta y le subió directo a lacabeza. Cuando dejó la copa vacía, las mejillas le ardían y la mirada se lehabía vuelto más lenta. Iván acercó su propio vaso, todavía casi lleno, y se loofreció con una media sonrisa.
-Ayúdame con el mío, hermanita…No quiero beber solo.
Ella titubeó solo un instante. Elalcohol ya le había bajado las defensas lo suficiente como para no negarse.Tomó el vaso de él y bebió. Esta vez más despacio al principio, pero el mareodulce y el calor que le subía por el pecho hicieron que terminara bebiendo másde lo que pensaba. El vino le resbaló por los labios y ella los lamió sin darsecuenta, mientras Iván no le quitaba los ojos de encima.
Cuando por fin dejó el vasovacío, el departamento dio un leve giro a su alrededor. Ya no era solo unabotella. Llevaban dos enteras desde que empezaron. El cuerpo de Éthel estabacaliente, pesado; las piernas le temblaban un poco al intentar acomodarse mejoren el sofá. El top de encaje se le pegaba a la piel sudorosa y el bulto gruesode Iván seguía ahí, más evidente que nunca, a pocos centímetros de su mano.Estaba bien mareada. Lo suficientemente borracha como para que el miedo sedifuminara y el deseo se volviera más claro, más peligroso.
Parpadeó lento, la cabeza le dabavueltas.
-Iván… me siento mareada -susurró,la voz un poco pastosa.
Él no dudó. Pasó el brazoalrededor de sus hombros y la acercó con suavidad, pero con firmeza.
-Ven aquí. Recárgate en mí.
Ella obedeció. Se dejó caer delado contra su pecho, duro y caliente bajo la camiseta blanca. Sintió deinmediato la firmeza de los músculos, el calor de su cuerpo, el olor a hombre ya vino que le subió directo a la cabeza. La mejilla le quedó apoyada sobre elpectoral y, desde esa nueva posición, su mirada cayó otra vez hacia abajo…directamente sobre el vergón grueso que seguía marcándose sin piedad bajo latela, ahora aún más cerca, casi a la altura de su mano.
Iván empezó a acariciarla.Primero los hombros, despacio, con la yema de los dedos. Luego subió alcabello, pasando los dedos entre los mechones largos, acariciando el cuerocabelludo con una ternura que contrastaba con lo duro que estaba abajo. Despuésbajó al cuello, rozando la piel sensible justo debajo de la oreja, dibujandocírculos lentos que le provocaron escalofríos.
Éthel se nubló. El alcohol, elcalor de él, las caricias… todo se mezcló. La respiración se le volvió máspesada. Seguía mirando, desde ese ángulo tan íntimo, el contorno claro de lapolla gruesa y larga de su hermano, los huevos pesados apretados contra latela. Cada vez que él movía un poco la mano en su cuello, el bulto parecíalatir más cerca de su cara.
Ella ya no pensaba con claridad.Solo sentía. Y lo que sentía era peligroso.
Mientras la acariciaba, Iváninclinó la cabeza y empezó a besar su cabello, despacio, con los labios rozandolos mechones suaves. Después subió a su frente, dejando un beso caliente justoen el centro. Se acercó a su oído y le susurró con la voz baja, ronca, casitemblando:
-Siempre te voy a proteger… Estehogar es tuyo para cuando decidas venir las veces que sean a quedarte,hermanita.
Éthel levantó la cara paramirarlo. Los ojos se le habían puesto brillantes, nublados por el vino y poralgo más. Intentó agradecerle con un beso en la mejilla, pero el movimiento lesalió torpe, borracho. Sus labios aterrizaron cerquísima de los de él, rozándolosapenas.
Iván no dudó ni un segundo.
La tomó por la nuca con suavidadpero con firmeza y la besó de verdad. Un beso profundo, caliente, que sabía avino y a deseo contenido durante demasiado tiempo. Éthel intentó separarse porinstinto, el corazón disparado, pero él la detuvo con la mano en su nuca,inmovilizándola con ternura, sin permitirle alejarse del todo. Con la otra manobuscó la de ella, la tomó con calma y la llevó directo hasta su vergota gruesay dura, apretándola contra el bulto a través de la tela.
-Siéntela… -susurró contra suslabios, sin dejar de besarla entre palabras-. Es tuya, mi amor… tuya paracuando decidas hacerte mujer.
La polla de Iván latía fuertebajo la palma de Éthel. Gruesa, caliente, pesada. Ella temblaba, la respiraciónrota, los dedos sin saber si apretar o soltar. El beso seguía, más profundoahora, mientras él mantenía su mano firmemente sobre el vergón, haciéndolesentir exactamente lo que le pertenecía.
Ella logra apartar un poco loslabios, la voz temblorosa, casi un susurro:
-Es enorme, Iván… jamás cabría enmí…
Él sonríe contra su boca, unasonrisa lenta, segura, y la saborea de nuevo con un beso profundo, húmedo, quele roba el aire.
-Solo hay una forma deaveriguarlo…
Éthel lo mira, los ojos nublados,el pecho subiendo y bajando rápido. Iván le acaricia la mejilla con el dorso delos dedos y le pregunta en voz baja, casi íntima:
-¿Me dejas continuar, hermanita?
Ella intenta ser razonable. Laspalabras le salen entrecortadas, como si cada una le costara:
-Nuestros padres…
Él la besa más profundo, la lengua rozando la suya, mientras su mano libre subey envuelve una de esas tetas preciosas y hermosas a través del encaje,apretándola con ternura pero con posesión.
-Somos hermanos…
Otro beso, más largo, más caliente. La mano de Iván se desliza dentro del top,encontrando la piel desnuda, el pezón ya endurecido, acariciándolo en círculoslentos.
-La gente…
Sus labios no se separan de los de ella. Con habilidad sorprendente, desliza eltirante del top por el hombro y luego el otro, dejando los pechos libres. Latela cae hasta su cintura.
-Nuestros familiares…
Es la última justificación que logra decir. Para cuando las palabras salen desu boca, Iván ya la tiene semi desnuda junto a él: el top de encaje bajado, lospechos desnudos y pesados expuestos al aire fresco del departamento, elpantalón de pijama todavía puesto pero a punto de ceder. Ella se asombra de suhabilidad, de cómo en solo unos minutos y entre besos la ha desvestido casi porcompleto sin que ella pudiera detenerlo.
Él no se separa. Sin dejar debesarla, se quita la playera de un solo movimiento, revelando el torso marcado,los pectorales duros, el abdomen definido de hombre que entrena. Después bajael pantalón y la ropa interior juntos, empujándolos hacia abajo con una manomientras la otra sigue sosteniendo a Éthel contra su cuerpo. Cuando finalmentequeda desnudo, ella abre los ojos y se queda mirándolo, asombrada.
El cuerpo de semental, fitness,bronceado, con esa polla gruesa y larga ahora completamente libre, pesada,erecta, las venas marcadas, la cabeza brillante. Los huevos llenos y tensos.Todo de él, a centímetros de su mano y de su cuerpo casi desnudo.
Iván le retiró con ternura ydecisión lo poco de ropa que le quedaba. El pantalón de pijama a cuadros bajódespacio por sus caderas, llevándose también la última prenda íntima. Éthelquedó completamente desnuda sobre el sofá, temblando, los pechos pesadossubiendo y bajando con cada respiración agitada. Él no dijo nada. Solo la miróun segundo, como si estuviera memorizando cada centímetro de su cuerpo, ydespués empezó a besarla.
Primero el cuello, lento,caliente. Después el hueco de la clavícula. Bajó al centro del pecho, entreesas tetas preciosas, y las besó una por una, saboreando la piel suave,lamiendo los pezones ya duros hasta hacerla arquearse. Ella intentaba razonartodavía, las palabras saliéndole entrecortadas entre jadeos:
-Iván… no deberíamos… nuestrospadres…
Pero él seguía bajando. Besos enel vientre, en el ombligo, en la curva suave de sus caderas. Cada vez que ellaabría la boca para protestar, él respondía con otro beso más abajo, más íntimo.
-Somos hermanos… la gente…
Sus labios ya estaban en la parteinterna de sus muslos. Éthel apretó las piernas por instinto, pero él las abriócon suavidad, con esa misma decisión calmada. Cuando por fin llegó a suconejito, caliente y ya brillante de excitación, soltó un suspiro bajo contrala piel.
Y entonces la devoró.
La lengua de Iván era maestra.Larga, caliente, experta. Primero lamió despacio toda la ranura, de abajo haciaarriba, saboreando su humedad. Después se concentró en el clítoris, dibujandocírculos lentos, luego más rápidos, chupándolo con suavidad al mismo tiempo quesu lengua lo golpeaba una y otra vez. Éthel soltó el primer gemido alto,sorprendida por la intensidad.
-¡Ah… Iván…! ¿Qué… qué me estáshaciendo…?
Él no respondió con palabras.Solo abrió más sus muslos y hundió la cara entre ellos, comiéndosela con hambrecontenida. La lengua se metía entre los labios, la chupaba, la recorría entera.Al mismo tiempo, un dedo grueso y cálido empezó a tantear la entrada. La rozó,la rodeó, y después empujó apenas, encontrando al fin lo que tanto habíadeseado: el himen tenso, virgen, ese anillo de resistencia que le confirmabaque nadie había estado allí antes.
Éthel gritó cuando lo sintió.
-¡Iván…! ¡Ahí… no… se sienteraro…!
Pero él no se detuvo. Mientras eldedo presionaba suavemente el himen, sin romperlo todavía, solo tanteándolo,sintiendo su elasticidad, su lengua seguía devorando el clítoris con precisióncruel. Chupaba, lamiía, golpeaba. El placer subía demasiado rápido. Las piernasde Éthel empezaron a temblar sin control.
-¡No puedo…! ¡Iván… se siente… sesiente demasiado…!
El orgasmo la golpeó de repente.Fue su primer orgasmo con un hombre. El cuerpo se le arqueó entero, los muslosse le cerraron contra la cabeza de él, y un grito largo y agudo le salió delpecho:
-¡Iván…! ¡Me corro…! ¡Me estoycorriendo…! ¡Ahhhh!
Las contracciones la sacudieronuna tras otra. El conejito le palpitaba contra la boca de su hermano, mojándolotodavía más. Él no apartó la cara. Siguió lamiendo despacio mientras ella sesacudía, saboreando cada espasmo, el dedo todavía presionando con ternura esehimen virgen que tanto había deseado encontrar.
Cuando por fin el temblor bajó unpoco, Éthel quedó jadeando, los ojos llenos de lágrimas de placer, la voz rota:
-Iván… qué me hiciste… nunca…nunca había sentido algo así…
Él levantó la cara desde entresus piernas, los labios brillantes de ella, y sonrió con esa mezcla de ternuray hambre.
-Todavía no terminamos,hermanita…
Iván subió el cuerpo sobre el deÉthel y la besó con pasión, profundo, hambriento. Esta vez ella le respondió.Ya no había resistencia. Las justificaciones habían cedido por completo. Suslabios se abrían para recibirlo, su lengua buscaba la de él, y un gemido bajose le escapaba cada vez que él la mordisqueaba el labio inferior.
Cuando el beso se rompió, Iván seincorporó un poco y se arrodilló frente a ella en el sofá. Su vergón grueso ylargo quedaba a la altura de la cara de Éthel, pesado, brillante en la punta,las venas marcadas. Él le acarició el cabello con ternura.
-Mírame, hermanita… te voy aenseñar.
Ella lo miró, todavía temblandopor el orgasmo anterior, y se acercó. Primero le dio solo besitos suaves en lacabeza rosada, como si tuviera miedo de hacer daño. Los labios le quedabanbrillantes de la gota que ya se le escapaba. Después sacó la lengua y empezó alengüetearlo como si fuera una enorme y gorda paleta: largas lamidas desde labase hasta la punta, rodeando el glande, saboreando el sabor salado y calientede él.
Iván soltó un gruñido bajo.
-Así… más, mi amor.
Animada, Éthel abrió la boca yempezó a tomarlo despacio. Solo la cabeza al principio. Luego un poco más. Elgrosor le llenaba la boca de golpe. Se atragantó al intentar bajar más, tosióun poco, los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Tranquila… -le dijo él con vozronca, sujetándole el cabello con suavidad-. Respira por la nariz. Abre más.Usa la lengua por debajo… eso es.
Ella lo intentó de nuevo. Estavez más despacio, siguiendo sus instrucciones. La polla gruesa fue entrandocentímetro a centímetro. Cuando ya tenía casi la mitad, empezó a mover lacabeza con más ritmo, chupando, baboso, mientras con la mano libre subía asobarle los huevos pesados y tensos. Los acariciaba, los apretaba con cuidado,sintiendo cómo se le contraían en la palma cada vez que ella bajaba más.
Iván echó la cabeza hacia atrás,los músculos del abdomen marcados, respirando agitado.
-Joder, Éthel… qué rica chupas…así, no pares…
Ella ya estaba entregada. Laverga le golpeaba casi la garganta, la saliva le resbalaba por la barbilla, ylos gemidos de él la excitaban todavía más. Seguía mamándolo con ganas,sobándole los huevos, cuando de pronto sintió que la mano de Iván le sujetabala cabeza y la detenía con firmeza.
Él estaba al límite. La polla lelatía violentamente dentro de su boca. La sacó con un sonido húmedo y seinclinó para besarla con fuerza, saboreando su propio sabor en los labios deella.
-Llegó el momento de averiguar siestás hecha para mí o no, hermanita… -susurró contra su boca, la voz cargada dedeseo-. Ahora te voy a abrir.
Cuando Iván dijo que habíallegado el momento de averiguar si estaba hecha para él, Éthel sintió unescalofrío que le recorrió toda la espalda. Era terror y excitación fundidos.Se sentía pequeña, virgen, expuesta… y al mismo tiempo deseada como nunca en suvida. Había una vulnerabilidad enorme en su pecho, casi dolorosa, mezclada conuna necesidad urgente de que él la tomara de una vez, de que dejara depreguntar y simplemente la hiciera suya.
En ese segundo exacto, antes deque él se posicionara entre sus piernas, Éthel solo pudo pensar una cosa conclaridad:
Lo voy a dejar. Me da igualtodo. Quiero que ser de él.
Iván se posicionó entre laspiernas de Éthel con todo el tiempo del mundo, como quien se deleita ante elmanjar más dichoso que va a probar. La miró desde arriba, la polla gruesa ypesada apuntando directamente a su conejito hinchado y brillante. En su mentelas palabras se amontonaban, posesivas, absolutas:
Menudo manjar me estoy porcomer y estrenar… Al fin será mía. Hoy y siempre. Me la traeré a vivir conmigo.Le haré un par de hijos. Pero primero la voy a disfrutar. Esta diosa de carne yhueso será mía.
Agarró su vergón por la base ycolocó la punta gruesa contra la entrada virgen de ella. Presionó despacio.Éthel lloriqueó al sentir el primer empujón, los ojos abiertos de par en par.
-Iván… duele… es demasiado…
Él no se detuvo. Batalló conpaciencia y determinación. El grosor era considerable; el himen resistía.Empujó un poco más, retiró, volvió a presionar, abriendo centímetro acentímetro esa resistencia tensa. Éthel sollozaba, las uñas clavándose en sushombros, intentando separarlo con las manos débiles.
-Espera… por favor… no cabe…
Iván la besó con fuerza paracallarla, la lengua invadiéndole la boca mientras seguía empujando. Contra suslabios le dejó claro, la voz ronca y segura:
-Ya eres mía, Éthel. Desde estemomento. No hay vuelta atrás.
Un empujón más firme y el himencedió de golpe. Se rompió con una sensación nítida, un desgarro caliente yafilado que le arrancó a ella un grito ahogado contra la boca de él. El dolorfue intenso, punzante, como si la estuvieran abriendo por dentro con algodemasiado grueso y largo. Las lágrimas le rodaron por las sienes. Iván sintióla barrera romperse alrededor de su polla y soltó un gruñido gutural de puraposesión.
No se detuvo. Siguió entrando,despacio pero sin piedad, mientras le hablaba al oído entre besos:
-Repite conmigo… “Soy tuya,Iván…”
-S-soy tuya… -sollozó ella, lavoz rota por el dolor y el placer que empezaba a mezclarse.
-“…para siempre…”
-Para siempre…
Cada voto que le hacía pronunciarcoincidía con otro centímetro que se hundía dentro de ella. El vergón grueso laestiraba sin compasión, llenándola de una forma que nunca había imaginado.Cuando por fin logró enterrar toda la verga hasta los huevos, Éthel soltó ungemido largo, desgarrado, el cuerpo arqueado, completamente empalada.
-Mírame -ordenó él, moviéndose yacon embestidas profundas y lentas-. Júrame que me amas. Que serás solo mía.
-Te amo… Iván… seré solo tuya…para siempre… -lloraba y gemía al mismo tiempo, el dolor transformándose poco apoco en una presión placentera y abrumadora.
Los dos estallaron casi al mismotiempo. Éthel se corrió con un grito agudo, el conejito contrayéndose confuerza alrededor de la polla que la tenía completamente abierta. Iván no seretiró. Al contrario: empujó hasta el fondo y se derramó dentro de ella sinmiramientos, chorro tras chorro espeso, caliente, regando su terreno fértilhasta la última gota. La llenó por completo, el semen brotando un pocoalrededor de la base gruesa mientras él seguía bombeando despacio, asegurándosede que no quedara nada fuera.
Cuando por fin se quedó quieto,todavía enterrado hasta el fondo, le besó las lágrimas de la cara y le susurrócontra los labios:
-Ya no hay vuelta atrás,hermanita. Eres mía.
La intimidad posterior fuesilenciosa, densa y extrañamente tierna.
Iván no se retiró de inmediato.Permaneció dentro de ella, todavía semiduro, sintiendo las últimascontracciones suaves del cuerpo de Éthel a su alrededor. Ella temblaba debajode él, la respiración entrecortada, las piernas abiertas y flojas, el rostrohúmedo de lágrimas y sudor. El dolor todavía latía entre sus muslos, profundo,caliente, como un recordatorio físico de lo que acababa de ocurrir, pero ya noera solo dolor: había una plenitud extraña, una sensación de haber sidoreclamada por completo.
Él se apoyó en los antebrazospara no aplastarla y empezó a besarla con una lentitud casi reverente: lafrente, los párpados hinchados, la punta de la nariz, los labios hinchados ytemblorosos. Cada beso era una disculpa muda y una confirmación al mismo tiempo.Su mano grande le acariciaba el costado, subiendo y bajando con suavidad, comosi quisiera calmar el temblor que aún recorría el cuerpo de su hermana.
Éthel tenía los ojos cerrados.Sentía el semen caliente de él resbalando lentamente entre sus nalgas, lahinchazón de su entrada, el peso protector de Iván sobre ella. Ya no habíajustificaciones en su cabeza. Solo un vacío dulce y peligroso, una entregaabsoluta. Cuando por fin abrió los ojos, lo miró con una mezcla devulnerabilidad y algo muy parecido al amor.
-Duele… -susurró, la voz ronca-.Pero no quiero que te salgas todavía.
Iván sonrió apenas, una sonrisasuave, casi tierna, y le apartó un mechón de cabello pegado a la mejilla.
-No pienso salir todavía -respondióen voz baja-. Quédate así. Conmigo dentro.
Se acomodó de lado sin separarsedel todo, llevándola consigo, y la envolvió con ambos brazos. El pecho desnudode él contra los pechos de ella, el vientre pegado al suyo, la polla todavíaalojada en su interior mientras el semen seguía escapando poco a poco. Le besóla sien y le susurró contra el pelo:
-Estás a salvo aquí. Contigo.Siempre.
Éthel enterró la cara en elcuello de su hermano, inhalando su olor mezclado con el de ambos. Las lágrimasvolvieron, pero esta vez eran silenciosas, de saturación emocional. Se aferrabaa él con los dedos clavados en su espalda, como si temiera que el momento sedeshiciera si lo soltaba. El cuerpo le dolía, el corazón le latía desbocado, ysin embargo se sentía… completa. De una forma prohibida y definitiva.
Ninguno habló durante un buenrato. Solo se escuchaba la respiración de los dos, el leve roce de la pielcontra la piel, y el goteo ocasional y cálido que recordaba lo que acababan dehacer. Iván le acariciaba la espalda en círculos lentos, protectores, mientrasella se dejaba mecer por esa intimidad pesada y dulce que solo existe despuésde haberse entregado por completo.
En ese sofá, desnudos, unidos,con el semen de él todavía dentro de ella y el himen roto para siempre, laintimidad posterior no era solo física. Era la calma peligrosa de dos personasque acababan de cruzar un punto de no retorno… y que, en ese instante, noquerían volver.
Así durmieron juntos.
Abrazados, desnudos, el cuerpo deÉthel aún sensible y lleno de él, la respiración de Iván caliente contra sunuca. No se separaron en toda la noche. Cada vez que ella se movía un poco,sentía el leve dolor dulce entre las piernas y el recuerdo inmediato de lo quehabía ocurrido, y en lugar de apartarse, se aferraba más a él.
Al amanecer, la luz suave deldepartamento filtrándose entre las cortinas, Éthel abrió los ojos y se sintiódistinta.
Por primera vez en su vida sedespertó ya hecha mujer. El cuerpo le dolía de una forma nueva, profunda, comosi todavía conservara la forma exacta de la vergón de su hermano dentro deella. Entre los muslos notaba la humedad seca del semen y de su propia sangre,una marca íntima e irreversible. Pero lo que más la desconcertaba no era lofísico: era la certeza psicológica, densa y tranquila, de que ya no sepertenecía a sí misma. Se sentía de Iván. Completamente. Como si durante lanoche algo se hubiera sellado no solo en su cuerpo, sino en su cabeza y en supecho. Ya no era solo su hermana. Era suya. Su mujer. Su esposa en todo menosen el papel.
Miró su mano izquierda, casi sinpensarlo… y se quedó sin aire.
En el dedo anular brillaban dosanillos. Uno de compromiso, delicado, con un diamante pequeño pero precioso, yjunto a él un anillo marital sencillo, elegante, de oro blanco. No recordabahaberlos puesto. No recordaba haberlos visto siquiera. Los giró con los dedostemblorosos, el corazón acelerado.
En ese momento apareció Iván.Venía del pasillo, descalzo, solo con unos pantalones bajos de pijama. En supropia mano izquierda brillaba un anillo marital idéntico al de ella. Se acercóa la cama (o al sofá donde habían terminado), se arrodilló un poco y le mostróla mano con una sonrisa tranquila, casi orgullosa.
-Llevaba meses esperando elmomento -dijo en voz baja-. Sabía que solo era cuestión de tiempo.
Se inclinó y la besó en loslabios con una ternura infinita, sin prisa, saboreando el primer beso del díacomo esposos.
-Buenos días, esposa mía.
Éthel no pudo hablar. Solo lomiró, los ojos húmedos, la mano todavía levantada con los anillos brillando. Élle acarició la mejilla y le sonrió con esa calma posesiva que ahora la hacíasentir a salvo y completamente suya.
-Ven. Vamos a desayunar algorico.
La ayudó a levantarse concuidado, le puso una de sus camisetas grandes que le llegaba a mitad de muslo,y la llevó de la mano hasta la cocina. Allí tenía preparado un desayunosencillo pero cuidado: pan tostado, huevos, fruta fresca, café humeante. La sentóen la silla frente a él, le sirvió primero y se sentó a su lado, tan cerca quesus rodillas se tocaban.
Comieron por primera vez comopareja. En silencio al principio, mirándose, los anillos brillando cada vez quemovían las manos. Él le limpió una miga de la comisura de los labios con elpulgar. Ella le sostuvo la mirada más de lo necesario. Y aunque el cuerpotodavía le recordaba con cada movimiento lo que había pasado la noche anterior,por primera vez en su vida Éthel se sintió exactamente donde debía estar: a sulado, marcada, poseída y, de alguna forma extraña y profunda, en casa.
El celular de Éthel vibró sobrela mesita de la cocina.
La pantalla se iluminó con elnombre que ambos conocían demasiado bien: Mamá.
Éthel se quedó paralizada unsegundo, el tenedor a medio camino de la boca. Todavía llevaba la camisetagrande de Iván, el cuerpo sensible, los anillos brillando en su dedo anularcada vez que la mano temblaba. Iván la miró desde el otro lado de la mesa, sindecir nada, pero sus ojos se endurecieron apenas.
Ella contestó con la voz másnormal que pudo reunir.
-Hola, mami…
La voz de su madre salió clara,cálida, cotidiana:
-Hija, ¿a qué hora llegas? Yacasi es mediodía y no me has dicho nada. ¿Todo bien por allá con tu hermano?
Éthel sintió que el corazón se lesubía a la garganta. Miró a Iván. Él no apartó la vista. Estaba sentado muyrecto, el anillo marital brillándole en la mano izquierda mientras sostenía sutaza de café. La expresión de él no era de miedo: era de posesión tranquila,como si ya hubiera decidido que esa llamada no cambiaría nada.
-Yo… -Éthel se pasó la lengua porlos labios, todavía hinchados del beso de hacía un rato-. Todavía no sé, mami.Estamos… desayunando. Iván me preparó algo.
Hubo una pausa breve al otro ladode la línea.
-¿Desayunando a estas horas? Ay,hija, no me digas que se acostaron tarde viendo esas películas de miedo que legustan a tu hermano. Bueno, avísame cuando vengas en camino, ¿sí? Y dile a Ivánque se porte bien contigo.
Éthel tragó saliva. La mano librese le cerró sobre el muslo, justo donde todavía sentía la sensibilidad de lanoche anterior.
-Sí, mami… le digo. Te aviso.
Colgó.
El silencio que quedó en lacocina fue espeso. Éthel dejó el teléfono sobre la mesa con dedos torpes. Losanillos le pesaban de repente, como si fueran demasiado visibles. Levantó lavista hacia Iván.
Él dejó la taza, se levantódespacio y se acercó por detrás. Le rodeó los hombros con ambos brazos,inclinándose hasta hablarle al oído con voz baja, calmada, absolutamentesegura:
-No vas a llegar a ninguna parte,esposa mía.
Hoy no.
Ni mañana.
Le besó la sien y añadió, casi enun susurro:
-Aquí te quedas, junto a tuesposo.
Éthel sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, todavíaun poco incrédula, con los labios hinchados y los ojos brillantes. Se giró unpoco entre los brazos de Iván, lo miró de cerca y le preguntó en voz baja, casijuguetona, aunque el corazón le latía fuerte:
-¿Y cómo sería eso posible…?
Iván no apartó la mirada. Leacarició la mejilla con el dorso de los dedos, rozando el anillo que ahorabrillaba en la mano de ella, y respondió con esa calma absoluta que la hacíasentir que ya no había escape… ni lo quería.
-Muy sencillo, esposa mía.
Hoy le dices a mamá que te quedasunos días más. Que estoy solo, que necesito compañía, que te estoy ayudando conunas cosas del departamento. Después… encontramos otra excusa. Y otra. Hastaque un día simplemente dejes de irte.
Le besó la comisura de loslabios, despacio.
-Y si preguntan, les decimos laverdad a nuestra manera: que te mudaste conmigo. Que aquí estás mejor. Que estees tu hogar ahora.
La abrazó más fuerte por detrás,la camiseta grande de él subiéndole un poco por los muslos, y le susurró aloído con voz ronca y segura:
-Ya no eres solo mi hermana,Éthel.
Eres mi mujer.
Y las esposas se quedan junto asu marido.
Sobra decir que tan prontofinalizaron el desayuno, Éthel tomó el teléfono.
Se levantó de la silla todavíacon la camiseta grande de Iván, los anillos brillándole en la mano, y marcó elnúmero de su madre con una calma que la sorprendió a ella misma. Cuandocontestaron, su voz salió serena, casi natural:
-Mami… voy a quedarme unos díasmás con Iván. Está solo y… la verdad es que me viene bien estar aquí un tiempo.No te preocupes, estoy bien. Te aviso cualquier cosa.
Colgó antes de que las preguntaspudieran complicarse. Dejó el celular sobre la mesa y miró a Iván. Él soloasintió, satisfecho, y le tendió la mano.
Se bañaron juntos.
Bajo el agua caliente delregadero, Iván la jabonó con lentitud, pasando las manos por cada centímetro desu cuerpo como si todavía estuviera descubriéndola. Le lavó el cabello, le besólos hombros mojados, le acarició el vientre y, con especial cuidado, la zonasensible entre las piernas que todavía recordaba la noche anterior. Éthel sedejó hacer, los ojos cerrados, el vapor envolviéndolos, sintiendo que cadacaricia sellaba un poco más lo que ya eran.
Cuando salieron, él la secó conuna toalla grande, la cargó en brazos sin esfuerzo y la llevó hasta lahabitación. La cama matrimonial -ancha, ordenada, con sábanas limpias- losesperaba. A partir de ese momento ya no sería solo la cama de Iván. Sería la deambos. La cama marital.
La recostó con ternura. Esta vezno hubo prisa ni desesperación. Iván se colocó sobre ella y le hizo el amordespacio, profundo, mirándola a los ojos todo el tiempo. Entró con cuidado,sabiendo que todavía estaba sensible, y se movió con embestidas largas ypausadas, llenándola por completo una y otra vez. La besaba entre gemidos, lesusurraba al oído “esposa mía”, “te amo”, “aquí te quedas”. Éthel lo rodeó conbrazos y piernas, entregándose sin reservas, sintiendo cómo el dolor residualse transformaba en un placer denso y emocionalmente abrumador.
Cuando ambos llegaron al orgasmo,lo hicieron abrazados, sin separarse, el semen de Iván derramándose otra vezdentro de ella mientras la cama -ya de ellos- crujía suavemente bajo suscuerpos.
Después se quedaron enredadosentre las sábanas, el corazón todavía acelerado, sabiendo que algo habíacambiado para siempre.
Esa ya no era la cama de unhermano.
Era la cama de un marido.
Iván, de diecinueve, tenía elbrazo pasado por detrás del respaldo. La camiseta blanca le marcaba el pecho ylos brazos. En una mano sostenía el control remoto. Entre los dos, sobre lasrodillas de ella, un bol de palomitas casi olvidado. La manta gris cubría partede sus piernas. El departamento olía a vino, a jabón de hombre y a algo máscaliente que ninguno nombraba todavía.
La tensión creció despacio. Cadavez que Éthel se acomodaba, el tirante se deslizaba un milímetro y el escote seabría un poco más. Iván no podía dejar de mirarle la boca: labiosentreabiertos, brillantes por el vino, un poco más rojos de lo normal. El impulsode inclinarse y besarla le apretaba la mandíbula. Sabía que ella podíaresponder mal. Aun así, su vergón grueso y largo ya estaba completamente durodentro del pantalón, latiendo contra la tela cada vez que ella se movía.
Ella lo vio. No fue a propósitoal principio, pero cuando la luz de la tele iluminó el sofá, su mirada bajó yse quedó atrapada. El pantalón de Iván ya no disimulaba nada. La tela estabatensada de forma obscena sobre un bulto grueso y largo que apuntaba hacia unlado. Se veía el contorno claro: ancho en la base, alargado, con esa curvapesada. Más abajo, el saco de sus huevos se marcaba también, llenos yapretados. Cada vez que él se movía, el bulto latía. Éthel tragó saliva. Elcontraste entre la camiseta blanca y ese paquete tan evidente le dejó sin aire.Estaba duro por ella. Y ya no podía esconderlo.
Era virgen. Nunca había tenidonada dentro. Nunca había sentido algo más grande que sus propios dedos. Al verel tamaño real de su hermano, la pregunta se le atravesó sin piedad: ¿esoentrará? ¿Dolerá mucho? El miedo era real. Duele, seguro que duele la primeravez, sobre todo con algo tan grueso y largo. Pero debajo del miedo había otracosa más oscura y más caliente: la curiosidad de saber exactamente cómo sesentiría tenerlo dentro.
Iván se dio cuenta de la miradade ella al instante. En lugar de avergonzarse, se enorgulleció. Una mediasonrisa ladeada se le escapó mientras apretaba el control remoto, haciendo queel bulto se marcara aún más. Pensó, sin decirlo todavía: Así quería llamartu atención, hermanita… Míralo bien. Es tuyo. Todo tuyo. Abrió un poco laspiernas para que ella viera mejor el contorno completo: largo, grueso,amenazante, completamente erecto por ella.
Los pensamientos de Éthel seamontonaban desordenados y calientes. Dios… se dio cuenta. Me está mirandomirarlo. El corazón le latía en el cuello. Es tan grande… ¿Cómo diablosva a entrar algo así? Voy a doler. Entre las piernas ya estaba húmeda. Elpijama se le pegaba un poco. Es mi hermano. No debería estar mirándolo así.Pero está duro por mí. Todo eso está duro por mí. El miedo y el deseo se lemezclaban hasta hacerse indistinguibles. Parte de ella quería apartar la vista.Otra parte, más oscura, quería que él se lo sacara. Quería verlo. Queríatocarlo. Quería saber cómo se sentía algo tan grueso empujando dentro de ellapor primera vez. Quiero que me lo meta. Aunque duela.
Iván se estiró con calma. Elmovimiento hizo que la tela se tensara todavía más sobre el vergón y los huevospesados. Tomó la botella y le sirvió a Éthel un vaso grande, casi hasta elborde. Ella lo aceptó. Los dedos le rozaron los de él y sintió una descarga quele subió por el brazo. Bebió. Al principio solo un trago, pero el nerviosismo yel calor entre las piernas hicieron que bebiera más rápido de lo habitual. Elvino le bajó caliente por la garganta, le aflojó la cabeza y le quitó el frenoa los pensamientos.
Se llevó una mano a la cara,cubriendo discretamente la mirada, como si pudiera esconder la vergüenza dehaber estado mirando tan abiertamente. Iván lo notó. Sin decir palabra, lecambió la copa. Le quitó el vaso que ella había empezado a beber rápido y lepuso en la mano el suyo, más lleno, casi rebosante.
-Bebe -murmuró en voz baja, casironca-. Tranquila.
Éthel tragó saliva detrás de lamano. El nuevo vaso pesaba más. El olor del vino era más fuerte. Sintió elcalor subirle a las mejillas y, al mismo tiempo, un latido más intenso entrelas piernas. Siguió con la mano medio tapándose la cara, pero los ojos se leescaparon otra vez hacia abajo, hacia ese vergón grueso que seguía marcándosesin piedad.
Se terminó el vaso de un últimotrago largo. El vino le quemó un poco la garganta y le subió directo a lacabeza. Cuando dejó la copa vacía, las mejillas le ardían y la mirada se lehabía vuelto más lenta. Iván acercó su propio vaso, todavía casi lleno, y se loofreció con una media sonrisa.
-Ayúdame con el mío, hermanita…No quiero beber solo.
Ella titubeó solo un instante. Elalcohol ya le había bajado las defensas lo suficiente como para no negarse.Tomó el vaso de él y bebió. Esta vez más despacio al principio, pero el mareodulce y el calor que le subía por el pecho hicieron que terminara bebiendo másde lo que pensaba. El vino le resbaló por los labios y ella los lamió sin darsecuenta, mientras Iván no le quitaba los ojos de encima.
Cuando por fin dejó el vasovacío, el departamento dio un leve giro a su alrededor. Ya no era solo unabotella. Llevaban dos enteras desde que empezaron. El cuerpo de Éthel estabacaliente, pesado; las piernas le temblaban un poco al intentar acomodarse mejoren el sofá. El top de encaje se le pegaba a la piel sudorosa y el bulto gruesode Iván seguía ahí, más evidente que nunca, a pocos centímetros de su mano.Estaba bien mareada. Lo suficientemente borracha como para que el miedo sedifuminara y el deseo se volviera más claro, más peligroso.
Parpadeó lento, la cabeza le dabavueltas.
-Iván… me siento mareada -susurró,la voz un poco pastosa.
Él no dudó. Pasó el brazoalrededor de sus hombros y la acercó con suavidad, pero con firmeza.
-Ven aquí. Recárgate en mí.
Ella obedeció. Se dejó caer delado contra su pecho, duro y caliente bajo la camiseta blanca. Sintió deinmediato la firmeza de los músculos, el calor de su cuerpo, el olor a hombre ya vino que le subió directo a la cabeza. La mejilla le quedó apoyada sobre elpectoral y, desde esa nueva posición, su mirada cayó otra vez hacia abajo…directamente sobre el vergón grueso que seguía marcándose sin piedad bajo latela, ahora aún más cerca, casi a la altura de su mano.
Iván empezó a acariciarla.Primero los hombros, despacio, con la yema de los dedos. Luego subió alcabello, pasando los dedos entre los mechones largos, acariciando el cuerocabelludo con una ternura que contrastaba con lo duro que estaba abajo. Despuésbajó al cuello, rozando la piel sensible justo debajo de la oreja, dibujandocírculos lentos que le provocaron escalofríos.
Éthel se nubló. El alcohol, elcalor de él, las caricias… todo se mezcló. La respiración se le volvió máspesada. Seguía mirando, desde ese ángulo tan íntimo, el contorno claro de lapolla gruesa y larga de su hermano, los huevos pesados apretados contra latela. Cada vez que él movía un poco la mano en su cuello, el bulto parecíalatir más cerca de su cara.
Ella ya no pensaba con claridad.Solo sentía. Y lo que sentía era peligroso.
Mientras la acariciaba, Iváninclinó la cabeza y empezó a besar su cabello, despacio, con los labios rozandolos mechones suaves. Después subió a su frente, dejando un beso caliente justoen el centro. Se acercó a su oído y le susurró con la voz baja, ronca, casitemblando:
-Siempre te voy a proteger… Estehogar es tuyo para cuando decidas venir las veces que sean a quedarte,hermanita.
Éthel levantó la cara paramirarlo. Los ojos se le habían puesto brillantes, nublados por el vino y poralgo más. Intentó agradecerle con un beso en la mejilla, pero el movimiento lesalió torpe, borracho. Sus labios aterrizaron cerquísima de los de él, rozándolosapenas.
Iván no dudó ni un segundo.
La tomó por la nuca con suavidadpero con firmeza y la besó de verdad. Un beso profundo, caliente, que sabía avino y a deseo contenido durante demasiado tiempo. Éthel intentó separarse porinstinto, el corazón disparado, pero él la detuvo con la mano en su nuca,inmovilizándola con ternura, sin permitirle alejarse del todo. Con la otra manobuscó la de ella, la tomó con calma y la llevó directo hasta su vergota gruesay dura, apretándola contra el bulto a través de la tela.
-Siéntela… -susurró contra suslabios, sin dejar de besarla entre palabras-. Es tuya, mi amor… tuya paracuando decidas hacerte mujer.
La polla de Iván latía fuertebajo la palma de Éthel. Gruesa, caliente, pesada. Ella temblaba, la respiraciónrota, los dedos sin saber si apretar o soltar. El beso seguía, más profundoahora, mientras él mantenía su mano firmemente sobre el vergón, haciéndolesentir exactamente lo que le pertenecía.
Ella logra apartar un poco loslabios, la voz temblorosa, casi un susurro:
-Es enorme, Iván… jamás cabría enmí…
Él sonríe contra su boca, unasonrisa lenta, segura, y la saborea de nuevo con un beso profundo, húmedo, quele roba el aire.
-Solo hay una forma deaveriguarlo…
Éthel lo mira, los ojos nublados,el pecho subiendo y bajando rápido. Iván le acaricia la mejilla con el dorso delos dedos y le pregunta en voz baja, casi íntima:
-¿Me dejas continuar, hermanita?
Ella intenta ser razonable. Laspalabras le salen entrecortadas, como si cada una le costara:
-Nuestros padres…
Él la besa más profundo, la lengua rozando la suya, mientras su mano libre subey envuelve una de esas tetas preciosas y hermosas a través del encaje,apretándola con ternura pero con posesión.
-Somos hermanos…
Otro beso, más largo, más caliente. La mano de Iván se desliza dentro del top,encontrando la piel desnuda, el pezón ya endurecido, acariciándolo en círculoslentos.
-La gente…
Sus labios no se separan de los de ella. Con habilidad sorprendente, desliza eltirante del top por el hombro y luego el otro, dejando los pechos libres. Latela cae hasta su cintura.
-Nuestros familiares…
Es la última justificación que logra decir. Para cuando las palabras salen desu boca, Iván ya la tiene semi desnuda junto a él: el top de encaje bajado, lospechos desnudos y pesados expuestos al aire fresco del departamento, elpantalón de pijama todavía puesto pero a punto de ceder. Ella se asombra de suhabilidad, de cómo en solo unos minutos y entre besos la ha desvestido casi porcompleto sin que ella pudiera detenerlo.
Él no se separa. Sin dejar debesarla, se quita la playera de un solo movimiento, revelando el torso marcado,los pectorales duros, el abdomen definido de hombre que entrena. Después bajael pantalón y la ropa interior juntos, empujándolos hacia abajo con una manomientras la otra sigue sosteniendo a Éthel contra su cuerpo. Cuando finalmentequeda desnudo, ella abre los ojos y se queda mirándolo, asombrada.
El cuerpo de semental, fitness,bronceado, con esa polla gruesa y larga ahora completamente libre, pesada,erecta, las venas marcadas, la cabeza brillante. Los huevos llenos y tensos.Todo de él, a centímetros de su mano y de su cuerpo casi desnudo.
Iván le retiró con ternura ydecisión lo poco de ropa que le quedaba. El pantalón de pijama a cuadros bajódespacio por sus caderas, llevándose también la última prenda íntima. Éthelquedó completamente desnuda sobre el sofá, temblando, los pechos pesadossubiendo y bajando con cada respiración agitada. Él no dijo nada. Solo la miróun segundo, como si estuviera memorizando cada centímetro de su cuerpo, ydespués empezó a besarla.
Primero el cuello, lento,caliente. Después el hueco de la clavícula. Bajó al centro del pecho, entreesas tetas preciosas, y las besó una por una, saboreando la piel suave,lamiendo los pezones ya duros hasta hacerla arquearse. Ella intentaba razonartodavía, las palabras saliéndole entrecortadas entre jadeos:
-Iván… no deberíamos… nuestrospadres…
Pero él seguía bajando. Besos enel vientre, en el ombligo, en la curva suave de sus caderas. Cada vez que ellaabría la boca para protestar, él respondía con otro beso más abajo, más íntimo.
-Somos hermanos… la gente…
Sus labios ya estaban en la parteinterna de sus muslos. Éthel apretó las piernas por instinto, pero él las abriócon suavidad, con esa misma decisión calmada. Cuando por fin llegó a suconejito, caliente y ya brillante de excitación, soltó un suspiro bajo contrala piel.
Y entonces la devoró.
La lengua de Iván era maestra.Larga, caliente, experta. Primero lamió despacio toda la ranura, de abajo haciaarriba, saboreando su humedad. Después se concentró en el clítoris, dibujandocírculos lentos, luego más rápidos, chupándolo con suavidad al mismo tiempo quesu lengua lo golpeaba una y otra vez. Éthel soltó el primer gemido alto,sorprendida por la intensidad.
-¡Ah… Iván…! ¿Qué… qué me estáshaciendo…?
Él no respondió con palabras.Solo abrió más sus muslos y hundió la cara entre ellos, comiéndosela con hambrecontenida. La lengua se metía entre los labios, la chupaba, la recorría entera.Al mismo tiempo, un dedo grueso y cálido empezó a tantear la entrada. La rozó,la rodeó, y después empujó apenas, encontrando al fin lo que tanto habíadeseado: el himen tenso, virgen, ese anillo de resistencia que le confirmabaque nadie había estado allí antes.
Éthel gritó cuando lo sintió.
-¡Iván…! ¡Ahí… no… se sienteraro…!
Pero él no se detuvo. Mientras eldedo presionaba suavemente el himen, sin romperlo todavía, solo tanteándolo,sintiendo su elasticidad, su lengua seguía devorando el clítoris con precisióncruel. Chupaba, lamiía, golpeaba. El placer subía demasiado rápido. Las piernasde Éthel empezaron a temblar sin control.
-¡No puedo…! ¡Iván… se siente… sesiente demasiado…!
El orgasmo la golpeó de repente.Fue su primer orgasmo con un hombre. El cuerpo se le arqueó entero, los muslosse le cerraron contra la cabeza de él, y un grito largo y agudo le salió delpecho:
-¡Iván…! ¡Me corro…! ¡Me estoycorriendo…! ¡Ahhhh!
Las contracciones la sacudieronuna tras otra. El conejito le palpitaba contra la boca de su hermano, mojándolotodavía más. Él no apartó la cara. Siguió lamiendo despacio mientras ella sesacudía, saboreando cada espasmo, el dedo todavía presionando con ternura esehimen virgen que tanto había deseado encontrar.
Cuando por fin el temblor bajó unpoco, Éthel quedó jadeando, los ojos llenos de lágrimas de placer, la voz rota:
-Iván… qué me hiciste… nunca…nunca había sentido algo así…
Él levantó la cara desde entresus piernas, los labios brillantes de ella, y sonrió con esa mezcla de ternuray hambre.
-Todavía no terminamos,hermanita…
Iván subió el cuerpo sobre el deÉthel y la besó con pasión, profundo, hambriento. Esta vez ella le respondió.Ya no había resistencia. Las justificaciones habían cedido por completo. Suslabios se abrían para recibirlo, su lengua buscaba la de él, y un gemido bajose le escapaba cada vez que él la mordisqueaba el labio inferior.
Cuando el beso se rompió, Iván seincorporó un poco y se arrodilló frente a ella en el sofá. Su vergón grueso ylargo quedaba a la altura de la cara de Éthel, pesado, brillante en la punta,las venas marcadas. Él le acarició el cabello con ternura.
-Mírame, hermanita… te voy aenseñar.
Ella lo miró, todavía temblandopor el orgasmo anterior, y se acercó. Primero le dio solo besitos suaves en lacabeza rosada, como si tuviera miedo de hacer daño. Los labios le quedabanbrillantes de la gota que ya se le escapaba. Después sacó la lengua y empezó alengüetearlo como si fuera una enorme y gorda paleta: largas lamidas desde labase hasta la punta, rodeando el glande, saboreando el sabor salado y calientede él.
Iván soltó un gruñido bajo.
-Así… más, mi amor.
Animada, Éthel abrió la boca yempezó a tomarlo despacio. Solo la cabeza al principio. Luego un poco más. Elgrosor le llenaba la boca de golpe. Se atragantó al intentar bajar más, tosióun poco, los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Tranquila… -le dijo él con vozronca, sujetándole el cabello con suavidad-. Respira por la nariz. Abre más.Usa la lengua por debajo… eso es.
Ella lo intentó de nuevo. Estavez más despacio, siguiendo sus instrucciones. La polla gruesa fue entrandocentímetro a centímetro. Cuando ya tenía casi la mitad, empezó a mover lacabeza con más ritmo, chupando, baboso, mientras con la mano libre subía asobarle los huevos pesados y tensos. Los acariciaba, los apretaba con cuidado,sintiendo cómo se le contraían en la palma cada vez que ella bajaba más.
Iván echó la cabeza hacia atrás,los músculos del abdomen marcados, respirando agitado.
-Joder, Éthel… qué rica chupas…así, no pares…
Ella ya estaba entregada. Laverga le golpeaba casi la garganta, la saliva le resbalaba por la barbilla, ylos gemidos de él la excitaban todavía más. Seguía mamándolo con ganas,sobándole los huevos, cuando de pronto sintió que la mano de Iván le sujetabala cabeza y la detenía con firmeza.
Él estaba al límite. La polla lelatía violentamente dentro de su boca. La sacó con un sonido húmedo y seinclinó para besarla con fuerza, saboreando su propio sabor en los labios deella.
-Llegó el momento de averiguar siestás hecha para mí o no, hermanita… -susurró contra su boca, la voz cargada dedeseo-. Ahora te voy a abrir.
Cuando Iván dijo que habíallegado el momento de averiguar si estaba hecha para él, Éthel sintió unescalofrío que le recorrió toda la espalda. Era terror y excitación fundidos.Se sentía pequeña, virgen, expuesta… y al mismo tiempo deseada como nunca en suvida. Había una vulnerabilidad enorme en su pecho, casi dolorosa, mezclada conuna necesidad urgente de que él la tomara de una vez, de que dejara depreguntar y simplemente la hiciera suya.
En ese segundo exacto, antes deque él se posicionara entre sus piernas, Éthel solo pudo pensar una cosa conclaridad:
Lo voy a dejar. Me da igualtodo. Quiero que ser de él.
Iván se posicionó entre laspiernas de Éthel con todo el tiempo del mundo, como quien se deleita ante elmanjar más dichoso que va a probar. La miró desde arriba, la polla gruesa ypesada apuntando directamente a su conejito hinchado y brillante. En su mentelas palabras se amontonaban, posesivas, absolutas:
Menudo manjar me estoy porcomer y estrenar… Al fin será mía. Hoy y siempre. Me la traeré a vivir conmigo.Le haré un par de hijos. Pero primero la voy a disfrutar. Esta diosa de carne yhueso será mía.
Agarró su vergón por la base ycolocó la punta gruesa contra la entrada virgen de ella. Presionó despacio.Éthel lloriqueó al sentir el primer empujón, los ojos abiertos de par en par.
-Iván… duele… es demasiado…
Él no se detuvo. Batalló conpaciencia y determinación. El grosor era considerable; el himen resistía.Empujó un poco más, retiró, volvió a presionar, abriendo centímetro acentímetro esa resistencia tensa. Éthel sollozaba, las uñas clavándose en sushombros, intentando separarlo con las manos débiles.
-Espera… por favor… no cabe…
Iván la besó con fuerza paracallarla, la lengua invadiéndole la boca mientras seguía empujando. Contra suslabios le dejó claro, la voz ronca y segura:
-Ya eres mía, Éthel. Desde estemomento. No hay vuelta atrás.
Un empujón más firme y el himencedió de golpe. Se rompió con una sensación nítida, un desgarro caliente yafilado que le arrancó a ella un grito ahogado contra la boca de él. El dolorfue intenso, punzante, como si la estuvieran abriendo por dentro con algodemasiado grueso y largo. Las lágrimas le rodaron por las sienes. Iván sintióla barrera romperse alrededor de su polla y soltó un gruñido gutural de puraposesión.
No se detuvo. Siguió entrando,despacio pero sin piedad, mientras le hablaba al oído entre besos:
-Repite conmigo… “Soy tuya,Iván…”
-S-soy tuya… -sollozó ella, lavoz rota por el dolor y el placer que empezaba a mezclarse.
-“…para siempre…”
-Para siempre…
Cada voto que le hacía pronunciarcoincidía con otro centímetro que se hundía dentro de ella. El vergón grueso laestiraba sin compasión, llenándola de una forma que nunca había imaginado.Cuando por fin logró enterrar toda la verga hasta los huevos, Éthel soltó ungemido largo, desgarrado, el cuerpo arqueado, completamente empalada.
-Mírame -ordenó él, moviéndose yacon embestidas profundas y lentas-. Júrame que me amas. Que serás solo mía.
-Te amo… Iván… seré solo tuya…para siempre… -lloraba y gemía al mismo tiempo, el dolor transformándose poco apoco en una presión placentera y abrumadora.
Los dos estallaron casi al mismotiempo. Éthel se corrió con un grito agudo, el conejito contrayéndose confuerza alrededor de la polla que la tenía completamente abierta. Iván no seretiró. Al contrario: empujó hasta el fondo y se derramó dentro de ella sinmiramientos, chorro tras chorro espeso, caliente, regando su terreno fértilhasta la última gota. La llenó por completo, el semen brotando un pocoalrededor de la base gruesa mientras él seguía bombeando despacio, asegurándosede que no quedara nada fuera.
Cuando por fin se quedó quieto,todavía enterrado hasta el fondo, le besó las lágrimas de la cara y le susurrócontra los labios:
-Ya no hay vuelta atrás,hermanita. Eres mía.
La intimidad posterior fuesilenciosa, densa y extrañamente tierna.
Iván no se retiró de inmediato.Permaneció dentro de ella, todavía semiduro, sintiendo las últimascontracciones suaves del cuerpo de Éthel a su alrededor. Ella temblaba debajode él, la respiración entrecortada, las piernas abiertas y flojas, el rostrohúmedo de lágrimas y sudor. El dolor todavía latía entre sus muslos, profundo,caliente, como un recordatorio físico de lo que acababa de ocurrir, pero ya noera solo dolor: había una plenitud extraña, una sensación de haber sidoreclamada por completo.
Él se apoyó en los antebrazospara no aplastarla y empezó a besarla con una lentitud casi reverente: lafrente, los párpados hinchados, la punta de la nariz, los labios hinchados ytemblorosos. Cada beso era una disculpa muda y una confirmación al mismo tiempo.Su mano grande le acariciaba el costado, subiendo y bajando con suavidad, comosi quisiera calmar el temblor que aún recorría el cuerpo de su hermana.
Éthel tenía los ojos cerrados.Sentía el semen caliente de él resbalando lentamente entre sus nalgas, lahinchazón de su entrada, el peso protector de Iván sobre ella. Ya no habíajustificaciones en su cabeza. Solo un vacío dulce y peligroso, una entregaabsoluta. Cuando por fin abrió los ojos, lo miró con una mezcla devulnerabilidad y algo muy parecido al amor.
-Duele… -susurró, la voz ronca-.Pero no quiero que te salgas todavía.
Iván sonrió apenas, una sonrisasuave, casi tierna, y le apartó un mechón de cabello pegado a la mejilla.
-No pienso salir todavía -respondióen voz baja-. Quédate así. Conmigo dentro.
Se acomodó de lado sin separarsedel todo, llevándola consigo, y la envolvió con ambos brazos. El pecho desnudode él contra los pechos de ella, el vientre pegado al suyo, la polla todavíaalojada en su interior mientras el semen seguía escapando poco a poco. Le besóla sien y le susurró contra el pelo:
-Estás a salvo aquí. Contigo.Siempre.
Éthel enterró la cara en elcuello de su hermano, inhalando su olor mezclado con el de ambos. Las lágrimasvolvieron, pero esta vez eran silenciosas, de saturación emocional. Se aferrabaa él con los dedos clavados en su espalda, como si temiera que el momento sedeshiciera si lo soltaba. El cuerpo le dolía, el corazón le latía desbocado, ysin embargo se sentía… completa. De una forma prohibida y definitiva.
Ninguno habló durante un buenrato. Solo se escuchaba la respiración de los dos, el leve roce de la pielcontra la piel, y el goteo ocasional y cálido que recordaba lo que acababan dehacer. Iván le acariciaba la espalda en círculos lentos, protectores, mientrasella se dejaba mecer por esa intimidad pesada y dulce que solo existe despuésde haberse entregado por completo.
En ese sofá, desnudos, unidos,con el semen de él todavía dentro de ella y el himen roto para siempre, laintimidad posterior no era solo física. Era la calma peligrosa de dos personasque acababan de cruzar un punto de no retorno… y que, en ese instante, noquerían volver.
Así durmieron juntos.
Abrazados, desnudos, el cuerpo deÉthel aún sensible y lleno de él, la respiración de Iván caliente contra sunuca. No se separaron en toda la noche. Cada vez que ella se movía un poco,sentía el leve dolor dulce entre las piernas y el recuerdo inmediato de lo quehabía ocurrido, y en lugar de apartarse, se aferraba más a él.
Al amanecer, la luz suave deldepartamento filtrándose entre las cortinas, Éthel abrió los ojos y se sintiódistinta.
Por primera vez en su vida sedespertó ya hecha mujer. El cuerpo le dolía de una forma nueva, profunda, comosi todavía conservara la forma exacta de la vergón de su hermano dentro deella. Entre los muslos notaba la humedad seca del semen y de su propia sangre,una marca íntima e irreversible. Pero lo que más la desconcertaba no era lofísico: era la certeza psicológica, densa y tranquila, de que ya no sepertenecía a sí misma. Se sentía de Iván. Completamente. Como si durante lanoche algo se hubiera sellado no solo en su cuerpo, sino en su cabeza y en supecho. Ya no era solo su hermana. Era suya. Su mujer. Su esposa en todo menosen el papel.
Miró su mano izquierda, casi sinpensarlo… y se quedó sin aire.
En el dedo anular brillaban dosanillos. Uno de compromiso, delicado, con un diamante pequeño pero precioso, yjunto a él un anillo marital sencillo, elegante, de oro blanco. No recordabahaberlos puesto. No recordaba haberlos visto siquiera. Los giró con los dedostemblorosos, el corazón acelerado.
En ese momento apareció Iván.Venía del pasillo, descalzo, solo con unos pantalones bajos de pijama. En supropia mano izquierda brillaba un anillo marital idéntico al de ella. Se acercóa la cama (o al sofá donde habían terminado), se arrodilló un poco y le mostróla mano con una sonrisa tranquila, casi orgullosa.
-Llevaba meses esperando elmomento -dijo en voz baja-. Sabía que solo era cuestión de tiempo.
Se inclinó y la besó en loslabios con una ternura infinita, sin prisa, saboreando el primer beso del díacomo esposos.
-Buenos días, esposa mía.
Éthel no pudo hablar. Solo lomiró, los ojos húmedos, la mano todavía levantada con los anillos brillando. Élle acarició la mejilla y le sonrió con esa calma posesiva que ahora la hacíasentir a salvo y completamente suya.
-Ven. Vamos a desayunar algorico.
La ayudó a levantarse concuidado, le puso una de sus camisetas grandes que le llegaba a mitad de muslo,y la llevó de la mano hasta la cocina. Allí tenía preparado un desayunosencillo pero cuidado: pan tostado, huevos, fruta fresca, café humeante. La sentóen la silla frente a él, le sirvió primero y se sentó a su lado, tan cerca quesus rodillas se tocaban.
Comieron por primera vez comopareja. En silencio al principio, mirándose, los anillos brillando cada vez quemovían las manos. Él le limpió una miga de la comisura de los labios con elpulgar. Ella le sostuvo la mirada más de lo necesario. Y aunque el cuerpotodavía le recordaba con cada movimiento lo que había pasado la noche anterior,por primera vez en su vida Éthel se sintió exactamente donde debía estar: a sulado, marcada, poseída y, de alguna forma extraña y profunda, en casa.
El celular de Éthel vibró sobrela mesita de la cocina.
La pantalla se iluminó con elnombre que ambos conocían demasiado bien: Mamá.
Éthel se quedó paralizada unsegundo, el tenedor a medio camino de la boca. Todavía llevaba la camisetagrande de Iván, el cuerpo sensible, los anillos brillando en su dedo anularcada vez que la mano temblaba. Iván la miró desde el otro lado de la mesa, sindecir nada, pero sus ojos se endurecieron apenas.
Ella contestó con la voz másnormal que pudo reunir.
-Hola, mami…
La voz de su madre salió clara,cálida, cotidiana:
-Hija, ¿a qué hora llegas? Yacasi es mediodía y no me has dicho nada. ¿Todo bien por allá con tu hermano?
Éthel sintió que el corazón se lesubía a la garganta. Miró a Iván. Él no apartó la vista. Estaba sentado muyrecto, el anillo marital brillándole en la mano izquierda mientras sostenía sutaza de café. La expresión de él no era de miedo: era de posesión tranquila,como si ya hubiera decidido que esa llamada no cambiaría nada.
-Yo… -Éthel se pasó la lengua porlos labios, todavía hinchados del beso de hacía un rato-. Todavía no sé, mami.Estamos… desayunando. Iván me preparó algo.
Hubo una pausa breve al otro ladode la línea.
-¿Desayunando a estas horas? Ay,hija, no me digas que se acostaron tarde viendo esas películas de miedo que legustan a tu hermano. Bueno, avísame cuando vengas en camino, ¿sí? Y dile a Ivánque se porte bien contigo.
Éthel tragó saliva. La mano librese le cerró sobre el muslo, justo donde todavía sentía la sensibilidad de lanoche anterior.
-Sí, mami… le digo. Te aviso.
Colgó.
El silencio que quedó en lacocina fue espeso. Éthel dejó el teléfono sobre la mesa con dedos torpes. Losanillos le pesaban de repente, como si fueran demasiado visibles. Levantó lavista hacia Iván.
Él dejó la taza, se levantódespacio y se acercó por detrás. Le rodeó los hombros con ambos brazos,inclinándose hasta hablarle al oído con voz baja, calmada, absolutamentesegura:
-No vas a llegar a ninguna parte,esposa mía.
Hoy no.
Ni mañana.
Le besó la sien y añadió, casi enun susurro:
-Aquí te quedas, junto a tuesposo.
Éthel sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, todavíaun poco incrédula, con los labios hinchados y los ojos brillantes. Se giró unpoco entre los brazos de Iván, lo miró de cerca y le preguntó en voz baja, casijuguetona, aunque el corazón le latía fuerte:
-¿Y cómo sería eso posible…?
Iván no apartó la mirada. Leacarició la mejilla con el dorso de los dedos, rozando el anillo que ahorabrillaba en la mano de ella, y respondió con esa calma absoluta que la hacíasentir que ya no había escape… ni lo quería.
-Muy sencillo, esposa mía.
Hoy le dices a mamá que te quedasunos días más. Que estoy solo, que necesito compañía, que te estoy ayudando conunas cosas del departamento. Después… encontramos otra excusa. Y otra. Hastaque un día simplemente dejes de irte.
Le besó la comisura de loslabios, despacio.
-Y si preguntan, les decimos laverdad a nuestra manera: que te mudaste conmigo. Que aquí estás mejor. Que estees tu hogar ahora.
La abrazó más fuerte por detrás,la camiseta grande de él subiéndole un poco por los muslos, y le susurró aloído con voz ronca y segura:
-Ya no eres solo mi hermana,Éthel.
Eres mi mujer.
Y las esposas se quedan junto asu marido.
Sobra decir que tan prontofinalizaron el desayuno, Éthel tomó el teléfono.
Se levantó de la silla todavíacon la camiseta grande de Iván, los anillos brillándole en la mano, y marcó elnúmero de su madre con una calma que la sorprendió a ella misma. Cuandocontestaron, su voz salió serena, casi natural:
-Mami… voy a quedarme unos díasmás con Iván. Está solo y… la verdad es que me viene bien estar aquí un tiempo.No te preocupes, estoy bien. Te aviso cualquier cosa.
Colgó antes de que las preguntaspudieran complicarse. Dejó el celular sobre la mesa y miró a Iván. Él soloasintió, satisfecho, y le tendió la mano.
Se bañaron juntos.
Bajo el agua caliente delregadero, Iván la jabonó con lentitud, pasando las manos por cada centímetro desu cuerpo como si todavía estuviera descubriéndola. Le lavó el cabello, le besólos hombros mojados, le acarició el vientre y, con especial cuidado, la zonasensible entre las piernas que todavía recordaba la noche anterior. Éthel sedejó hacer, los ojos cerrados, el vapor envolviéndolos, sintiendo que cadacaricia sellaba un poco más lo que ya eran.
Cuando salieron, él la secó conuna toalla grande, la cargó en brazos sin esfuerzo y la llevó hasta lahabitación. La cama matrimonial -ancha, ordenada, con sábanas limpias- losesperaba. A partir de ese momento ya no sería solo la cama de Iván. Sería la deambos. La cama marital.
La recostó con ternura. Esta vezno hubo prisa ni desesperación. Iván se colocó sobre ella y le hizo el amordespacio, profundo, mirándola a los ojos todo el tiempo. Entró con cuidado,sabiendo que todavía estaba sensible, y se movió con embestidas largas ypausadas, llenándola por completo una y otra vez. La besaba entre gemidos, lesusurraba al oído “esposa mía”, “te amo”, “aquí te quedas”. Éthel lo rodeó conbrazos y piernas, entregándose sin reservas, sintiendo cómo el dolor residualse transformaba en un placer denso y emocionalmente abrumador.
Cuando ambos llegaron al orgasmo,lo hicieron abrazados, sin separarse, el semen de Iván derramándose otra vezdentro de ella mientras la cama -ya de ellos- crujía suavemente bajo suscuerpos.
Después se quedaron enredadosentre las sábanas, el corazón todavía acelerado, sabiendo que algo habíacambiado para siempre.
Esa ya no era la cama de unhermano.
Era la cama de un marido.
0 comentarios - Hermanita, ya eres mía