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Historia de amor

Adrián y Marco ya no se llenaban de hacerme su puta en la recámara. Querían verme usada por extraños. Y yo, esa tarde de sábado, también.
Me subieron al carro sin decirme a dónde. Solo: vístete sucia. Me puse la lencería rosa de encaje —brasier que me partía las tetas al medio, tanga que se me perdía entre las nalgas— y encima una blusa negra de tirantes tan justa que el escote me reventaba. Falda corta. Tacones. Al caminar se me marcaba el culo y las tetas rebotaban. Cuando doblamos detrás del sex shop y vi la cortina negra, se me humedeció la tanga.
El pasillo olía a semen seco, a cloro barato y a hombre encerrado. Luz roja, piso pegajoso. Había tipos con la verga fuera, sosteniéndosela. Otros con la mano metida en el pantalón, mirándome de arriba abajo. Mi cuerpo de BBW no se esconde ni en la penumbra: caderas anchas, tetas enormes, muslos que se tocan. Me llevaron a la última cabina. La más ancha. Cerraron.
Adrián me besó contra la pared. Marco me bajó la blusa. Me quité la falda. Quedé en rosa y tacones. El brasier no aguantó: Adrián me sacó una teta, después la otra. Pesadas, blancas, pezones gruesos ya duros. La tanga estaba oscura en el centro.
—Primero nosotros —dijo Marco.
Se bajaron los pantalones. La verga de Adrián, corta y gorda, con esos huevos grandes que yo conozco. La de Marco, un poco más larga, ya brillante de precum. Me arrodillé en el piso frío. Me las turné. A Adrián lo chupo distinto: lo envuelvo, le lamo los huevos, lo miro a los ojos. A Marco lo trago más hondo. El olor de los dos —jabón de casa, sudor de la tarde— me ancló. Por los agujeros de la pared ya se asomaban sombras. Una cabeza hinchada. Un ojo.
Marco me agarró el cabello y me la metió hasta que se me llenaron los ojos. Adrián me apretaba una teta, el pulgar en el pezón.
Esa fue la base. Mis hombres primero. Los extraños, con permiso.
Marco entreabrió la puerta, el pie atrancándola. El pasillo vio el cuadro: yo de rodillas, tetas al aire, baba en la barbilla, mamando al cuñado. Adrián alzó la voz:
—El que quiera pasar, primero se la chupa por el hueco. Si a ella le gusta, entra. Si se viene afuera, se va.
La primera que asomó era tibia, de tamaño normal, piel clara. La tomé con la mano, la olí —macho, no sucio— y me la metí. Al mismo tiempo Marco me acomodó a cuatro. Me hizo a un lado la tanga rosa. Me la metió de un empujón. El golpe de sus caderas contra mi culo gordo sonó húmedo. Yo mamaba el glory y gemía contra la verga anónima. El de afuera duró poco. Se oyó un golpe en la pared y el agujero quedó vacío, un hilo de semen colgando.
Después asomó la que sí importó: gruesa, oscura, venosa, con un monte peludo. Verga de hombre mayor. Me costó abrir. La cabeza me llenó la boca de un jalón. Se me escapó saliva por la comisura. Adrián me sostuvo la cara para que no la soltara. Marco me cogía más fuerte, nalgueándome; cada palmada me movía las tetas hacia el piso.
—Mírala cómo se le hincha la mejilla —le dijo a Adrián.
Entreabrió otra vez. Mi culo blanco en alto, la tanga corrida, las tetas colgando pesadas. El pasillo se removió.
Tocaron. Marco miró por la rendija.
—Pasa.
Entró el maduro. Cincuenta y tantos, panza firme, vello canoso en el pecho, la verga que yo ya tenía saboreada ahora completa frente a mí. No habló. Yo levanté el culo. Él se puso el condón con las manos temblorosas y me la dejó ir. Me abrió. Aunque yo ya iba mojada, el grosor me sacó un quejido. Mientras él me usaba despacio y hondo, yo seguía con la boca en el hueco. Adrián se masturbaba a un palmo, mirándome los ojos. Marco se tocaba viendo cómo el extraño me llenaba.
El maduro se tensó, gruñó, y sentí el condón inflarse. Al sacarla, mi vagina quedó abierta un segundo, palpitando. Él salió sin mirarme.
Por el glory asomó otra: joven, lisa, depilada, morena. Olía a jabón y a colonia barata. No a macho viejo. Me la tragué entera. Me gustó el sabor limpio. Se lo dije a Adrián con la mirada.
—Tráeme tres.
Salió. Volvió con el tatuado de la verga venosa —cuerpo tonificado, tinta en los brazos—, el joven del jabón, y un señor ya mayor, verga corta y dura, vello púbico con canas. Se formaron frente a mi cara. Ahí sí hubo turno, no revoltijo.
Al joven lo mamé hondo, oliéndolo. Al tatuado le recorrí las venas con la lengua. Al mayor le bajé hasta el pelo canoso y lo miré: tenía la cara de quien no se la chupan en años.
El joven pidió entrar. Lo hice esperar. Lo olí otra vez, de la base a la punta, y se me destornilló el sentido. Entonces sentí una verga que sí reconozco: Marco, por detrás, sin aviso, hasta el fondo. Adrián juntó las tres caras a la mía. Me las turnaban contra la lengua, contra la mejilla. El mayor no duró. Dos mamadas y quiso apretarme la cabeza. Me zafé. Se vino al piso, un chorro espeso que salpicó el concreto. Adrián le abrió la puerta. El que termina, pierde.
Quedaron el tatuado y el joven.
Adrián armó el banco. El tatuado se sentó, condón puesto. Me monté. Mis tetas le golpearon la cara. Lo cabalgué pesado, con todo el peso de mi cuerpo. A la tercera bajada sentí el látex llenarse. La cabeza se le puso más gorda. Salió. Lástima.
El joven se quedó. Me recorrió entero: me apretó las tetas, me puso la verga en la cara, le chupé los huevos afeitados. Olía a limpio hasta el pliegue. Adrián abrió de par en par. El pasillo vio cómo me penetraba, cómo mi culo gordo se movía, cómo se me escurría por los muslos. Tantos jugos que el condón se le salió solo, blanco y resbaloso. Volteé a mis hombres. Adrián asintió. Marco dudó, habló bajo con él… y el joven volvió a entrar sin nada.
Piel con piel. Me besó. Me cogió rico, sin prisa de cabina. Cuando se despegó, Adrián y Marco me llenaron la boca los dos. El chico no aguantó. Se la pedí en las tetas. Me las cubrió: chorros calientes en la canal, en los pezones, resbalando a la panza.
Ahí se acabó el extraño.
Me quedé sentada en el banco, temblando, tetas manchadas, tanga hecha un hilo, el piso sucio de todos. Todavía no había terminado. Me faltaba un colchón. Me faltaba correrme con ellos sin pared ni público.
Recogí la falda. Adrián se rió.
—No te cubras. Sales así.
Les dijo a los del pasillo que podían tocar y chupar. Caminé. Manos grandes en mis pezones duros. Una boca rápida en la teta izquierda. Una verga tibia contra mi muslo. Llegué a la cortina, me subí la blusa a medias —las tetas seguían fuera, con semen secándose— y salimos al sol.
El motel quedaba a dos calles.
La cabina fue el aperitivo. Lo que yo quería de verdad —la verga corta de Adrián, la de Marco, y correrme con los dos encima— todavía estaba pendiente.

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