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La Noche que Dejé de Llamarla Mamá

(Este relato es meramente ficiticio con el unico fin de entretener, todos los personajes aqui son mayores de edad).

Estoy en mi habitación, acostado en la cama, y no puedo dejar de pensar en ella.
Mi madre.
Hace dos horas que salió de la ducha y el pasillo todavía huele a su jabón, a esa mezcla de vainilla y piel limpia que me vuelve loco desde que tengo memoria. Hoy llevaba solo la bata blanca, abierta un poco de más, y vi el contorno de sus pechos cuando se inclinó a recoger la ropa. No se dio cuenta… o al menos eso quiero creer.
Desde que mi padre se fue, la casa es solo nuestra. Y el aire se ha vuelto pesado.
Escucho pasos en el pasillo. La puerta de mi habitación se abre sin llamar.
—¿Todavía despierto, cariño?
Su voz es baja, esa voz de madre que usa cuando está cansada. Entra y se sienta en el borde de la cama. La bata se abre un poco más. No lleva nada debajo. Puedo ver la curva interna de un pecho, el pezón oscuro rozando la tela.
—No podía dormir —le digo. Mi voz sale más ronca de lo que pretendía.
Ella me mira. Sus ojos bajan un segundo a la sábana, donde mi polla ya está dura y se nota. No desvía la mirada.
—¿Otra vez pensando en cosas que no deberías?
Me arde la cara. Siempre ha sabido leerme.
—Mamá…
—Shhh.
Se acerca más. Su mano se posa sobre mi muslo, por encima de la sábana. El calor de su piel atraviesa la tela.
—Desde que te fuiste a la universidad… has vuelto diferente. Más grande. Más… hombre.
Sus dedos suben despacio. Llegan a la base de mi erección y se quedan ahí, quietos, midiendo.
—Dime la verdad —susurra—. ¿Te tocas pensando en mí?
El silencio se rompe solo con mi respiración. Asiento.
Ella cierra los ojos un momento, como si esa confesión le doliera y al mismo tiempo la excitara. Cuando los abre, ya no hay nada de madre en ellos. Solo deseo oscuro.
—Entonces deja de fingir.
Levanta la sábana. Mi polla salta libre, gruesa, venosa, la punta ya brillante. Ella la mira con una mezcla de vergüenza y hambre.
—Tan grande… igual que tu padre. Pero más.
Envuelve la mano alrededor y aprieta. El contraste entre su mano suave de madre y la forma en que me agarra es demasiado. Un gemido se me escapa.
—Mamá… esto está mal.
—Lo sé —dice, y empieza a subir y bajar despacio—. Por eso me pone tan mojada.
Se levanta, se quita la bata y se queda completamente desnuda. Su cuerpo es el de una mujer de cuarenta y tres años que se cuida: pechos pesados, cintura todavía marcada, caderas anchas, el coño afeitado con solo una franja fina. Se sube a la cama y se pone a horcajadas sobre mí, sin tocarme todavía.
—Mírame —ordena—. Mírame mientras te lo meto.
Baja. La cabeza de mi polla empuja entre sus labios hinchados y entra. Está empapada. Caliente. Aprieta alrededor de mí como si me estuviera recogiendo.
Un sonido bajo sale de su garganta, mitad gemido, mitad sollozo.
—Hijo… mi hijo…
Empieza a moverse. Lento al principio, sentándose hasta el fondo, sintiendo cómo la lleno por completo. Sus pechos se balancean delante de mi cara. No puedo evitarlo: los agarro, los aprieto, llevo un pezón a la boca y chupo fuerte. Ella jadea y se arquea.
—Así… chúpale a mamá…
Aumento el ritmo. La agarro de las caderas y empiezo a empujar hacia arriba, duro. Cada embestida hace que su coño haga un sonido obsceno, húmedo. Ella se inclina hacia delante, las manos apoyadas en mi pecho, y me mira a los ojos mientras me follo.
—Dime que soy tu puta —susurra—. Dímelo.
—Eres mi puta —le contesto, la voz rota—. Mi madre… y mi puta.
Eso la rompe. Se corre con un grito ahogado, apretándome tan fuerte que casi me duele. Su cuerpo tiembla encima del mío. No me detengo. La giro, la pongo de rodillas y me meto detrás de ella de un solo golpe.
La empujo contra el colchón. Una mano en su nuca, la otra en su cadera. La follo sin piedad, escuchando cómo dice mi nombre mezclado con “hijo” y “más fuerte”.
—Voy a correrme dentro —le aviso.
—Hazlo. Lléname. Quiero sentir a mi hijo corrérseme dentro.
Eso es todo. Me corro con un gruñido profundo, bombeando chorros calientes dentro de ella. Ella sigue moviendo las caderas, exprimiéndome hasta la última gota.
Cuando por fin me detengo, nos quedamos quietos, pegados, sudados. Mi polla sigue dentro, todavía latente. Ella se gira un poco y me mira por encima del hombro.
—Esto no puede volver a pasar… —dice con la voz ronca.
Pero su mano ya está buscando mi polla otra vez, acariciándola para que se endurezca de nuevo.
—…al menos no esta noche.

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