⚠️ Aviso / Disclaimer
Esta obra es completamente ficticia y ha sido creada únicamente con fines narrativos y de entretenimiento.
Todos los personajes que aparecen o son mencionados en esta historia son personajes ficticios y mayores de 18 años, independientemente de cualquier descripción, contexto o situación presentada durante el relato.
Los nombres, personajes, lugares, acontecimientos y situaciones descritos son producto de la ficción. Cualquier parecido o coincidencia con personas reales, vivas o fallecidas, o con acontecimientos reales es pura casualidad y no intencionado.
Las opiniones, comportamientos y acciones de los personajes forman parte exclusivamente de la ficción y no representan necesariamente las opiniones, valores o experiencias de la autora.
Esta obra puede contener temáticas para público adulto, lenguaje explícito o situaciones sensibles, por lo que está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.
Las imágenes o elementos visuales que acompañen al relato tienen una finalidad exclusivamente ilustrativa y forman parte de la representación ficticia de la obra.
Al continuar leyendo, confirmas que eres mayor de 18 años y aceptas que estás accediendo a una obra de ficción para adultos.
CAPITULO 2
El ruido me destrozó el momento. Un portazo, el de la puerta principal, el que siempre se atasca y hay que golpear para que cierre. Mi cuerpo se congeló al instante, con las bragas de mi madre aún entre los dedos y la erección dura bajo los pantalones cortos, visible como una marca. Las solté de golpe, como si quemaran, y retrocedí un paso hasta chocar con el espejo del baño. El cristal tembló contra la pared y sentí el corazón explotarme en el pecho con una violencia que me dejó mareado.
"Renata: ¡Joder, que se me olvidó la cartilla de la pensión!"
Su voz atravesó la casa como una bala, seca y molesta, seguida de sus pasos apresurados por el pasillo. No había salido de casa, se había olvidado algo, algo por lo que había tenido que volver. Me quedé paralizado en el baño, con la puerta entreabierta, viendo la sombra de ella acercarse por el pasillo. Las bragas estaban en el suelo, a mis pies, húmedas y arrugadas contra los azulejos blancos. Las pateé bajo la silla de un solo movimiento, metiéndolas hacia el rincón más oscuro, mientras mi erección seguía ahí, terca, imposible de ocultar bajo estos pantalones de franela delgada.
"Yo: Estoy en el baño.
Las palabras salieron raras, cortadas, con una voz que no reconocí como mía. Me apoyé contra la pared con las manos en la espalda, como si pudiera ocultar algo con esa postura torpe. Oí sus pasos detenerse al otro lado de la puerta, un segundo de silencio, y después el chirrido de la puerta del dormitorio abriéndose.
"Renata: ¡Si estás en el baño, quédate ahí que solo necesito algo del armario! Madre mía, como no puedo hacer una cosa bien..."
La oí rebuscar en un cajón, tirando de calcetines y camisetas viejas, murmurando para sí misma con ese tono de fastidio que tiene cuando el día la supera. Me apreté los dientes y miré hacia el suelo, intentando que la sangre volviera de donde había venido, de ese lugar oscuro y caluroso donde la culpa y el deseo se mezclaban hasta hacerme daño. El olor de sus bragas seguía en mis manos, pegado a los dedos como una marca invisible, y me las limpié en el pantalón con un gesto nervioso que no sirvió de nada.
"Renata: ¿Está el guiso a fuego? ¿Lo dejaste como te dije?"
Apareció en la puerta del dormitorio con la cartilla en la mano y una chaqueta vieja colgada del hombro. Me miró por encima, rápido, como quien comprueba que su hijo no se ha muerto en los cinco minutos que lleva fuera de casa. Su pelo todavía estaba húmedo de la ducha, con mechones pegados a la nuca, y tenía la cara enrojecida por el calor del agua. La blusa nueva se le marcaba debajo de la chaqueta, los pechos todavía tibios y relajados después del ducha, sin la rigidez del sudor.
"Yo: No, no lo calenté."
"Renata: Pues ponlo o no tendremos algo que cenar y que no se te queme por dios."
Se acercó a la cocina y abrió la olla, comprobando el guiso con una cuchara. Se inclinó sobre el fogón, y yo, desde la puerta del baño que seguía entreabierta, vi su espalda ancha cubierta por la tela fina de la blusa, vi cómo se le marcaba la línea del sujetador debajo del tejido.
"Renata: Voy a volver tarde, no esperes despierto. Manten limpia la casa."
Dio un sorbo directo de la cuchara al guiso, se secó la boca con el dorso de la mano, y salió. Esta vez de verdad. Oí la puerta principal abrirse y cerrarse, el golpe seco de la tranca, y después sus pasos alejándose por el camino del pueblo, rápidos, largos, con la determinación de una mujer que ya va tarde. Me quedé escuchando hasta que los pasos desaparecieron por completo, hasta que el silencio volvió a la casa como una manta pesada.
Me apoyé en el marco de la puerta del baño y cerré los ojos. La erección se había ido, pero el calor seguía ahí, debajo de la piel, en la garganta, en las manos que olían a ella. La ropa de mi madre seguía tirada en la silla del baño, y sus bragas estaban escondidas bajo ella como un secreto pequeño. Me quedé mirando esa silla durante un rato, con el corazón latiéndome despacio, con la cabeza vacía de todo excepto de una pregunta que se repetía como un eco: ¿y ahora qué? Porque algo había cambiado en ese baño, algo que no podía deshacerse, y el domingo seguía siendo domingo, y la casa seguía siendo mía.
Me encerré en mi cuarto. Cerré la puerta con llave, algo que nunca hago, y me senté en el borde de la cama con las manos en las rodillas, respirando hondo. El olor de ella seguía en mis dedos, en la ropa, en el aire de la casa entera. Me miré por el espejo del armario y vi mi cara arder, los ojos vidriosos, los labios apretados. Me levanté los pantalones cortos y vi la mancha oscura en la tela interior donde la erección se había marcado contra el algodón.
Me quité la ropa de arriba. Me quedé en calzoncillos, tumbado boca arriba en la cama, con el techo blanco y las grietas del cuarto girando sobre mí. Cerré los ojos y apareció ella. No la Renata de la mañana con la blusa sudada, sino la de bajo de la ducha, la que imaginé hace minutos: su cuerpo grande y blando bajo el chorro de agua, los pechos goteando, las manos deslizándose por sus muslos gruesos hasta perderse entre sus piernas, húmeda y tibia y oliendo a todo lo que aquellas bragas en el suelo del baño habían guardado. Me agarré el pene con la mano y sentí que explotaba de calor, duro, hinchado, con el glandemoreteado y babeando un poco por la punta. Me lo acaricié despacio al principio, cerrando los ojos, y la imagen de ella se hizo más nítida: sus pechos pesados cayendo a los lados cuando se agachaba en el huerto,su voz quebrada diciendo solo mi nombre. Me apreté más fuerte, más rápido, con la respiración cortada , y finalmente sentí el orgasmo llegar con una descarga que me salió espesa y caliente sobre la mano .
Después me levanté, me limpié con una camiseta vieja y fui a la cocina. El guiso estaba en la olla sobre el fuego que apenas mantenía brasas. Le di unas vueltas con la cuchara, subí la llama un poco, y me senté en una silla a vigilarlo. El sonido del guiso burbujeando bajo la tapa era monótono, reconfortante, como una canción sin palabras. Me apoyé la cabeza en la mesa, con la barbilla sobre los brazos cruzados. Los ojos se me empezaron a cerrar. Intenté resistirme, pero el cuerpo ya no me obedecía. La mano se me resbaló sobre la mesa y la cabeza cayó de lado. Me dormí así, con la cabeza sobre los brazos, escuchando el fuego crepitar debajo de la olla.
No sé cuánto tiempo pasó. Lo que sé es que me desperté con una mano agarrándome el hombro, sacudiéndome, y una voz que me llegaría desde muy lejos o muy cerca, no lo sé.
"Renata: ¡Carlos! ¡Madre mía, Carlos, despierta!"
Abrí los ojos. La cocina estaba a oscuras, con solo la luz amarilla y débil del fuego que se había muerto casi del todo bajo la olla. Mi madre estaba de pie junto a la mesa, inclinada sobre mí, con la chaqueta todavía puesta y el pelo completamente seco y revuelto, como si hubiera caminado todo el camino sin tocárselo. Tenía los ojos enrojecidos por el cansancio y la boca apretada en una línea fina de fastidio. Olía a noche, a campo, a sudor fresco de jornada larga. Me miraba desde arriba con esa expresión suya que mezcla irritación y ternura, la de cuando hago algo que la decepciona pero no lo suficiente como para enfadarse de verdad.
"Renata: ¿Qué haces dormido en la cocina? ¡El guiso está frío! ¿No te dije que lo mantuvieras caliente? ¿Para qué te digo las cosas si luego no las haces?"
Se alejó de mí y fue directa a la olla, levantando la tapa con un gesto brusco. Metió la cuchara dentro, revolvió, y la cara se le endureció cuando sintió la temperatura del contenido. Tiró la cuchara contra la tabla con un golpe seco. Se quitó la chaqueta y la dejó colgada en la silla, y bajo la blusa se le marcaba el sudor del camino, el escote húmedo donde la piel le brillaba. Me miró por encima del hombro, y entonces su mirada bajó.
Bajó hacia mi regazo, donde yo no había tenido tiempo de reaccionar. Los pantalones cortos de franela delgada no ocultaban nada, y la erección, que no se había ido del todo con el sueño, se marcaba como un bulto duro y evidente bajo la tela, apuntando hacia arriba con esa insistencia absurda del cuerpo que no entiende de contexto. Mi madre se quedó quieta un segundo, con los ojos fijos en ese punto, y sentí la sangre golpearme en la cara como un martillo. Bajé las manos de golpe, cruzándolas sobre el regazo, tapándome con una torpeza que solo hizo que la maniobra se viera más sospechosa.
"Renata: Bueno... ya está. No importa. No tengo ganas de calentar nada ahora. Mañana será."
Desvió la vista hacia la olla, hacia la pared, hacia cualquier sitio que no fuera yo. Se sirvió un vaso de agua del grifo y se lo bebió de pie, apoyada en la encimera, con la espalda hacia mí. El silencio de la cocina era espeso, pesado, lleno de todo lo que no habíamos dicho y de lo que acababa de ver y pretendía no haber visto.
"Renata: Mañana me levanto temprano y lo recaliento. Ve a acostarte, que ya son las dos y no es hora de estar dormido en la cocina."
No me miró al decirlo. Se quedó de pie, apoyada en la encimera, con el vaso entre las manos y los ojos clavados en la ventana oscura del patio donde habían estado las gallinas.
Me quedé sentado en la silla de la cocina, con las manos cruzadas sobre la mesa y los ojos clavados en la espalda de mi madre. No me había mandado a acostarme de nuevo, así que interpreté eso como una especie de permiso tácito para quedarme, aunque el silencio entre los dos era de esos que pesan, de los que se pegan a la piel. Ella seguía apoyada en la encimera, mirando por la ventana, y de pronto soltó un suspiro largo, profundo, de esos que salen desde el fondo del estómago y te dejan vacío.
"Renata: Todo el día. Todo el puto día. Me levanto a las seis, llego a la pensión, limpio habitaciones que parecen un zulo, cocino para los huéspedes, me aguanto las broncas de Doña Marta porque el sofá del segundo piso tiene una mancha o por cualquier tonteria que se le ocurre, vuelvo a casa para trabajar en el huerto bajo un sol de muerte, vuelvo a la pensión para el turno de la tarde, y ahora llego a las dos de la mañana y no hay ni un plato de comida caliente que sea mío. Ni uno."
Se golpeó la encimera con la palma abierta, un golpe seco que retumbó en la cocina vacía. Se dio la vuelta y me miró con los ojos brillantes de algo que no era rabia sino cansancio puro, el tipo de cansancio que te come por dentro hasta dejarte hueso. La luz del fuego muerto le iluminaba la cara por abajo, marcando las ojeras y las arrugas de la frente, y por un segundo pareció más vieja de lo que era, como si la vida la estuviera envejeciendo día a día sin permiso.
"Renata: Y encima el dinero que entra no alcanza para nada. Nada.Ni para reparar el techo que se cae a pedazos, Ni para tu universidad y puedas tener una oportunidad fuera de este pueblo de mierda... Pero bueno, qué le vamos a hacer, ¿no? Aquí estamos. En el barro. Sin más."
Se sirvió otro vaso de agua y se lo bebió de un trago, con la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto, la nueca brillando bajo la luz tenue. Cuando terminó dejó el vaso en el fregadero con un golpe y se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos como si quisiera arrancarse la fatiga de dentro.
"Yo: Madre... ya sé que no quieres hablar de eso, pero..."
"Renata: De eso no, Carlos. Ya te dije que no."
"Yo: Solo digo que si Lidia ya lo ha hecho y le ha ido bien... si el tipo paga lo que ella dice... podría ser una manera de sacarnos de este agujero. No tienes que hacer nada que no quieras. Solo... preguntar."
Me salió con una calma que no sentía. La voz me salió plana, razonable, como si le estuviera hablando del tiempo. Pero debajo de la mesa mis dedos se apretaban contra la madera hasta blanquearse las uñas. Ella me miró con esa expresión que no sé descifrar, esa que mezcla dolor y sorpresa, como si le hubiera dado un bofetón con una mano y un abrazo con la otra.
"Renata: ¿Tú de qué hablas? ¿En serio me estás diciendo que me ponga a posar para un desconocido?"
"Yo: No dije eso. Dije preguntar. Preguntar no es hacer nada. Es solo... escuchar qué propone el tipo, y después decidir."
El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Ya no era el silencio de antes, el de la rabia contenida. Era otro tipo de silencio, uno en el que ella pensaba de verdad, en el que algo se movía detrás de sus ojos oscuros mientras pesaba las opciones con esa cabeza práctica que tiene para todo lo que no sea su propia vida. Se sentó en la silla de enfrente, cruzando los brazos sobre el pecho, y me miró fijamente durante un rato que me pareció una eternidad.
"Renata: Si el tipo dice cosas que no me gustan, me levanto y me voy. Si quiere tocar, me voy. Si me mira raro, me voy. ¿Estamos?"
Asintió con la cabeza, lento, como quien firma un contrato que sabe que podría arrepentirse de firmar. Bajó la mirada hacia la mesa y se quedó ahí, en silencio, con los brazos cruzados y los hombros caídos, como si el simple hecho de haber aceptado preguntar le hubiera quitado un kilo de fuerza de encima. Yo la miré desde mi lado de la mesa, viendo cómo la luz del fuego muerto se apagaba poco a poco en la cocina, y sentí algo raro en el pecho, algo que no era alivio ni era culpa sino una mezcla de los dos que me dejó sin palabras.
"Renata: Mañana por la mañana le pregunto a Lidia. Pero no te hagas ilusiones, Carlos. Seguro que el tipo quiere algo que yo no estoy dispuesta a dar."
"Yo: "Eso mismo me refería Mama"
Se levantó de la silla, y caminó hacia el pasillo sin mirarme. Sus pasos se fueron apagando en la oscuridad, y después oí la puerta de su cuarto cerrarse con suavidad, sin portazo, sin prisa, como si no tuviera fuerzas ni para eso. Me quedé solo en la cocina, mirando la olla fría sobre el fuego muerto, con la casa entera envuelta en un silencio que olía a ella y a todo lo que estaba por venir.
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— Elena (KaRelatos) :3
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Todos los personajes que aparecen o son mencionados en esta historia son personajes ficticios y mayores de 18 años, independientemente de cualquier descripción, contexto o situación presentada durante el relato.
Los nombres, personajes, lugares, acontecimientos y situaciones descritos son producto de la ficción. Cualquier parecido o coincidencia con personas reales, vivas o fallecidas, o con acontecimientos reales es pura casualidad y no intencionado.
Las opiniones, comportamientos y acciones de los personajes forman parte exclusivamente de la ficción y no representan necesariamente las opiniones, valores o experiencias de la autora.
Esta obra puede contener temáticas para público adulto, lenguaje explícito o situaciones sensibles, por lo que está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.
Las imágenes o elementos visuales que acompañen al relato tienen una finalidad exclusivamente ilustrativa y forman parte de la representación ficticia de la obra.
Al continuar leyendo, confirmas que eres mayor de 18 años y aceptas que estás accediendo a una obra de ficción para adultos.
CAPITULO 2
El ruido me destrozó el momento. Un portazo, el de la puerta principal, el que siempre se atasca y hay que golpear para que cierre. Mi cuerpo se congeló al instante, con las bragas de mi madre aún entre los dedos y la erección dura bajo los pantalones cortos, visible como una marca. Las solté de golpe, como si quemaran, y retrocedí un paso hasta chocar con el espejo del baño. El cristal tembló contra la pared y sentí el corazón explotarme en el pecho con una violencia que me dejó mareado.
"Renata: ¡Joder, que se me olvidó la cartilla de la pensión!"
Su voz atravesó la casa como una bala, seca y molesta, seguida de sus pasos apresurados por el pasillo. No había salido de casa, se había olvidado algo, algo por lo que había tenido que volver. Me quedé paralizado en el baño, con la puerta entreabierta, viendo la sombra de ella acercarse por el pasillo. Las bragas estaban en el suelo, a mis pies, húmedas y arrugadas contra los azulejos blancos. Las pateé bajo la silla de un solo movimiento, metiéndolas hacia el rincón más oscuro, mientras mi erección seguía ahí, terca, imposible de ocultar bajo estos pantalones de franela delgada.
"Yo: Estoy en el baño.
Las palabras salieron raras, cortadas, con una voz que no reconocí como mía. Me apoyé contra la pared con las manos en la espalda, como si pudiera ocultar algo con esa postura torpe. Oí sus pasos detenerse al otro lado de la puerta, un segundo de silencio, y después el chirrido de la puerta del dormitorio abriéndose.
"Renata: ¡Si estás en el baño, quédate ahí que solo necesito algo del armario! Madre mía, como no puedo hacer una cosa bien..."
La oí rebuscar en un cajón, tirando de calcetines y camisetas viejas, murmurando para sí misma con ese tono de fastidio que tiene cuando el día la supera. Me apreté los dientes y miré hacia el suelo, intentando que la sangre volviera de donde había venido, de ese lugar oscuro y caluroso donde la culpa y el deseo se mezclaban hasta hacerme daño. El olor de sus bragas seguía en mis manos, pegado a los dedos como una marca invisible, y me las limpié en el pantalón con un gesto nervioso que no sirvió de nada.
"Renata: ¿Está el guiso a fuego? ¿Lo dejaste como te dije?"
Apareció en la puerta del dormitorio con la cartilla en la mano y una chaqueta vieja colgada del hombro. Me miró por encima, rápido, como quien comprueba que su hijo no se ha muerto en los cinco minutos que lleva fuera de casa. Su pelo todavía estaba húmedo de la ducha, con mechones pegados a la nuca, y tenía la cara enrojecida por el calor del agua. La blusa nueva se le marcaba debajo de la chaqueta, los pechos todavía tibios y relajados después del ducha, sin la rigidez del sudor.
"Yo: No, no lo calenté."
"Renata: Pues ponlo o no tendremos algo que cenar y que no se te queme por dios."
Se acercó a la cocina y abrió la olla, comprobando el guiso con una cuchara. Se inclinó sobre el fogón, y yo, desde la puerta del baño que seguía entreabierta, vi su espalda ancha cubierta por la tela fina de la blusa, vi cómo se le marcaba la línea del sujetador debajo del tejido.
"Renata: Voy a volver tarde, no esperes despierto. Manten limpia la casa."
Dio un sorbo directo de la cuchara al guiso, se secó la boca con el dorso de la mano, y salió. Esta vez de verdad. Oí la puerta principal abrirse y cerrarse, el golpe seco de la tranca, y después sus pasos alejándose por el camino del pueblo, rápidos, largos, con la determinación de una mujer que ya va tarde. Me quedé escuchando hasta que los pasos desaparecieron por completo, hasta que el silencio volvió a la casa como una manta pesada.
Me apoyé en el marco de la puerta del baño y cerré los ojos. La erección se había ido, pero el calor seguía ahí, debajo de la piel, en la garganta, en las manos que olían a ella. La ropa de mi madre seguía tirada en la silla del baño, y sus bragas estaban escondidas bajo ella como un secreto pequeño. Me quedé mirando esa silla durante un rato, con el corazón latiéndome despacio, con la cabeza vacía de todo excepto de una pregunta que se repetía como un eco: ¿y ahora qué? Porque algo había cambiado en ese baño, algo que no podía deshacerse, y el domingo seguía siendo domingo, y la casa seguía siendo mía.
Me encerré en mi cuarto. Cerré la puerta con llave, algo que nunca hago, y me senté en el borde de la cama con las manos en las rodillas, respirando hondo. El olor de ella seguía en mis dedos, en la ropa, en el aire de la casa entera. Me miré por el espejo del armario y vi mi cara arder, los ojos vidriosos, los labios apretados. Me levanté los pantalones cortos y vi la mancha oscura en la tela interior donde la erección se había marcado contra el algodón.
Me quité la ropa de arriba. Me quedé en calzoncillos, tumbado boca arriba en la cama, con el techo blanco y las grietas del cuarto girando sobre mí. Cerré los ojos y apareció ella. No la Renata de la mañana con la blusa sudada, sino la de bajo de la ducha, la que imaginé hace minutos: su cuerpo grande y blando bajo el chorro de agua, los pechos goteando, las manos deslizándose por sus muslos gruesos hasta perderse entre sus piernas, húmeda y tibia y oliendo a todo lo que aquellas bragas en el suelo del baño habían guardado. Me agarré el pene con la mano y sentí que explotaba de calor, duro, hinchado, con el glandemoreteado y babeando un poco por la punta. Me lo acaricié despacio al principio, cerrando los ojos, y la imagen de ella se hizo más nítida: sus pechos pesados cayendo a los lados cuando se agachaba en el huerto,su voz quebrada diciendo solo mi nombre. Me apreté más fuerte, más rápido, con la respiración cortada , y finalmente sentí el orgasmo llegar con una descarga que me salió espesa y caliente sobre la mano .
Después me levanté, me limpié con una camiseta vieja y fui a la cocina. El guiso estaba en la olla sobre el fuego que apenas mantenía brasas. Le di unas vueltas con la cuchara, subí la llama un poco, y me senté en una silla a vigilarlo. El sonido del guiso burbujeando bajo la tapa era monótono, reconfortante, como una canción sin palabras. Me apoyé la cabeza en la mesa, con la barbilla sobre los brazos cruzados. Los ojos se me empezaron a cerrar. Intenté resistirme, pero el cuerpo ya no me obedecía. La mano se me resbaló sobre la mesa y la cabeza cayó de lado. Me dormí así, con la cabeza sobre los brazos, escuchando el fuego crepitar debajo de la olla.
No sé cuánto tiempo pasó. Lo que sé es que me desperté con una mano agarrándome el hombro, sacudiéndome, y una voz que me llegaría desde muy lejos o muy cerca, no lo sé.
"Renata: ¡Carlos! ¡Madre mía, Carlos, despierta!"
Abrí los ojos. La cocina estaba a oscuras, con solo la luz amarilla y débil del fuego que se había muerto casi del todo bajo la olla. Mi madre estaba de pie junto a la mesa, inclinada sobre mí, con la chaqueta todavía puesta y el pelo completamente seco y revuelto, como si hubiera caminado todo el camino sin tocárselo. Tenía los ojos enrojecidos por el cansancio y la boca apretada en una línea fina de fastidio. Olía a noche, a campo, a sudor fresco de jornada larga. Me miraba desde arriba con esa expresión suya que mezcla irritación y ternura, la de cuando hago algo que la decepciona pero no lo suficiente como para enfadarse de verdad.
"Renata: ¿Qué haces dormido en la cocina? ¡El guiso está frío! ¿No te dije que lo mantuvieras caliente? ¿Para qué te digo las cosas si luego no las haces?"
Se alejó de mí y fue directa a la olla, levantando la tapa con un gesto brusco. Metió la cuchara dentro, revolvió, y la cara se le endureció cuando sintió la temperatura del contenido. Tiró la cuchara contra la tabla con un golpe seco. Se quitó la chaqueta y la dejó colgada en la silla, y bajo la blusa se le marcaba el sudor del camino, el escote húmedo donde la piel le brillaba. Me miró por encima del hombro, y entonces su mirada bajó.
Bajó hacia mi regazo, donde yo no había tenido tiempo de reaccionar. Los pantalones cortos de franela delgada no ocultaban nada, y la erección, que no se había ido del todo con el sueño, se marcaba como un bulto duro y evidente bajo la tela, apuntando hacia arriba con esa insistencia absurda del cuerpo que no entiende de contexto. Mi madre se quedó quieta un segundo, con los ojos fijos en ese punto, y sentí la sangre golpearme en la cara como un martillo. Bajé las manos de golpe, cruzándolas sobre el regazo, tapándome con una torpeza que solo hizo que la maniobra se viera más sospechosa.
"Renata: Bueno... ya está. No importa. No tengo ganas de calentar nada ahora. Mañana será."
Desvió la vista hacia la olla, hacia la pared, hacia cualquier sitio que no fuera yo. Se sirvió un vaso de agua del grifo y se lo bebió de pie, apoyada en la encimera, con la espalda hacia mí. El silencio de la cocina era espeso, pesado, lleno de todo lo que no habíamos dicho y de lo que acababa de ver y pretendía no haber visto.
"Renata: Mañana me levanto temprano y lo recaliento. Ve a acostarte, que ya son las dos y no es hora de estar dormido en la cocina."
No me miró al decirlo. Se quedó de pie, apoyada en la encimera, con el vaso entre las manos y los ojos clavados en la ventana oscura del patio donde habían estado las gallinas.
Me quedé sentado en la silla de la cocina, con las manos cruzadas sobre la mesa y los ojos clavados en la espalda de mi madre. No me había mandado a acostarme de nuevo, así que interpreté eso como una especie de permiso tácito para quedarme, aunque el silencio entre los dos era de esos que pesan, de los que se pegan a la piel. Ella seguía apoyada en la encimera, mirando por la ventana, y de pronto soltó un suspiro largo, profundo, de esos que salen desde el fondo del estómago y te dejan vacío.
"Renata: Todo el día. Todo el puto día. Me levanto a las seis, llego a la pensión, limpio habitaciones que parecen un zulo, cocino para los huéspedes, me aguanto las broncas de Doña Marta porque el sofá del segundo piso tiene una mancha o por cualquier tonteria que se le ocurre, vuelvo a casa para trabajar en el huerto bajo un sol de muerte, vuelvo a la pensión para el turno de la tarde, y ahora llego a las dos de la mañana y no hay ni un plato de comida caliente que sea mío. Ni uno."
Se golpeó la encimera con la palma abierta, un golpe seco que retumbó en la cocina vacía. Se dio la vuelta y me miró con los ojos brillantes de algo que no era rabia sino cansancio puro, el tipo de cansancio que te come por dentro hasta dejarte hueso. La luz del fuego muerto le iluminaba la cara por abajo, marcando las ojeras y las arrugas de la frente, y por un segundo pareció más vieja de lo que era, como si la vida la estuviera envejeciendo día a día sin permiso.
"Renata: Y encima el dinero que entra no alcanza para nada. Nada.Ni para reparar el techo que se cae a pedazos, Ni para tu universidad y puedas tener una oportunidad fuera de este pueblo de mierda... Pero bueno, qué le vamos a hacer, ¿no? Aquí estamos. En el barro. Sin más."
Se sirvió otro vaso de agua y se lo bebió de un trago, con la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto, la nueca brillando bajo la luz tenue. Cuando terminó dejó el vaso en el fregadero con un golpe y se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos como si quisiera arrancarse la fatiga de dentro.
"Yo: Madre... ya sé que no quieres hablar de eso, pero..."
"Renata: De eso no, Carlos. Ya te dije que no."
"Yo: Solo digo que si Lidia ya lo ha hecho y le ha ido bien... si el tipo paga lo que ella dice... podría ser una manera de sacarnos de este agujero. No tienes que hacer nada que no quieras. Solo... preguntar."
Me salió con una calma que no sentía. La voz me salió plana, razonable, como si le estuviera hablando del tiempo. Pero debajo de la mesa mis dedos se apretaban contra la madera hasta blanquearse las uñas. Ella me miró con esa expresión que no sé descifrar, esa que mezcla dolor y sorpresa, como si le hubiera dado un bofetón con una mano y un abrazo con la otra.
"Renata: ¿Tú de qué hablas? ¿En serio me estás diciendo que me ponga a posar para un desconocido?"
"Yo: No dije eso. Dije preguntar. Preguntar no es hacer nada. Es solo... escuchar qué propone el tipo, y después decidir."
El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Ya no era el silencio de antes, el de la rabia contenida. Era otro tipo de silencio, uno en el que ella pensaba de verdad, en el que algo se movía detrás de sus ojos oscuros mientras pesaba las opciones con esa cabeza práctica que tiene para todo lo que no sea su propia vida. Se sentó en la silla de enfrente, cruzando los brazos sobre el pecho, y me miró fijamente durante un rato que me pareció una eternidad.
"Renata: Si el tipo dice cosas que no me gustan, me levanto y me voy. Si quiere tocar, me voy. Si me mira raro, me voy. ¿Estamos?"
Asintió con la cabeza, lento, como quien firma un contrato que sabe que podría arrepentirse de firmar. Bajó la mirada hacia la mesa y se quedó ahí, en silencio, con los brazos cruzados y los hombros caídos, como si el simple hecho de haber aceptado preguntar le hubiera quitado un kilo de fuerza de encima. Yo la miré desde mi lado de la mesa, viendo cómo la luz del fuego muerto se apagaba poco a poco en la cocina, y sentí algo raro en el pecho, algo que no era alivio ni era culpa sino una mezcla de los dos que me dejó sin palabras.
"Renata: Mañana por la mañana le pregunto a Lidia. Pero no te hagas ilusiones, Carlos. Seguro que el tipo quiere algo que yo no estoy dispuesta a dar."
"Yo: "Eso mismo me refería Mama"
Se levantó de la silla, y caminó hacia el pasillo sin mirarme. Sus pasos se fueron apagando en la oscuridad, y después oí la puerta de su cuarto cerrarse con suavidad, sin portazo, sin prisa, como si no tuviera fuerzas ni para eso. Me quedé solo en la cocina, mirando la olla fría sobre el fuego muerto, con la casa entera envuelta en un silencio que olía a ella y a todo lo que estaba por venir.
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— Elena (KaRelatos) :3
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