Ella me llevaba siete años cuando nuestros mundos secruzaron por primera vez.
Yo tenía cinco. Ella, doce. A veces quedaba a cargo denosotros y, desde entonces, aprendí que cuando ella entraba en una habitación,las reglas cambiaban. Imponía los juegos, decidía quién hacía qué y convertíacualquier tarde interminable de verano en una aventura que solo ella sabía cómodirigir.
A los catorce, todavía no comprendía hasta qué punto aquellaautoridad podía confundirme.
Recuerdo especialmente una tarde.
El calor se había instalado en la casa como una segundapiel. Los demás niños corrían de un lado a otro, aburridos, hasta que ellaanunció que jugaríamos a "la mamá y el papá". Me señaló a mí parainterpretar al padre y repartió a los demás los papeles de nuestros supuestoshijos.
Todo parecía un juego.
Hasta que dejó de serlo.
De pronto, envió a los otros niños fuera de la casa con unalista interminable de cosas que debían buscar. Recuerdo sus risas alejándose,el ruido de la puerta al cerrarse y, después, un silencio extraño.
Entonces me tomó de la mano.
—Ven.
No pregunté adónde.
La seguí por el pasillo hasta una habitación donde la luzdel verano entraba apenas por las cortinas. Cerró la puerta.
Y algo cambió.
No sabría explicar qué fue exactamente. Quizá su manera demirarme. Quizá el silencio. Quizá aquella sensación de estar dentro de un juegocuyas reglas ya no conocía.
—Ahora somos esposos —dijo.
“Como esposo", dijo con una voz que ya no era la de laniñera, "tienes que cumplir con tu deber". Sus palabras, cargadas deun significado nuevo y peligroso, fueron el preludio de sus manos. Comenzó atocarme, despacio, a través de la tela. Yo tenía 14. Ella, 21. Una neblina deconfusión y un hormigueo eléctrico me recorrieron. No entendía qué ocurría,solo que me encantaba. Alver mi excitación, cómo mi cuerpo respondía traicioneramente bajo su mano, susojos brillaron con una satisfacción perversa.
Sin prisa, se bajó supantalón. Quedó grabado a fuego en mí: el calzón lila que se deslizó por suscaderas. Un color que, hasta hoy, me provoca un escalofrío.
Pone su mano sobre el pantalón, a la altura de mi pija, me agarray me guía hasta la cama y me tira boca arriba, se sube y se sienta en mi pechoy me baja los pantalones, rosando mi pija que estaba dura a mas no poder, sinparar de tocarme sube su cola y se sienta en mi cara, obligándome a olerla y arecorrer con la nariz y la boca toda su zanja y calzón que de apoco se empezó aempapar. Un aroma acre, salvaje y completamente nuevo que se me metió en elalma. En eso se baja y se saca su calzón empapado y se vuelve a sentar en mi cara,pero de frente, diciéndome "Cómeme", ordenó. yo, sumiso y embriagado, obedecí. Fue miprimera vez. Dudoso que mi torpe lengua la hiciera gozar, pero ella permitiógozo de mi aprendizaje unos instantes antes de sacarme, al ver cómo se parabami pija debajo del bóxer, me susurra al oído ,” recordaras esto por el resto detu vida”, sobando con su mano mi pija sobre el bóxer, me lame la oreja y baja lentamentehasta que llega a mi bóxer y empieza a jugar con su boca, sobando toda la pija ymirando mi cara, cuando ya no daba más con la pija hinchadísima debajo delbóxer, mete su mano y se la mete en la boca, en donde se la devora con unhambre, ha sido de las mejores chupadas de mi vida, luego de 5 minutos devorándola,se levanta y se tira en la cama, me ordeno aculármela salvajemente en 4 hastaque explote dentro de ella. Terminó tomándome con su mano, un contacto firme y decisivoque selló aquel pacto secreto. Luego, me vistió con la meticulosidad de quienarregla un juguete después de usarlo. "Todo lo que pasó aquí”, susurrópegando sus labios a mi oreja, "es un secreto. Nuestro secreto”.
Esa tarde no fue un simple juego. Fue el primer capítulo,intenso y confuso, de una larga historia de muchos, muchos episodios por contar.El prólogo de una educación sexual en la sombra, donde ella era mi única ydepravada maestra.

Yo tenía cinco. Ella, doce. A veces quedaba a cargo denosotros y, desde entonces, aprendí que cuando ella entraba en una habitación,las reglas cambiaban. Imponía los juegos, decidía quién hacía qué y convertíacualquier tarde interminable de verano en una aventura que solo ella sabía cómodirigir.
A los catorce, todavía no comprendía hasta qué punto aquellaautoridad podía confundirme.
Recuerdo especialmente una tarde.
El calor se había instalado en la casa como una segundapiel. Los demás niños corrían de un lado a otro, aburridos, hasta que ellaanunció que jugaríamos a "la mamá y el papá". Me señaló a mí parainterpretar al padre y repartió a los demás los papeles de nuestros supuestoshijos.
Todo parecía un juego.
Hasta que dejó de serlo.
De pronto, envió a los otros niños fuera de la casa con unalista interminable de cosas que debían buscar. Recuerdo sus risas alejándose,el ruido de la puerta al cerrarse y, después, un silencio extraño.
Entonces me tomó de la mano.
—Ven.
No pregunté adónde.
La seguí por el pasillo hasta una habitación donde la luzdel verano entraba apenas por las cortinas. Cerró la puerta.
Y algo cambió.
No sabría explicar qué fue exactamente. Quizá su manera demirarme. Quizá el silencio. Quizá aquella sensación de estar dentro de un juegocuyas reglas ya no conocía.
—Ahora somos esposos —dijo.
“Como esposo", dijo con una voz que ya no era la de laniñera, "tienes que cumplir con tu deber". Sus palabras, cargadas deun significado nuevo y peligroso, fueron el preludio de sus manos. Comenzó atocarme, despacio, a través de la tela. Yo tenía 14. Ella, 21. Una neblina deconfusión y un hormigueo eléctrico me recorrieron. No entendía qué ocurría,solo que me encantaba. Alver mi excitación, cómo mi cuerpo respondía traicioneramente bajo su mano, susojos brillaron con una satisfacción perversa.
Sin prisa, se bajó supantalón. Quedó grabado a fuego en mí: el calzón lila que se deslizó por suscaderas. Un color que, hasta hoy, me provoca un escalofrío.
Pone su mano sobre el pantalón, a la altura de mi pija, me agarray me guía hasta la cama y me tira boca arriba, se sube y se sienta en mi pechoy me baja los pantalones, rosando mi pija que estaba dura a mas no poder, sinparar de tocarme sube su cola y se sienta en mi cara, obligándome a olerla y arecorrer con la nariz y la boca toda su zanja y calzón que de apoco se empezó aempapar. Un aroma acre, salvaje y completamente nuevo que se me metió en elalma. En eso se baja y se saca su calzón empapado y se vuelve a sentar en mi cara,pero de frente, diciéndome "Cómeme", ordenó. yo, sumiso y embriagado, obedecí. Fue miprimera vez. Dudoso que mi torpe lengua la hiciera gozar, pero ella permitiógozo de mi aprendizaje unos instantes antes de sacarme, al ver cómo se parabami pija debajo del bóxer, me susurra al oído ,” recordaras esto por el resto detu vida”, sobando con su mano mi pija sobre el bóxer, me lame la oreja y baja lentamentehasta que llega a mi bóxer y empieza a jugar con su boca, sobando toda la pija ymirando mi cara, cuando ya no daba más con la pija hinchadísima debajo delbóxer, mete su mano y se la mete en la boca, en donde se la devora con unhambre, ha sido de las mejores chupadas de mi vida, luego de 5 minutos devorándola,se levanta y se tira en la cama, me ordeno aculármela salvajemente en 4 hastaque explote dentro de ella. Terminó tomándome con su mano, un contacto firme y decisivoque selló aquel pacto secreto. Luego, me vistió con la meticulosidad de quienarregla un juguete después de usarlo. "Todo lo que pasó aquí”, susurrópegando sus labios a mi oreja, "es un secreto. Nuestro secreto”.
Esa tarde no fue un simple juego. Fue el primer capítulo,intenso y confuso, de una larga historia de muchos, muchos episodios por contar.El prólogo de una educación sexual en la sombra, donde ella era mi única ydepravada maestra.

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