Camila: La Chetita Bien Puta

Camila acababa de cumplir veinte. Hija única de un empresario que le daba todo lo que pedía y más. Nenita malcriada de pura cepa: si algo no le gustaba lo tiraba, si alguien no le servía lo descartaba. Le gustaba el estilo de vida caro, los yates, los restaurantes donde la cuenta daba vergüenza y los tipos que la miraban como si fuera inalcanzable. Sabía que era linda y lo usaba.
El primer Uber fue un Black a las tres de la mañana. Subió con un vestido corto blanco que apenas le cubría el orto y el sostén Calvin Klein asomando. El chofer tenía cincuenta y seis años, canoso, traje oscuro, reloj caro. Cuando la vio por el espejo se le cortó la respiración.
Piel morena, cintura chiquita, tetas firmes que se movían con cada curva del auto, y un orto redondo que el vestido no podía esconder. Cuando cruzó las piernas alcanzó a ver el borde de la tanga negra. Camila ni lo miró. Estaba sacándose selfies, riendo bajito, acomodándose el escote. Él la observó todo el camino sin decir una palabra. Memorizó el perfume, la forma en que se mordía el labio, cómo se tocaba el pelo.

Cuando se bajó le dejó propina alta. En la app aparecía su nombre completo. Esa misma noche la buscó en Instagram. Perfil público, chetita de manual: fotos en yates, en Miami, en restaurantes caros, siempre con ropa que costaba más que un sueldo. Empezó a seguirla desde una cuenta falsa. Guardaba las stories. Se pajaba mirándola. Se obsesionó.
Dos semanas después orquestó el segundo viaje. Se hizo pasar por el chofer de un conocido. Cuando Camila subió venía de festejar el cumpleaños. Olor a alcohol caro, maquillaje un poco corrido, vestido negro aún más corto. Lo reconoció al toque.

—Eh, el de la otra vez —dijo, sonriendo con esa cara de pendeja que sabe que es irresistible frente a cualquier macho—
—Qué casualidad, ¿no?
Él se dio vuelta un segundo. Esta vez no se hizo el pajero. Habló bajo, educado, como alguien de plata.
—No es casualidad. Pedí el viaje a propósito. Trabajo en el puerto, tengo un barco amarrado cerca.
Camila se rio, se acomodó el pelo y se bajó un poco el escote.
—¿Me venís siguiendo, viejo?
Él sonrió apenas.
—No lo llamaría seguir. Me gustó lo que vi. Y pensé que tal vez a vos también te gustaría conocer a alguien que no sea un pibe de tu edad.
Ella se rio, se acomodó en el asiento y se acercó un poco.
—Qué galán. ¿Y que te gusta a mí?
Se puso nervioso y no contestó de frente. Le habló del yate, de los viajes, de lo bien que se vive cuando uno tiene plata de verdad. Camila lo miraba con esa cara de pendeja que ya le sacó la ficha.
—Dale, decime la verdad anciano —dijo de repente, bajito— ¿Qué queres hacer conmigo?
¿Me querés garchar acá atras o me estás boludeando con el cuento del barco?
Él se quedó callado un segundo. Ella se rio más fuerte, le puso una mano en el hombro y le susurró al oído:
—Tranquilo, viejo. Soñá nomas. Yo no me cojo con cualquiera. Menos con un viejo chofer.
Le pasó la lengua por el lóbulo. Él se puso duro al toque. Ella se bajo del auto riendose le tiró un beso en el aire y se fue. Él se quedó con la verga dura y la cabeza hecha mierda. Esa noche se pajó hasta que le dolió la muñeca.

Una semana después se infiltró en el yate de la familia.
Subió por la pasarela cuando no había nadie, se escondió en la cubierta inferior y esperó. Camila apareció sola, con el bikini negro de tiras finas, el mismo de las fotos. Se puso de rodillas sobre los almohadones de la proa, de espalda al muelle, y empezó a posar. Se sacaba fotos con el celular, se arqueaba, se tocaba el orto, se miraba de costado. Se reía sola. Se acomodaba las tetas. Se abría un poco las piernas y se miraba el reflejo en la pantalla.

Él salió de las sombras y se quedó parado a unos metros, mirándola.
Camila sintió la mirada. Se giró. Lo vio. La cara le cambió al toque.
—¿Qué carajo hacés acá? —dijo, levantándose de golpe, asqueada—. Sos un enfermo. Un viejo asqueroso. ¿Me seguiste hasta acá para pajearte? Sos un pajero de mierda.
—No vine a pajearme. Vine porque no puedo parar de pensar en vos.
Camila retrocedió hasta el barandal, todavía con cara de asco.
—Andate. Te voy a denunciar. Sos un viejo de cincuenta y pico que se mete en el yate de mi papá a tocarse la pija.
Él se detuvo a un metro.
—Si querés que me vaya, me voy. Pero no digas que no te gusta la idea. Te vi en el auto. Te vi cuando me preguntaste si te quería garchar. Te reíste, pero no te asustaste.
Camila lo miró un segundo más largo. El asco seguía ahí, pero había otra cosa. Se mordió el labio. Bajó la mirada a la verga de él, todavía dura, y después volvió a mirarlo a la cara.
—Sos un asqueroso —repitió, pero la voz le salió más baja.

Él no se movió. Ella fue la que dio el paso. Se acercó, le agarró la verga con la mano y lo miró fijo.
Estaba dura, gruesa, caliente, con la cabeza ya brillante de pre-semen. Camila la apretó un segundo y sintió el latido. El asco le subió de inmediato. Un viejo de cincuenta y seis años. Canoso. Con esa cara de tipo que se había pajeado mirándola durante semanas. Un pajero de mierda que se había metido en el yate de su papá. Podría ser el padre de cualquiera de sus amigas. Podría ser casi de la edad de su viejo. La idea le dio un vuelco en el estómago… y al mismo tiempo le prendió algo sucio, morboso, que no quería nombrar.
Se mordió el labio. No iba a bajarse del pedestal así nomás.
—Mirá qué lindo —dijo con voz burlona, moviéndole la mano despacio, casi con desprecio—. Tan duro por una nena de veinte. Qué patético sos.
Él no contestó. Solo la miraba. Camila le apretó más fuerte, le pasó el pulgar por la ranura y sintió cómo le temblaba la pija en la mano.
—¿Sabés lo que sos? Un fanático asqueroso. Un viejo que se hace el interesante en el Uber y después se mete acá a tocarse la pija mirándome. ¿Y ahora qué? ¿Pensás que te voy a dejar que me la metas porque me seguiste como un perro caliente?
Lo soltó de golpe. Dio un paso atrás. Se cruzó de brazos, todavía con el bikini negro puesto, el orto marcado, las tetas firmes. Lo miró de arriba abajo con esa cara de chetita que desprecia todo lo que no le sirve.
—Andate. En serio. No me rebajo a esto. No soy una putita que se deja garchar por cualquier viejo verde que se obsesiona con ella.
Pero no se movió. Se quedó mirándolo. La verga de él seguía parada, gruesa, pesada. La imagen de ese tipo pajándose detrás de ella mientras se sacaba fotos le daba asco… y al mismo tiempo le hacía latir la concha de una forma que la indignaba. Un viejo obsesionado. Un fanático que la quería reventar. La idea de tener ese poder sobre alguien tan mayor, tan patético, le generaba algo que no quería admitir. Curiosidad sucia. Morbo. La pregunta que no se atrevía a hacerse en voz alta: ¿cómo se sentiría que un tipo de la edad de su padre se la cogiera hasta dejarla temblando?
Se pasó la lengua por los labios. El orgullo le pesaba más que el asco.
—Si te dejo… —empezó, y se detuvo. Odio cómo sonaba. Como si estuviera negociando. Como si le importara.
Respiró hondo. El conflicto le daba vueltas: el asco, el ego, la excitación sucia de saber que ese tipo se había obsesionado tanto con ella que había cruzado todos los límites. Un viejo verde fanático que se la quería coger hasta el fondo. La idea de arruinarle la fantasía lo excitaba más que negársela. O al revés. No sabía.
—Si te dejo que me la metas… y después me arrepiento, te denuncio igual. ¿Quedó claro? No soy cualquiera. No soy una putita fácil. Soy Camila. Y vos sos un viejo de mierda que se cree que puede tocarme.
Él asintió. No dijo nada. Solo esperó.

Camila se quedó quieta unos segundos más. El orgullo le gritaba que lo echara. El cuerpo le pedía otra cosa. Al final se dio vuelta. Se apoyó en el barandal, se bajó la parte de abajo del bikini con lentitud, casi con desprecio, y se abrió las nalgas con las dos manos.
—Dale. Pero no me rompas. Y no digas una sola palabra de mierda. No me trates como si fuera tuya.
Él se le puso atrás. Le escupió en la mano, le pasó los dedos por la concha —estaba más mojada de lo que ella quería admitir— y después apoyó la cabeza de la verga contra el agujero. Empujó despacio. Camila apretó los dientes. El ardor le subió por la espalda. Soltó un quejido bajo, de rabia más que de placer.
—Hijo de puta… —murmuró.
Él siguió entrando. Centímetro a centímetro. La verga gruesa le abría el orto con una lentitud casi cruel. Camila se agarró del barandal con fuerza. Al principio solo sentía la invasión, la presión, el peso del cuerpo mayor contra el suyo. El asco seguía ahí, intacto. Pero a cada milímetro que él avanzaba algo se le mezclaba. El calor. La sensación de ser llenada por ese tipo que la había seguido, que se había pajeado mirándola, que estaba tan obsesionado que había arriesgado todo para estar ahí.
Cuando la tuvo entera adentro, se detuvo un segundo. Camila respiraba agitada. El orgullo le decía que se quejara, que lo mandara a la mierda. El cuerpo le temblaba.
Él empezó a embestir. Firme. Profundo. Corto al principio, después más largo. Camila apretaba los dientes. El sonido de la verga entrando y saliendo se mezclaba con el chapoteo del agua contra el casco. Cada vez que él se hundía hasta el fondo sentía una oleada sucia que le subía por la panza. La concha le chorreaba. El orto se le abría cada vez más fácil.
—Más fuerte —dijo de repente, la voz cortada, casi contra su voluntad.
Él le dio más fuerte. Le agarró la cintura con las dos manos y empezó a embestirla con ritmo constante, seco, profundo. Camila empujaba para atrás ahora, casi sin darse cuenta. El orgullo le gritaba que pare, que lo echara, que no se dejara. Pero el cuerpo no le obedecía. Cada embestida le sacaba un gemido más bajo, más sucio. Pensaba en lo patético que era ese viejo… y al mismo tiempo en lo rico que se sentía que alguien la quisiera tanto, que estuviera tan enfermo de ella. El conflicto no se iba. Se mezclaba con cada embestida. Asco. Poder. Placer. Orgullo roto. Todo junto.
Él le dio una nalgada seca. Camila soltó un quejido más alto. Después otra. Y otra. El sonido de la mano contra el orto se escuchaba claro en la noche. Ella apretaba el barandal hasta que le dolían los nudillos. El cuerpo le traicionaba cada vez más. Las piernas le temblaban. La concha le latía. Cada vez que él se hundía hasta el fondo sentía que se le aflojaba algo adentro, algo que no quería soltar.
—Cállate —le cortó ella cuando él iba a decir algo, casi gritando—. No digas nada. Solo garchame.
Él obedeció. La cogió más bruto. Le daba embestidas largas y profundas, sacándola casi toda y volviendo a meterla de un golpe. Camila gemía contra el brazo, con la cara contra el metal del barandal. El orgullo seguía ahí, pero cada vez más lejos. El cuerpo se le había entregado. Empujaba para atrás, abriéndose, buscando que la llenara más. El morbo de estar siendo garchada por un viejo de la edad de su padre, un fanático que la había seguido hasta el yate, le subía por la espalda como una corriente sucia.
Cuando él le avisó que estaba por acabar, ella no se corrió. Solo apretó el culo con fuerza y lo dejó terminar adentro. Sintió la leche caliente llenándola, latido a latido. Él se la sacó despacio. Un hilo grueso le bajó por las nalgas hasta la concha. Camila se quedó un segundo así, respirando agitada, con el orto abierto y goteando, el orgullo hecho mierda y el cuerpo todavía temblando.
Después se acomodó el bikini, agarró el celular y volvió a arrodillarse en el mismo lugar.
—Andate —dijo, sin mirarlo—. Y no vuelvas a aparecer.
Él se acomodó el pantalón y se fue por la misma pasarela. Camila se quedó ahí, con el orto todavía goteando y la cámara apuntando al horizonte, como si nada hubiera pasado. Al día siguiente subió una story desde el mismo lugar, sonriendo, con el bikini negro impecable.

Camila acababa de cumplir veinte. Hija única de un empresario que le daba todo lo que pedía y más. Nenita malcriada de pura cepa: si algo no le gustaba lo tiraba, si alguien no le servía lo descartaba. Le gustaba el estilo de vida caro, los yates, los restaurantes donde la cuenta daba vergüenza y los tipos que la miraban como si fuera inalcanzable. Sabía que era linda y lo usaba.
El primer Uber fue un Black a las tres de la mañana. Subió con un vestido corto blanco que apenas le cubría el orto y el sostén Calvin Klein asomando. El chofer tenía cincuenta y seis años, canoso, traje oscuro, reloj caro. Cuando la vio por el espejo se le cortó la respiración.
Piel morena, cintura chiquita, tetas firmes que se movían con cada curva del auto, y un orto redondo que el vestido no podía esconder. Cuando cruzó las piernas alcanzó a ver el borde de la tanga negra. Camila ni lo miró. Estaba sacándose selfies, riendo bajito, acomodándose el escote. Él la observó todo el camino sin decir una palabra. Memorizó el perfume, la forma en que se mordía el labio, cómo se tocaba el pelo.

Cuando se bajó le dejó propina alta. En la app aparecía su nombre completo. Esa misma noche la buscó en Instagram. Perfil público, chetita de manual: fotos en yates, en Miami, en restaurantes caros, siempre con ropa que costaba más que un sueldo. Empezó a seguirla desde una cuenta falsa. Guardaba las stories. Se pajaba mirándola. Se obsesionó.
Dos semanas después orquestó el segundo viaje. Se hizo pasar por el chofer de un conocido. Cuando Camila subió venía de festejar el cumpleaños. Olor a alcohol caro, maquillaje un poco corrido, vestido negro aún más corto. Lo reconoció al toque.

—Eh, el de la otra vez —dijo, sonriendo con esa cara de pendeja que sabe que es irresistible frente a cualquier macho—
—Qué casualidad, ¿no?
Él se dio vuelta un segundo. Esta vez no se hizo el pajero. Habló bajo, educado, como alguien de plata.
—No es casualidad. Pedí el viaje a propósito. Trabajo en el puerto, tengo un barco amarrado cerca.
Camila se rio, se acomodó el pelo y se bajó un poco el escote.
—¿Me venís siguiendo, viejo?
Él sonrió apenas.
—No lo llamaría seguir. Me gustó lo que vi. Y pensé que tal vez a vos también te gustaría conocer a alguien que no sea un pibe de tu edad.
Ella se rio, se acomodó en el asiento y se acercó un poco.
—Qué galán. ¿Y que te gusta a mí?
Se puso nervioso y no contestó de frente. Le habló del yate, de los viajes, de lo bien que se vive cuando uno tiene plata de verdad. Camila lo miraba con esa cara de pendeja que ya le sacó la ficha.
—Dale, decime la verdad anciano —dijo de repente, bajito— ¿Qué queres hacer conmigo?
¿Me querés garchar acá atras o me estás boludeando con el cuento del barco?
Él se quedó callado un segundo. Ella se rio más fuerte, le puso una mano en el hombro y le susurró al oído:
—Tranquilo, viejo. Soñá nomas. Yo no me cojo con cualquiera. Menos con un viejo chofer.
Le pasó la lengua por el lóbulo. Él se puso duro al toque. Ella se bajo del auto riendose le tiró un beso en el aire y se fue. Él se quedó con la verga dura y la cabeza hecha mierda. Esa noche se pajó hasta que le dolió la muñeca.

Una semana después se infiltró en el yate de la familia.
Subió por la pasarela cuando no había nadie, se escondió en la cubierta inferior y esperó. Camila apareció sola, con el bikini negro de tiras finas, el mismo de las fotos. Se puso de rodillas sobre los almohadones de la proa, de espalda al muelle, y empezó a posar. Se sacaba fotos con el celular, se arqueaba, se tocaba el orto, se miraba de costado. Se reía sola. Se acomodaba las tetas. Se abría un poco las piernas y se miraba el reflejo en la pantalla.

Él salió de las sombras y se quedó parado a unos metros, mirándola.
Camila sintió la mirada. Se giró. Lo vio. La cara le cambió al toque.
—¿Qué carajo hacés acá? —dijo, levantándose de golpe, asqueada—. Sos un enfermo. Un viejo asqueroso. ¿Me seguiste hasta acá para pajearte? Sos un pajero de mierda.
—No vine a pajearme. Vine porque no puedo parar de pensar en vos.
Camila retrocedió hasta el barandal, todavía con cara de asco.
—Andate. Te voy a denunciar. Sos un viejo de cincuenta y pico que se mete en el yate de mi papá a tocarse la pija.
Él se detuvo a un metro.
—Si querés que me vaya, me voy. Pero no digas que no te gusta la idea. Te vi en el auto. Te vi cuando me preguntaste si te quería garchar. Te reíste, pero no te asustaste.
Camila lo miró un segundo más largo. El asco seguía ahí, pero había otra cosa. Se mordió el labio. Bajó la mirada a la verga de él, todavía dura, y después volvió a mirarlo a la cara.
—Sos un asqueroso —repitió, pero la voz le salió más baja.

Él no se movió. Ella fue la que dio el paso. Se acercó, le agarró la verga con la mano y lo miró fijo.
Estaba dura, gruesa, caliente, con la cabeza ya brillante de pre-semen. Camila la apretó un segundo y sintió el latido. El asco le subió de inmediato. Un viejo de cincuenta y seis años. Canoso. Con esa cara de tipo que se había pajeado mirándola durante semanas. Un pajero de mierda que se había metido en el yate de su papá. Podría ser el padre de cualquiera de sus amigas. Podría ser casi de la edad de su viejo. La idea le dio un vuelco en el estómago… y al mismo tiempo le prendió algo sucio, morboso, que no quería nombrar.
Se mordió el labio. No iba a bajarse del pedestal así nomás.
—Mirá qué lindo —dijo con voz burlona, moviéndole la mano despacio, casi con desprecio—. Tan duro por una nena de veinte. Qué patético sos.
Él no contestó. Solo la miraba. Camila le apretó más fuerte, le pasó el pulgar por la ranura y sintió cómo le temblaba la pija en la mano.
—¿Sabés lo que sos? Un fanático asqueroso. Un viejo que se hace el interesante en el Uber y después se mete acá a tocarse la pija mirándome. ¿Y ahora qué? ¿Pensás que te voy a dejar que me la metas porque me seguiste como un perro caliente?
Lo soltó de golpe. Dio un paso atrás. Se cruzó de brazos, todavía con el bikini negro puesto, el orto marcado, las tetas firmes. Lo miró de arriba abajo con esa cara de chetita que desprecia todo lo que no le sirve.
—Andate. En serio. No me rebajo a esto. No soy una putita que se deja garchar por cualquier viejo verde que se obsesiona con ella.
Pero no se movió. Se quedó mirándolo. La verga de él seguía parada, gruesa, pesada. La imagen de ese tipo pajándose detrás de ella mientras se sacaba fotos le daba asco… y al mismo tiempo le hacía latir la concha de una forma que la indignaba. Un viejo obsesionado. Un fanático que la quería reventar. La idea de tener ese poder sobre alguien tan mayor, tan patético, le generaba algo que no quería admitir. Curiosidad sucia. Morbo. La pregunta que no se atrevía a hacerse en voz alta: ¿cómo se sentiría que un tipo de la edad de su padre se la cogiera hasta dejarla temblando?
Se pasó la lengua por los labios. El orgullo le pesaba más que el asco.
—Si te dejo… —empezó, y se detuvo. Odio cómo sonaba. Como si estuviera negociando. Como si le importara.
Respiró hondo. El conflicto le daba vueltas: el asco, el ego, la excitación sucia de saber que ese tipo se había obsesionado tanto con ella que había cruzado todos los límites. Un viejo verde fanático que se la quería coger hasta el fondo. La idea de arruinarle la fantasía lo excitaba más que negársela. O al revés. No sabía.
—Si te dejo que me la metas… y después me arrepiento, te denuncio igual. ¿Quedó claro? No soy cualquiera. No soy una putita fácil. Soy Camila. Y vos sos un viejo de mierda que se cree que puede tocarme.
Él asintió. No dijo nada. Solo esperó.

Camila se quedó quieta unos segundos más. El orgullo le gritaba que lo echara. El cuerpo le pedía otra cosa. Al final se dio vuelta. Se apoyó en el barandal, se bajó la parte de abajo del bikini con lentitud, casi con desprecio, y se abrió las nalgas con las dos manos.
—Dale. Pero no me rompas. Y no digas una sola palabra de mierda. No me trates como si fuera tuya.
Él se le puso atrás. Le escupió en la mano, le pasó los dedos por la concha —estaba más mojada de lo que ella quería admitir— y después apoyó la cabeza de la verga contra el agujero. Empujó despacio. Camila apretó los dientes. El ardor le subió por la espalda. Soltó un quejido bajo, de rabia más que de placer.
—Hijo de puta… —murmuró.
Él siguió entrando. Centímetro a centímetro. La verga gruesa le abría el orto con una lentitud casi cruel. Camila se agarró del barandal con fuerza. Al principio solo sentía la invasión, la presión, el peso del cuerpo mayor contra el suyo. El asco seguía ahí, intacto. Pero a cada milímetro que él avanzaba algo se le mezclaba. El calor. La sensación de ser llenada por ese tipo que la había seguido, que se había pajeado mirándola, que estaba tan obsesionado que había arriesgado todo para estar ahí.
Cuando la tuvo entera adentro, se detuvo un segundo. Camila respiraba agitada. El orgullo le decía que se quejara, que lo mandara a la mierda. El cuerpo le temblaba.
Él empezó a embestir. Firme. Profundo. Corto al principio, después más largo. Camila apretaba los dientes. El sonido de la verga entrando y saliendo se mezclaba con el chapoteo del agua contra el casco. Cada vez que él se hundía hasta el fondo sentía una oleada sucia que le subía por la panza. La concha le chorreaba. El orto se le abría cada vez más fácil.
—Más fuerte —dijo de repente, la voz cortada, casi contra su voluntad.
Él le dio más fuerte. Le agarró la cintura con las dos manos y empezó a embestirla con ritmo constante, seco, profundo. Camila empujaba para atrás ahora, casi sin darse cuenta. El orgullo le gritaba que pare, que lo echara, que no se dejara. Pero el cuerpo no le obedecía. Cada embestida le sacaba un gemido más bajo, más sucio. Pensaba en lo patético que era ese viejo… y al mismo tiempo en lo rico que se sentía que alguien la quisiera tanto, que estuviera tan enfermo de ella. El conflicto no se iba. Se mezclaba con cada embestida. Asco. Poder. Placer. Orgullo roto. Todo junto.
Él le dio una nalgada seca. Camila soltó un quejido más alto. Después otra. Y otra. El sonido de la mano contra el orto se escuchaba claro en la noche. Ella apretaba el barandal hasta que le dolían los nudillos. El cuerpo le traicionaba cada vez más. Las piernas le temblaban. La concha le latía. Cada vez que él se hundía hasta el fondo sentía que se le aflojaba algo adentro, algo que no quería soltar.
—Cállate —le cortó ella cuando él iba a decir algo, casi gritando—. No digas nada. Solo garchame.
Él obedeció. La cogió más bruto. Le daba embestidas largas y profundas, sacándola casi toda y volviendo a meterla de un golpe. Camila gemía contra el brazo, con la cara contra el metal del barandal. El orgullo seguía ahí, pero cada vez más lejos. El cuerpo se le había entregado. Empujaba para atrás, abriéndose, buscando que la llenara más. El morbo de estar siendo garchada por un viejo de la edad de su padre, un fanático que la había seguido hasta el yate, le subía por la espalda como una corriente sucia.
Cuando él le avisó que estaba por acabar, ella no se corrió. Solo apretó el culo con fuerza y lo dejó terminar adentro. Sintió la leche caliente llenándola, latido a latido. Él se la sacó despacio. Un hilo grueso le bajó por las nalgas hasta la concha. Camila se quedó un segundo así, respirando agitada, con el orto abierto y goteando, el orgullo hecho mierda y el cuerpo todavía temblando.
Después se acomodó el bikini, agarró el celular y volvió a arrodillarse en el mismo lugar.
—Andate —dijo, sin mirarlo—. Y no vuelvas a aparecer.
Él se acomodó el pantalón y se fue por la misma pasarela. Camila se quedó ahí, con el orto todavía goteando y la cámara apuntando al horizonte, como si nada hubiera pasado. Al día siguiente subió una story desde el mismo lugar, sonriendo, con el bikini negro impecable.
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