Capítulo 7 - “Quiero en ésta oportunidad, como simple ciudadano, mezclarme en ésta masa sudorosa, estrecharla profundamente con mi corazón…”
El sábado del cumpleaños de Tavo en San Miguel, ahí donde vivía con el primo, por fin llegó. El gordo le había roto las bolas que Valentina no tenía una vez más durante la semana para que ella asistiera. No hacía falta tanto rompedero de huevos, pensaba ella. Ella quería ir. Se distraería, conocería gente, socializaría… no era de salir tanto y siempre le venía bien.
Para evitar confusiones, malentendidos o lo que pudiera surgir, ya le había avisado firmemente al gordo que ni se le ocurriera presentarla a ella como ‘la novia’ ni nada de eso. Eran amigos. Ella era una amiga a quien él había invitado al cumple gentilmente, y punto. Valentina no quería que nadie la mirara mal en el cumple, que hubiera rispideces o que la gente ahí se pensara algo que no era. Eran amigos, que en realidad era nada más ni nada menos que lo que realmente eran. No hacía falta aclarar más.
Y también le dijo al gordo que durante el cumple nada de andar boqueando cosas o poniéndose cargoso. Tavo aceptó, riéndose. Le dijo que no hacía falta, que no era un bestia y que no se preocupara tanto, que la gente de ahí era buena gente. Valentina no estaba preocupada tanto por la gente de ahí sino por Tavo, por lo que podía llegar a decir o hacer.
Para cubrirse, le dijo a Nicolás solamente parte de la verdad, y tergiversada: Que iba a ir al cumple de un amigo de Cecilia y de la prima de Cecilia, una tal Soledad. Que iba a ser en San Miguel. Que iban a ir juntas y se volvían juntas, pero por ahí volvían tarde. Nicolás le dijo que okey, que él se iba a juntar con un amigo entonces ahí en el departamento así veían el partido de Almagro a la tardecita, que se jugaba la permanencia, y que después se pedirían una pizza o saldrían a tomar algo por el barrio.
Cada uno tenía su plan y estaba perfecto.
Para seguir cubriéndose, durante la semana la llamó a Cecilia y le explicó que la tenía que cubrir. No le dijo todo, pero sí que iba a ir al cumple de Tavo que la había invitado a San Miguel, y en caso que Nicolás la llamara o la mensajeara, lo cual era muy poco probable, que ella dijera que a último momento se bajó porque se sentía mal o algo así, y que Valentina se había ido con Soledad. No hacía falta más, Nicolás no iba a querer averiguar más.
Valentina se arregló bien. No matadora, sencilla. Una mujer como ella quedaba linda se pusiera lo que se pusiera, pero tampoco quería caer pareciendo un recontragato. Jean, zapatillas, una remera sobria, arreglada y punto. Era un cumple tranquilo en la casa de una familia humilde, no hacía falta alardear de nada. Era pasarla bien nada más.
Previsora, cuando buscó la dirección que Tavo le había pasado en San Miguel se dió cuenta que le iba a costar un Perú conseguir un Uber que se animara a llevarla hasta allá. No por la distancia, sino por la zona. No era un “asentamiento”, como a veces decía Tavo, pero pegaba en el palo. Lo vio en el street view de Google: casas bajitas, venidas a menos, intercaladas con algunas directamente de ladrillo y chapa, iluminación municipal de la época de Onganía, seguramente. Por suerte no era calle de tierra. Se puso a buscar Uber arrancando a las siete de la tarde y tardó una barbaridad en conseguir uno que por fin aceptó el viaje.
Cuando llegaron por fin más o menos a la zona ya se habían hecho las ocho y media. El conductor del Uber no decía nada, pero por la forma que miraba para todos lados tenía unas ganas bárbaras de dejarla a Valentina y retornar a la civilización. A ella no le parecía para tanto. Si, era un barrio de gente humilde y trabajadora. Y la municipalidad seguramente hacía lo que podía con lo que tenía, al igual que la gente de ahí. No había por qué despreciar nada ni a nadie.
Al llegar a la dirección, Valentina se bajó y enseguida lo quiso matar por dentro a Tavo. Era, efectivamente, la dirección correcta, pero se dió cuenta porque era un flor de kilombo: Al estimativo del gordo de “seis o siete” que iban a estar le faltaron un par de decenas. Música al palo que se oía desde afuera, el patiecito del fondo que se podía ver desde la calle, dentro de la humilde propiedad, lleno de gente. Hombres, mujeres, chiquitos corriendo de acá para allá. Tocó el timbre y le abrió una chica. Ni le preguntó quién era, le sonrió y la hizo pasar.
Adentro había más gente. Valentina calculó que, esparcidos por toda la casa, debía haber como treinta personas. La casa era una de esas construcciones viejas de provincia, de la época de las casas de Perón (si es que ésta no había sido una de esas, justamente, en alguna de sus encarnaciones), que con los años le fueron agregando ambientes y dependencias a los ponchazos, con el material que se podía encontrar. Habían colgado algunas luces de colores, había unas mesas largas que armaron con taburetes afuera en un patiecito, y un equipo de música largaba cumbia de la buena y reggaeton.
Lo encontró a Tavo enseguida y se saludaron. Valentina le dió un abrazo y un beso, pasándole su regalo en una bolsa: un par de lindos jeans negros de su talle, ya que el gordo decía que siempre andaba corto de pilcha. Tavo le sonrió, le dió un besote en la mejilla y le agradeció mucho, de verdad, susurrándole al oído que la quería mucho.
Valentina sonrió y le gustó el cumplido. También se dió cuenta al toque que Tavo venía escabiando desde las dos de la tarde, más o menos. Tavo le presentó amablemente, porque correspondía, a los dueños de casa: su primo Riki y su mujer, Ana. Ellos también estaban encantados de que Valentina hubiese podido venir. Todos eran re buena gente, tal cual Tavo había dicho.
Buena gente, eso sí, hasta cierto punto. Valentina se vió inmersa en la rutina social a la que ya estaba tan acostumbrada, desde sus épocas de militante inclusive: los tipos le daban vueltas como polillas alrededor de una lámpara, las mujeres la detestaban silenciosamente, no le hablaban y la miraban de reojo. El pan de cada día de ella en ese tipo de reuniones. Ya estaba curtida de eso, pero no por eso dejaba de molestarla un poco.
Las mujeres la trataron así, salvo una. Paulita, se llamaba. Una chica de ahí, amiga de la mujer del primo de Tavo. Pegaron onda enseguida porque Paulita también estaba comprometida con la ayuda social de ahí de la zona, aunque lo de ella era más por el lado de la izquierda. Igual, pensó Valentina, todo bien. Los movimientos populares pueden y deben tener más de un pensamiento. Fue la única de las mujeres que le dió bola y la trató bien, como una amiga. Entre charla y charla con los tipos y los pibes que la revoloteaban, se pasó un par de horas también hablando de la vida y de política con Paulita.

Ya se habían hecho pasadas las doce. Cuando le cantaron el feliz cumpleaños a Tavo y sopló la velita, el gordo ya estaba a un paso de estar dado vuelta con todo lo que había tomado. Estaba alegre, pasándola bárbaro, pero estaba muy tomado. Se había sentado a la mesa con el primo y una gente más y de ahí no se movió. Vino y cerveza toda la noche, más lo que habría tomado durante el día. Valentina también había tomado desde que llegó. Un vinito, una cervecita tambień, un par de fernets charlando con Paulita…
A las doce y media algunos de los pibes de su edad que estaban ahí, quizás un poco más chicos también, dijeron que se iban a ir a un par de cuadras de ahí, que en un bolichito estaba tocando la banda de cumbia de unos amigos. Por supuesto que le dijeron a Valentina que fuera con ellos, que estaban un rato y se volvían.
Valentina aceptó. Hacía rato que no escuchaba música en vivo. Los pibes estaban más que contentos que fuera con ellos, quizás por motivos obvios. Valentina le dijo a Tavo que se iba un rato y el gordo, más allá que acá, le dijo que sí, que después hablaban, que la pasara lindo.
Se fue con los pibes, que eran cinco, caminando el par de cuadras hasta el boliche vecino. Decirle boliche era demasiado. Era mitad casa, mitad galponcito que siendo extremadamente generosos estaría habilitado para algo así. No cobraban entrada, no había patovicas en la entrada. La cumbia se escuchaba desde afuera y el lugar estaba bastante abarrotado de gente de ahí, más bien tirando a jóvenes pero alguno más maduro o madura se veía. Cuando llegaron la banda estaba tocando. Uno de los pibes fue a la barra improvisada y se trajo unas latas de cerveza, dándole una a Valentina, quien aceptó gustosa, mirando la banda y moviéndose al ritmo.
Por supuesto que bailando ahí, con los pibes, en medio del tumulto de gente, un par de buenas manos de alguno en el orto se llevó, pero no le molestó. La cumbia llama a eso, al movimiento y al contacto. De vez en cuando charlaba con los pibes, que ni lerdos ni perezosos le tiraban la onda que podían, a ver quien se la iba a levantar. A Valentina le divertía, entre la situación y lo que había tomado. Les daba bola a todos y a ninguno, pero si vió que los pibes estaban que volaban de calentura de tenerla ahí.
Ella no tomó mucha noción del tiempo, pero seguramente estuvieron una hora ahí, bailando, charlando cerquita, tocándose al hablar. Y tomando. Valentina la pasó tan bien que les dijo de sacarse una foto con los pibes, y ellos encantados.

La banda terminó de tocar a eso de la una y media. Después venía otra que los pibes no querían quedarse a ver porque no eran amigos de ellos, así que decidieron volver, desandando las dos cuadras de vuelta a la casa del primo de Tavo. Cuando llegaron, ya alguna de la gente se había ido. Había menos. Todavía había música, gente tomando y comiendo. Algún chiquito seguía correteando, pasado de excitación y sabiendo que no se iba a dormir nunca.
Al que no le había pasado eso fue al gordo.
Cuando Valentina volvió a la casa, Tavo ya estaba al borde del knockout. Apenas se mantenía sentado, charlando con el primo y otros tipos ahí en la mesa. Ella fue a decirle que ya había vuelto y casi que ni la registró. Valentina se rió y siguió tomando un poco más, encontrándose de vuelta con Paulita, quien no había ido a ver a la banda y se había quedado.
Y en ese momento fué cuando se comenzó a descarrilar todo.
Dos de los pibes que habían ido con ella a ver la banda, mas un vecino del primo de Tavo, un tipo con pinta de boliviano ya un poco cuarentón, entre lo que habían tomado y las ganas que le tenían, aprovecharon cuando Valentina estaba afuera en el patiecito con su cerveza y la abordaron. Se le pusieron cerca los tres, a ella no le molestó. Charlaron cinco minutos y enseguida le empezaron a tirar onda. Le dijeron si no quería ir con ellos a la casa de al lado, la del boliviano, porque no les daba para hacer nada ahí en la casa del cumple, con las mujeres y los chicos.
Valentina, entre lo que había tomado ya y la situación, sonreía y estaba procesando lo que le decían. Sintió la mano del tipo más grande, del vecino Boliviano, que la agarró suavemente del brazo, sintiéndoselo. El tipo se le acercó al oído y le habló.
“Linda, venite con los pibe’ acá al lado… tomamos un rato, te atendemo’ lindo si querés…”, se rió.
“Ay, pará, boludo, jiji…”, Valentina se rió. Le causó gracia, pero de la buena, lo directo que era el tipo. Pero cuando lo miró, el tipo no se reía mucho.
“En serio, dale. Vamo’. Total acá la joda ya se acabó”, dijo el tipo.
“La seguimos acá al lado, dale…”, agregó uno de los pibes.
“Yo ya tendría que ir viendo como volverme…”, dijo Valentina.
“Despue’ te llevamo’ en la moto, linda… qué vivís en Capital?”, preguntó uno de los pibes, “Te lleva Tito en la moto. Dale, no te ortibe’...”, le sonrió.
Valentina suspiró y tomó un trago de su cerveza, “Bueh… bueh, un ratito nomás, si?”
Los pibes sonrieron y celebraron bajito. El boliviano no. Le puso un brazo alrededor de la cintura y la guió con él, por el patio, yendo para la casa de al lado, a la cual se accedía por una tranquerita que habían puesto improvisada en el alambre tejido que hacía las veces de separación entre las propiedades.
El lugar de al lado, donde vivía el vecino, era parecido. El tipo le había dicho que era mecánico, y todo parecía una mezcla entre casa, taller y depósito. Todo improvisado, construído como se pudo. Ambientes y dependencias mal iluminadas parecían reproducirse orgánicamente, sin el orden concebido por ningún arquitecto.
Cuando Valentina llegó a lo que servía las veces de sala de estar de la casa, además de los dos pibes y el tipo con los que fué, había tres tipos más. Cuarentones y cincuentones, como el vecino. Todos con pinta de bolivianos o peruanos. Charlaron un rato ahí, alguien le pasó otra cerveza, los pibes y los bolivianos ya prácticamente encima de Valentina, metiéndole lindas manos por el cuerpo y acariciándola mientras hablaban.
En el medio de la escena apareció una mujer, también con pinta de boliviana, se ve que la mujer de uno de los que vivía ahí, puteando e increpando a uno de los tipos. Que qué hacía esa mina acá en la casa, que no jodiera, que lo iba a matar. Uno de los tipos le respondió que se dejara de joder y que se metiera en la pieza o la iba a cagar a trompadas. La mujer, puteando bajito, se volvió donde estaba y cerró la puerta.
Uno de los tipos resopló, molesto, mientras tenía una mano estrujándole el culo a Valentina, “Acá no, che… vamo’ pa’l fondo, así nos ponemos más cómodos… que te parece, cholita?”
Valentina dijo que sí. Tiempo después, cuando recordaba lo de esa noche, sinceramente no podía decir si había dicho que sí porque había tomado, por calentura de estar rodeada de tipos así, o porque la situación la desbordó. Posiblemente una combinación de todo fué lo que realmente le pasó por la cabeza. Para Valentina en ese momento fué más que nada la excitación de saberse deseada, querida. La propuesta de sexo, de complacer a tantos.
Para los dos pibes y para los bolivianos que vivían ahí, fue más que nada el tener a la bomba rubia esa que se la iban a culear bien culeada. Un regalito del cielo como ese no les caía todos los días. O ningún día.
La llevaron a una de las dependencias del fondo, primero. Un cuartito que a Valentina le pareció como un mini taller textil. Por ahí hacían remeras. Había una computadora desvencijada y un monitor, el lugar estaba lleno de cajas y bastante basura, todo comprimido en un cuartito más bien chico, y por algún motivo había una cama vieja y un colchón. Alguno dormiría ahí.
Ahí la empezaron a besuquear y meterle mano en serio, pero bien en serio. Los cuatro o cinco a la vez, Valentina ni sabía. Alguien le sacó la cerveza y se la llevó, dejándola ser el centro de un torbellino de manos, bocas y caricias. Manos que la estrujaban, la sentían por todos lados y le sacaban la ropa. De vez en cuando le guiaban una de sus manos, o las dos, para encontrar una verga dura mientras tenía la lengua de uno en la boca y sentía la boca de otro chuparle una teta.
Valentina estaba en el cielo. Y ahí descubrió que hasta el cielo tiene varios niveles.
Uno la presionó en un hombro y mientras se besaba con otro lo escuchó, “... a ver si te ponés a chupar pija….”. La guiaron hasta quedar de rodillas, con las tetas al aire y el pantalón desabrochado a medio sacar. Cinco vergas marrones la rodearon fuerte y en la cara. No sabía cual elegir, por cual empezar. Todas, aún en la penumbra del lugar, se veían y olían hermosas.
Uno de los tipos eligió por ella, agarrándole la cabeza. Luego otro. Y otro más. Valentina sentía la concha chorreándole sola por debajo del pantalón y la bombacha. Mientras mamaba a uno en un costado, sintió entre las voces, gemidos y comentarios de los tipos encima de ella, a uno que jadeaba. De pronto sintió un lechazo caliente en la mejilla. El tipo se habría pajeado, pensó dulcemente, mientras mamaba a otro.
Cuando terminó de mamar las cinco vergas que le habían ofrecido, haciendo acabar a algunas y a otras no, deleitándose con el sabor de la leche que las que acabaron le dieron, la pusieron de pie, la movieron al camastro que había ahí y la terminaron de desnudar. Algunos de los tipos también se desnudaron.
En ese camastro, ordenados y de a uno, los tipos se la cogieron de lo lindo, disfrutándola y dejándole hermosos lechazos, algunos bien en el fondo de la concha, otros en la piel de su cola o su estómago o sus tetas. El cuarto en la fila, uno de los bolivianos maduros de ahí, la dió vuelta poniéndola en cuatro y le rompió bien el culo, llenándolo de verga dura y, finalmente luego de unos minutos de dolor y éxtasis, semen caliente. Valentina gozó como una perra en celo con cada uno, haciéndole saber a esos machos hermosos lo lindo que la estaban haciendo sentir. Cuando de repente giraba la cabeza, en su delirio de sexo y borrachera que llevaba, y los veía a los otros ahí cerca mirando, pajeandose, esperando su turno, casi que se moría de lujuria.

Los dos pibes, dos con los que había ido a ver a la banda, curiosamente fueron los que abandonaron primero. Se saciaron con ella, uno una vez, otro más caliente un par de veces, y se fueron. Valentina no sabía adónde, ni por qué. Se quedó con cuatro de los bolivianos más mayores. Esos sí que sabían disfrutar a una hembra como ella.
Después de cogérsela un rato ahí, así como estaba en bolas la levantaron y la guiaron caminando más hasta el fondo de la propiedad. Valentina ni sabía qué hora era ya. El celular y la ropa le habían quedado ahí donde se los habían sacado, en el cuartito con el camastro. En el fondo había un galponcito que usaban de depósito, medio de basurero de cosas grandes que ya no servían y lo que hiciera falta, pero también había un par de colchones. Algunos otros dormirían ahí también.
En ese galponcito se la siguieron culeando hermoso, llenándole todos los agujeros de su cuerpo hambriento con verga y leche boliviana. Ya con más lugar, de a dos o de a tres. Y Valentina lo amaba. Los amaba, extasiada, gritando cada uno de los dulces orgasmos que le arrancaban a fuerza de pijazos para que supieran cómo cogía y cómo sonaba una hembra agradecida en serio.




Cuando por fin terminaron con ella, saciados, le habían dejado media delegación del Mercosur en la concha y en el culo. Y la otra mitad en el estómago. Valentina temblaba sola, aunque ya nadie se la estaba cogiendo. Tirada ahí en uno de los colchones, uno de sus muslos parecía no parar de sacudirse solo. Sus dos dulces agujeros de mujer le habían quedado aún más dulcemente abiertos, usados y amados, algunos dirían con un asco de mezcla de semen. Valentina diría que eran la mejor bóveda para ese preciado tesoro. Llevar la semilla del pueblo por dentro era el más grande honor.
Escuchó, medio consciente, que uno decía que ya eran las seis y media. El sol empezaba a despuntar por algún lado y el cielo estaba clarito, filtŕandose por entre rendijas en las chapas del lugar. Uno de los pibes se le acercó y le dió su ropa, el celular y la billetera. Le sonrió y le dijo, algo cansado, que si quería él la llevaba en la moto a su casa, que no había drama
Valentina se incorporó como pudo y, casi por instinto, abrió la billetera y revisó que estuviera todo. El pibe se rió, “Che… no somo’ chorizo’ acá… tranqui”. Estaba todo. Nadie le había sacado nada. Valentina le sonrió y le dijo que sí, si por favor la llevaba, pero primero tenía que usar un baño para limpiarse.
El pibe le dijo que no, que a la casa ahora a la mañana mejor no entrara, que había chicos. Que se limpiara ahí, en el galponcito, que había una canilla y unos trapos. Valentina lo hizo porque no había mucha opción. Mientras se limpiaba entre las piernas en un rincón, vió que el pibe la miraba sonriendo, delante de dos de los Bolivianos que estaban tirados, ya durmiendo agotados, en los colchones.
Se vistió como pudo, con la vagina y el agujero del culo dándole punzadas de dolor, distensión e irritación, ahora que la adrenalina y el placer se le habían disipado. El pibe la ayudó a caminar un poco. No era que no podía, se podía mover bien, pero le dolía cada paso. Salieron de la propiedad sin que los viera nadie, no por la casa sino por el patio. Caminaron, ella con dificultad, tres cuadras hasta la casita de la familia del pibe. El pibe entró, sacó la moto mientras Valentina esperaba afuera, le dió un casco extra que llevaba y se montaron, rumbo de vuelta a Capital.
A Valentina las motos siempre le dieron pánico, pero esa vez estaba demasiado agotada, demasiado dormida, borracha y recontra cogida para decir nada. Se aferró a la cintura del pibe y trató de no mirar y al mismo tiempo no quedarse dormida dentro del casco con el vaivén de la moto.
Cuando finalmente llegaron de vuelta a Villa Urquiza, el pibe paró la moto frente a su edificio. Ya se habían hecho más de las ocho. Valentina se bajó con dificultad, le devolvió el casco y le agradeció con un piquito. El pibe, pobre, se pensaba que por ahí la rubia le decía de subir a la casa y seguir cogiendo, pero Valentina nada más se dió vuelta y desapareció despacio dentro del edificio.
Al abrir la puerta de la casa, sintió olor a café y escuchó a Nicolás ya despierto en la cocina. No quería que la viera así, en el estado que debía estar.
“Amor… ya volví…”, atinó a decir suavemente, como pudo.
“Cómo te fué?” lo escuchó preguntar.
“Bien… re lindo… “
Cuando Nicolás salió de la cocina para verla y hablarle, tan solo unos segundos después, Valentina ya se había metido en el baño y cerrado la puerta. Pronto se escuchó el ruido de la ducha. Luego de una larga y placentera ducha caliente, Valentina se metió en su cama, bajó la persiana para que no entrara luz y cayó, agotada y rendida.
No se despertó hasta las seis y media de la tarde ese Domingo.
0 comentarios - El Día De La Lealtad (parte 7)