"LaLlamada del Patio 2."
Hacía un par de semanas de la primera vez, y el recuerdo nos tenía calientestodo el santo día. Estábamos otra vez en el patio, el mismo ritual de siempre:birras, faso y el aire denso del anochecer. Flor, con ese vestidito deentrecasa que se le pega al cuerpo como una segunda piel, sonreía mientras memiraba por encima del vaso.
"¿Te acordás, Martín? ¿Te acordás cuando entraste y meencontraste con Tobías? Casi te saco los ojos de las órbitas de la puraexcitación", dijo, y se rio, una risa baja y caliente.
"Claro que me acuerdo, puta. Me acuerdo de todo",le contesté, ajustándome los pantalones. "Me acuerdo de cómo te dejaste,de cómo me esperaste. Fue... divino".
"Y si te dijera que quiero repetirlo... pero con unavariante", propuso, dejando el vaso en la mesa y acercándose a mi silla.Se sentó en mis rodillas, pasándome los brazos por el cuello. "Quiero queelijas vos esta vez. Elige al próximo que me vaya a coger".
Me quedé quieto. La idea me recorrió como una descarga."¿Yo elijo? ¿Y cómo hago?".
"Fácil. Mirá mis contactos, los que guardé 'por lasdudas'. Elegí uno. Escribile por mi, hacete pasar por mí. ¿Qué te gustaría quele diga?", me preguntó, con un brillo malicioso en los ojos.
Me pasó el celu. Abrí la agenda. "Nico el delbar", "Matías el repartidor", "Leo el plomero"... Midedo se detuvo en "Leo el plomero". Un tipo tranquilo, pero con uncuerpo que prometía. "Este", dije. "Leo. El plomero".
"Uhm, buena elección", sonrió Flor. "Es unpoco más callado que Tobías. A ver qué pasa".
"Decime qué poner", le pedí, ya con los dedossobre el teclado.
"Escribile: 'Hola, Leo, soy Flor. Sé que es un pocoatrevido, pero me quedé con ganas de saludarte la otra vez. ¿Qué tal si veníspor una birra y charlamos un rato?'". Copié su texto tal cual y lo mandé.Y esperamos. A los cinco minutos, sonó. "Aceptó. Dice que viene enveinte".
"Perfecto. Andá a tu esquina, mi cornudo. Yo aprepararme para tu nuevo amigo".
Salí, con el corazón martillándome. Esta vez era diferente.Yo había elegido. Yo había invitado. La culpa, el morbo, era todo mío. Esperéen la esquina, pero esta vez me estacioné un poco más lejos, desde donde podíaver mi puerta. Quería verlo todo.
Lo vi llegar. Un tipo alto, fuerte, con una campera detrabajo y una mirada seria. Entró. Y yo me quedé ahí, esperando.
Pasaron los minutos. Diez. Quince. Veinte. Treinta. Nada.No llegaba ningún mensaje. Ni una foto. Ni un llamado. Empecé a ponermenervioso. ¿Y si no pasaba nada? ¿Y si se sentaron a hablar de fútbol y seaburrió? ¿Y si Flor no le gustaba? La ansiedad me estaba comiendo vivo.
Y entonces, lo vi. La puerta se abrió y salió Leo. Caminabacon paso firme, pero no parecía frustrado ni enojado. Al contrario, se pasabala mano por el pelo, como si se hubiera sacado un clavo. Se subió a sucamioneta y se fue.
Me quedé paralizado. ¿Qué había pasado? ¿Se fue porque nopasó nada? ¿O se fue porque... sí pasó? Arranqué el auto y volví a casa como unloco. Subí las escaleras de dos en dos, con el pecho oprimido. Abrí la puerta yla encontré.
Flor estaba recostada en el sofá del living, con el vestidotodo arrugado, los pelos revueltos y una sonrisa de satisfacción en los labios.Sus piernas estaban abiertas, y se notaba que la concha estaba recién usada,húmeda y brillante.
"Mirá quién volvió", me dijo, con la voz dulce."Mi cornudito".
"¿Qué pasó, Flor? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué sefue así?", le pregunté, sin poder sacar la mirada de entre sus piernas.
"Ah, Martín... este fue diferente", me dijo,sentándose. "Este no era como Tobías. Este era tímido. O al menos, hizocomo que lo era. Se sentó, tomó la birra, y no le decía una palabra. Se poníacolorado cuando yo lo miraba. Así que tuve que hacerme cargo".
"¿Hacerte cargo?".
"Sí. Me levanté, me senté en sus rodillas y le dije:'Che, Leo, sé lo que querés. No hagas el tímido'. Y lo besé. El tipo se quedóparalizado, pero sentí cómo se le duraba la pija enseguida. Lo llevé acá, alsofá, y lo saqué de su cascarón. Y te juro que fue una delicia. Un tipo que nodice nada pero que te coge como si fuera la última vez en la tierra. Unsilencioso y bestial".
Se levantó, se acercó a mí y me pasó los brazos por elcuello. "Y no te llamé, Martín, porque esta vez fue solo mío. Quisecogerlo sola, disfrutarlo sola, sin que me vieras. Quise sentir qué se sentíaser una puta a escondidas, sin mi público. ¿Te enojás?".
Me quedé mirándola, con la rabia y la excitación mezcladasen una bola caliente en el estómago. "No... no me enojo. Pero... ¿yahora?".
"Y ahora... ahora vení acá, mi cornudo. Vení a probarel fruto de mi aventura secreta". Me agarró de la mano y me llevó al sofá.Me empujó suavemente para que me sentara. Ella, de pie frente a mí, se levantóel vestido lentamente para que pudiera ver su concha mientras se desparramabael semen del pibe por toda su vulva mientras sus tetas se balanceaban libresfuera de su vestido. Y agarrándome la pija con la otra mano empezí a frotar miglande por su cuevita mientras me lo glaseaba con la leche que chorreaba de suconcha.
Y aproximando su cara a la mia me ierrogo: “Te gusta lo humeda que está, llenade lechita de otro? Y me besó, lento, con lengua, profundo con sabor a sexo enla boca.
“Lo notaste, notaste el gusto a el? Se la limpié con mi boca antes de que sevaya, como hacen las putas de verdad”.
Entonces se arrodilló entre mis piernas, me desabrochó el pantalón y sacó mipija, ya dura como una piedra. Me miró desde abajo, con esos ojos miel queahora brillaban de pura maldad. "¿Ves, Martín? Esta pija es toda mía,¿viste? Y esta concha... esta concha estuvo con otro. Y ahora vos vas alimpiarla con tu lengua. Vas a saborear lo que dejó él. Vas a ser mi cornudoarrepentido".
Y sin esperar una respuesta, se subió a mi regazo, me guiñóla pija hacia su concha y se sentó de golpe, empalándose hasta el fondo.Gritamos los dos. "¡Así! ¡Así, mi cornudo! ¡Sentís cómo está? ¡Caliente yabierta! ¡Lista para vos!", gritaba, moviendo las caderas como una posesa.La agarré de la cintura y la ayudé a subir y bajar, sintiendo cómo me devoraba."¡Dale, Martín! ¡Cogeme! ¡Reivindicame! ¡Haceme tuya otra vez!". Labesé con desesperación, mordiéndole el cuello, los hombros, las tetas. Lavolqué sobre el sofá, la pateé las piernas abiertas y la volví a penetrar, estavez con rabia, con ganas de borrar al otro, de fusionarme con ella hasta que nosupiéramos quién era quién. "¡Sos mía, Flor! ¡Sos toda mía, puta!",le gritaba a la cara, mientras ella me respondía con los ojos en blanco y laboca abierta en un grito silencioso de placer. Y cuando sentí que se venía, quesu concha se apretaba contra mí en espasmos, no me aguanté más. Le di el últimogolpe, me clavé hasta las bolas y exploté adentro de ella, vaciándome todo,gritando su nombre como un maldito.
Nos quedamos así un rato, los dos jadeando, pegados, con elolor a sexo, a sudor, a otro hombre y a nosotros dos flotando en el aire.Después me desplomé a su lado, la besé con una ternura que contrastaba con laviolencia de antes. "Te amo, Flor", le susurré.
"Y yo a vos, Martín. Mi cornudo. Mi hombre", medijo.
Hacía un par de semanas de la primera vez, y el recuerdo nos tenía calientestodo el santo día. Estábamos otra vez en el patio, el mismo ritual de siempre:birras, faso y el aire denso del anochecer. Flor, con ese vestidito deentrecasa que se le pega al cuerpo como una segunda piel, sonreía mientras memiraba por encima del vaso.
"¿Te acordás, Martín? ¿Te acordás cuando entraste y meencontraste con Tobías? Casi te saco los ojos de las órbitas de la puraexcitación", dijo, y se rio, una risa baja y caliente.
"Claro que me acuerdo, puta. Me acuerdo de todo",le contesté, ajustándome los pantalones. "Me acuerdo de cómo te dejaste,de cómo me esperaste. Fue... divino".
"Y si te dijera que quiero repetirlo... pero con unavariante", propuso, dejando el vaso en la mesa y acercándose a mi silla.Se sentó en mis rodillas, pasándome los brazos por el cuello. "Quiero queelijas vos esta vez. Elige al próximo que me vaya a coger".
Me quedé quieto. La idea me recorrió como una descarga."¿Yo elijo? ¿Y cómo hago?".
"Fácil. Mirá mis contactos, los que guardé 'por lasdudas'. Elegí uno. Escribile por mi, hacete pasar por mí. ¿Qué te gustaría quele diga?", me preguntó, con un brillo malicioso en los ojos.
Me pasó el celu. Abrí la agenda. "Nico el delbar", "Matías el repartidor", "Leo el plomero"... Midedo se detuvo en "Leo el plomero". Un tipo tranquilo, pero con uncuerpo que prometía. "Este", dije. "Leo. El plomero".
"Uhm, buena elección", sonrió Flor. "Es unpoco más callado que Tobías. A ver qué pasa".
"Decime qué poner", le pedí, ya con los dedossobre el teclado.
"Escribile: 'Hola, Leo, soy Flor. Sé que es un pocoatrevido, pero me quedé con ganas de saludarte la otra vez. ¿Qué tal si veníspor una birra y charlamos un rato?'". Copié su texto tal cual y lo mandé.Y esperamos. A los cinco minutos, sonó. "Aceptó. Dice que viene enveinte".
"Perfecto. Andá a tu esquina, mi cornudo. Yo aprepararme para tu nuevo amigo".
Salí, con el corazón martillándome. Esta vez era diferente.Yo había elegido. Yo había invitado. La culpa, el morbo, era todo mío. Esperéen la esquina, pero esta vez me estacioné un poco más lejos, desde donde podíaver mi puerta. Quería verlo todo.
Lo vi llegar. Un tipo alto, fuerte, con una campera detrabajo y una mirada seria. Entró. Y yo me quedé ahí, esperando.
Pasaron los minutos. Diez. Quince. Veinte. Treinta. Nada.No llegaba ningún mensaje. Ni una foto. Ni un llamado. Empecé a ponermenervioso. ¿Y si no pasaba nada? ¿Y si se sentaron a hablar de fútbol y seaburrió? ¿Y si Flor no le gustaba? La ansiedad me estaba comiendo vivo.
Y entonces, lo vi. La puerta se abrió y salió Leo. Caminabacon paso firme, pero no parecía frustrado ni enojado. Al contrario, se pasabala mano por el pelo, como si se hubiera sacado un clavo. Se subió a sucamioneta y se fue.
Me quedé paralizado. ¿Qué había pasado? ¿Se fue porque nopasó nada? ¿O se fue porque... sí pasó? Arranqué el auto y volví a casa como unloco. Subí las escaleras de dos en dos, con el pecho oprimido. Abrí la puerta yla encontré.
Flor estaba recostada en el sofá del living, con el vestidotodo arrugado, los pelos revueltos y una sonrisa de satisfacción en los labios.Sus piernas estaban abiertas, y se notaba que la concha estaba recién usada,húmeda y brillante.
"Mirá quién volvió", me dijo, con la voz dulce."Mi cornudito".
"¿Qué pasó, Flor? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué sefue así?", le pregunté, sin poder sacar la mirada de entre sus piernas.
"Ah, Martín... este fue diferente", me dijo,sentándose. "Este no era como Tobías. Este era tímido. O al menos, hizocomo que lo era. Se sentó, tomó la birra, y no le decía una palabra. Se poníacolorado cuando yo lo miraba. Así que tuve que hacerme cargo".
"¿Hacerte cargo?".
"Sí. Me levanté, me senté en sus rodillas y le dije:'Che, Leo, sé lo que querés. No hagas el tímido'. Y lo besé. El tipo se quedóparalizado, pero sentí cómo se le duraba la pija enseguida. Lo llevé acá, alsofá, y lo saqué de su cascarón. Y te juro que fue una delicia. Un tipo que nodice nada pero que te coge como si fuera la última vez en la tierra. Unsilencioso y bestial".
Se levantó, se acercó a mí y me pasó los brazos por elcuello. "Y no te llamé, Martín, porque esta vez fue solo mío. Quisecogerlo sola, disfrutarlo sola, sin que me vieras. Quise sentir qué se sentíaser una puta a escondidas, sin mi público. ¿Te enojás?".
Me quedé mirándola, con la rabia y la excitación mezcladasen una bola caliente en el estómago. "No... no me enojo. Pero... ¿yahora?".
"Y ahora... ahora vení acá, mi cornudo. Vení a probarel fruto de mi aventura secreta". Me agarró de la mano y me llevó al sofá.Me empujó suavemente para que me sentara. Ella, de pie frente a mí, se levantóel vestido lentamente para que pudiera ver su concha mientras se desparramabael semen del pibe por toda su vulva mientras sus tetas se balanceaban libresfuera de su vestido. Y agarrándome la pija con la otra mano empezí a frotar miglande por su cuevita mientras me lo glaseaba con la leche que chorreaba de suconcha.
Y aproximando su cara a la mia me ierrogo: “Te gusta lo humeda que está, llenade lechita de otro? Y me besó, lento, con lengua, profundo con sabor a sexo enla boca.
“Lo notaste, notaste el gusto a el? Se la limpié con mi boca antes de que sevaya, como hacen las putas de verdad”.
Entonces se arrodilló entre mis piernas, me desabrochó el pantalón y sacó mipija, ya dura como una piedra. Me miró desde abajo, con esos ojos miel queahora brillaban de pura maldad. "¿Ves, Martín? Esta pija es toda mía,¿viste? Y esta concha... esta concha estuvo con otro. Y ahora vos vas alimpiarla con tu lengua. Vas a saborear lo que dejó él. Vas a ser mi cornudoarrepentido".
Y sin esperar una respuesta, se subió a mi regazo, me guiñóla pija hacia su concha y se sentó de golpe, empalándose hasta el fondo.Gritamos los dos. "¡Así! ¡Así, mi cornudo! ¡Sentís cómo está? ¡Caliente yabierta! ¡Lista para vos!", gritaba, moviendo las caderas como una posesa.La agarré de la cintura y la ayudé a subir y bajar, sintiendo cómo me devoraba."¡Dale, Martín! ¡Cogeme! ¡Reivindicame! ¡Haceme tuya otra vez!". Labesé con desesperación, mordiéndole el cuello, los hombros, las tetas. Lavolqué sobre el sofá, la pateé las piernas abiertas y la volví a penetrar, estavez con rabia, con ganas de borrar al otro, de fusionarme con ella hasta que nosupiéramos quién era quién. "¡Sos mía, Flor! ¡Sos toda mía, puta!",le gritaba a la cara, mientras ella me respondía con los ojos en blanco y laboca abierta en un grito silencioso de placer. Y cuando sentí que se venía, quesu concha se apretaba contra mí en espasmos, no me aguanté más. Le di el últimogolpe, me clavé hasta las bolas y exploté adentro de ella, vaciándome todo,gritando su nombre como un maldito.
Nos quedamos así un rato, los dos jadeando, pegados, con elolor a sexo, a sudor, a otro hombre y a nosotros dos flotando en el aire.Después me desplomé a su lado, la besé con una ternura que contrastaba con laviolencia de antes. "Te amo, Flor", le susurré.
"Y yo a vos, Martín. Mi cornudo. Mi hombre", medijo.
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