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Mi novio y mi hermano Nos follan a mi Prima y a mi.

La llegada de Tina, mi prima de Madrid, cayó en la casa como una visita capaz de removerlo todo. Venía con esa energía suya, llena de vida, y en seguida dejó claro que no pensaba pasar desapercibida. Entre Zepo y yo la recibimos con una confianza rara, de esas que nacen cuando todos se conocen demasiado bien, y la noche empezó a moverse hacia un terreno incómodo, intenso, imposible de ignorar.


Ese mismo día, después de la cena, Tina y yo propusimos repetir la reunión con mi hermano. Nos quedamos mirando las copas vacías sobre la mesa, como si aún hubiera algo pendiente. Pero hacerlo en casa, con mis padres cerca, no era una opción. Entonces dije que podíamos ir a casa de Zepo, mi novio, y pasar allí un rato sin tantas miradas encima.


Tina se estremeció. Sus ojos oscuros se abrieron con una mezcla de sorpresa y curiosidad, preguntando, casi sin aliento, si de verdad pensaba llevarla allí.


Entre risas suaves, le expliqué que Zepo no era de los que montan escenas. Que Zepo y yo nos movíamos con libertad, que entre nosotros no hacía falta explicar demasiado, y que en su casa había sitio de sobra para una noche larga, de esas que se recuerdan más por lo que dejan en el aire que por lo que se dice.


—Suena intenso —murmuró ella, buscando la mirada de Zepo—. ¿Tú qué dices, primo?


Mi hermano se pasó la mano por la barbilla, fingiendo pensarlo un segundo más de la cuenta. Solo yo conocía esa chispa en sus ojos, la manera en que se le endurecía la mandíbula cuando algo le interesaba de verdad.


—Mientras no me dejéis fuera de la fiesta, me apunto —dijo al fin, con esa risa grave que siempre lo delata.


Tina y yo asentimos, y sin perder tiempo llamé a Pepé por teléfono.


—Hemos tenido suerte —aseguré—. Le he pillado justo cuando se iba a dormir. Dice que también se apunta.


—Me da pena quitarle tiempo de sueño —se lamentó Tina.


—No te preocupes, Pepé es un encanto y le va la marcha. Ya verás como enseguida te sientes cómoda con él.


Tina se mordió el labio inferior, nerviosa, pero su respiración ya iba más rápido, más desordenada.


Fuimos en el coche de mi madre, riendo como criaturas que se creen invencibles. En cuanto Pepé abrió la puerta y le presenté a Tina, desaparecieron las formalidades. La atrajo hacia él con una seguridad descarada y la besó con ganas, sin miedo a equivocarse. Un beso largo, húmedo, demasiado directo. Sus manos bajaron hasta sus caderas, apretándolas con una familiaridad que hizo que Tina soltara una risa ahogada.


—Anna no me había dicho que vinieras así de decidida —murmuró él, pegado a sus labios, con esa sonrisa suya de perro viejo—. Ni que trajeras esa forma de mirar.


—Veo que no te andas con rodeos —dijo ella, mirándole de arriba abajo—. Por lo que noto, vas bastante sobrado de confianza.


Me acerqué por detrás de ella, rodeándola con los brazos, y apoyé la frente en su hombro mientras Pepé se inclinaba para decirle algo al oído. Tina soltó otro suspiro, más largo esta vez, y la casa entera pareció quedarse quieta alrededor de nosotros.


—Quiero que esta noche no se nos olvide —susurré, rozándole el cuello con los labios—. Quiero verla bien de cerca, sin máscaras.


Seguira...

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