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Hija enyesada, papá cuidador (2)

Hija enyesada, papá cuidador (2)



Luego de la primera vez que su papá la tuvo que ayudar a masturbarse, se fue convirtiendo en una tarea rutinaria más, como ayudarla en el baño o cambiarle la ropa. Todos los martes y sábados Martín ayudaba a Valentina a descargarse. Entraba a la habitación a eso de las 7 de la tarde, ella sin decir nada se acomodaba boca abajo, levantando el culito, el ponia su mano y ella se frotaba.

Él fue aprendiendo como tocarla cuando le costaba un poco llegar. Esto alivió un poco la rutina de Valen, pero no alcanzó para sacarla del todo de la tristeza e incomodidad de tener sus dos brazos totalmente enyesados. Y para peor, el doctor dijo que para sanar del todo debía utilizar ese yeso durante varios meses, en un tratamiento experimental.

Esto afectó mucho a Valentina, y llevó a que pronto le recetaran antidepresivos. Esta medicación la ayudó, pero también tenía un efecto secundario muy inoportuno: el de hacer mas difícil llegar al orgasmo. La rutina se instaló con la silenciosa naturalidad de las costumbres que nacen de la necesidad.

El ritual se repetía, ahora, con una creciente frustración por parte de ella. Martín podía sentir cómo las caderas de su hija se movían con más desesperación, cómo los gemidos se transformaban en sonidos de impotencia, hasta que finalmente se rendía, con el cuerpo sudado, un nudo en la garganta y la respiración agitada por el esfuerzo vano.

Una tarde, después de otro intento fallido, Valentina rompió el silencio que había caracterizado sus encuentros."Pá," dijo, con la voz ronca por el esfuerzo,"no funciona más”. Martín se detuvo, su mano todavía suspendida sobre su espalda sudada."Siento... siento como que estoy a punto, pero nunca llego. Es como si hubiera una pared que no puedo traspasar."

Martín se sentó en el borde de la cama, y le apartó un mechón mojado de la frente.

"Es... es normal con la medicación," dijo. Y luego de un silencio reflexivo, se animó a contarle algo: "Tu mami tomó algo parecido en una época, le pasó lo mismo, y... bueno, lo pudimos superar."

Valentina giró la cabeza para mirarlo, sus ojos brillando en la penumbra. "¿Cómo?" preguntó, con una urgencia que cortó el aire espeso de la habitación. Martín se puso colorado."Me da pudor, Vale. Son cosas... íntimas de la pareja." La frustración de Valentina se manifestó en un chasquido de lengua, casi un berrinche:"¡Pero si estoy acá, con la cola al aire, dependiendo de vos para mear y hasta para acabar, qué más pudor puede haber!"

Martín suspiró. "Bueno" dijo finalmente, con la voz baja."A tu mamá la ayudaba mucho la estimulación en... la cola. Másdirecta que lo que te venía haciendo yo." Hizo otra pausa, tragando saliva."Y bueno, sobre todo a ella la ayudaba hablar. Y que le hable. Hablar… cosas sucias, digamos, vos me entendés.” Valentina permaneció en silencio por un momento, procesando.

Martín continuó: "Y también... también le funcionaba otra cosa. Los chirlos y los tironcitos de pelo."

La habitación quedó en silencio por completo. Luego Valentina dijo, con una determinación que la sorprendió hasta a ella, "Bueno, pa, intentemos, si no te molesta, bah". Martín sintió una respuesta involuntaria y traicionera de su cuerpo ante la perspectiva de hacerle eso a su hijastra. Temió que ella notara que se le había parado la pija.

“Yo no tengo problema, hija. Depende de vos, a mi no me molesta nada, si a vos te ayuda sabés que lo hago”.

"Vos hacé tranquilo," dijo ella, y agregó "Y decí tranquilo también, no soy tan delicada como te puede parecer por ser mi papá".

Martín vio cómo la bombachita negra de algodón se pegaba a las formas de su cola, el tejido fino marcando la división perfecta de sus nalgas. El sudor de su esfuerzo anterior hacía que la tela se pegara en la piel rosada. Él tragó saliva. Sus manos temblaban ligeramente. La erección no se iba.

—Ya vuelvo —dijo Martín, y su voz sonó un poco ronca.

La puerta se cerró con un chasquido suave y Sofía se quedó sola en el silencio de la habitación, sólo roto por su propia respiración agitada. Estaba boca abajo, la cara hundida en la almohada que ya conservaba el olor a su sudor y a su pelo. El yeso de los brazos, pesado y rígido, la mantenía clavada en esa posición de absoluta indefensión, en medio de las sábanas desordenadas. Solo llevaba la bombachita negra de algodón, húmeda por la transpiración, y un corpiño haciendo juego. La piel de su espalda, que ardía con una mezcla de vergüenza y anticipación.

La idea de probar algo nuevo le revolvió ligeramente el estómago, en una especie de nausea placentera, y la incertidumbre se le transformó en una ansiedad eléctrica que le bajó por las piernas. Cerró los ojos y la imaginación se le desbocó. Vio a su papá como a un hombre, con esa fuerza bruta que tenía en los brazos. Se imaginó que pasaría si él no solo la tocara por encima de la tela, sino que la montara de verdad, que la apretara contra el colchón y la cogiera con furia, que la llenara de leche mientras con una mano le tapara fuerte la boquita. Sintió un calor subiéndole a las mejillas; era sucio, estaba mal pensarlo.

El chirrido de la bisagra la sobresaltó. La luz del pasillo cortó la penumbra por un segundo antes de que Martín entrara y cerrara la puerta tras de sí. Venía con algo en la mano, la mirada baja, evitando encontrarse con sus ojos por un momento.

—¿Estás lista, muñeca? —preguntó.

El apodo "muñeca", que usaba desde que ella era una niña pequeña, ahora la hizo estremecerse. Valentina asintió, incapaz de hablar, y levantó la cola un poco más, ofreciéndose, una señal silenciosa de que la puerta estaba abierta.

Martín todavía tenía la pija parada, no había logrado bajarla. Pero se la había acomodado para que no se note. No importaba su reacción corporal, se dijo, sino cumplir los deberes con su hija. Se acercó a la cama. Se quedó de pie junto a ella, observando el relieve de su cuerpo bajo la luz tenue de la lámpara. Sofía podía sentir el peso de su mirada en sus nalgas, en la tela fina de la bombacha que se le clavaba el culito.

“Pá, antes de empezar me sacás el corpiño? Hace calor”.

“Sí, obvio” dijo Martín, y con delicadeza desabrochó el corpiño negro de algodón y se lo saco suavemente, viendo de reojo como sus tetas, no muy grandes pero bien formadas, se desparramaban libres contra la sábana.

Al principio fue igual que las veces anteriores: la palma extendida sobre la concha, presionando la tela húmeda contra la piel caliente. Pero esta vez el movimiento fue más lento, deliberado, deslizándose con una presión firme que la hizo arquear la espalda.

—Mmm... —el primer gemido escapó de los labios de Valentina.

Luego su otra mano subió hasta las nalgas, tocándole la cola por encima del encaje. La sensación de estar manipulada así, pasiva, sometida a su voluntad, la hacía sentirse pequeña y protegida al mismo tiempo.

—¿Vamos por un poquito más, muñeca? —la voz de él era suave, paternal, pero con un filo de autoridad que la desarmó.

—Sí —susurró ella, con la voz entrecortada.

Todo siguió igual por casi un minuto, hasta que ella sintió que los dedos de su papá se enganchaban en la tira de la bombacha y la bajaban con brusquedad hasta la mitad de los muslos. El aire fresco golpeó su piel expuesta, dejándola vulnerable. Martín separó sus nalgas y Valentina sintió su ano al aire, indefenso, a la vista de su papá, y luego el contacto de algo frío y viscoso. Un dedo pulgar, lubricado, comenzó a dibujar círculos lentos alrededor de la entrada, presionando suavemente el anillo de músculos cerrados.

—Nada de lo que te vaya a decir es verdad, muñeca, ¿sabés? —advirtió él. Es para que podamos lograr lo que buscamos, nomás. No te tomes personal nada de lo que diga, no es lo que pienso de vos.
—Sí —respondió ella, confundida pero dispuesta a aceptar lo que fuera con tal de no detener esa sensación.

Hubo un silencio, un momento de tensión donde solo se escuchaba la respiración de ambos. Luego, la voz de Martín cambió drásticamente, perdiendo la ternura, volviéndose ronca y sucia.
—¿Sos putita? —le preguntó, dejandola desconcertada y caliente al mismo tiempo.
Ella dudó un segundo. Después, bajito, respondió “Sí”.
—Me imaginaba, porque te toco el orto y levantás la colita. —soltó, y el golpe de sus palabras fue casi físico.

Valentina gimió, sintiendo cómo el dedo presionaba más fuerte, entrando un centímetro, abriendo el camino. El impacto de escucharlo hablarle así, de ser llamada"putita" por su papá, disparó una onda de calor que recorrió todo su cuerpo. Él notó la reacción, cómo sus músculos se relajaban para aceptar el dedo, cómo su respiración se aceleraba.

—Sí... Soy muy putita—admitió ella, sin poder negarlo.
Martín la golpeó entonces, un chirlo fuerte y seco en la cola derecha con la mano libre, mientras el pulgar se hundía un poco más en su ano.
—¡Ah! —gritó ella, no de dolor, sino de un placer brusco que le nubló la vista.
—Ese chirlo fue por putita, por dejarte tocar así el orto. Decime, algún chico te tocó el orto alguna vez?
Valentina le dijo que sí, le contó que un compañero de colegio le había manoseado bien el orto en un campamento del colegio tres meses atrás. No podía creer lo que estaba contándole a su papá-.

Le agarró el pelo de la nuca con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás, obligándola a descubrir el cuello, una postura de sumisión total. Los chirlos seguían, alternando con los movimientos del dedo en su ano, y la mezcla de dolor y placer la tenía al borde de las lágrimas.
—Decí, decí lo que querés —la apuró él, dándole otro golpe.
La vergüenza se desmoronó, arrastrada por la urgencia del placer.
—Ay... como me gustaría sentir una pija adentro... —balbuceó ella, perdida en la fantasía que él le dictaba—. Que me acaben adentro, papi, que me llenen toda.
—Sin forro, putita? Entonces querés leche?
—Si papi, sin forro, la lechita adentro — murmuró ella, sin poder creer las cosas que decía su boca
—Contame que otras cosas querés, putita
—Ay papi, que me la chupen, que me den lengua. Y chupar yo, una pija grande
El interrumpió sus confesiones con dos chirlos más que le dejaron la cola temblando y roja.
—Ay, papi, bajame la bombachita y dame dedos ahí —pidió ella, desesperada, hirviendo, necesitando contacto directo, piel con piel.

Martín no dudó. Con un movimiento brusco, bajó la bombachita de un tirón hasta las rodillas y sus dedos encontraron su concha desnuda, desbordante. Estaba empapada, caliente y hinchada. Su dedo mayor se deslizó hacia adentro sin resistencia, hundiéndose en ella como en una fruta madura, hasta el fondo.

Valen gritó, arqueando la espalda tanto como el yeso se lo permitía, mientras él la cogía con el dedo, sacudiendo todo su sistema nervioso. Con la otra mano, le seguía dando chirlos en la cola, marcándola, poseyéndola.
—Sí, así, así, papi... —gemía ella, sintiendo cómo el orgasmo se construía como una marea imparable, arrasando con la culpa, con la moral, con todo.

Martín era presa de una excitación enorme, no podía más de ver a su hija así, entregada, jugando a la putita, confesando todos sus deseos. Notó que ella tenía la cara enterrada en la almohada y no podía ver nada. Sin poder evitarlo, en un movimiento instintivo, se esabrochó el pantalón con movimientos torpes y sacó la pija, dura y palpitante, mojada por unas gotas de líquido preseminal. Mientras introducía dos dedos en la concha de Sofía con fuerza, comenzó a pajearse con la mano libre, frotando el glande con rapidez, buscando su propio alivio en medio del caos de gemidos de ella.

Los dedos de él dentro de ella, las nalgas abiertas, el estiramiento del ano, los chirlos, las palabras sucias…

—Ay papi, sí, llego, llego, tocame la cola y llego…
Él tardó un segundo en reaccionar, ocupado como estaba en masturbarla a ella con una mano, y masturbarse él con la otra. Cuando liberó su mano izquierda y la llevó a la cola de ella, Valentina, sin decirlo pero dando a entender que se había dado cuenta, como si lo hubiera visto de reojo, le dijo “Ay no papi, no, la cola no, sigamos así, sigamos así” mientras incrementaba los gemidos. Él comprendió que a ella realmente la excitaba que él también la estuviera pasando bien, y en medio de la excitación sintio el pecho inflarse de amor por su hija.
“Dale papi, dale papi, vamos los dos” lo alentó.

El siguió penetrandola con los dedos, hasta que Valen dijo “soy muy putita papi, muy putita, quiero que me cojan” y eso lo desarmó: Comenzó a eyacular a chorros, bañando la cola, la espalda y el interior de la bombacha de su nena, que ahora estaba enrollada en sus muslos. Y mientras su pija todavía estaba escupiendo leche, decidió actuar rápido para que su nena no pierda la oportunidad.
Soltó su miembro, la agarró de los pelos, sin dejar de cogerla con los dedos le tiró la cabeza para atrás, le dijo “sos muy putita, muñeca”, le dio un buen chirlo, y le agarró fuerte una teta, la izquierda. Sintió ese objeto infinitamente suave, rematado con un pezón durito y lo apretó. Lo soltó, y le dio otro gran chirlo y le susurró "te voy a coger".

Y ahí todo convergió en un punto cegador de luz. Valentina gritó, un sonido gutural y prolongado, mientras su cuerpo se sacudía en convulsiones incontrolables, el orgasmo recorriéndole desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello, por fin liberando toda la tensión acumulada de dos semanas. Su papá diciéndole que la iba a coger (aunque no fuera verdad) fue demasiado placentero para ella.
Martín sintió cómo la conchita mojada de su hija se contraía alrededor de sus dedos.

Valentina se quedó quieta, jadeando, con el corazón golpeándole fuerte en el pecho, la cara contra la almohada, transpirada y colorada, incapaz de mover un músculo, mientras él retiraba los dedos viscosos de su interior. El silencio volvió a la habitación.
Martín se recompuso rápidamente, un poco avergonzado, subiéndose el cierre y limpiándose el sudor de la frente. Tomó las toallitas húmedas de la mesita de luz y se apuró a limpiarla con suavidad, retirando los rastros de su semen de su piel y de la ropa con movimientos cuidadosos, casi rituales. La había dejado toda acabada, su cuerpo brillaba de sudor, rastros de leche y humedad vaginal.

Le subió la bombacha, pero notó que estaba manchada, así que buscó una bombacha nueva limpia en el cajón y se la puso, ayudándola a levantar las caderas con ternura.
La dejó impecable, con olor a lavanda. Cuando terminó, le dio un beso suave en la mejilla, un beso de buenas noches, de padre a hija, como si nada hubiera pasado.
Valentina, con los ojos cerrados y el cuerpo aún vibrando, susurró con un pudor renovado:
—Gracias, papi.
Martín le acarició el pelo despeinado, apartándoselo de la cara.
—De nada, muñeca.

Antes de salir le miró la cola. La bombachita lila, limpia, le quedaba pintada. Sintió un destello de deseo, y apagó la luz antes de salir.

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