You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Hotel, borrachera y el culo de la morena del trabajo

Tengo 23 años y todavía se me para la polla solo de recordar el olor de ese cuarto de hotel. Vivía con mi pareja. Llegábamos de noche, cocinábamos algo rápido y yo siempre quería coger. Era normal, ¿no? Tener ganas de tu mujer. Pero ella solo tenía una respuesta: “Estoy cansada, no molestes”. Mal humor, cara de fastidio, se daba la vuelta y listo. Yo aguantaba. No quería caerle mal. Me la jalaba en el baño pensando en lo justo que se le ponía el coño cuando alguna vez sí aceptaba, pero eso casi nunca pasaba. La frustración se me acumulaba en los huevos como una bomba.
En el trabajo llegó ella. Morena, mirada que te comía entero, cuerpo recto pero de buen trasero y tetitas pequeñas que se marcaban bajo la blusa. Soltera, con hijos. Nos conocimos, le conté lo de mi pareja y ella me entendió. “Yo también estoy sola”, me dijo. Empezamos a salir. Cafés, conversaciones, miradas que se alargaban. Sin pensarlo ya éramos más que amigos. Yo sentía esa calentura distinta, prohibida, que me hacía latir la polla solo de verla caminar.
Un día me invitaron a una fiesta. Yo no tomo. Nunca. Pero ese día ella me dio vaso tras vaso. Ron barato, cerveza, no sé. Quedé mal ebrio. El mundo daba vueltas. Mi amigo me trajo agua helada y comida picante para bajar la borrachera. Logré pararme. En el camino ella me dijo al oído:
—Vamos a un hotel.
Asumí el riesgo. No le contestaba el celular a mi mujer. Con ella no se podía. El alcohol ya había bajado un poco, pero fingí seguir ebrio. No quería que ella notara que ya controlaba. Entramos, pedimos el cuarto, pagué. Subimos. Me tiré a la cama. Hasta ese momento la única mujer que había tocado era mi pareja. Estar ahí con otra se sentía como cruzar una línea que no tenía vuelta.
Ella entró al baño. Salió envuelta solo en una toalla. El pelo mojado, gotas corriendo por el cuello hasta el escote. Se acercó, se sentó a mi lado y me dio un beso. Lento al principio, después profundo. Su lengua sabía a menta y a ron. Me susurró:
—Hoy te voy a hacer cosas que nunca te han hecho.
Bajó despacio mi pantalón. Sacó mi polla. Estaba a medio palo, todavía un poco floja por el alcohol. Me miró a los ojos y se la metió a la boca.
Fue la primera vez. Mi mujer nunca había querido. Nunca. Sentí el calor húmedo de su lengua rodeándome la cabeza, la succión suave primero, después más fuerte. Veía cómo subía y bajaba la cabeza, la mano sujetándome la base, la lengua jugando con el frenillo. Puta madre, esto es otra cosa, pensé. El olor de su saliva mezclado con el mío, el sonido húmedo de chupadas, el calor que me subía desde los huevos. Me preguntaba:
—¿Te gusta?
—Sí… joder, sí…
Seguía chupando, más profundo, hasta que sentí la cabeza tocarle la garganta. Yo gemía sin control. La frustración de meses con mi pareja se me estaba saliendo toda por la polla. Cuando no pude más ella se levantó, se quitó la toalla y se tendió en la cama completamente desnuda. Pequeños senos, pezones oscuros, el coño afeitado a medias, ya brillante.
—Ahora quiero que me folles loco.
Nunca una mujer me había pedido así. Me puse encima. Busqué la entrada con la mano. Estaba mojada, caliente, pero más floja que la de mi pareja. Entró fácil. Debe ser por los hijos, pensé. Pero se sometía. Completamente. La follé de misionero primero, profundo, mirándola a la cara. Ella gemía bajito, los ojos semi cerrados. La movía como quería. Le agarré las piernas y las abrí más. El chapoteo se escuchaba claro. El olor a sexo empezaba a llenar el cuarto.
—Ponte de cuatro y baja la cabeza —le dije.
Lo hizo sin dudar. Le agarré la cintura con fuerza, los dedos hundidos en la piel. Entré otra vez. Ahora sí ajustaba un poco más. Ella gemía:
—Qué rico… me duele un poco… pero sigue…
No entendía lo del dolor si estaba más flojo, pero la excitación le debía estar apretando. La golpeaba duro, los huevos contra sus cachetes, el sonido húmedo y el de la piel. La tocaba, le apretaba el culo, le daba nalgadas. Ella solo se dejaba. Sumisa total.
Le dije que me la chupara otra vez. Se dio la vuelta, se arrodilló y me la metió a la boca con la polla ya completamente dura y brillante de sus jugos. Succionaba con ganas, mirándome. Después la volví a poner de cuatro.
—Ahora quiero ese culo.
Se negó.
—Nunca lo he hecho… no puedo…
No importó. Seguí follándola por el coño. Mientras me movía usé los dedos. Primero uno, despacio, rodeando la entrada. Estaba apretada, caliente. Metí el pulgar. Sentí ese pequeño “pop” como de tapón abriéndose. Ella no dijo nada. Seguía gimiendo por el coño. En esa intensidad saqué la polla y se la apoyé en el ano. Empujé. Entró.
Ella soltó un gemido más agudo, pero no se apartó. La abracé fuerte por la cintura y empecé a embestir. El culo apretaba cada vez más, caliente, jugoso, una sensación completamente distinta. Más estrecho, más prohibido. El olor terroso se mezclaba con el sexo. La follé sin parar, duro, sintiendo cómo me exprimía. Cuando estuve a punto de correrme la saqué y me vine encima. El semen salió espeso, a chorros, cayéndole en la espalda y en ese culo todavía abierto y brillante.
Nos quedamos ahí un rato. Ella temblando. Yo con el corazón a mil y la culpa empezando a subir, pero mezclada con una calentura que no se iba. El olor a sexo, a sudor y a semen llenaba el cuarto. Me vestí. Ella también. Bajamos.
Esa noche llegué a casa. Mi pareja estaba dormida. Me metí a la ducha y me lavé el olor de la otra. Pero el gusto de su boca y la sensación de ese culo apretándome la polla se me quedaron pegados.
Años después todavía se me para pensando en esa primera chupada, en cómo se dejó hacer de todo y en el momento exacto en que le entré por el culo aunque había dicho que no. Nada se compara con esa noche.

0 comentarios - Hotel, borrachera y el culo de la morena del trabajo