Estábamos como tantas veces, sentados en el patio después de una jornada detrabajo, con unas cervezas bien frías y el humo del faso subiendo lento. Lacharla fue derivando, como siempre, hacia lo erótico, contándonos anécdotas denuestro pasado, sacando a relucir fantasías que teníamos guardadas. El ambientese puso denso, pesado, cargado de deseo.
"Flor, tengo una fantasía turbia pero me re calienta ycreo que me encantaría hacerlo. Claro que tiene que ver con un trío. Y seríaalgo así como que vos elijas a un candidato de tu gusto y que lo invites acasa. Antes de que venga yo me voy con el auto a la otra esquina y espero a quepasen dos cosas: o que lo convenzas de un trio y acepte, entonces me llamas yvoy al toque para detonarte entre los dos, o que le dé timidez o algún otrofactor que haga que te lo garches sola, que lo disfrutes y le saques toda laleche. Entonces lo echas rapidito y yo voy y te vuelvo a dar como cajón que nocierra".
La miré, esperando su reacción. Se achuró el pelo, se pasóla lengua por los labios y me dijo, con una voz que se le puso más grave y máscaliente: "Che, Martín... vos me conocés. ¿Vos pensás que me voy a poner apensar mucho las cosas? La dos, sin dudarlo. La dos".
Me quedé medio parado. La verdad, pensé que iba a flaquear,pero no. Flor es Flor. Una perra sin remedio, y por eso la amo.
"¿Estás seguro, Martín? Porque una vez que empiece, nome voy a contener, ¿viste? Voy a ser toda una puta con él. Quiero que losepas", me dijo, ya con los cachos bien parados, como dos faros.
"Obvio que estoy seguro, amor. Eso es lo que me recalienta", le contesté, y ya me estaba por reventar los pantalones de lapura excitación.
Y en ese mismo momento, como si fuera lo más natural delmundo, sacó el celular. Abrió la agenda de contactos y me mostró la pantalla."Mirá, Martín. A estos los conservo 'por las dudas'. ¿A quién le pareceque le mando un mensaje ahora mismo?". Me pasó el celu. Había una lista denombres: "Tobías el del gym", "Nico el del bar","Matías el repartidor"... y "Leo el plomero".
"Que elijas vos", le dije, devolviéndole elcelular. "Que elija mi diosa a su próximo sacrificio".
"Uhm... dejame pensar...", se hizo la remolona,pasando el dedo por la pantalla. "A este... Tobías. El del gym. Siempre meestá mirando el culo cuando hago sentadillas. Quiero ver si es todo músculo osi también sirve para coger", sonrió. Y empezó a teclear. "Listo. Lemandé un 'qué hacés, ganas de una birra?'. Ahora a esperar".
No esperamos nada. Al toque sonó el celu. Era él."Aceptó. Dice que viene en quince minutos", me dijo Flor, y selevantó de un salto. "Andá, mi cornudo, a tu esquina. Yo me voy a ponerpresentable".
Se fue al cuarto y volvió a los cinco minutos. No se pusonada elegante. Usaba uno de esos vestidos de entrecasa que usa siempre, unvestidito de tela suave, corto, con escote en V, sin nada debajo. Se notabatodo: el movimiento de su culo cuando caminaba, el peso de sus tetas, lospezones grandes y rosados marcando la tela. Estaba descalza, con el pelo sueltoy una sonrisa de canchera.
"¿Cómo estoy, mi cornudo?", me preguntó dándoseuna vuelta.
"Flor... sos una diosa pagana, un altar de carne ydeseo", le dije, y era literal.
"Listo entonces. Yo me voy a dar una vuelta, cuandoestés listo, mandame un 'listo' al celu y no te moves de la esquina".
Salí a la calle con el corazón en la garganta. Manejé hastala esquina, apagué el auto y me quedé ahí, mirando mi casa. Me sentía unboludo, un capo, un tarado... todo junto. Y re excitado.
Esperé como veinte minutos que se me hicieron tres horas.De repente, pum. El celu vibra. Era un mensaje de Flor: "Listo.Subió".
Me quedé quieto. Otros diez minutos. Nada. Otros cinco.Empecé a imaginármelo todo. A Flor ofreciéndole una cerveza, a la mujeracercándose, a la mano del tipo posando en su pierna, a la primera mirada dedeseo. Me estaba por cagar de las ganas.
Y entonces, el segundo mensaje. Una foto. Era Flor, desdeel piso, mirando hacia arriba. Y en el encuadre, las piernas de un tipo, eljean de Tobías, abierto, y su bicho, duro y enorme, apuntando hacia la cámara.El texto decía: "Empezó bien. Ahora te llamo".
Corté al instante. Me atendió al segundo, jadeando."Che... Martín... ya... ya estamos... Vení, vení ahora. Tu puta te estáesperando".
Arranqué el auto como un loco. Hice el trayecto decincuenta metros en diez segundos. Subí las escaleras de a dos, con el corazónmartillándome el pecho. Abrí la puerta de un tirón y la escena que me encontréme clavó de pies a cabeza.
Flor estaba de cuatro en el living, sobre el alfombrón. Elvestido le colgaba de la cintura, dejando al descubierto ese culo perfecto y suconcha, ya brillante y abierta. Detrás de ella, Tobías, con el torso sudado ylos músculos tensos, la estaba rompiendo a fondo. Agarrado de su cadera, laembestía con fuerza, haciendo que sus tetas grandes rebotaran con cadaembestida.
Flor me miró, con los ojos perdidos, la boca abierta, y mesonrió. "Mirá, Martín... mirá cómo me está cogiendo este hombre... Ahhh...Dios... qué rico...".
Tobías se dio vuelta, me vio, y no se inmutó. Me guiñó unojo, como diciendo "che, tu mujer es un fenómeno". Y siguió, másfuerte, más profundo.
Flor me alcanzó la mano. "Vení, mi cornudo... Vení abesar a tu puta... Dejame que te lo demuestre...".
Me arrodillé a su lado. La besé. Su boca sabía a otro, aTobías. Me pasé la mano por la espalda, sentí el sudor del otro tipo. Flor meagarró la cabeza y me la apretó contra su mejilla. "¿Sentís cómo me laestá partiendo? ¿Ves? Te lo dije... soy una puta... y soy toda tuya...".
Tobías aceleró el ritmo, gimió bajo, y se corrió adentro deella, con un gruñido animal. Flor se quejó, sacudió la cabeza, y apretó mimano.
Cuando se retiró, Flor no se movió. Se giró sobre susrodillas, y ante mi mirada absorta, tomó la pija de Tobías, todavía goteante, yse la llevó a la boca. La limpió con una devoción casi religiosa, pasando lalengua por cada centímetro, chupándola hasta dejarla reluciente, mientras él lamiraba desde arriba, con una expresión de pura satisfacción. Cuando terminó, ledio un último beso en la punta. Tobías se arregló el pantalón en silencio, medio una palmada en el hombro y se fue, sin decir una palabra. La puerta secerró y quedamos solos.
Flor se volteó, se sentó en el suelo, con las piernasabiertas, y me miró. Sus labios estaban hinchados y rojos, sus ojos brillaban."Ahora... ahora toca el dueño de casa. Vení a marcar tu territorio,Martín. Vení a coger a tu mujer recién usada".
Me tiré sobre ella como una fiera, la entré de un solosaque y sentí cómo la concha, todavía húmeda y caliente por otro, me engullía.La miré a los ojos y le gruñí: "Te amo, puta".
"Y yo a vos, mi cornudito", me respondió, antesde que su lengua se mezclara con la mía en un beso profundo y húmedo. Mientrasla embestía con toda mi rabia, me susurraba al oído: "¿Sentís? ¿Sentíscómo me lo dejó? Todo esto es tuyo ahora... solo tuyo... Vení, usame, rompeme,dame toda tu leche, mi cornudo". La abrazé con fuerza, sintiendo su pielcaliente y el aroma a sexo que llenaba la habitación. "Sos mía, Flor. Sostoda mi puta", le gemí, perdiéndome en su boca mientras la clavaba contrael piso, sintiendo cómo sus uñas me arañaban la espalda con cada embestida.
"¡Así, Martín! ¡Así! ¡Dale, rompeme, mi cornudo!¡Haceme tuya otra vez! ¡Mostrale quién soy!", gritaba, con la cabezaechada hacia atrás, el pelo pegado a la frente por el sudor. Sus tetas, libresdel vestido, subían y bajaban con mi ritmo, y me agarré de ellas como si fuerandos timones, apretando sus pezones rosados hasta hacerla gemir más fuerte. Lasentía mía, reclamada, marcada.
Le di vuelta, la puse de cuatro otra vez, como estaba conel otro. Y agarrado de ese culo divino la volví a garchar. Mi pija entró de una,más profundo, hasta el fondo. "¿Así te gusta, Flor? ¿Así te gusta que teden? ¿Te acordás cuando el otro te bombeaba así? ¡Ahora soy yo, puta! ¡Sos todamía!", le soplé al oído, mientras la corría a gusto.
"¡Sí! ¡Soy toda tuya! ¡Soy tu puta y puta de todos!¡Acabame adentro, llename, que se lmezcle con la leche del otro!", mesuplicaba, temblando, con la voz quebrada por el placer. Y cuando sentí que sevenía, que su concha se apretaba contra mi bicho en espasmos, no me aguantémás. Le di el último golpe, me clavé hasta las bolas y exploté adentro de ella,vaciándome todo, gritando su nombre como un maldito.
Nos quedamos así un rato, los dos jadeando, pegados, con elolor a sexo, a sudor, a otro hombre y a nosotros dos flotando en el aire.Después me desplomé a su lado, la besé con una ternura que contrastaba con laviolencia de antes. "Te amo, Flor", le susurré.
"Y yo a vos, Martín. Mi cornudo. Mi hombre", medijo, acurrucándose en mi pecho. "¿Estuvo bien? ¿Te gustó?"
"Fue... perfecto. Eres perfecta", le contesté, yera la verdad. En ese momento, en medio de ese desorden, nunca nos habíamossentido más unidos.
"Flor, tengo una fantasía turbia pero me re calienta ycreo que me encantaría hacerlo. Claro que tiene que ver con un trío. Y seríaalgo así como que vos elijas a un candidato de tu gusto y que lo invites acasa. Antes de que venga yo me voy con el auto a la otra esquina y espero a quepasen dos cosas: o que lo convenzas de un trio y acepte, entonces me llamas yvoy al toque para detonarte entre los dos, o que le dé timidez o algún otrofactor que haga que te lo garches sola, que lo disfrutes y le saques toda laleche. Entonces lo echas rapidito y yo voy y te vuelvo a dar como cajón que nocierra".
La miré, esperando su reacción. Se achuró el pelo, se pasóla lengua por los labios y me dijo, con una voz que se le puso más grave y máscaliente: "Che, Martín... vos me conocés. ¿Vos pensás que me voy a poner apensar mucho las cosas? La dos, sin dudarlo. La dos".
Me quedé medio parado. La verdad, pensé que iba a flaquear,pero no. Flor es Flor. Una perra sin remedio, y por eso la amo.
"¿Estás seguro, Martín? Porque una vez que empiece, nome voy a contener, ¿viste? Voy a ser toda una puta con él. Quiero que losepas", me dijo, ya con los cachos bien parados, como dos faros.
"Obvio que estoy seguro, amor. Eso es lo que me recalienta", le contesté, y ya me estaba por reventar los pantalones de lapura excitación.
Y en ese mismo momento, como si fuera lo más natural delmundo, sacó el celular. Abrió la agenda de contactos y me mostró la pantalla."Mirá, Martín. A estos los conservo 'por las dudas'. ¿A quién le pareceque le mando un mensaje ahora mismo?". Me pasó el celu. Había una lista denombres: "Tobías el del gym", "Nico el del bar","Matías el repartidor"... y "Leo el plomero".
"Que elijas vos", le dije, devolviéndole elcelular. "Que elija mi diosa a su próximo sacrificio".
"Uhm... dejame pensar...", se hizo la remolona,pasando el dedo por la pantalla. "A este... Tobías. El del gym. Siempre meestá mirando el culo cuando hago sentadillas. Quiero ver si es todo músculo osi también sirve para coger", sonrió. Y empezó a teclear. "Listo. Lemandé un 'qué hacés, ganas de una birra?'. Ahora a esperar".
No esperamos nada. Al toque sonó el celu. Era él."Aceptó. Dice que viene en quince minutos", me dijo Flor, y selevantó de un salto. "Andá, mi cornudo, a tu esquina. Yo me voy a ponerpresentable".
Se fue al cuarto y volvió a los cinco minutos. No se pusonada elegante. Usaba uno de esos vestidos de entrecasa que usa siempre, unvestidito de tela suave, corto, con escote en V, sin nada debajo. Se notabatodo: el movimiento de su culo cuando caminaba, el peso de sus tetas, lospezones grandes y rosados marcando la tela. Estaba descalza, con el pelo sueltoy una sonrisa de canchera.
"¿Cómo estoy, mi cornudo?", me preguntó dándoseuna vuelta.
"Flor... sos una diosa pagana, un altar de carne ydeseo", le dije, y era literal.
"Listo entonces. Yo me voy a dar una vuelta, cuandoestés listo, mandame un 'listo' al celu y no te moves de la esquina".
Salí a la calle con el corazón en la garganta. Manejé hastala esquina, apagué el auto y me quedé ahí, mirando mi casa. Me sentía unboludo, un capo, un tarado... todo junto. Y re excitado.
Esperé como veinte minutos que se me hicieron tres horas.De repente, pum. El celu vibra. Era un mensaje de Flor: "Listo.Subió".
Me quedé quieto. Otros diez minutos. Nada. Otros cinco.Empecé a imaginármelo todo. A Flor ofreciéndole una cerveza, a la mujeracercándose, a la mano del tipo posando en su pierna, a la primera mirada dedeseo. Me estaba por cagar de las ganas.
Y entonces, el segundo mensaje. Una foto. Era Flor, desdeel piso, mirando hacia arriba. Y en el encuadre, las piernas de un tipo, eljean de Tobías, abierto, y su bicho, duro y enorme, apuntando hacia la cámara.El texto decía: "Empezó bien. Ahora te llamo".
Corté al instante. Me atendió al segundo, jadeando."Che... Martín... ya... ya estamos... Vení, vení ahora. Tu puta te estáesperando".
Arranqué el auto como un loco. Hice el trayecto decincuenta metros en diez segundos. Subí las escaleras de a dos, con el corazónmartillándome el pecho. Abrí la puerta de un tirón y la escena que me encontréme clavó de pies a cabeza.
Flor estaba de cuatro en el living, sobre el alfombrón. Elvestido le colgaba de la cintura, dejando al descubierto ese culo perfecto y suconcha, ya brillante y abierta. Detrás de ella, Tobías, con el torso sudado ylos músculos tensos, la estaba rompiendo a fondo. Agarrado de su cadera, laembestía con fuerza, haciendo que sus tetas grandes rebotaran con cadaembestida.
Flor me miró, con los ojos perdidos, la boca abierta, y mesonrió. "Mirá, Martín... mirá cómo me está cogiendo este hombre... Ahhh...Dios... qué rico...".
Tobías se dio vuelta, me vio, y no se inmutó. Me guiñó unojo, como diciendo "che, tu mujer es un fenómeno". Y siguió, másfuerte, más profundo.
Flor me alcanzó la mano. "Vení, mi cornudo... Vení abesar a tu puta... Dejame que te lo demuestre...".
Me arrodillé a su lado. La besé. Su boca sabía a otro, aTobías. Me pasé la mano por la espalda, sentí el sudor del otro tipo. Flor meagarró la cabeza y me la apretó contra su mejilla. "¿Sentís cómo me laestá partiendo? ¿Ves? Te lo dije... soy una puta... y soy toda tuya...".
Tobías aceleró el ritmo, gimió bajo, y se corrió adentro deella, con un gruñido animal. Flor se quejó, sacudió la cabeza, y apretó mimano.
Cuando se retiró, Flor no se movió. Se giró sobre susrodillas, y ante mi mirada absorta, tomó la pija de Tobías, todavía goteante, yse la llevó a la boca. La limpió con una devoción casi religiosa, pasando lalengua por cada centímetro, chupándola hasta dejarla reluciente, mientras él lamiraba desde arriba, con una expresión de pura satisfacción. Cuando terminó, ledio un último beso en la punta. Tobías se arregló el pantalón en silencio, medio una palmada en el hombro y se fue, sin decir una palabra. La puerta secerró y quedamos solos.
Flor se volteó, se sentó en el suelo, con las piernasabiertas, y me miró. Sus labios estaban hinchados y rojos, sus ojos brillaban."Ahora... ahora toca el dueño de casa. Vení a marcar tu territorio,Martín. Vení a coger a tu mujer recién usada".
Me tiré sobre ella como una fiera, la entré de un solosaque y sentí cómo la concha, todavía húmeda y caliente por otro, me engullía.La miré a los ojos y le gruñí: "Te amo, puta".
"Y yo a vos, mi cornudito", me respondió, antesde que su lengua se mezclara con la mía en un beso profundo y húmedo. Mientrasla embestía con toda mi rabia, me susurraba al oído: "¿Sentís? ¿Sentíscómo me lo dejó? Todo esto es tuyo ahora... solo tuyo... Vení, usame, rompeme,dame toda tu leche, mi cornudo". La abrazé con fuerza, sintiendo su pielcaliente y el aroma a sexo que llenaba la habitación. "Sos mía, Flor. Sostoda mi puta", le gemí, perdiéndome en su boca mientras la clavaba contrael piso, sintiendo cómo sus uñas me arañaban la espalda con cada embestida.
"¡Así, Martín! ¡Así! ¡Dale, rompeme, mi cornudo!¡Haceme tuya otra vez! ¡Mostrale quién soy!", gritaba, con la cabezaechada hacia atrás, el pelo pegado a la frente por el sudor. Sus tetas, libresdel vestido, subían y bajaban con mi ritmo, y me agarré de ellas como si fuerandos timones, apretando sus pezones rosados hasta hacerla gemir más fuerte. Lasentía mía, reclamada, marcada.
Le di vuelta, la puse de cuatro otra vez, como estaba conel otro. Y agarrado de ese culo divino la volví a garchar. Mi pija entró de una,más profundo, hasta el fondo. "¿Así te gusta, Flor? ¿Así te gusta que teden? ¿Te acordás cuando el otro te bombeaba así? ¡Ahora soy yo, puta! ¡Sos todamía!", le soplé al oído, mientras la corría a gusto.
"¡Sí! ¡Soy toda tuya! ¡Soy tu puta y puta de todos!¡Acabame adentro, llename, que se lmezcle con la leche del otro!", mesuplicaba, temblando, con la voz quebrada por el placer. Y cuando sentí que sevenía, que su concha se apretaba contra mi bicho en espasmos, no me aguantémás. Le di el último golpe, me clavé hasta las bolas y exploté adentro de ella,vaciándome todo, gritando su nombre como un maldito.
Nos quedamos así un rato, los dos jadeando, pegados, con elolor a sexo, a sudor, a otro hombre y a nosotros dos flotando en el aire.Después me desplomé a su lado, la besé con una ternura que contrastaba con laviolencia de antes. "Te amo, Flor", le susurré.
"Y yo a vos, Martín. Mi cornudo. Mi hombre", medijo, acurrucándose en mi pecho. "¿Estuvo bien? ¿Te gustó?"
"Fue... perfecto. Eres perfecta", le contesté, yera la verdad. En ese momento, en medio de ese desorden, nunca nos habíamossentido más unidos.
0 comentarios - "La Llamada del Patio"