La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas de seda, dibujando líneas doradas sobre el cuerpo desnudo de Lucía. Se movió entre las sábanas arrugadas, sintiendo el dolor dulce entre sus muslos, el eco de las manos de Roberto aún grabado en su piel. El olor a sexo y sudor se mezclaba con el perfume de las velas ya apagadas.
Elena estaba sentada en el borde de la cama, vestida sólo con una bata de satén que se abría para revelar sus pequeñas pero firmes curvas. Sus dedos trazaban círculos hipnóticos sobre el vientre de Lucía.
—Despierta, semillita —susurró, inclinándose hasta que su aliento caliente rozó los labios hinchados de la joven—. Hoy es un día importante.
Lucía parpadeó, confundida, mientras los eventos de la noche anterior regresaban a ella en oleadas de vergüenza y excitación.
—¿Qué... qué hora es? —su voz sonó ronca, usada.
—Tiempo de cumplir tu propósito —Roberto apareció en la puerta, completamente desnudo, su cuerpo musculoso bañado en la luz matinal. Llevaba en las manos unas cintas de seda que brillaban suavemente—. Levántate.
Elena ayudó a Lucía a sentarse, sus manos expertas palpando cada centímetro de su piel como si estuviera evaluando un bien preciado.
—Tienes las caderas perfectas para parir —murmuró, apretando la carne allí—. Roberto, mira cómo florece.
Él se acercó, su erección ya prominente, rozando el brazo de Lucía mientras examinaba su cuerpo con ojos de dueño.
—En la mesa —ordenó, señalando el mueble bajo junto a la ventana donde Elena había dispuesto almohadones y más cintas—. Quiero ver toda tu belleza bajo la luz del día.
Lucía tembló, pero obedeció. Cada movimiento le recordaba la posesión de la noche anterior, cómo su cuerpo había respondido contra su voluntad.
Elena la guió hasta la mesa, acostándola sobre los almohadones que olían a lavanda y algo más especiado.
—Las manos primero —dijo Roberto, entregándole las cintas a Elena.
Los dedos expertos de la mujer mayor ataron las muñecas de Lucía a las patas de la mesa, con nudos firmes pero que no lastimaban.
—¿Esto... esto es necesario? —preguntó Lucía, sintiendo cómo su respiración se aceleraba.
Roberto sonrió mientras Elena comenzaba a atar sus tobillos.
—Todo es necesario —su mano grande palmeó la parte interna de su muslo, haciéndola estremecer—. El cuerpo debe estar abierto, receptivo. Las ataduras ayudan a... relajar.
Elena terminó su trabajo y retrocedió para admirar a Lucía extendida como un banquete.
—Magnífica —susurró, mordiendo su propio labio inferior—. Roberto, prepárala.
Él se colocó entre las piernas abiertas de Lucía, sus manos acariciando desde los tobillos hacia arriba con una lentitud tortuosa.
—Elena dice que los orgasmos aumentan las chances —explicó, mientras sus dedos rozaban el vello púbico de Lucía—. Así que hoy no será como anoche. Hoy serás bien atendida.
El primer toque de sus dedos en sus labios hinchados hizo que Lucía arqueara la espalda.
—Shhh —Elena se inclinó sobre ella, tomando un pezón entre sus dientes con suavidad—. Deja que te hagan sentir bien.
Roberto trabajó con una precisión científica, encontrando ese punto sensible que hacía gritar a Lucía, explotándolo una y otra vez mientras Elena jugaba con sus pechos.
—Mira cómo moja tus dedos —Elena guió la mano libre de Roberto hacia su propia boca, chupando los dedos empapados—. Dulce. Como miel.
Lucía gemía ahora, perdida en la sensación de estar completamente a merced de estos dos depredadores que parecían conocer su cuerpo mejor que ella misma.
—Por favor... —no sabía qué pedía, sólo sabía que necesitaba más.
Roberto respondió introduciendo dos dedos en ella, doblando los nudillos para encontrar ese lugar interno que hizo ver estrellas.
—Aquí —gruñó satisfecho cuando ella gritó—. Aquí es donde se planta la semilla.
Elena observaba fascinada, una mano entre sus propias piernas, frotándose al ritmo de los dedos de Roberto dentro de Lucía.
—Hazla venir —jadeó—. Quiero ver su cara cuando pierda el control.
Roberto aumentó el ritmo, su pulgar encontrando el clítoris mientras su boca descendía sobre un pezón, mordiendo con suficiente fuerza para hacer llorar a Lucía de placer.
—Vas a venir para nosotros —ordenó, la voz ronca—. Vamos, princesa, suéltate.
El orgasmo la golpeó como un maremoto, sacudiendo su cuerpo atado con tal intensidad que las lágrimas brotaron de sus ojos. Elena capturó sus gritos con un beso profundo mientras Roberto continuaba moviendo los dedos, prolongando la agonía dulce.
—Eso es —murmuró Elena contra su boca—. Así de bien se siente cumplir tu destino.
Cuando Lucía volvió a sí misma, jadeando, Roberto ya se posicionaba entre sus piernas, su erección imponente brillando con aceite que Elena había vertido.
—Ahora la parte importante —dijo, alineándose—. Elena, guíame.
La mujer mayor se colocó detrás de Roberto, sus manos sobre sus caderas, como una sacerdotisa dirigiendo un ritual antiguo.
—Despacio al principio —susurró al oído de su esposo—. Quiero que sienta cada centímetro.
Roberto obedeció, penetrando a Lucía con una calma agonizante que la hizo gemir. Elena observaba donde sus cuerpos se unían, fascinada.
—Más profundo —ordenó—. Tiene que tomar todo.
El ritmo se intensificó, cada embestida calculada para maximizar el placer y, Lucía lo supo, las chances de concepción. Elena no dejaba de hablar, palabras sucias y alentadoras que alimentaban el fuego.
—Mírala, Roberto —jadeó—. Mira cómo tu putita fértil se abre para tu semilla.
Lucía nunca había escuchado lenguaje tan vulgar, pero en lugar de ofenderla, las palabras la excitaban más. Descubrió con horror y fascinación que le encantaba ser usada así, reducida a su función reproductiva, convertida en un objeto de placer y propósito.
Roberto cambió el ángulo, levantando sus caderas sobre sus muslos para penetrar más profundo aún.
—Aquí —gruñó—. Aquí es donde te llenaré.
Elena se inclinó para tomar los pechos de Lucía, masajeándolos con fuerza.
—Ven con ella —ordenó—. Quiero verte perder el control.
El orgasmo de Roberto fue un espectáculo de gruñidos y temblores, su cuerpo arqueándose mientras derramaba su semilla en lo más profundo de Lucía. Elena lo observó todo con ojos hambrientos, su propia mano trabajando frenéticamente entre sus piernas.
Cuando terminó, Roberto se retiró, revelando cómo su esencia ya comenzaba a gotear. Elena no perdió tiempo, recogiendo el líquido con dos dedos y llevándoselo a la boca con un gemido de placer.
—Perfecto —susurró—. Ahora descansa, Lucía. Mañana repetiremos.
Y mientras desataban sus miembros entumecidos, Lucía supo que volvería. No por el dinero, no por la promesa de seguridad, sino por esto: el éxtasis de ser usada para el propósito más primitivo de todos.
Cuatros horas después: La maleta abierta sobre la cama parecía un animal hambriento, devorando a puñados las pertenencias de Lucía. Blusas, pantalones, recuerdos insignificantes que ahora adquirían un valor desesperado. Sus manos temblaban al doblar cada prenda, los dedos torpes como si estuvieran saboteando su propia huida.
—No puedo quedarme —murmuró para sí misma, como si necesitara escuchar las palabras en voz alta para creerlas—. Esto no está bien.
Pero el eco de su voz sonaba falsa incluso en sus propios oídos. Porque sabía, en algún lugar profundo y vergonzoso de su ser, que lo que no estaba bien era cuánto anhelaba volver a esa casa, a esas manos, a esa boca.
El timbre sonó justo cuando cerraba la cremallera de la maleta. Un sonido agudo, intrusivo, que le heló la sangre.
—Lucía. —La voz de Roberto a través de la puerta era como un latigazo—. Sé que estás ahí.
Ella contuvo el aliento, como si con silencio pudiera volverse invisible. Las persianas estaban bajadas, las luces apagadas. Tal vez si no respondía, él pensaría que no estaba...
—Abre la puerta, princesa. —Esta vez el tono era más bajo, más peligroso—. Antes de que la rompa.
Lucía tragó saliva. Lo conocía lo suficiente para saber que no era una amenaza vacía.
La cerradura cedió con un clic que le resonó en los huesos. Roberto estaba allí, vestido de negro, el cabello revuelto como si se hubiera pasado las manos incontables veces. Olía a whisky y a ira contenida.
—¿Adónde crees que vas? —preguntó, entrando sin invitación, su mirada recorriendo la maleta con desprecio.
—Lejos de aquí —logró decir Lucía, retrocediendo—. De ti. De todo esto.
Roberto cerró la puerta de una patada. El sonido hizo que Lucía saltara.
—Mentira —avanzó hacia ella, cada paso calculado—. No quieres irte.
—¡No sabes lo que quiero! —esta vez fue un grito, cargado de dos semanas de confusión y culpa.
Roberto se rió, un sonido seco y sin humor.
—Lo sé mejor que tú —agarró su muñeca con una fuerza que haría moretón, tirando de ella hasta el centro de la habitación—. Porque cada vez que te corro, mojas como una putita en celo.
Lucía intentó liberarse, pero su resistencia era un teatro que ambos conocían.
—Odio esto —susurró, aunque su cuerpo se inclinaba hacia él—. Odio lo que me haces.
Roberto la empujó contra la pared, su cuerpo duro inmovilizándola.
—¿Esto odias? —su mano descendió como un rayo, desgarrando la blusa con un solo tirón—. ¿O esto? —los dedos se cerraron alrededor de un pecho, apretando hasta el borde del dolor.
Lucía gimió, su cuerpo traicionándola al arquearse hacia ese contacto.
—No... no me hagas esto otra vez...
—Cállate —Roberto hundió su cara en el cuello de ella, mordiendo la piel allí donde sabía que la hacía temblar—. No viniste por tus cosas. Viniste por esto.
Su mano libre abrió el botón del pantalón, los dedos hundiéndose sin ceremonia en su interior. Lucía gritó al encontrarse empapada, su humedad manchando los dedos de Roberto como una confesión muda.
—Mira esto —gruñó, mostrándole los dedos brillantes ante la cara—. Esto es lo que piensas de tu huida.
Lucía intentó girar la cabeza, pero Roberto la agarró por el mentón, forzándola a mirarlo.
—Vas a quedarte —ordenó, mientras con la otra mano desabrochaba su propio pantalón—. Porque eres mía.
La penetración fue brutal, sin preludio, el dolor y el placer mezclándose en un cóctel que hizo llorar a Lucía. Roberto no esperó a que se adaptara, comenzando a moverse con embestidas cortas y duras que la golpeaban contra la pared.
—Dilo —exigió, sus dientes clavándose en el hombro de ella—. Dilo o no paro.
Lucía sacudió la cabeza, negándose incluso ahora, incluso con su cuerpo ardiendo alrededor del de él.
Roberto respondió cambiando el ángulo, buscando ese punto que hacía ver estrellas. Cuando lo encontró, Lucía gritó, las uñas clavándose en sus brazos.
—¡Dilo, maldita sea!
—¡Tuyo! —finalmente estalló de sus labios, entre lágrimas y saliva—. ¡Soy tuya!
Roberto gruñó satisfecho, acelerando el ritmo, cada empuje diseñado para sacudirla tanto física como emocionalmente.
—Y mañana —jadeó—. Y pasado. Y hasta que ese vientre se hinche con mi hijo.
Las palabras deberían haberla horrorizado. En lugar de eso, sintió una contracción violenta en su interior, el orgasmo arrancándole un grito que seguramente escucharían los vecinos.
Roberto no tardó en seguirla, derramándose dentro de ella con un gruñido animal, sus caderas pegadas a las de Lucía para asegurarse de que cada gota se quedara donde debía.
Cuando finalmente se separaron, Lucía se deslizó por la pared hasta el suelo, las piernas incapaces de sostenerla. Roberto se ajustó la ropa con movimientos bruscos, mirándola con una mezcla de triunfo y algo más oscuro.
—Recoge tus cosas —dijo al fin, señalando la maleta volcada—. Te espero en mi casa.
Lucía no respondió. No hacía falta. Ambos sabían que la huida había terminado antes de empezar.
Mientras escuchaba sus pasos alejarse, tocó entre sus piernas, encontrando la mezcla de sus fluidos. Un recordatorio pegajoso de su derrota. Y de su victoria.
Porque por primera vez, no estaba segura de qué la asustaba más: ¿que Roberto la hubiera encontrado? ¿O que no lo hubiera hecho?
El frasco de cristal tintineó contra la mesa de mármol cuando Elena lo dejó caer. Dentro, unas hierbas secas de color ámbar oscuro se movían como serpientes enroscadas. Lucía las miró con los dedos entrelazados sobre su regazo, las uñas clavándose en su propia piel sin darse cuenta.
—¿Qué es eso? —preguntó, aunque en algún lugar profundo de su mente ya lo sabía.
Elena se deslizó en la silla frente a ella, las piernas cruzadas con esa elegancia que siempre la hacía parecer más joven de lo que era. Su vestido de seda se abría levemente, revelando un lunar que Lucía conocía demasiado bien.
—Lo que te hizo quedarte —respondió, deslizando el frasco hacia ella—. Damiana, cantárida, un poco de opio para suavizar los nervios.
Las palabras resonaron en el aire cargado de la biblioteca. Fuera, la lluvia golpeaba los ventanales como dedos ansiosos. Lucía alzó la vista hacia Roberto, que permanecía de pie junto a la chimenea, su silueta recortada contra el fuego.
—Nos usaste —susurró.
Él no negó.
Elena se inclinó hacia adelante, sus dedos fríos como metal tocando la muñeca de Lucía.
—Al principio, sí —admitió, sus ojos oscuros brillando con sinceridad perversa—. Pero dime, cariño, ¿realmente importa ahora?
Lucía abrió la boca para protestar, pero ningún sonido salió. Porque no, no importaba. No cuando recordaba las noches de placer, las mañanas de languidez entre sábanas perfumadas, la forma en que su cuerpo respondía a ellos como una planta al sol.
—Nunca pude darle un heredero —continuó Elena, sus uñas pintadas de negro rascando suavemente la piel de Lucía—. El útero cicatrizado, dicen los médicos. Pero tú... —su mano plana se deslizó sobre el vientre de Lucía—. Tú eres perfecta.
Roberto se acercó entonces, su sombra envolviéndolas a ambas.
—Elegimos cada detalle —dijo, tomando un mechón del cabello castaño de Lucía entre sus dedos—. Tu historial médico, tu ciclo, hasta ese lunar en tu cadera izquierda que parece una estrella.
Lucía sintió un escalofrío. No de miedo, sino de excitación. Haber sido elegida, estudiada, deseada con tal precisión...
—¿Y si digo que no? —preguntó, sabiendo la respuesta.
Roberto sonrió, lento, como un tigre ante su presa.
—Pero no dirás que no.
No era una pregunta.
Elena se levantó, deslizando las manos por su propio cuerpo como si estuviera quitándose una piel invisible.
—Muéstranos —ordenó—. Muéstranos que lo entiendes.
Lucía se mordió el labio, pero ya estaba de pie, sus dedos desabrochando los botones de su blusa con una urgencia que la avergonzaba y excitaba por igual.
—Así —murmuró Elena, mientras Roberto observaba con ojos hambrientos—. Así es como se rinde una diosa.
Cuando la ropa cayó al suelo, formando un círculo pálido alrededor de sus tobillos, Elena le hizo girar para exhibirla frente a Roberto.
—Mírala —susurró, sus manos recorriendo el cuerpo de Lucía como si fuera una escultura—. Nuestra obra maestra.
Roberto gruñó, su mano abriéndose sobre el vientre de Lucía con una posesividad que quemaba.
—Aquí —dijo—. Aquí crecerá.
Elena se colocó frente a Lucía, sus pechos pequeños rozando los de la joven mientras sus labios buscaban su boca. El beso fue lento, experto, lleno de promesas oscuras.
—Hoy no será como antes —murmuró contra sus labios—. Hoy participarás.
Roberto empujó a ambas hacia el diván de terciopelo, sus manos grandes despojando a Elena de su vestido con un solo movimiento.
—Arrodíllate —le ordenó a Lucía, mientras él mismo se sentaba en el borde del mueble—. Y aprende.
Lucía obedeció, sintiendo cómo las manos de Elena la guiaban, cómo sus dedos se entrelazaban en su cabello.
—Así —Elena jadeó cuando la boca de Lucía encontró primero sus pezones—. Roberto, míranos.
Él lo hizo, con una devoción que rayaba en lo religioso, mientras su mano acariciaba su propia erección a través del pantalón.
—Más —ordenó—. Quiero ver más.
Elena empujó a Lucía hacia abajo, hasta que su boca estuvo nivelada con el centro palpitante de la mujer mayor.
—Prueba —susurró, abriéndose como una flor—. Prueba lo que has estado deseando.
El primer contacto fue eléctrico. Lucía había imaginado esto en noches de insomnio, cuando sus dedos no eran suficientes. El sabor era salado, terroso, completamente Elena.
—Sí —la mujer mayor arqueó las caderas—. Así, mi niña, así.
Roberto se liberó por fin, su miembro imponente brillando con precum bajo la luz del fuego.
—Cambien —gruñó—. Quiero verla en tu boca mientras la poseo.
Elena intercambió lugares con Lucía con la gracia de una bailarina, sus labios envolviendo a Roberto con una habilidad que hablaba de años de práctica.
—Ven —le dijo a Lucía, extendiendo una mano—. Ven y tómame.
Lucía no necesitó más invitación. Montó a Roberto con un gemido que resonó en toda la habitación, sintiendo cómo la llenaba hasta el tope. Elena se colocó detrás de ella, sus manos en sus pechos, sus dientes en su hombro.
—Eres nuestra obra de arte —susurró, mientras sus dedos descendían para jugar con el clítoris de Lucía—. Nuestra creación perfecta.
Roberto movía las caderas con precisión milimétrica, cada embestida diseñada para maximizar el placer de las tres.
—Mírala —le dijo a Elena, refiriéndose a Lucía—. Mira cómo brilla.
Lucía no podía hablar, no podía pensar. Solo sentir: las manos de Elena, el cuerpo de Roberto, el orgasmo que se acercaba como un tren fuera de control.
—Voy a... —no terminó la frase. El climax la golpeó con tal fuerza que vio estrellas, su cuerpo convulsionando alrededor de Roberto, que gruñó su propia liberación segundos después.
Elena las observó con ojos brillantes, su propia mano trabajando frenéticamente entre sus piernas hasta que también cayó, jadeando, contra el cuerpo sudoroso de Lucía.
El silencio que siguió solo fue roto por el crepitar del fuego. Los tres cuerpos entrelazados, respirando al unísono.
Roberto fue el primero en hablar, su mano acariciando el vientre de Lucía con una ternura que contrastaba con la crudeza de sus palabras.
—Aquí crecerá nuestro legado —dijo—. Y tú lo cuidarás. Como la buena madre que eres.
Lucía no respondió. No hacía falta.
Por primera vez desde que comenzó todo, no había conflicto en su corazón. Solo una certeza profunda, tan dulce como el té que la había llevado hasta aquí.
Cuatro meces después: El test de embarazo brillaba sobre el mármol del baño, las dos líneas rosadas tan definitivas como una sentencia. Lucía lo observaba con los dedos temblorosos posados sobre su vientre aún plano, donde ya latía una vida nueva. El espejo le devolvió una imagen que apenas reconocía: los pechos más llenos, los pezones oscurecidos, esa luz extraña en los ojos que solo las mujeres que llevan vida dentro poseen.
—¿Lo sabía? —la voz de Elena surgió desde la puerta, su silueta recortada contra la luz del pasillo—. Desde el primer día que te vi, supe que eras la elegida.
Lucía no se volvió. Permitió que la mujer mayor se acercara, que sus manos expertas se posaran sobre sus hombros desnudos.
—Estás temblando —Elena murmuró contra su cuello, depositando un beso justo bajo la oreja—. No tengas miedo.
—No es miedo —susurró Lucía, aunque no estaba segura de qué era esa sensación que le recorría las venas como champán—. Es...
—Es poder —Roberto apareció en el umbral, imponente como siempre, su mirada ardiendo al posarse en el test—. El poder de darme lo que nadie más pudo.
Se acercó con esa elegancia felina que tanto la excitaba, sus manos grandes abarcando la cintura de Lucía desde atrás mientras Elena seguía acariciando sus hombros.
—Nuestro hijo —susurró Roberto, la voz ronca de emoción—. Creado en placer, nacido para dominar.
Elena deslizó las manos hacia adelante, tomando los pechos de Lucía con suavidad reverente.
—Ya están cambiando —observó, los pulgares rozando los pezones sensibles—. Se preparan para alimentar a nuestro heredero.
Lucía arqueó la espalda, el contacto electrizante incluso ahora, incluso con todo lo que había pasado. Roberto gruñó aprobador, una mano descendiendo para palpar su vientre con una ternura que contrastaba con su usual dominio.
—A partir de hoy, todo cambia —declaró—. Nada de vino, nada de esfuerzo. Te vigilaré día y noche.
—Nosotros te vigilaremos —corrigió Elena, mordiendo el hombro de Lucía—. Cada paso, cada bocado, cada respiro.
Lucía sintió un escalofrío. No de miedo, sino de anticipación. Ser cuidada así, poseída así...
—Arrodíllate —ordenó Roberto, soltándola para desabrochar su pantalón—. Quiero celebrar como corresponde.
Lucía obedeció sin dudar, sus rodillas encontrando la suavidad de la alfombra persa mientras Elena se colocaba detrás, deslizando las manos por su cuerpo como una sombra.
—Tan obediente —susurró Elena, separando los cabellos de Lucía para exponerla completamente a Roberto—. Tan perfecta.
Roberto no tuvo preámbulos. Tomó su miembro ya erecto y lo deslizó entre los labios de Lucía, que los abrió con devoción.
—Así —gruñó, hundiéndose hasta la garganta—. Así es como una diosa madre recibe a su creador.
Lucía cerró los ojos, saboreando el peso y el sabor de él, las manos de Elena en sus pechos, el leve abultamiento de su vientre donde su futuro crecía.
—Más rápido —ordenó Roberto, los dedos enredándose en su cabello—. Quiero venir en esa boca bendita.
Elena acariciaba el vientre de Lucía mientras esta obedecía, sus propios jadeos delatando la excitación que le producía el espectáculo.
—Mírala —le dijo a Roberto—. Nuestra Venus preñada, tu semilla floreciendo en ella.
Roberto no respondió con palabras. Su cuerpo se tensó, sus gruñidos se hicieron más profundos, y entonces el calor inundó la boca de Lucía, que tragó cada gota como una comunión.
Cuando terminó, Roberto la levantó con sorprendente suavidad, depositándola en el lecho matrimonial donde tantas veces la habían poseído.
—Descansa —ordenó, aunque su voz era más suave ahora—. Necesitas fuerzas.
Elena se acostó a su lado, una mano siempre sobre su vientre, como si temiera que el bebé desapareciera.
—Será un niño —murmuró—. Lo sé. Tendrá tus ojos y su boca.
Roberto observó la escena desde los pies de la cama, su expresión más orgullosa que Lucía jamás había visto.
—Tendrá todo —corrigió—. Porque será nuestro.
Lucía sonrió, sus párpados pesados, su cuerpo satisfecho. Soñó con un niño de pelo oscuro y manos fuertes, con risa de trueno y mirada de halcón.
Soñó con el futuro.
Y por primera vez, no quiso despertar.
FIN.
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Elena estaba sentada en el borde de la cama, vestida sólo con una bata de satén que se abría para revelar sus pequeñas pero firmes curvas. Sus dedos trazaban círculos hipnóticos sobre el vientre de Lucía.
—Despierta, semillita —susurró, inclinándose hasta que su aliento caliente rozó los labios hinchados de la joven—. Hoy es un día importante.
Lucía parpadeó, confundida, mientras los eventos de la noche anterior regresaban a ella en oleadas de vergüenza y excitación.
—¿Qué... qué hora es? —su voz sonó ronca, usada.
—Tiempo de cumplir tu propósito —Roberto apareció en la puerta, completamente desnudo, su cuerpo musculoso bañado en la luz matinal. Llevaba en las manos unas cintas de seda que brillaban suavemente—. Levántate.
Elena ayudó a Lucía a sentarse, sus manos expertas palpando cada centímetro de su piel como si estuviera evaluando un bien preciado.
—Tienes las caderas perfectas para parir —murmuró, apretando la carne allí—. Roberto, mira cómo florece.
Él se acercó, su erección ya prominente, rozando el brazo de Lucía mientras examinaba su cuerpo con ojos de dueño.
—En la mesa —ordenó, señalando el mueble bajo junto a la ventana donde Elena había dispuesto almohadones y más cintas—. Quiero ver toda tu belleza bajo la luz del día.
Lucía tembló, pero obedeció. Cada movimiento le recordaba la posesión de la noche anterior, cómo su cuerpo había respondido contra su voluntad.
Elena la guió hasta la mesa, acostándola sobre los almohadones que olían a lavanda y algo más especiado.
—Las manos primero —dijo Roberto, entregándole las cintas a Elena.
Los dedos expertos de la mujer mayor ataron las muñecas de Lucía a las patas de la mesa, con nudos firmes pero que no lastimaban.
—¿Esto... esto es necesario? —preguntó Lucía, sintiendo cómo su respiración se aceleraba.
Roberto sonrió mientras Elena comenzaba a atar sus tobillos.
—Todo es necesario —su mano grande palmeó la parte interna de su muslo, haciéndola estremecer—. El cuerpo debe estar abierto, receptivo. Las ataduras ayudan a... relajar.
Elena terminó su trabajo y retrocedió para admirar a Lucía extendida como un banquete.
—Magnífica —susurró, mordiendo su propio labio inferior—. Roberto, prepárala.
Él se colocó entre las piernas abiertas de Lucía, sus manos acariciando desde los tobillos hacia arriba con una lentitud tortuosa.
—Elena dice que los orgasmos aumentan las chances —explicó, mientras sus dedos rozaban el vello púbico de Lucía—. Así que hoy no será como anoche. Hoy serás bien atendida.
El primer toque de sus dedos en sus labios hinchados hizo que Lucía arqueara la espalda.
—Shhh —Elena se inclinó sobre ella, tomando un pezón entre sus dientes con suavidad—. Deja que te hagan sentir bien.
Roberto trabajó con una precisión científica, encontrando ese punto sensible que hacía gritar a Lucía, explotándolo una y otra vez mientras Elena jugaba con sus pechos.
—Mira cómo moja tus dedos —Elena guió la mano libre de Roberto hacia su propia boca, chupando los dedos empapados—. Dulce. Como miel.
Lucía gemía ahora, perdida en la sensación de estar completamente a merced de estos dos depredadores que parecían conocer su cuerpo mejor que ella misma.
—Por favor... —no sabía qué pedía, sólo sabía que necesitaba más.
Roberto respondió introduciendo dos dedos en ella, doblando los nudillos para encontrar ese lugar interno que hizo ver estrellas.
—Aquí —gruñó satisfecho cuando ella gritó—. Aquí es donde se planta la semilla.
Elena observaba fascinada, una mano entre sus propias piernas, frotándose al ritmo de los dedos de Roberto dentro de Lucía.
—Hazla venir —jadeó—. Quiero ver su cara cuando pierda el control.
Roberto aumentó el ritmo, su pulgar encontrando el clítoris mientras su boca descendía sobre un pezón, mordiendo con suficiente fuerza para hacer llorar a Lucía de placer.
—Vas a venir para nosotros —ordenó, la voz ronca—. Vamos, princesa, suéltate.
El orgasmo la golpeó como un maremoto, sacudiendo su cuerpo atado con tal intensidad que las lágrimas brotaron de sus ojos. Elena capturó sus gritos con un beso profundo mientras Roberto continuaba moviendo los dedos, prolongando la agonía dulce.
—Eso es —murmuró Elena contra su boca—. Así de bien se siente cumplir tu destino.
Cuando Lucía volvió a sí misma, jadeando, Roberto ya se posicionaba entre sus piernas, su erección imponente brillando con aceite que Elena había vertido.
—Ahora la parte importante —dijo, alineándose—. Elena, guíame.
La mujer mayor se colocó detrás de Roberto, sus manos sobre sus caderas, como una sacerdotisa dirigiendo un ritual antiguo.
—Despacio al principio —susurró al oído de su esposo—. Quiero que sienta cada centímetro.
Roberto obedeció, penetrando a Lucía con una calma agonizante que la hizo gemir. Elena observaba donde sus cuerpos se unían, fascinada.
—Más profundo —ordenó—. Tiene que tomar todo.
El ritmo se intensificó, cada embestida calculada para maximizar el placer y, Lucía lo supo, las chances de concepción. Elena no dejaba de hablar, palabras sucias y alentadoras que alimentaban el fuego.
—Mírala, Roberto —jadeó—. Mira cómo tu putita fértil se abre para tu semilla.
Lucía nunca había escuchado lenguaje tan vulgar, pero en lugar de ofenderla, las palabras la excitaban más. Descubrió con horror y fascinación que le encantaba ser usada así, reducida a su función reproductiva, convertida en un objeto de placer y propósito.
Roberto cambió el ángulo, levantando sus caderas sobre sus muslos para penetrar más profundo aún.
—Aquí —gruñó—. Aquí es donde te llenaré.
Elena se inclinó para tomar los pechos de Lucía, masajeándolos con fuerza.
—Ven con ella —ordenó—. Quiero verte perder el control.
El orgasmo de Roberto fue un espectáculo de gruñidos y temblores, su cuerpo arqueándose mientras derramaba su semilla en lo más profundo de Lucía. Elena lo observó todo con ojos hambrientos, su propia mano trabajando frenéticamente entre sus piernas.
Cuando terminó, Roberto se retiró, revelando cómo su esencia ya comenzaba a gotear. Elena no perdió tiempo, recogiendo el líquido con dos dedos y llevándoselo a la boca con un gemido de placer.
—Perfecto —susurró—. Ahora descansa, Lucía. Mañana repetiremos.
Y mientras desataban sus miembros entumecidos, Lucía supo que volvería. No por el dinero, no por la promesa de seguridad, sino por esto: el éxtasis de ser usada para el propósito más primitivo de todos.
Cuatros horas después: La maleta abierta sobre la cama parecía un animal hambriento, devorando a puñados las pertenencias de Lucía. Blusas, pantalones, recuerdos insignificantes que ahora adquirían un valor desesperado. Sus manos temblaban al doblar cada prenda, los dedos torpes como si estuvieran saboteando su propia huida.
—No puedo quedarme —murmuró para sí misma, como si necesitara escuchar las palabras en voz alta para creerlas—. Esto no está bien.
Pero el eco de su voz sonaba falsa incluso en sus propios oídos. Porque sabía, en algún lugar profundo y vergonzoso de su ser, que lo que no estaba bien era cuánto anhelaba volver a esa casa, a esas manos, a esa boca.
El timbre sonó justo cuando cerraba la cremallera de la maleta. Un sonido agudo, intrusivo, que le heló la sangre.
—Lucía. —La voz de Roberto a través de la puerta era como un latigazo—. Sé que estás ahí.
Ella contuvo el aliento, como si con silencio pudiera volverse invisible. Las persianas estaban bajadas, las luces apagadas. Tal vez si no respondía, él pensaría que no estaba...
—Abre la puerta, princesa. —Esta vez el tono era más bajo, más peligroso—. Antes de que la rompa.
Lucía tragó saliva. Lo conocía lo suficiente para saber que no era una amenaza vacía.
La cerradura cedió con un clic que le resonó en los huesos. Roberto estaba allí, vestido de negro, el cabello revuelto como si se hubiera pasado las manos incontables veces. Olía a whisky y a ira contenida.
—¿Adónde crees que vas? —preguntó, entrando sin invitación, su mirada recorriendo la maleta con desprecio.
—Lejos de aquí —logró decir Lucía, retrocediendo—. De ti. De todo esto.
Roberto cerró la puerta de una patada. El sonido hizo que Lucía saltara.
—Mentira —avanzó hacia ella, cada paso calculado—. No quieres irte.
—¡No sabes lo que quiero! —esta vez fue un grito, cargado de dos semanas de confusión y culpa.
Roberto se rió, un sonido seco y sin humor.
—Lo sé mejor que tú —agarró su muñeca con una fuerza que haría moretón, tirando de ella hasta el centro de la habitación—. Porque cada vez que te corro, mojas como una putita en celo.
Lucía intentó liberarse, pero su resistencia era un teatro que ambos conocían.
—Odio esto —susurró, aunque su cuerpo se inclinaba hacia él—. Odio lo que me haces.
Roberto la empujó contra la pared, su cuerpo duro inmovilizándola.
—¿Esto odias? —su mano descendió como un rayo, desgarrando la blusa con un solo tirón—. ¿O esto? —los dedos se cerraron alrededor de un pecho, apretando hasta el borde del dolor.
Lucía gimió, su cuerpo traicionándola al arquearse hacia ese contacto.
—No... no me hagas esto otra vez...
—Cállate —Roberto hundió su cara en el cuello de ella, mordiendo la piel allí donde sabía que la hacía temblar—. No viniste por tus cosas. Viniste por esto.
Su mano libre abrió el botón del pantalón, los dedos hundiéndose sin ceremonia en su interior. Lucía gritó al encontrarse empapada, su humedad manchando los dedos de Roberto como una confesión muda.
—Mira esto —gruñó, mostrándole los dedos brillantes ante la cara—. Esto es lo que piensas de tu huida.
Lucía intentó girar la cabeza, pero Roberto la agarró por el mentón, forzándola a mirarlo.
—Vas a quedarte —ordenó, mientras con la otra mano desabrochaba su propio pantalón—. Porque eres mía.
La penetración fue brutal, sin preludio, el dolor y el placer mezclándose en un cóctel que hizo llorar a Lucía. Roberto no esperó a que se adaptara, comenzando a moverse con embestidas cortas y duras que la golpeaban contra la pared.
—Dilo —exigió, sus dientes clavándose en el hombro de ella—. Dilo o no paro.
Lucía sacudió la cabeza, negándose incluso ahora, incluso con su cuerpo ardiendo alrededor del de él.
Roberto respondió cambiando el ángulo, buscando ese punto que hacía ver estrellas. Cuando lo encontró, Lucía gritó, las uñas clavándose en sus brazos.
—¡Dilo, maldita sea!
—¡Tuyo! —finalmente estalló de sus labios, entre lágrimas y saliva—. ¡Soy tuya!
Roberto gruñó satisfecho, acelerando el ritmo, cada empuje diseñado para sacudirla tanto física como emocionalmente.
—Y mañana —jadeó—. Y pasado. Y hasta que ese vientre se hinche con mi hijo.
Las palabras deberían haberla horrorizado. En lugar de eso, sintió una contracción violenta en su interior, el orgasmo arrancándole un grito que seguramente escucharían los vecinos.
Roberto no tardó en seguirla, derramándose dentro de ella con un gruñido animal, sus caderas pegadas a las de Lucía para asegurarse de que cada gota se quedara donde debía.
Cuando finalmente se separaron, Lucía se deslizó por la pared hasta el suelo, las piernas incapaces de sostenerla. Roberto se ajustó la ropa con movimientos bruscos, mirándola con una mezcla de triunfo y algo más oscuro.
—Recoge tus cosas —dijo al fin, señalando la maleta volcada—. Te espero en mi casa.
Lucía no respondió. No hacía falta. Ambos sabían que la huida había terminado antes de empezar.
Mientras escuchaba sus pasos alejarse, tocó entre sus piernas, encontrando la mezcla de sus fluidos. Un recordatorio pegajoso de su derrota. Y de su victoria.
Porque por primera vez, no estaba segura de qué la asustaba más: ¿que Roberto la hubiera encontrado? ¿O que no lo hubiera hecho?
El frasco de cristal tintineó contra la mesa de mármol cuando Elena lo dejó caer. Dentro, unas hierbas secas de color ámbar oscuro se movían como serpientes enroscadas. Lucía las miró con los dedos entrelazados sobre su regazo, las uñas clavándose en su propia piel sin darse cuenta.
—¿Qué es eso? —preguntó, aunque en algún lugar profundo de su mente ya lo sabía.
Elena se deslizó en la silla frente a ella, las piernas cruzadas con esa elegancia que siempre la hacía parecer más joven de lo que era. Su vestido de seda se abría levemente, revelando un lunar que Lucía conocía demasiado bien.
—Lo que te hizo quedarte —respondió, deslizando el frasco hacia ella—. Damiana, cantárida, un poco de opio para suavizar los nervios.
Las palabras resonaron en el aire cargado de la biblioteca. Fuera, la lluvia golpeaba los ventanales como dedos ansiosos. Lucía alzó la vista hacia Roberto, que permanecía de pie junto a la chimenea, su silueta recortada contra el fuego.
—Nos usaste —susurró.
Él no negó.
Elena se inclinó hacia adelante, sus dedos fríos como metal tocando la muñeca de Lucía.
—Al principio, sí —admitió, sus ojos oscuros brillando con sinceridad perversa—. Pero dime, cariño, ¿realmente importa ahora?
Lucía abrió la boca para protestar, pero ningún sonido salió. Porque no, no importaba. No cuando recordaba las noches de placer, las mañanas de languidez entre sábanas perfumadas, la forma en que su cuerpo respondía a ellos como una planta al sol.
—Nunca pude darle un heredero —continuó Elena, sus uñas pintadas de negro rascando suavemente la piel de Lucía—. El útero cicatrizado, dicen los médicos. Pero tú... —su mano plana se deslizó sobre el vientre de Lucía—. Tú eres perfecta.
Roberto se acercó entonces, su sombra envolviéndolas a ambas.
—Elegimos cada detalle —dijo, tomando un mechón del cabello castaño de Lucía entre sus dedos—. Tu historial médico, tu ciclo, hasta ese lunar en tu cadera izquierda que parece una estrella.
Lucía sintió un escalofrío. No de miedo, sino de excitación. Haber sido elegida, estudiada, deseada con tal precisión...
—¿Y si digo que no? —preguntó, sabiendo la respuesta.
Roberto sonrió, lento, como un tigre ante su presa.
—Pero no dirás que no.
No era una pregunta.
Elena se levantó, deslizando las manos por su propio cuerpo como si estuviera quitándose una piel invisible.
—Muéstranos —ordenó—. Muéstranos que lo entiendes.
Lucía se mordió el labio, pero ya estaba de pie, sus dedos desabrochando los botones de su blusa con una urgencia que la avergonzaba y excitaba por igual.
—Así —murmuró Elena, mientras Roberto observaba con ojos hambrientos—. Así es como se rinde una diosa.
Cuando la ropa cayó al suelo, formando un círculo pálido alrededor de sus tobillos, Elena le hizo girar para exhibirla frente a Roberto.
—Mírala —susurró, sus manos recorriendo el cuerpo de Lucía como si fuera una escultura—. Nuestra obra maestra.
Roberto gruñó, su mano abriéndose sobre el vientre de Lucía con una posesividad que quemaba.
—Aquí —dijo—. Aquí crecerá.
Elena se colocó frente a Lucía, sus pechos pequeños rozando los de la joven mientras sus labios buscaban su boca. El beso fue lento, experto, lleno de promesas oscuras.
—Hoy no será como antes —murmuró contra sus labios—. Hoy participarás.
Roberto empujó a ambas hacia el diván de terciopelo, sus manos grandes despojando a Elena de su vestido con un solo movimiento.
—Arrodíllate —le ordenó a Lucía, mientras él mismo se sentaba en el borde del mueble—. Y aprende.
Lucía obedeció, sintiendo cómo las manos de Elena la guiaban, cómo sus dedos se entrelazaban en su cabello.
—Así —Elena jadeó cuando la boca de Lucía encontró primero sus pezones—. Roberto, míranos.
Él lo hizo, con una devoción que rayaba en lo religioso, mientras su mano acariciaba su propia erección a través del pantalón.
—Más —ordenó—. Quiero ver más.
Elena empujó a Lucía hacia abajo, hasta que su boca estuvo nivelada con el centro palpitante de la mujer mayor.
—Prueba —susurró, abriéndose como una flor—. Prueba lo que has estado deseando.
El primer contacto fue eléctrico. Lucía había imaginado esto en noches de insomnio, cuando sus dedos no eran suficientes. El sabor era salado, terroso, completamente Elena.
—Sí —la mujer mayor arqueó las caderas—. Así, mi niña, así.
Roberto se liberó por fin, su miembro imponente brillando con precum bajo la luz del fuego.
—Cambien —gruñó—. Quiero verla en tu boca mientras la poseo.
Elena intercambió lugares con Lucía con la gracia de una bailarina, sus labios envolviendo a Roberto con una habilidad que hablaba de años de práctica.
—Ven —le dijo a Lucía, extendiendo una mano—. Ven y tómame.
Lucía no necesitó más invitación. Montó a Roberto con un gemido que resonó en toda la habitación, sintiendo cómo la llenaba hasta el tope. Elena se colocó detrás de ella, sus manos en sus pechos, sus dientes en su hombro.
—Eres nuestra obra de arte —susurró, mientras sus dedos descendían para jugar con el clítoris de Lucía—. Nuestra creación perfecta.
Roberto movía las caderas con precisión milimétrica, cada embestida diseñada para maximizar el placer de las tres.
—Mírala —le dijo a Elena, refiriéndose a Lucía—. Mira cómo brilla.
Lucía no podía hablar, no podía pensar. Solo sentir: las manos de Elena, el cuerpo de Roberto, el orgasmo que se acercaba como un tren fuera de control.
—Voy a... —no terminó la frase. El climax la golpeó con tal fuerza que vio estrellas, su cuerpo convulsionando alrededor de Roberto, que gruñó su propia liberación segundos después.
Elena las observó con ojos brillantes, su propia mano trabajando frenéticamente entre sus piernas hasta que también cayó, jadeando, contra el cuerpo sudoroso de Lucía.
El silencio que siguió solo fue roto por el crepitar del fuego. Los tres cuerpos entrelazados, respirando al unísono.
Roberto fue el primero en hablar, su mano acariciando el vientre de Lucía con una ternura que contrastaba con la crudeza de sus palabras.
—Aquí crecerá nuestro legado —dijo—. Y tú lo cuidarás. Como la buena madre que eres.
Lucía no respondió. No hacía falta.
Por primera vez desde que comenzó todo, no había conflicto en su corazón. Solo una certeza profunda, tan dulce como el té que la había llevado hasta aquí.
Cuatro meces después: El test de embarazo brillaba sobre el mármol del baño, las dos líneas rosadas tan definitivas como una sentencia. Lucía lo observaba con los dedos temblorosos posados sobre su vientre aún plano, donde ya latía una vida nueva. El espejo le devolvió una imagen que apenas reconocía: los pechos más llenos, los pezones oscurecidos, esa luz extraña en los ojos que solo las mujeres que llevan vida dentro poseen.
—¿Lo sabía? —la voz de Elena surgió desde la puerta, su silueta recortada contra la luz del pasillo—. Desde el primer día que te vi, supe que eras la elegida.
Lucía no se volvió. Permitió que la mujer mayor se acercara, que sus manos expertas se posaran sobre sus hombros desnudos.
—Estás temblando —Elena murmuró contra su cuello, depositando un beso justo bajo la oreja—. No tengas miedo.
—No es miedo —susurró Lucía, aunque no estaba segura de qué era esa sensación que le recorría las venas como champán—. Es...
—Es poder —Roberto apareció en el umbral, imponente como siempre, su mirada ardiendo al posarse en el test—. El poder de darme lo que nadie más pudo.
Se acercó con esa elegancia felina que tanto la excitaba, sus manos grandes abarcando la cintura de Lucía desde atrás mientras Elena seguía acariciando sus hombros.
—Nuestro hijo —susurró Roberto, la voz ronca de emoción—. Creado en placer, nacido para dominar.
Elena deslizó las manos hacia adelante, tomando los pechos de Lucía con suavidad reverente.
—Ya están cambiando —observó, los pulgares rozando los pezones sensibles—. Se preparan para alimentar a nuestro heredero.
Lucía arqueó la espalda, el contacto electrizante incluso ahora, incluso con todo lo que había pasado. Roberto gruñó aprobador, una mano descendiendo para palpar su vientre con una ternura que contrastaba con su usual dominio.
—A partir de hoy, todo cambia —declaró—. Nada de vino, nada de esfuerzo. Te vigilaré día y noche.
—Nosotros te vigilaremos —corrigió Elena, mordiendo el hombro de Lucía—. Cada paso, cada bocado, cada respiro.
Lucía sintió un escalofrío. No de miedo, sino de anticipación. Ser cuidada así, poseída así...
—Arrodíllate —ordenó Roberto, soltándola para desabrochar su pantalón—. Quiero celebrar como corresponde.
Lucía obedeció sin dudar, sus rodillas encontrando la suavidad de la alfombra persa mientras Elena se colocaba detrás, deslizando las manos por su cuerpo como una sombra.
—Tan obediente —susurró Elena, separando los cabellos de Lucía para exponerla completamente a Roberto—. Tan perfecta.
Roberto no tuvo preámbulos. Tomó su miembro ya erecto y lo deslizó entre los labios de Lucía, que los abrió con devoción.
—Así —gruñó, hundiéndose hasta la garganta—. Así es como una diosa madre recibe a su creador.
Lucía cerró los ojos, saboreando el peso y el sabor de él, las manos de Elena en sus pechos, el leve abultamiento de su vientre donde su futuro crecía.
—Más rápido —ordenó Roberto, los dedos enredándose en su cabello—. Quiero venir en esa boca bendita.
Elena acariciaba el vientre de Lucía mientras esta obedecía, sus propios jadeos delatando la excitación que le producía el espectáculo.
—Mírala —le dijo a Roberto—. Nuestra Venus preñada, tu semilla floreciendo en ella.
Roberto no respondió con palabras. Su cuerpo se tensó, sus gruñidos se hicieron más profundos, y entonces el calor inundó la boca de Lucía, que tragó cada gota como una comunión.
Cuando terminó, Roberto la levantó con sorprendente suavidad, depositándola en el lecho matrimonial donde tantas veces la habían poseído.
—Descansa —ordenó, aunque su voz era más suave ahora—. Necesitas fuerzas.
Elena se acostó a su lado, una mano siempre sobre su vientre, como si temiera que el bebé desapareciera.
—Será un niño —murmuró—. Lo sé. Tendrá tus ojos y su boca.
Roberto observó la escena desde los pies de la cama, su expresión más orgullosa que Lucía jamás había visto.
—Tendrá todo —corrigió—. Porque será nuestro.
Lucía sonrió, sus párpados pesados, su cuerpo satisfecho. Soñó con un niño de pelo oscuro y manos fuertes, con risa de trueno y mirada de halcón.
Soñó con el futuro.
Y por primera vez, no quiso despertar.
FIN.
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