El amanecer acariciaba la silueta de Paula De León, conocida por todos como Paulita, mientras se erguía frente a la ventana de su apartamento. La luz matutina se filtraba entre las cortinas, pintando su piel cálida con destellos dorados. Su cabello castaño claro, suelto y ligeramente ondulado, caía sobre sus hombros como un manto sedoso, algunos mechones rebeldes enmarcando su rostro delicado. El camisón satinado de gris perlado que llevaba, adornado con encajes beige, se pegaba a su cuerpo esbelto, resaltando cada curva armoniosa: 90-60-90, una figura que habría hecho suspirar a cualquier hombre.
"¿Por qué no me han ascendido?" El pensamiento resonaba en su mente como un eco persistente. Se observó en el reflejo del cristal, ajustando el escote del camisón con gesto automático. "Llevo más de seis años aquí, desde los dieciocho. Entré como redactora, igual que las otras. Todas ascendieron… ¿por qué yo no?" Recordaba a aquellas compañeras, igual de bellas, igual de capaces —o quizás no tanto—, pero que ahora ocupaban puestos superiores. "Soy la más preparada. La más eficiente. ¿Será que no me ven?"
Con el ceño fruncido, Paulita se vistió para el trabajo: un traje ceñido que enfatizaba su cintura, medias de seda y tacones que hacían crujir el suelo con cada paso. Su belleza era un arma, pero hoy se sentía como un adorno invisible.
—Buenos días, Paulita —saludó una de las recepcionistas al verla entrar en el edificio de la multinacional.
—Buenos días —respondió ella con una sonrisa forzada, aunque por dentro hervía. "¿Cuántos años más tendré que fingir amabilidad?"
El día transcurría entre informes y correos electrónicos interminables. Las nuevas, dos chicas de dieciocho años, torpes e inexpertas, cometían errores que Paulita corregía en silencio. "Son unas niñas. Yo también fui así." Pero a diferencia de ella, aquellas chicas no cargaban con seis años de espera.
El sonido de pasos pesados la sacó de sus pensamientos. Ignacio Morales, su supervisor, pasó junto a su escritorio. Un hombre de cincuenta años, bajo, calvo, con un vientre que se abultaba bajo la camisa arrugada. Sus ojos, pequeños y voraces, se deslizaron por el escote de Paulita antes de seguir su camino.
"Jamás. Jamás me tocará un hombre así." El asco le encogió el estómago. Ignacio era todo lo que detestaba: mediocre, arrogante, con un poder que no merecía.
Al mediodía, la oficina se vació. Todos partieron al almuerzo, pero Paulita se quedó, sepultada bajo pilas de documentos que no eran suyos. "Las nuevas otra vez." Respiró hondo, decidida a terminar rápido. Necesitaba un café.
El pasillo hacia la sala de descanso estaba desierto, solo el zumbido lejano del aire acondicionado rompía el silencio. Al doblar la esquina, un ruido la detuvo: gemidos ahogados, jadeos entrecortados. Paulita se quedó paralizada.
Entre las sombras del almacén contiguo, distinguió a Ignacio, apoyado contra una mesa, los pantalones bajados hasta los tobillos. Y arrodillada frente a él, una de las nuevas: labios rojos y húmedos envolviendo su erección, sus mejillas hundiéndose con cada movimiento. La lengua de la chica recorría el largo del miembro con destreza, chupando la punta antes de hundirse de nuevo, profunda, hasta que las lágrimas asomaban en sus pestañas.
—Sí, así… no pares —gruñó Ignacio, agarrando su cabeza y empujando con más fuerza.
La escena era grotesca. El brillo de la saliva en los labios de la joven, el sonido húmedo de cada embestida, la forma en que Ignacio cerraba los ojos y tensaba el cuello, cerca del climax.
—Te voy a llenar esa boquita —murmuró, y Paulita supo que no debía seguir viendo, pero no podía apartar la mirada.
Con un gemido ronco, Ignacio se sacudió, derramándose en la boca de la chica, que tragó con obediencia, limpiando el resto con el dorso de la mano antes de sonreírle, sumisa.
Paulita retrocedió sin hacer ruido, el corazón latiéndole en el pecho como un animal enjaulado. Regresó a su escritorio, las manos temblorosas, la mente nublada. "¿Esa es la razón? ¿Así consiguen lo que quieren?"
El resto de la tarde fue un borrón. Las palabras en la pantalla se mezclaban con las imágenes que no podía borrar: la lengua de esa chica, las manos de Ignacio, su satisfacción egoísta.
—Paulita, ¿estás bien? —preguntó una compañera al ver su expresión perdida.
—Sí, solo… un dolor de cabeza —mintió.
Pero dentro de ella, algo se resquebrajaba. Algo que, tal vez, nunca podría reparar.
Desde aquel día en que había sorprendido a Ignacio Morales en el almacén, Paulita se convirtió en una observadora silenciosa, una sombra que analizaba cada movimiento, cada susurro, cada mirada cómplice en la oficina. Ya no era solo la secretaria eficiente y discreta; ahora era una mujer que buscaba respuestas, que intentaba descifrar el juego oculto detrás de los ascensos, de los favores, de las sonrisas demasiado dulces de sus compañeras hacia el supervisor.
Las redactoras eran el escalón más bajo en la jerarquía de la multinacional, pero Paulita sabía que, con el tiempo y las habilidades adecuadas, podían ascender. Ella había invertido años en cursos de administración, redacción ejecutiva, incluso en diplomados en relaciones públicas. Ahora, mientras cursaba economía en la universidad —aunque a un ritmo lento por la falta de tiempo—, se preguntaba si todo su esfuerzo había sido en vano. "¿De qué sirve estudiar si al final lo que importa es esto?"
Sus ojos, antes concentrados en su trabajo, ahora escudriñaban cada rincón de la oficina. Notaba cómo algunas de sus compañeras, especialmente las más jóvenes, buscaban excusas para acercarse a Morales, cómo sus risas eran un poco más altas cuando él estaba cerca, cómo sus miradas bajaban coquetamente cuando él las elogiaba. Paulita lo veía todo, y cada detalle la enfurecía un poco más.
Una semana después del primer incidente, el destino —o quizás su propia curiosidad— la llevó a presenciar otra escena.
Era tarde, casi la hora de salida, y la mayoría de los empleados ya se habían ido. Paulita fingió revisar unos documentos mientras vigilaba a Morales desde el rabillo del ojo. Él se dirigió hacia uno de los despachos vacíos, aquel que solo se usaba para reuniones esporádicas. Lo curioso fue que, minutos después, una de las nuevas redactoras, una chica de cabello oscuro y sonrisa tímida, entró tras él con disimulo.
Paulita esperó unos segundos antes de seguirla, moviéndose con sigilo, como si el más mínimo ruido pudiera delatarla. Al acercarse a la puerta entreabierta, escuchó jadeos entrecortados, el crujido de la madera bajo un peso repentino.
—No aquí, señor Morales… alguien podría vernos —susurró la chica, pero su voz temblaba, no de miedo, sino de excitación.
—Nadie queda a esta hora —respondió él, ronco, ya sin la autoridad fingida que usaba en las reuniones.
Paulita se asomó lo justo para ver. La chica estaba sentada sobre el escritorio, las piernas abiertas, la falda subida hasta la cintura. Morales, entre sus muslos, desabrochaba su propio cinturón con manos impacientes.
—Apúrate —murmuró ella, mordiendo su labio inferior.
Él no necesitó más invitación. Con un movimiento brusco, le bajó las bragas y la penetró de golpe, haciendo que la chica arquease la espalda con un gemido ahogado.
—Así… así —jadeó ella, enredando los dedos en su pelo escaso.
Morales no era un amante delicado. Sus movimientos eran rápidos, casi animales, empujando una y otra vez con una fuerza que hacía tambalear el escritorio. La chica se aferraba al borde de la mesa, los músculos de sus muslos tensos, los senos balanceándose bajo la blusa desordenada.
—Eres una putita, ¿verdad? —gruñó él, agarrándola de las caderas para clavar cada embestida con más fuerza.
—Sí… sí —admitió ella, sin vergüenza, perdida en el placer.
Paulita no podía apartar la mirada. No era solo el acto en sí, sino la crudeza de la escena, la forma en que Morales dominaba a la chica, la manera en que ella se entregaba sin resistirse. Pero lo que más la sorprendió fue el miembro de él: no era especialmente largo, pero sí grueso, tan ancho que la chica jadeaba con cada movimiento, como si cada centímetro la estirara hasta el límite.
"Que verga gorda tiene." El pensamiento cruzó su mente antes de que pudiera detenerlo. Se sintió avergonzada por haberlo notado, por haberlo… admirado, incluso por un segundo.
Morales aceleró el ritmo, sus gruñidos cada vez más guturales. La chica gimió, las uñas clavándose en sus hombros, las piernas temblando.
—Voy a… voy a… —no terminó la frase. Un espasmo la recorrió, y Morales, con un último empujón, la llenó antes de separarse, jadeante.
Paulita retrocedió antes de que pudieran descubrirla, pero esta vez no se fue con asco. Esta vez, algo dentro de ella se había removido, algo que no entendía del todo.
Regresó a su escritorio con las mejillas ardientes, el corazón acelerado. "¿Es así como funciona todo aquí?" La pregunta resonaba en su cabeza mientras recogía sus cosas.
El invierno se aferraba a la ciudad con dedos gélidos, y el aire matutino cortaba como cuchillas al entrar por las ventanas mal selladas de la oficina. Paulita, envuelta en un abrigo de lana fina que apenas mitigaba el frío, observaba con los brazos cruzados cómo sus compañeras se agrupaban alrededor del café caliente, sus risas formando pequeñas nubes de vapor en el aire. La rutina de siempre, hasta que la voz de Ignacio Morales resonó con una autoridad que hacía eco en las paredes de cristal.
—¡Atención, por favor! —su tono era el de un general anunciando una batalla, y todas las cabezas giraron hacia él.
Paulita no pudo evitar notar cómo algunas de las más jóvenes se enderezaban, como si su cuerpo respondiera instintivamente a la promesa de atención masculina. Morales, con su traje mal ajustado y su calva brillante bajo los fluorescentes, parecía hincharse bajo esas miradas.
—Tenemos noticias importantes —continuó, deslizando los dedos por el nudo de su corbata—. Hay un superior buscando una nueva secretaria ejecutiva. Solo una plaza, pero me han ordenado presentar tres candidatas.
El silencio fue instantáneo. Paulita sintió cómo sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos.
—Las elegidas son… —hizo una pausa dramática, como si disfrutara de la tensión que creaba—: Valeria, Luciana y Camila.
El aire se le atoró en la garganta a Paulita. Dos de esos nombres le eran demasiado familiares: las mismas chicas que había visto retorciéndose bajo Morales en el almacén y en el despacho vacío. La tercera, Camila, seguramente también tenía sus "favorcitos" ocultos.
Las tres jóvenes estallaron en risitas nerviosas, abrazándose como si ya hubieran ganado. Paulita las observó con una mezcla de asco y envidia. Valeria, la más descarada de las tres, lanzó una mirada triunfal a su alrededor, como si supiera que las demás estaban calculando cuántas veces se habían arrodillado para merecer esa oportunidad.
—¡Felicidades, chicas! —Morales sonrió, mostrando una hilera de dientes amarillentos—. Prepárense, porque la entrevista será la próxima semana.
Paulita tuvo que morderse el labio con fuerza para no gritar. El sabor a sangre metálica se mezcló con su rabia. "No me voy a coger a ese pelado", se repetía, como un mantra. Pero otra parte de su mente, más fría y calculadora, empezaba a trazar líneas que nunca antes había considerado.
—Ah, y para las que no fueron seleccionadas —añadió Morales, con una sonrisa que pretendía ser alentadora—, no se desanimen. El mes que viene habrá otro posible ascenso. Sigan esforzándose.
El mensaje era claro: sigan compitiendo, sigan buscando mi favor.
Paulita apretó la mandíbula. Tenía veinticuatro años, era hermosa, inteligente, y había trabajado más duro que cualquiera de esas niñas. ¿De verdad estaba considerando lo que creía que estaba considerando?
—¡Paulita, felicítalas! —una compañera le dio un codazo, sacándola de sus pensamientos.
—Claro —respondió mecánicamente, forzando una sonrisa mientras se acercaba al grupo.
—¡Gracias! —Valeria le lanzó una mirada de superioridad—. Ojalá pronto sea tu turno.
Paulita sintió que algo dentro de ella se resquebrajaba.
Al día siguiente, todo fue peor.
Llegaron tres nuevas empleadas, todas de dieciocho años, todas con sonrisas frescas y cuerpos esbeltos que llenaban los vestidos ajustados de una manera casi obscena. Pero lo más revelador fue cómo, apenas pusieron un pie en la oficina, sus ojos buscaron a Morales. Y cuando lo encontraron, le sonrieron. No con respeto, no con timidez, sino con una complicidad que hizo que Paulita se sintiera como una ingenua.
"¿Estas pendejas entienden mejor el juego que yo?"
La pregunta la persiguió todo el día, incluso cuando intentaba concentrarse en sus informes. Observó cómo las nuevas se acercaban a Morales con excusas ridículas, cómo se inclinaban sobre su escritorio para mostrar generosos escotes, cómo reían demasiado fuerte ante sus chistes malos.
Y entonces, como si una cortina se hubiera descorrido, Paulita lo entendió todo.
No se trataba de méritos. No se trataba de esfuerzo. Era un juego, uno sucio y antiguo, y ella había estado jugando con las reglas equivocadas.
Esa noche, mientras se miraba en el espejo de su baño, dejó que el agua fría corriera por sus muñecas, intentando calmar el fuego que ardía en su interior. Su reflejo le devolvió la imagen de una mujer que ya no estaba dispuesta a perder.
—Hasta la cima —susurró, y esta vez, no hubo duda en su voz—. No me importa lo que tenga que hacer.
El juego había cambiado. Y Paulita, por primera vez, estaba lista para jugar.
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando Paulita se paró frente al espejo de su dormitorio, observando cada detalle de su transformación. No era la secretaria eficiente y discreta de siempre. Hoy, cada prenda había sido seleccionada con la precisión de una estratega preparándose para la batalla.
Se colocó un vestido ceñido de color vino tinto, una tela que caía como líquido sobre sus curvas, resaltando cada línea de su figura esbelta. El escote en V era lo suficientemente profundo para insinuar sin revelar, y la falda, corta pero no vulgar, se movía con cada paso, mostrando apenas un destello de sus muslos tersos. Las medias de red negras dibujaban patrones sobre su piel dorada, terminando en unos tacones aguja que añadían varios centímetros a su ya imponente estatura.
Su cabello, normalmente recogido en un discreto moño, hoy caía en ondas sueltas sobre sus hombros, brillando bajo la luz como seda recién lavada. Los labios, pintados de un rojo intenso, contrastaban con el delineado sutil de sus ojos, que parecían más verdes que nunca.
"Si quieren jugar, jugaré mejor que todas."
El perfume que eligió era embriagador, notas de vainilla y jazmín que dejaban un rastro a su paso. No había dejado nada al azar.
La oficina pareció detenerse cuando entró. Los murmullos se esfumaron, las miradas se clavaron en ella, y hasta el aire pareció volverse más denso. Paulita caminó con una seguridad que nunca antes había mostrado, sintiendo el peso de las miradas masculinas y el resentimiento femenino.
—¡Paulita! ¿Qué… qué especial es hoy? —preguntó una compañera, tratando de disimular su asombro.
—Nada especial —respondió ella, dejando caer las palabras como pétalos—. Solo quería cambiar un poco.
Pero su objetivo no era impresionar a las demás.
Ignacio Morales estaba en su oficina, rodeado, como siempre, de sus adoradoras más jóvenes. Paulita pasó frente a su puerta abierta, rozando deliberadamente el marco con sus uñas recién pintadas. Él levantó la vista, y por un segundo, sus ojos se ensancharon.
Ella no se detuvo. Sabía que el primer movimiento debía ser suyo.
Todo el día fue una coreografía cuidadosa. En la sala de café, "accidentalmente" rozó su mano al tomar la azucarera.
—Disculpe, señor Morales —murmuró, bajando las pestañas con una modestia que sabía falsa.
—No hay problema, Paulita —respondió él, pero su voz sonó más áspera de lo habitual.
En el almuerzo, buscó sentarse cerca de su mesa habitual, cruzando y descruzando las piernas con lentitud calculada. Vio cómo su mirada se desviaba hacia ella más de una vez, pero siempre, siempre, había una de las jóvenes interponiéndose, riendo demasiado cerca de su oído, tocando su brazo con fingida inocencia.
—Paulita, ¿me ayudas con este informe? —preguntó una de las nuevas, Luciana, con voz de niña perdida.
—Hoy no puedo —respondió ella, sin mirarla—. Tengo demasiado trabajo.
—Pero tú siempre nos ayudas…
—Pues hoy no.
El mensaje era claro: ya no era la compasiva. Ya no era la que cargaba con el trabajo de las demás.
Por la tarde, desde su escritorio, vio cómo Valeria se inclinaba sobre el escritorio de Morales, sus dedos "accidentalmente" rozando el bulto que se marcaba bajo su pantalón. Él no la apartó. Al contrario, su mano descendió para pellizcarle las nalgas con una familiaridad que hizo hervir la sangre de Paulita.
"¿En serio tengo que competir con estas zorras?"
Pero no se rendiría.
El estacionamiento subterráneo estaba casi vacío cuando Paulita tomó posición junto al auto de Morales, un sedán negro tan poco inspirador como su dueño. El eco de sus tacones resonó contra el concreto cuando él apareció, sorprendiéndola al verla allí.
—Paulita —dijo, deteniéndose a unos pasos—. ¿Qué haces aquí?
—Necesitaba hablar con usted, señor Morales —respondió, manteniendo la voz firme aunque sus palmas sudaban—. En privado.
Él se cruzó de brazos, estudiándola como si fuera un insecto bajo un microscopio.
—Habla.
—Quiero una oportunidad —dijo, sin rodeos—. Seis años aquí, y nunca he tenido un ascenso. Soy la más preparada, la más eficiente.
Morales soltó una risa cortante.
—¿Y ahora te interesa ascender? —preguntó, acercándose—. Qué raro este cambio de actitud, Paulita. Pensé que eras diferente.
—Todos cambiamos.
—No —él negó con la cabeza—. No es así como funciona. Las cosas no se piden. Se ganan.
El doble sentido flotó entre ellos, pesado como el humo. Paulita sintió cómo la rabia se mezclaba con algo más, algo oscuro y excitante.
—Entonces dígame cómo ganarlas —susurró.
Morales la miró por un largo momento, y luego, con movimientos deliberadamente lentos, bajó el cierre de su pantalón.
—Vamos a ver si estás dispuesta a todo.
El desafío estaba lanzado. Y Paulita, por primera vez en su vida, no estaba segura de si quería ganar… o simplemente dejar de resistirse.
El aire en el estacionamiento subterráneo olía a gasolina y hormigón frío cuando Paulita sintió cómo el mundo se reducía al espacio entre su cuerpo y el de Morales. Sus tacones resonaban contra el pavimento mientras daba esos últimos pasos que la separaban de su supervisor, cada clic de sus zapatos marcando el ritmo de su caída. El corazón le latía con tal fuerza que podía sentirlo en las sienes, un tambor de guerra que anunciaba la batalla que libraba consigo misma.
"Odio este olor a cigarrillo barato que despide", pensó mientras se acercaba, notando cómo su perfume caro se mezclaba con el aroma a tabaco rancio que impregnaba la ropa de él. Sus manos, siempre tan seguras al teclear informes, ahora temblaban levemente al extenderse hacia el bulto que se marcaba en los pantalones de Morales. El tacto de la tela áspera bajo sus yemas de los dedos le produjo un escalofrío que recorrió su espina dorsal.
—Siempre fuiste una puta —susurró Morales mientras ella desabotonaba su pantalón con movimientos torpes—, pero lo ocultas muy bien.
Las palabras deberían haberla hecho retroceder. Deberían haberle devuelto el orgullo que la caracterizaba. En cambio, sintió cómo algo en su interior se contraía, no de indignación, sino de una excitación vergonzante que la enfurecía. No respondió. Se limitó a tragar saliva, notando cómo su boca se secaba mientras el miembro de Morales quedaba al descubierto.
"¿En qué momento mi vida llegó a esto?", se preguntó mientras se arrodillaba sobre el frío cemento del estacionamiento. El dolor en sus rodillas era real, tangible, algo a lo que podía aferrarse para no perder por completo el contacto con la realidad. El olor a testosterona y sudor le llegó antes de que sus labios hicieran contacto, un aroma primitivo que le revolvió el estómago y, para su horror, humedeció entre sus piernas.
El primer contacto fue eléctrico. La piel del glande estaba caliente bajo sus labios, más suave de lo que imaginaba. Paulita cerró los ojos con fuerza cuando introdujo la punta en su boca, saboreando el sabor salado que ya empezaba a impregnar su lengua. Sus uñas se clavaron en los muslos de Morales cuando él le agarro la cabeza, no con violencia, pero sí con una firmeza que no admitía negativas.
—Así, putita —murmuró él mientras ella comenzaba a mover la cabeza—. Finalmente haciendo lo que naciste para hacer.
Cada palabra soez era un latigazo que la hacía estremecerse. Paulita notó con horror cómo sus pezones se endurecían bajo el vestido, cómo su respiración se aceleraba al ritmo de los empujones de Morales. La vergüenza se mezclaba con una perversa satisfacción cada vez que escuchaba un gruñido de placer salir de aquel hombre al que tanto había despreciado.
Sus mejillas se hundían con cada embestida, la saliva acumulándose en las comisuras de sus labios. Paulita descubrió, para su vergüenza, que era buena en esto. Su lengua trazaba círculos en la base mientras sus labios creaban un vacío perfecto, una técnica aprendida en miradas furtivas a videos que jamás admitiría haber visto. El sabor precum se mezclaba con su lápiz labial, manchando tanto su boca como su dignidad.
—Mírame —ordenó Morales, tirándole del pelo para que alzara la vista.
Paulita obedeció, y al ver el rostro congestionado de placer de su supervisor, sintió una oleada de poder que la sorprendió. Ella lo tenía así, a su merced, aunque fuera él quien dirigiera el juego. Las lágrimas que asomaban en sus pestañas no eran solo de humillación, sino de una excitación que la aterraba.
—Te gusta, ¿verdad? —jadeó Morales, acelerando el ritmo—. A la perfecta Paulita le encanta chupar verga como una golfa de club nocturno.
Cada palabra soez era como un clavo en su orgullo, y sin embargo, notó cómo su entrepierna respondía con una humedad traicionera. El vestido de seda se le pegaba a la espalda sudorosa, los tacones empezaban a molestarle, pero nada de eso importaba mientras sentía cómo Morales se tensaba, acercándose al climax.
—Traga todo —ordenó con voz ronca—. Demuéstrame lo putita que sos.
El momento culminante llegó con un gruñido animal. Paulita cerró los ojos cuando el sabor amargo inundó su boca, tragando con dificultad mientras sentía cómo algunas gotas escapaban por su barbilla. El olor a sexo y sumisión llenaba el aire entre ellos, más denso que la niebla matutina.
El eco de los pasos de Morales alejándose se mezclaba con el zumbido de los fluorescentes en el estacionamiento cuando, de pronto, sus tacones giraron sobre el concreto frío. Paulita apenas tuvo tiempo de levantar la vista antes de que una mano se enredara en su cabello, arrancándole un grito ahogado que rebotó contra las paredes de cemento. El dolor fue agudo, punzante, pero lo que la dejó sin aliento fue la mirada de Morales: ojos oscuros, casi negros, brillando con un placer perverso que hizo que su estómago se contrajera.
—¿Creíste que esto terminaba con una mamada, princesa? —escupió las palabras mientras la arrastraba hacia el capó del auto, su voz áspera como papel de lija—. Solo estamos empezando.
El metal frío del capó le quemó la piel a través de la delgada tela del vestido cuando Morales la empujó contra él. Paulita intentó girarse, pero una mano plana se estrelló contra su nalga derecha con un chasquido que resonó como un disparo. El dolor fue inmediato, seguido de un calor que se extendió como lava bajo su piel.
—¡Ah! —escapó de sus labios antes de poder detenerse.
—Te gusta, ¿verdad, putita? —otra nalgada, más fuerte esta vez, dejando una marca roja que brillaba bajo la luz fluorescente—. Respóndeme.
Paulita tragó saliva, sintiendo cómo la humedad entre sus piernas traicionaba su vergüenza.
—Sí —susurró, enterrando las uñas en el capó del auto.
"¿Cuándo admití esto? ¿Cuándo acepté que me excita que me traten como a esto?" El pensamiento cruzó su mente como un relámpago mientras Morales le subía el vestido por la cintura, exponiendo sus nalgas enrojecidas y las bragas de encaje negras, ya húmedas y pegadas a su piel.
—Mierda —gruñó Morales al ver el estado de sus bragas—. Estás chorreando como una perra en celo.
Sus dedos se engancharon en la tela y la rasgaron con un movimiento brusco, dejando su sexo al descubierto. El aire frío del estacionamiento le hizo estremecer la piel, pero nada comparado con el escalofrío que sintió cuando la punta del miembro de Morales rozó sus labios húmedos.
—No aquí —murmuró Paulita, volviendo la cabeza para mirarlo—. No como una puta barata en un estacionamiento...
Morales respondió con una risa gutural y un empujón brutal que la hizo arquear la espalda.
—Exactamente como la puta barata que eres —susurró en su oído antes de hundirse en ella de un solo movimiento.
El grito de Paulita se perdió entre el ruido del motor de un auto arrancando en algún lugar del estacionamiento. Morales no le dio tiempo a adaptarse; sus caderas comenzaron a moverse con un ritmo salvaje, cada embestida haciendo que el auto se balanceara ligeramente. Las manos de él se aferraban a sus caderas con tanta fuerza que sabría que tendría moretes al día siguiente.
—Mírate —gruñó Morales, tirando de su pelo para obligarla a mirar el reflejo distorsionado en la ventana de un auto cercano—. ¿Ves? Esto es lo que eres.
Paulita vio su propia imagen: labios manchados de lápiz labial, pelo revuelto, ojos vidriosos de placer. Pero lo peor era cómo su cuerpo respondía, cómo sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de las de él, buscando más, siempre más.
—Sí, sí, así —jadeó Morales, sintiendo cómo se apretaba alrededor de él—. Toma toda mi verga, puta. ¿Es esto lo que querías todos estos años?
Cada palabra era un cuchillo en su orgullo, pero cada insulto la acercaba más al borde. Paulita sintió cómo el orgasmo comenzaba a construirse en su base de su espina dorsal, una presión que crecía con cada empujón brutal. Morales lo notó y redobló sus esfuerzos, cambiando el ángulo para golpear ese punto dentro de ella que hacía que viera estrellas.
—Vas a venir, ¿verdad? —susurró, clavándole las uñas en las caderas—. Vamos, demuéstrame lo zorra que eres.
El orgasmo la golpeó como un tren, sacudiendo su cuerpo con tal fuerza que tuvo que morderse el labio para no gritar. Las contracciones eran tan intensas que casi dolían, cada una extrayendo más placer de lo que creía posible. Morales no se detuvo; al contrario, usó cada espasmo para su propio placer, acelerando el ritmo hasta que su respiración se volvió irregular.
—Ahí viene, puta —gruñó, clavándose hasta el fondo—. Toma todo.
Paulita sintió el calor inundándola, las pulsaciones dentro de sí mientras Morales se vaciaba con un gruñido animal. Permanecieron así por un momento, jadeando, sus cuerpos pegajosos de sudor y otros fluidos.
Cuando Morales finalmente se separó, Paulita apenas pudo sostenerse. Sus piernas temblaban como gelatina, sus bragas destrozadas colgando de un tobillo. Morales se ajustó los pantalones con una sonrisa que le heló la sangre.
—Empezaste bien el primer día de prueba —dijo, abriendo la puerta del auto—. Pero te falta un mes entero para demostrar que mereces ese ascenso.
El motor rugió a la vida antes de que Paulita pudiera responder. El auto comenzó a moverse, obligándola a bajarse del capó antes de que la dejara atrás. Cayó de malas maneras sobre sus tacones, apenas logrando mantener el equilibrio mientras el auto de Morales desaparecía en la rampa de salida.
El estacionamiento estaba en silencio otra vez, solo el sonido de su respiración entrecortada rompiendo el vacío. Paulita se tocó los labios hinchados, sintiendo el sabor a sexo y lápiz labial. Su cuerpo estaba dolorido, marcado, su ropa arrugada y manchada. Pero lo más aterrador no era la humillación, ni siquiera el dolor.
Era el hecho de que, mientras se acomodaba el vestido y buscaba sus bragas destrozadas, ya estaba contando las horas hasta la próxima vez. Diciéndose a sí misma “Voy a conseguir el acenso”
Continuara...
— ¿Querés más capítulos así Déjame tu opinión abajo. Todo mi contenido también está en... @natiguardia10
"¿Por qué no me han ascendido?" El pensamiento resonaba en su mente como un eco persistente. Se observó en el reflejo del cristal, ajustando el escote del camisón con gesto automático. "Llevo más de seis años aquí, desde los dieciocho. Entré como redactora, igual que las otras. Todas ascendieron… ¿por qué yo no?" Recordaba a aquellas compañeras, igual de bellas, igual de capaces —o quizás no tanto—, pero que ahora ocupaban puestos superiores. "Soy la más preparada. La más eficiente. ¿Será que no me ven?"
Con el ceño fruncido, Paulita se vistió para el trabajo: un traje ceñido que enfatizaba su cintura, medias de seda y tacones que hacían crujir el suelo con cada paso. Su belleza era un arma, pero hoy se sentía como un adorno invisible.
—Buenos días, Paulita —saludó una de las recepcionistas al verla entrar en el edificio de la multinacional.
—Buenos días —respondió ella con una sonrisa forzada, aunque por dentro hervía. "¿Cuántos años más tendré que fingir amabilidad?"
El día transcurría entre informes y correos electrónicos interminables. Las nuevas, dos chicas de dieciocho años, torpes e inexpertas, cometían errores que Paulita corregía en silencio. "Son unas niñas. Yo también fui así." Pero a diferencia de ella, aquellas chicas no cargaban con seis años de espera.
El sonido de pasos pesados la sacó de sus pensamientos. Ignacio Morales, su supervisor, pasó junto a su escritorio. Un hombre de cincuenta años, bajo, calvo, con un vientre que se abultaba bajo la camisa arrugada. Sus ojos, pequeños y voraces, se deslizaron por el escote de Paulita antes de seguir su camino.
"Jamás. Jamás me tocará un hombre así." El asco le encogió el estómago. Ignacio era todo lo que detestaba: mediocre, arrogante, con un poder que no merecía.
Al mediodía, la oficina se vació. Todos partieron al almuerzo, pero Paulita se quedó, sepultada bajo pilas de documentos que no eran suyos. "Las nuevas otra vez." Respiró hondo, decidida a terminar rápido. Necesitaba un café.
El pasillo hacia la sala de descanso estaba desierto, solo el zumbido lejano del aire acondicionado rompía el silencio. Al doblar la esquina, un ruido la detuvo: gemidos ahogados, jadeos entrecortados. Paulita se quedó paralizada.
Entre las sombras del almacén contiguo, distinguió a Ignacio, apoyado contra una mesa, los pantalones bajados hasta los tobillos. Y arrodillada frente a él, una de las nuevas: labios rojos y húmedos envolviendo su erección, sus mejillas hundiéndose con cada movimiento. La lengua de la chica recorría el largo del miembro con destreza, chupando la punta antes de hundirse de nuevo, profunda, hasta que las lágrimas asomaban en sus pestañas.
—Sí, así… no pares —gruñó Ignacio, agarrando su cabeza y empujando con más fuerza.
La escena era grotesca. El brillo de la saliva en los labios de la joven, el sonido húmedo de cada embestida, la forma en que Ignacio cerraba los ojos y tensaba el cuello, cerca del climax.
—Te voy a llenar esa boquita —murmuró, y Paulita supo que no debía seguir viendo, pero no podía apartar la mirada.
Con un gemido ronco, Ignacio se sacudió, derramándose en la boca de la chica, que tragó con obediencia, limpiando el resto con el dorso de la mano antes de sonreírle, sumisa.
Paulita retrocedió sin hacer ruido, el corazón latiéndole en el pecho como un animal enjaulado. Regresó a su escritorio, las manos temblorosas, la mente nublada. "¿Esa es la razón? ¿Así consiguen lo que quieren?"
El resto de la tarde fue un borrón. Las palabras en la pantalla se mezclaban con las imágenes que no podía borrar: la lengua de esa chica, las manos de Ignacio, su satisfacción egoísta.
—Paulita, ¿estás bien? —preguntó una compañera al ver su expresión perdida.
—Sí, solo… un dolor de cabeza —mintió.
Pero dentro de ella, algo se resquebrajaba. Algo que, tal vez, nunca podría reparar.
Desde aquel día en que había sorprendido a Ignacio Morales en el almacén, Paulita se convirtió en una observadora silenciosa, una sombra que analizaba cada movimiento, cada susurro, cada mirada cómplice en la oficina. Ya no era solo la secretaria eficiente y discreta; ahora era una mujer que buscaba respuestas, que intentaba descifrar el juego oculto detrás de los ascensos, de los favores, de las sonrisas demasiado dulces de sus compañeras hacia el supervisor.
Las redactoras eran el escalón más bajo en la jerarquía de la multinacional, pero Paulita sabía que, con el tiempo y las habilidades adecuadas, podían ascender. Ella había invertido años en cursos de administración, redacción ejecutiva, incluso en diplomados en relaciones públicas. Ahora, mientras cursaba economía en la universidad —aunque a un ritmo lento por la falta de tiempo—, se preguntaba si todo su esfuerzo había sido en vano. "¿De qué sirve estudiar si al final lo que importa es esto?"
Sus ojos, antes concentrados en su trabajo, ahora escudriñaban cada rincón de la oficina. Notaba cómo algunas de sus compañeras, especialmente las más jóvenes, buscaban excusas para acercarse a Morales, cómo sus risas eran un poco más altas cuando él estaba cerca, cómo sus miradas bajaban coquetamente cuando él las elogiaba. Paulita lo veía todo, y cada detalle la enfurecía un poco más.
Una semana después del primer incidente, el destino —o quizás su propia curiosidad— la llevó a presenciar otra escena.
Era tarde, casi la hora de salida, y la mayoría de los empleados ya se habían ido. Paulita fingió revisar unos documentos mientras vigilaba a Morales desde el rabillo del ojo. Él se dirigió hacia uno de los despachos vacíos, aquel que solo se usaba para reuniones esporádicas. Lo curioso fue que, minutos después, una de las nuevas redactoras, una chica de cabello oscuro y sonrisa tímida, entró tras él con disimulo.
Paulita esperó unos segundos antes de seguirla, moviéndose con sigilo, como si el más mínimo ruido pudiera delatarla. Al acercarse a la puerta entreabierta, escuchó jadeos entrecortados, el crujido de la madera bajo un peso repentino.
—No aquí, señor Morales… alguien podría vernos —susurró la chica, pero su voz temblaba, no de miedo, sino de excitación.
—Nadie queda a esta hora —respondió él, ronco, ya sin la autoridad fingida que usaba en las reuniones.
Paulita se asomó lo justo para ver. La chica estaba sentada sobre el escritorio, las piernas abiertas, la falda subida hasta la cintura. Morales, entre sus muslos, desabrochaba su propio cinturón con manos impacientes.
—Apúrate —murmuró ella, mordiendo su labio inferior.
Él no necesitó más invitación. Con un movimiento brusco, le bajó las bragas y la penetró de golpe, haciendo que la chica arquease la espalda con un gemido ahogado.
—Así… así —jadeó ella, enredando los dedos en su pelo escaso.
Morales no era un amante delicado. Sus movimientos eran rápidos, casi animales, empujando una y otra vez con una fuerza que hacía tambalear el escritorio. La chica se aferraba al borde de la mesa, los músculos de sus muslos tensos, los senos balanceándose bajo la blusa desordenada.
—Eres una putita, ¿verdad? —gruñó él, agarrándola de las caderas para clavar cada embestida con más fuerza.
—Sí… sí —admitió ella, sin vergüenza, perdida en el placer.
Paulita no podía apartar la mirada. No era solo el acto en sí, sino la crudeza de la escena, la forma en que Morales dominaba a la chica, la manera en que ella se entregaba sin resistirse. Pero lo que más la sorprendió fue el miembro de él: no era especialmente largo, pero sí grueso, tan ancho que la chica jadeaba con cada movimiento, como si cada centímetro la estirara hasta el límite.
"Que verga gorda tiene." El pensamiento cruzó su mente antes de que pudiera detenerlo. Se sintió avergonzada por haberlo notado, por haberlo… admirado, incluso por un segundo.
Morales aceleró el ritmo, sus gruñidos cada vez más guturales. La chica gimió, las uñas clavándose en sus hombros, las piernas temblando.
—Voy a… voy a… —no terminó la frase. Un espasmo la recorrió, y Morales, con un último empujón, la llenó antes de separarse, jadeante.
Paulita retrocedió antes de que pudieran descubrirla, pero esta vez no se fue con asco. Esta vez, algo dentro de ella se había removido, algo que no entendía del todo.
Regresó a su escritorio con las mejillas ardientes, el corazón acelerado. "¿Es así como funciona todo aquí?" La pregunta resonaba en su cabeza mientras recogía sus cosas.
El invierno se aferraba a la ciudad con dedos gélidos, y el aire matutino cortaba como cuchillas al entrar por las ventanas mal selladas de la oficina. Paulita, envuelta en un abrigo de lana fina que apenas mitigaba el frío, observaba con los brazos cruzados cómo sus compañeras se agrupaban alrededor del café caliente, sus risas formando pequeñas nubes de vapor en el aire. La rutina de siempre, hasta que la voz de Ignacio Morales resonó con una autoridad que hacía eco en las paredes de cristal.
—¡Atención, por favor! —su tono era el de un general anunciando una batalla, y todas las cabezas giraron hacia él.
Paulita no pudo evitar notar cómo algunas de las más jóvenes se enderezaban, como si su cuerpo respondiera instintivamente a la promesa de atención masculina. Morales, con su traje mal ajustado y su calva brillante bajo los fluorescentes, parecía hincharse bajo esas miradas.
—Tenemos noticias importantes —continuó, deslizando los dedos por el nudo de su corbata—. Hay un superior buscando una nueva secretaria ejecutiva. Solo una plaza, pero me han ordenado presentar tres candidatas.
El silencio fue instantáneo. Paulita sintió cómo sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos.
—Las elegidas son… —hizo una pausa dramática, como si disfrutara de la tensión que creaba—: Valeria, Luciana y Camila.
El aire se le atoró en la garganta a Paulita. Dos de esos nombres le eran demasiado familiares: las mismas chicas que había visto retorciéndose bajo Morales en el almacén y en el despacho vacío. La tercera, Camila, seguramente también tenía sus "favorcitos" ocultos.
Las tres jóvenes estallaron en risitas nerviosas, abrazándose como si ya hubieran ganado. Paulita las observó con una mezcla de asco y envidia. Valeria, la más descarada de las tres, lanzó una mirada triunfal a su alrededor, como si supiera que las demás estaban calculando cuántas veces se habían arrodillado para merecer esa oportunidad.
—¡Felicidades, chicas! —Morales sonrió, mostrando una hilera de dientes amarillentos—. Prepárense, porque la entrevista será la próxima semana.
Paulita tuvo que morderse el labio con fuerza para no gritar. El sabor a sangre metálica se mezcló con su rabia. "No me voy a coger a ese pelado", se repetía, como un mantra. Pero otra parte de su mente, más fría y calculadora, empezaba a trazar líneas que nunca antes había considerado.
—Ah, y para las que no fueron seleccionadas —añadió Morales, con una sonrisa que pretendía ser alentadora—, no se desanimen. El mes que viene habrá otro posible ascenso. Sigan esforzándose.
El mensaje era claro: sigan compitiendo, sigan buscando mi favor.
Paulita apretó la mandíbula. Tenía veinticuatro años, era hermosa, inteligente, y había trabajado más duro que cualquiera de esas niñas. ¿De verdad estaba considerando lo que creía que estaba considerando?
—¡Paulita, felicítalas! —una compañera le dio un codazo, sacándola de sus pensamientos.
—Claro —respondió mecánicamente, forzando una sonrisa mientras se acercaba al grupo.
—¡Gracias! —Valeria le lanzó una mirada de superioridad—. Ojalá pronto sea tu turno.
Paulita sintió que algo dentro de ella se resquebrajaba.
Al día siguiente, todo fue peor.
Llegaron tres nuevas empleadas, todas de dieciocho años, todas con sonrisas frescas y cuerpos esbeltos que llenaban los vestidos ajustados de una manera casi obscena. Pero lo más revelador fue cómo, apenas pusieron un pie en la oficina, sus ojos buscaron a Morales. Y cuando lo encontraron, le sonrieron. No con respeto, no con timidez, sino con una complicidad que hizo que Paulita se sintiera como una ingenua.
"¿Estas pendejas entienden mejor el juego que yo?"
La pregunta la persiguió todo el día, incluso cuando intentaba concentrarse en sus informes. Observó cómo las nuevas se acercaban a Morales con excusas ridículas, cómo se inclinaban sobre su escritorio para mostrar generosos escotes, cómo reían demasiado fuerte ante sus chistes malos.
Y entonces, como si una cortina se hubiera descorrido, Paulita lo entendió todo.
No se trataba de méritos. No se trataba de esfuerzo. Era un juego, uno sucio y antiguo, y ella había estado jugando con las reglas equivocadas.
Esa noche, mientras se miraba en el espejo de su baño, dejó que el agua fría corriera por sus muñecas, intentando calmar el fuego que ardía en su interior. Su reflejo le devolvió la imagen de una mujer que ya no estaba dispuesta a perder.
—Hasta la cima —susurró, y esta vez, no hubo duda en su voz—. No me importa lo que tenga que hacer.
El juego había cambiado. Y Paulita, por primera vez, estaba lista para jugar.
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando Paulita se paró frente al espejo de su dormitorio, observando cada detalle de su transformación. No era la secretaria eficiente y discreta de siempre. Hoy, cada prenda había sido seleccionada con la precisión de una estratega preparándose para la batalla.
Se colocó un vestido ceñido de color vino tinto, una tela que caía como líquido sobre sus curvas, resaltando cada línea de su figura esbelta. El escote en V era lo suficientemente profundo para insinuar sin revelar, y la falda, corta pero no vulgar, se movía con cada paso, mostrando apenas un destello de sus muslos tersos. Las medias de red negras dibujaban patrones sobre su piel dorada, terminando en unos tacones aguja que añadían varios centímetros a su ya imponente estatura.
Su cabello, normalmente recogido en un discreto moño, hoy caía en ondas sueltas sobre sus hombros, brillando bajo la luz como seda recién lavada. Los labios, pintados de un rojo intenso, contrastaban con el delineado sutil de sus ojos, que parecían más verdes que nunca.
"Si quieren jugar, jugaré mejor que todas."
El perfume que eligió era embriagador, notas de vainilla y jazmín que dejaban un rastro a su paso. No había dejado nada al azar.
La oficina pareció detenerse cuando entró. Los murmullos se esfumaron, las miradas se clavaron en ella, y hasta el aire pareció volverse más denso. Paulita caminó con una seguridad que nunca antes había mostrado, sintiendo el peso de las miradas masculinas y el resentimiento femenino.
—¡Paulita! ¿Qué… qué especial es hoy? —preguntó una compañera, tratando de disimular su asombro.
—Nada especial —respondió ella, dejando caer las palabras como pétalos—. Solo quería cambiar un poco.
Pero su objetivo no era impresionar a las demás.
Ignacio Morales estaba en su oficina, rodeado, como siempre, de sus adoradoras más jóvenes. Paulita pasó frente a su puerta abierta, rozando deliberadamente el marco con sus uñas recién pintadas. Él levantó la vista, y por un segundo, sus ojos se ensancharon.
Ella no se detuvo. Sabía que el primer movimiento debía ser suyo.
Todo el día fue una coreografía cuidadosa. En la sala de café, "accidentalmente" rozó su mano al tomar la azucarera.
—Disculpe, señor Morales —murmuró, bajando las pestañas con una modestia que sabía falsa.
—No hay problema, Paulita —respondió él, pero su voz sonó más áspera de lo habitual.
En el almuerzo, buscó sentarse cerca de su mesa habitual, cruzando y descruzando las piernas con lentitud calculada. Vio cómo su mirada se desviaba hacia ella más de una vez, pero siempre, siempre, había una de las jóvenes interponiéndose, riendo demasiado cerca de su oído, tocando su brazo con fingida inocencia.
—Paulita, ¿me ayudas con este informe? —preguntó una de las nuevas, Luciana, con voz de niña perdida.
—Hoy no puedo —respondió ella, sin mirarla—. Tengo demasiado trabajo.
—Pero tú siempre nos ayudas…
—Pues hoy no.
El mensaje era claro: ya no era la compasiva. Ya no era la que cargaba con el trabajo de las demás.
Por la tarde, desde su escritorio, vio cómo Valeria se inclinaba sobre el escritorio de Morales, sus dedos "accidentalmente" rozando el bulto que se marcaba bajo su pantalón. Él no la apartó. Al contrario, su mano descendió para pellizcarle las nalgas con una familiaridad que hizo hervir la sangre de Paulita.
"¿En serio tengo que competir con estas zorras?"
Pero no se rendiría.
El estacionamiento subterráneo estaba casi vacío cuando Paulita tomó posición junto al auto de Morales, un sedán negro tan poco inspirador como su dueño. El eco de sus tacones resonó contra el concreto cuando él apareció, sorprendiéndola al verla allí.
—Paulita —dijo, deteniéndose a unos pasos—. ¿Qué haces aquí?
—Necesitaba hablar con usted, señor Morales —respondió, manteniendo la voz firme aunque sus palmas sudaban—. En privado.
Él se cruzó de brazos, estudiándola como si fuera un insecto bajo un microscopio.
—Habla.
—Quiero una oportunidad —dijo, sin rodeos—. Seis años aquí, y nunca he tenido un ascenso. Soy la más preparada, la más eficiente.
Morales soltó una risa cortante.
—¿Y ahora te interesa ascender? —preguntó, acercándose—. Qué raro este cambio de actitud, Paulita. Pensé que eras diferente.
—Todos cambiamos.
—No —él negó con la cabeza—. No es así como funciona. Las cosas no se piden. Se ganan.
El doble sentido flotó entre ellos, pesado como el humo. Paulita sintió cómo la rabia se mezclaba con algo más, algo oscuro y excitante.
—Entonces dígame cómo ganarlas —susurró.
Morales la miró por un largo momento, y luego, con movimientos deliberadamente lentos, bajó el cierre de su pantalón.
—Vamos a ver si estás dispuesta a todo.
El desafío estaba lanzado. Y Paulita, por primera vez en su vida, no estaba segura de si quería ganar… o simplemente dejar de resistirse.
El aire en el estacionamiento subterráneo olía a gasolina y hormigón frío cuando Paulita sintió cómo el mundo se reducía al espacio entre su cuerpo y el de Morales. Sus tacones resonaban contra el pavimento mientras daba esos últimos pasos que la separaban de su supervisor, cada clic de sus zapatos marcando el ritmo de su caída. El corazón le latía con tal fuerza que podía sentirlo en las sienes, un tambor de guerra que anunciaba la batalla que libraba consigo misma.
"Odio este olor a cigarrillo barato que despide", pensó mientras se acercaba, notando cómo su perfume caro se mezclaba con el aroma a tabaco rancio que impregnaba la ropa de él. Sus manos, siempre tan seguras al teclear informes, ahora temblaban levemente al extenderse hacia el bulto que se marcaba en los pantalones de Morales. El tacto de la tela áspera bajo sus yemas de los dedos le produjo un escalofrío que recorrió su espina dorsal.
—Siempre fuiste una puta —susurró Morales mientras ella desabotonaba su pantalón con movimientos torpes—, pero lo ocultas muy bien.
Las palabras deberían haberla hecho retroceder. Deberían haberle devuelto el orgullo que la caracterizaba. En cambio, sintió cómo algo en su interior se contraía, no de indignación, sino de una excitación vergonzante que la enfurecía. No respondió. Se limitó a tragar saliva, notando cómo su boca se secaba mientras el miembro de Morales quedaba al descubierto.
"¿En qué momento mi vida llegó a esto?", se preguntó mientras se arrodillaba sobre el frío cemento del estacionamiento. El dolor en sus rodillas era real, tangible, algo a lo que podía aferrarse para no perder por completo el contacto con la realidad. El olor a testosterona y sudor le llegó antes de que sus labios hicieran contacto, un aroma primitivo que le revolvió el estómago y, para su horror, humedeció entre sus piernas.
El primer contacto fue eléctrico. La piel del glande estaba caliente bajo sus labios, más suave de lo que imaginaba. Paulita cerró los ojos con fuerza cuando introdujo la punta en su boca, saboreando el sabor salado que ya empezaba a impregnar su lengua. Sus uñas se clavaron en los muslos de Morales cuando él le agarro la cabeza, no con violencia, pero sí con una firmeza que no admitía negativas.
—Así, putita —murmuró él mientras ella comenzaba a mover la cabeza—. Finalmente haciendo lo que naciste para hacer.
Cada palabra soez era un latigazo que la hacía estremecerse. Paulita notó con horror cómo sus pezones se endurecían bajo el vestido, cómo su respiración se aceleraba al ritmo de los empujones de Morales. La vergüenza se mezclaba con una perversa satisfacción cada vez que escuchaba un gruñido de placer salir de aquel hombre al que tanto había despreciado.
Sus mejillas se hundían con cada embestida, la saliva acumulándose en las comisuras de sus labios. Paulita descubrió, para su vergüenza, que era buena en esto. Su lengua trazaba círculos en la base mientras sus labios creaban un vacío perfecto, una técnica aprendida en miradas furtivas a videos que jamás admitiría haber visto. El sabor precum se mezclaba con su lápiz labial, manchando tanto su boca como su dignidad.
—Mírame —ordenó Morales, tirándole del pelo para que alzara la vista.
Paulita obedeció, y al ver el rostro congestionado de placer de su supervisor, sintió una oleada de poder que la sorprendió. Ella lo tenía así, a su merced, aunque fuera él quien dirigiera el juego. Las lágrimas que asomaban en sus pestañas no eran solo de humillación, sino de una excitación que la aterraba.
—Te gusta, ¿verdad? —jadeó Morales, acelerando el ritmo—. A la perfecta Paulita le encanta chupar verga como una golfa de club nocturno.
Cada palabra soez era como un clavo en su orgullo, y sin embargo, notó cómo su entrepierna respondía con una humedad traicionera. El vestido de seda se le pegaba a la espalda sudorosa, los tacones empezaban a molestarle, pero nada de eso importaba mientras sentía cómo Morales se tensaba, acercándose al climax.
—Traga todo —ordenó con voz ronca—. Demuéstrame lo putita que sos.
El momento culminante llegó con un gruñido animal. Paulita cerró los ojos cuando el sabor amargo inundó su boca, tragando con dificultad mientras sentía cómo algunas gotas escapaban por su barbilla. El olor a sexo y sumisión llenaba el aire entre ellos, más denso que la niebla matutina.
El eco de los pasos de Morales alejándose se mezclaba con el zumbido de los fluorescentes en el estacionamiento cuando, de pronto, sus tacones giraron sobre el concreto frío. Paulita apenas tuvo tiempo de levantar la vista antes de que una mano se enredara en su cabello, arrancándole un grito ahogado que rebotó contra las paredes de cemento. El dolor fue agudo, punzante, pero lo que la dejó sin aliento fue la mirada de Morales: ojos oscuros, casi negros, brillando con un placer perverso que hizo que su estómago se contrajera.
—¿Creíste que esto terminaba con una mamada, princesa? —escupió las palabras mientras la arrastraba hacia el capó del auto, su voz áspera como papel de lija—. Solo estamos empezando.
El metal frío del capó le quemó la piel a través de la delgada tela del vestido cuando Morales la empujó contra él. Paulita intentó girarse, pero una mano plana se estrelló contra su nalga derecha con un chasquido que resonó como un disparo. El dolor fue inmediato, seguido de un calor que se extendió como lava bajo su piel.
—¡Ah! —escapó de sus labios antes de poder detenerse.
—Te gusta, ¿verdad, putita? —otra nalgada, más fuerte esta vez, dejando una marca roja que brillaba bajo la luz fluorescente—. Respóndeme.
Paulita tragó saliva, sintiendo cómo la humedad entre sus piernas traicionaba su vergüenza.
—Sí —susurró, enterrando las uñas en el capó del auto.
"¿Cuándo admití esto? ¿Cuándo acepté que me excita que me traten como a esto?" El pensamiento cruzó su mente como un relámpago mientras Morales le subía el vestido por la cintura, exponiendo sus nalgas enrojecidas y las bragas de encaje negras, ya húmedas y pegadas a su piel.
—Mierda —gruñó Morales al ver el estado de sus bragas—. Estás chorreando como una perra en celo.
Sus dedos se engancharon en la tela y la rasgaron con un movimiento brusco, dejando su sexo al descubierto. El aire frío del estacionamiento le hizo estremecer la piel, pero nada comparado con el escalofrío que sintió cuando la punta del miembro de Morales rozó sus labios húmedos.
—No aquí —murmuró Paulita, volviendo la cabeza para mirarlo—. No como una puta barata en un estacionamiento...
Morales respondió con una risa gutural y un empujón brutal que la hizo arquear la espalda.
—Exactamente como la puta barata que eres —susurró en su oído antes de hundirse en ella de un solo movimiento.
El grito de Paulita se perdió entre el ruido del motor de un auto arrancando en algún lugar del estacionamiento. Morales no le dio tiempo a adaptarse; sus caderas comenzaron a moverse con un ritmo salvaje, cada embestida haciendo que el auto se balanceara ligeramente. Las manos de él se aferraban a sus caderas con tanta fuerza que sabría que tendría moretes al día siguiente.
—Mírate —gruñó Morales, tirando de su pelo para obligarla a mirar el reflejo distorsionado en la ventana de un auto cercano—. ¿Ves? Esto es lo que eres.
Paulita vio su propia imagen: labios manchados de lápiz labial, pelo revuelto, ojos vidriosos de placer. Pero lo peor era cómo su cuerpo respondía, cómo sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de las de él, buscando más, siempre más.
—Sí, sí, así —jadeó Morales, sintiendo cómo se apretaba alrededor de él—. Toma toda mi verga, puta. ¿Es esto lo que querías todos estos años?
Cada palabra era un cuchillo en su orgullo, pero cada insulto la acercaba más al borde. Paulita sintió cómo el orgasmo comenzaba a construirse en su base de su espina dorsal, una presión que crecía con cada empujón brutal. Morales lo notó y redobló sus esfuerzos, cambiando el ángulo para golpear ese punto dentro de ella que hacía que viera estrellas.
—Vas a venir, ¿verdad? —susurró, clavándole las uñas en las caderas—. Vamos, demuéstrame lo zorra que eres.
El orgasmo la golpeó como un tren, sacudiendo su cuerpo con tal fuerza que tuvo que morderse el labio para no gritar. Las contracciones eran tan intensas que casi dolían, cada una extrayendo más placer de lo que creía posible. Morales no se detuvo; al contrario, usó cada espasmo para su propio placer, acelerando el ritmo hasta que su respiración se volvió irregular.
—Ahí viene, puta —gruñó, clavándose hasta el fondo—. Toma todo.
Paulita sintió el calor inundándola, las pulsaciones dentro de sí mientras Morales se vaciaba con un gruñido animal. Permanecieron así por un momento, jadeando, sus cuerpos pegajosos de sudor y otros fluidos.
Cuando Morales finalmente se separó, Paulita apenas pudo sostenerse. Sus piernas temblaban como gelatina, sus bragas destrozadas colgando de un tobillo. Morales se ajustó los pantalones con una sonrisa que le heló la sangre.
—Empezaste bien el primer día de prueba —dijo, abriendo la puerta del auto—. Pero te falta un mes entero para demostrar que mereces ese ascenso.
El motor rugió a la vida antes de que Paulita pudiera responder. El auto comenzó a moverse, obligándola a bajarse del capó antes de que la dejara atrás. Cayó de malas maneras sobre sus tacones, apenas logrando mantener el equilibrio mientras el auto de Morales desaparecía en la rampa de salida.
El estacionamiento estaba en silencio otra vez, solo el sonido de su respiración entrecortada rompiendo el vacío. Paulita se tocó los labios hinchados, sintiendo el sabor a sexo y lápiz labial. Su cuerpo estaba dolorido, marcado, su ropa arrugada y manchada. Pero lo más aterrador no era la humillación, ni siquiera el dolor.
Era el hecho de que, mientras se acomodaba el vestido y buscaba sus bragas destrozadas, ya estaba contando las horas hasta la próxima vez. Diciéndose a sí misma “Voy a conseguir el acenso”
Continuara...
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