De nuevo fui a visitar al Cholo. Después de aquella primera vez, pensé que no iba a volver más, pero no porque no quisiera estar con él, sino por todo lo que implica la visita en sí: las filas, las esperas y todas las revisiones por las que hay que pasar.
Pero bueno, como bien reza el dicho, si te gusta el durazno, bancate la pelusa. Y la verdad es que hacerle una visita íntima al Cholo en una cárcel despertaba en mí un morbo que no podía ignorar.
Además cada vez faltaba menos para que Daiana diera a luz y pudiera retomar la posta, tal como le correspondía al ser su mujer, así que quizás esta si fuera la última vez que podía estar con él en tales condiciones.
Lo malo fue que justo ese día me vino la menstruación. Seguramente sea porque cada vez estoy más cerca de la menopausia, pero de un tiempo a esta parte mis periodos se volvieron irregulares, yo que siempre fui un relojito. Un mes no me viene, ni siquiera un manchado, y al siguiente me llega con todo. Como ese día, que amanecí con el sangrado, justo cuando tenía que visitar al Cholo.
No podía posponer la visita, porque sino perdía el turno y tendría que esperar hasta el mes siguiente, así que me puse un tampón, y de camino al Centro de reclusión, pasé por una farmacia. Compré más tampones, toallas higiénicas e ibuprofeno. Ah, y también un lubricante íntimo...
De jovencita no tenía problema en coger teniendo el periodo, pero ahora, ya de vieja... Jajaja... me resulta incómodo, así que imaginaba que solo tendríamos sexo anal. Me iba a quedar el culo todo estropeado, pero el Cholo bien se merecía tal sacrificio.
De nuevo la fila interminable, la requisa, la espera. Igualmente todo ese mal trago que se pasa con cada revisión, se olvida cuando te encontrás con la persona que vas a visitar.
-Cada vez que te veo estás más fuerte...- me dice el Cholo al verme, ya a solas en la habitación, apretándose la bragueta para marcar el bulto que mi sola presencia le provoca.
Pese al encierro, se mantiene fuerte, vigoroso, y con una libido que no le baja nunca. No necesita decir nada, todo su cuerpo expresa las ganas que tiene de cogerme.
Nos abrazamos y nos comemos a besos, como siempre con sus manos agarrándome, apretándome el culo.
Le acaricio el bulto, tocándolo, recorriéndolo en toda su extensión, sintiendo ese furioso palpitar, el violento rugir de La Bestia.
Me pongo de rodillas delante suyo, y le bajo el pantalón de un tirón. La pija salta enardecida frente a mí, imponente, brutalmente erecta. De solo olerla se me hinchan los pezones.
Primero se la beso... 💋 💋 💋... por arriba, por abajo, por los lados. Le paso la lengua a todo lo largo y abriendo la boca, me la como hasta que la cabeza me golpea la garganta. Me ahogo, pero me aguanto las ganas de toser, y me pongo a chupársela. El Cholo exhala un plácido suspiro al sentir mis labios cerrándose en torno a su portentoso volumen para succionarlo.
Lo chupo soltando bastante saliva, que mezclándose con el líquido preseminal, acaba formando una espumita que se hace cada vez más abundante. Me encanta esa espumita, así que me la trago, sorbeteando con avidez cuando le chorrea por los huevos.
Cuando siento que la dureza y sus gemidos aumentan, le pongo más empeño a la mamada, acelerando también el movimiento de la mano que acompaña el de mis labios.
Ya estoy decidida a seguir hasta el final. El Cholo no protesta, es más, hasta me alienta, acariciándome la cabeza, empujándola cada vez con más énfasis hacia su sexo, hasta que... me acaba en la boca.
El semen se derrama por mi garganta, tibio, profuso, espeso. Una eyaculación cargada, cuantiosa, de esas que parecen terminar, pero que al final siempre queda un último resto, un chorrito final.
Tras tragarme todo, me levanto, me limpio la boca y le sonrío. El Cholo me atrae bruscamente hacia su cuerpo y me besa. Luego me confesaría que soy la única a la que besa luego de que le hayan hecho sexo oral, ni con Daiana se lo permite.
-Pero con vos, no puedo resistirme...- alega en su defensa.
Mientras tomamos mate, desnudos en la cama, hablamos de su causa judicial, la que iniciaron los hombres de mi familia. Le propongo hablar con mi papá acerca de la denuncia.
-Mis hermanos no me van a dar bola, pero mi viejo seguro me escucha...-
-No te metas negrita... Mirá si se entera que venís a hacerme visitas íntimas...-
-¡Uy...! Le da un infarto-
-Por eso mismo, quedate en el molde, mi abogado ya se está ocupando de todo-
Siempre me gustó eso del Cholo, que sea tan protector. Podrá ser un delincuente, un marginal, pero sabe cuidar de los suyos, de quiénes le son fieles. Por eso me quedé tranquila. Por más enemistad que tuviera con mi papá y mis hermanos, sabía que no iba a buscar venganza, precisamente por la relación que tenemos. Si hasta tiene mi nombre tatuado en la piel.
Mientras charlamos la pija se le pone de nuevo al palo. Me acaba de inundar con un tsunami de guasca, pero aún así, ésta nueva erección es mucho más contundente que la primera.
Dejo el mate a un lado, saco de mi cartera el lubricante íntimo que compré de pasada por la farmacia, y mostrándoselo, le digo:
-Cholo estoy menstruando, ¿te parece si me lo hacés por atrás...?-
-Me parece bárbaro...- repone, poniendo tremenda cara de degenerado.
A su manera para él también es una revancha, culearse a la hermana e hija de sus adversarios.
Aunque ya tengo el culo bien entrenado en las bondades del sexo anal, con pijas como la del Cholo, siempre resulta más satisfactorio si se cuenta con una ayudita extra, por lo menos para que el trance inicial no sea tan doloroso.
El Cholo agarra el tubo de gel, se echa un buen chorro en la mano, y metiéndome un par de dedos en el ojete, me lo lubrica, me lo ensancha con sobrada pericia.
Me pongo entonces en cuatro, bien abierta y lubricada, preparada ya para el impacto. Con la chota en modo destructivo, el Cholo me agarra fuerte de la cintura, y me apunta, rozándome apenas con la cabeza, empujando de a poquito...
Esa sensación es deliciosa, el estiramiento, cuando toda esa carne embravecida avanza forzando todo a su paso, derribando cualquier obstáculo que se le interponga.
Me la empuja todavía más fuerte, más y más, hasta que... ¡PLOP!... me la mete de una, toda entera, hasta que los huevos se raspan contra mis glúteos.
-¡¡¡Ay Cholo... cada vez la tenés más grande...!!!- exclamo conmocionada al sentirlo entrando en mí, como si mi culo fuera el estuche en el que tiene que guardar tal herramienta.
Me daba esa sensación, que la tenía mucho más gorda, aunque lejos de incomodarme, para mí era una delicia absoluta.
Cuánto más grande sea lo que me meten, mucho mejor... Me encanta que me desgarren y me estiren hasta el fondo. Y el Cholo es ideal para darme ese gusto.
Me agarra de la cintura, clavándome fuerte los dedos y me empieza a culear con un ímpetu feroz, descontrolado, tirándome toda la carrocería encima.
No muchas le podemos aguantar el ritmo al Cholo cuando está así de sacado... Y conmigo siempre está sacadísimo.
Cada ensarte retumba con un fuerte estruendo... PLAP... PLAP...PLAP... PLAP...
Con cada pijazo me parte al medio, me rompe toda, me destruye...
Entregarle el culo a un hombre es ser suya por completo, es como entregarle el alma al Diablo, ya no hay nada, ningún secreto que puedas ocultarle. Y yo había ido hasta una cárcel, para entregárselo, sin renuencia ni reclamo.
Después de una inefable sucesión de metidas y sacadas, profundas, brutales, violentas, me la deja bien clavada, y me acaba adentro, llenándome los intestinos con una descarga más cuantiosa incluso que la primera.
Se queda un rato dentro mío, vaciándose entre ahogados jadeos, y cuando ya parece no tener más, me la saca, soltándome todavía un par de lechazos en la espalda.
Yo también acabo, frotándome el clítoris, jadeando descontrolada, sintiendo como me entra una ráfaga de aire por el boquete que acaba de abrirme entre las nalgas.
-¡Negrita, vos sí que no tenés fondo...!- me elogia, dándome una fuerte nalgada.
-¡Ay Cholo...! ¿Me querías sacar petróleo del culo...?- le reclamo en tono jocoso, acariciándome toda esa parte de mi cola que había quedado, literalmente, como zona de desastre.
Saliendo tuve que manejar medio de costadito, ya que apenas me podía sentar. En casa me hice un lavado íntimo y me puse crema para aliviar el ardor que todavía sentía.
No sé si voy a volver a visitar al Cholo en la cárcel, lo que sí que la rajadura que me abrió en el ojete va a tardar un buen rato en cicatrizar...
Pero bueno, como bien reza el dicho, si te gusta el durazno, bancate la pelusa. Y la verdad es que hacerle una visita íntima al Cholo en una cárcel despertaba en mí un morbo que no podía ignorar.
Además cada vez faltaba menos para que Daiana diera a luz y pudiera retomar la posta, tal como le correspondía al ser su mujer, así que quizás esta si fuera la última vez que podía estar con él en tales condiciones.
Lo malo fue que justo ese día me vino la menstruación. Seguramente sea porque cada vez estoy más cerca de la menopausia, pero de un tiempo a esta parte mis periodos se volvieron irregulares, yo que siempre fui un relojito. Un mes no me viene, ni siquiera un manchado, y al siguiente me llega con todo. Como ese día, que amanecí con el sangrado, justo cuando tenía que visitar al Cholo.
No podía posponer la visita, porque sino perdía el turno y tendría que esperar hasta el mes siguiente, así que me puse un tampón, y de camino al Centro de reclusión, pasé por una farmacia. Compré más tampones, toallas higiénicas e ibuprofeno. Ah, y también un lubricante íntimo...
De jovencita no tenía problema en coger teniendo el periodo, pero ahora, ya de vieja... Jajaja... me resulta incómodo, así que imaginaba que solo tendríamos sexo anal. Me iba a quedar el culo todo estropeado, pero el Cholo bien se merecía tal sacrificio.
De nuevo la fila interminable, la requisa, la espera. Igualmente todo ese mal trago que se pasa con cada revisión, se olvida cuando te encontrás con la persona que vas a visitar.
-Cada vez que te veo estás más fuerte...- me dice el Cholo al verme, ya a solas en la habitación, apretándose la bragueta para marcar el bulto que mi sola presencia le provoca.
Pese al encierro, se mantiene fuerte, vigoroso, y con una libido que no le baja nunca. No necesita decir nada, todo su cuerpo expresa las ganas que tiene de cogerme.
Nos abrazamos y nos comemos a besos, como siempre con sus manos agarrándome, apretándome el culo.
Le acaricio el bulto, tocándolo, recorriéndolo en toda su extensión, sintiendo ese furioso palpitar, el violento rugir de La Bestia.
Me pongo de rodillas delante suyo, y le bajo el pantalón de un tirón. La pija salta enardecida frente a mí, imponente, brutalmente erecta. De solo olerla se me hinchan los pezones.
Primero se la beso... 💋 💋 💋... por arriba, por abajo, por los lados. Le paso la lengua a todo lo largo y abriendo la boca, me la como hasta que la cabeza me golpea la garganta. Me ahogo, pero me aguanto las ganas de toser, y me pongo a chupársela. El Cholo exhala un plácido suspiro al sentir mis labios cerrándose en torno a su portentoso volumen para succionarlo.
Lo chupo soltando bastante saliva, que mezclándose con el líquido preseminal, acaba formando una espumita que se hace cada vez más abundante. Me encanta esa espumita, así que me la trago, sorbeteando con avidez cuando le chorrea por los huevos.
Cuando siento que la dureza y sus gemidos aumentan, le pongo más empeño a la mamada, acelerando también el movimiento de la mano que acompaña el de mis labios.
Ya estoy decidida a seguir hasta el final. El Cholo no protesta, es más, hasta me alienta, acariciándome la cabeza, empujándola cada vez con más énfasis hacia su sexo, hasta que... me acaba en la boca.
El semen se derrama por mi garganta, tibio, profuso, espeso. Una eyaculación cargada, cuantiosa, de esas que parecen terminar, pero que al final siempre queda un último resto, un chorrito final.
Tras tragarme todo, me levanto, me limpio la boca y le sonrío. El Cholo me atrae bruscamente hacia su cuerpo y me besa. Luego me confesaría que soy la única a la que besa luego de que le hayan hecho sexo oral, ni con Daiana se lo permite.
-Pero con vos, no puedo resistirme...- alega en su defensa.
Mientras tomamos mate, desnudos en la cama, hablamos de su causa judicial, la que iniciaron los hombres de mi familia. Le propongo hablar con mi papá acerca de la denuncia.
-Mis hermanos no me van a dar bola, pero mi viejo seguro me escucha...-
-No te metas negrita... Mirá si se entera que venís a hacerme visitas íntimas...-
-¡Uy...! Le da un infarto-
-Por eso mismo, quedate en el molde, mi abogado ya se está ocupando de todo-
Siempre me gustó eso del Cholo, que sea tan protector. Podrá ser un delincuente, un marginal, pero sabe cuidar de los suyos, de quiénes le son fieles. Por eso me quedé tranquila. Por más enemistad que tuviera con mi papá y mis hermanos, sabía que no iba a buscar venganza, precisamente por la relación que tenemos. Si hasta tiene mi nombre tatuado en la piel.
Mientras charlamos la pija se le pone de nuevo al palo. Me acaba de inundar con un tsunami de guasca, pero aún así, ésta nueva erección es mucho más contundente que la primera.
Dejo el mate a un lado, saco de mi cartera el lubricante íntimo que compré de pasada por la farmacia, y mostrándoselo, le digo:
-Cholo estoy menstruando, ¿te parece si me lo hacés por atrás...?-
-Me parece bárbaro...- repone, poniendo tremenda cara de degenerado.
A su manera para él también es una revancha, culearse a la hermana e hija de sus adversarios.
Aunque ya tengo el culo bien entrenado en las bondades del sexo anal, con pijas como la del Cholo, siempre resulta más satisfactorio si se cuenta con una ayudita extra, por lo menos para que el trance inicial no sea tan doloroso.
El Cholo agarra el tubo de gel, se echa un buen chorro en la mano, y metiéndome un par de dedos en el ojete, me lo lubrica, me lo ensancha con sobrada pericia.
Me pongo entonces en cuatro, bien abierta y lubricada, preparada ya para el impacto. Con la chota en modo destructivo, el Cholo me agarra fuerte de la cintura, y me apunta, rozándome apenas con la cabeza, empujando de a poquito...
Esa sensación es deliciosa, el estiramiento, cuando toda esa carne embravecida avanza forzando todo a su paso, derribando cualquier obstáculo que se le interponga.
Me la empuja todavía más fuerte, más y más, hasta que... ¡PLOP!... me la mete de una, toda entera, hasta que los huevos se raspan contra mis glúteos.
-¡¡¡Ay Cholo... cada vez la tenés más grande...!!!- exclamo conmocionada al sentirlo entrando en mí, como si mi culo fuera el estuche en el que tiene que guardar tal herramienta.
Me daba esa sensación, que la tenía mucho más gorda, aunque lejos de incomodarme, para mí era una delicia absoluta.
Cuánto más grande sea lo que me meten, mucho mejor... Me encanta que me desgarren y me estiren hasta el fondo. Y el Cholo es ideal para darme ese gusto.
Me agarra de la cintura, clavándome fuerte los dedos y me empieza a culear con un ímpetu feroz, descontrolado, tirándome toda la carrocería encima.
No muchas le podemos aguantar el ritmo al Cholo cuando está así de sacado... Y conmigo siempre está sacadísimo.
Cada ensarte retumba con un fuerte estruendo... PLAP... PLAP...PLAP... PLAP...
Con cada pijazo me parte al medio, me rompe toda, me destruye...
Entregarle el culo a un hombre es ser suya por completo, es como entregarle el alma al Diablo, ya no hay nada, ningún secreto que puedas ocultarle. Y yo había ido hasta una cárcel, para entregárselo, sin renuencia ni reclamo.
Después de una inefable sucesión de metidas y sacadas, profundas, brutales, violentas, me la deja bien clavada, y me acaba adentro, llenándome los intestinos con una descarga más cuantiosa incluso que la primera.
Se queda un rato dentro mío, vaciándose entre ahogados jadeos, y cuando ya parece no tener más, me la saca, soltándome todavía un par de lechazos en la espalda.
Yo también acabo, frotándome el clítoris, jadeando descontrolada, sintiendo como me entra una ráfaga de aire por el boquete que acaba de abrirme entre las nalgas.
-¡Negrita, vos sí que no tenés fondo...!- me elogia, dándome una fuerte nalgada.
-¡Ay Cholo...! ¿Me querías sacar petróleo del culo...?- le reclamo en tono jocoso, acariciándome toda esa parte de mi cola que había quedado, literalmente, como zona de desastre.
Saliendo tuve que manejar medio de costadito, ya que apenas me podía sentar. En casa me hice un lavado íntimo y me puse crema para aliviar el ardor que todavía sentía.
No sé si voy a volver a visitar al Cholo en la cárcel, lo que sí que la rajadura que me abrió en el ojete va a tardar un buen rato en cicatrizar...
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