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Manolo se ha de trasvestir por una deuda

El reloj marcaba las tres de la madrugada y Manolo miraba la pantalla del móvil con los ojos inyectados en sangre. El saldo de su cuenta de apuestas deportivas parpadeaba en rojo: cero absoluto. Pero lo que le helaba la sangre no era el cero, sino el mensaje que acababa de recibir de Miguel.

"Mañana a las 12 en mi despacho. No faltes, o empiezo con los abogados. Y ya sabes lo que eso significa: tu moto, tu piso, todo lo que tu abuela te dejó. Tienes 24 horas para traerme una solución."

Manolo dejó caer el teléfono sobre la mesilla. La moto era su única libertad, el piso su único refugio. Y la deuda, hinchada por los intereses usurarios que Miguel le había colado en los últimos meses, ascendía a una cifra que ni trabajando diez años en un supermercado podría pagar.

A la mañana siguiente, el despacho de Miguel olía a cuero viejo y a tabaco de liar. Miguel era un hombre de cuarenta y tantos, con la barba de dos días y una mirada que no parpadeaba. Tras la mesa de caoba, jugaba con un mechero de plata mientras Manolo se sentaba al otro lado, encogido en la silla.

—He sido generoso contigo, chaval —dijo Miguel sin levantar la vista del mechero—. Te dejé dinero cuando nadie más lo hacía. Y tú, en lugar de agradecérmelo, te has dedicado a perderlo todo en esa mierda de aplicaciones. Ahora toca pagar.

—No tengo el dinero, Miguel. Ya lo sabes. Dame más tiempo, por favor.

—Tiempo es lo único que no tengo para darte. Mis abogados ya han preparado la demanda. En dos semanas, tu moto estará en el desguace y tu piso en subasta. Y tú, en la calle, con una mancha en el historial crediticio que te perseguirá hasta los cuarenta.

Manolo sintió un nudo en el estómago. Intentó hablar, pero la voz le salió en un susurro roto.

—¿No hay otra forma? Lo que sea, Miguel. Trabajaré para ti, lo que me pidas.

Miguel cerró el mechero con un golpe seco y se recostó en la butaca. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

—¿De verdad dices eso? ¿Lo que sea?

Manolo asintió, tragando saliva.

—Pues tengo un bar. Uno de mis locales, en el centro. Las noches de los fines de semana se llenan de gente con dinero, clientes que buscan... diversión. Pero no es un bar cualquiera. Las camareras son especiales. Son chicos como tú, guapos, jóvenes, que saben cómo vestirse y cómo moverse para que la clientela gaste y gaste. Y necesito a uno más.

Manolo parpadeó, sin entender del todo.

—¿Camarero? Puedo hacerlo, Miguel. Soy rápido, sé servir copas...

—No he dicho camarero. He dicho camarera.

La sonrisa de Miguel se ensanchó mientras sacaba una fotografía de un cajón. En ella, un chico de rasgos finos posaba con un vestido de lentejuelas rojo, tacones de aguja y una peluca rubia que le caía hasta la cintura. Su rostro estaba maquillado con precisión: sombras ahumadas, labios carmín y pestañas postizas.

—Este es Christian, uno de los míos. Gana en una noche lo que tú en un mes de curro normal. Los clientes pagan por verlos, por hablar con ellos, por tocarlos si se dejan. Y tú tienes el tipo adecuado, Manolo. Delgado, piernas largas, cara de ángel caído. Con un poco de entrenamiento, serías la sensación del local.

Manolo sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Estás de coña? No soy un puto travesti. Soy un tío, coño. Yo no me visto de mujer ni me pongo tacones ni... ni...

—Ni pagas tu deuda, ni conservas tu moto, ni duermes en tu piso —cortó Miguel con frialdad—. La elección es tuya, Manolo. Una noche de trabajo en mi bar, o una vida de mierda. Y no te creas que es tan malo. Los chicos están bien cuidados, tienen su público, y algunos hasta disfrutan. Pero si no te ves capaz, no me hagas perder el tiempo.

El silencio se hizo pesado. Manolo miró la foto de Christian, sus ojos pintados y su postura provocativa, y sintió un escalofrío. Pero luego pensó en la moto, en las llaves de su piso, en la foto de su abuela en la chimenea.

—¿Solo una noche? —preguntó con la voz quebrada.

—La primera noche es de prueba. Si no rindes, busco a otro y te jodes. Si rindes, iremos rebajando la deuda poco a poco. Pero tendrás que hacerlo bien, Manolo. Maquillaje, vestido, peluca, y servir las copas con una sonrisa. Y si un cliente te pide algo más... ya veremos.

Manolo cerró los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Todo su ser se rebelaba contra la idea. Pero la alternativa era peor.

—Vale —susurró—. Haré lo que dices. Una noche.

—Buena decisión. Esta noche a las diez en la dirección que te enviaré. Pasa por el local de atrás, pregunta por Lola. Ella te vestirá y te maquillará. Y Manolo... no se te ocurra huir. Te encontraré.

Las diez de la noche encontraron a Manolo frente a una puerta metálica sin ningún letrero que anunciara el bar. Solo un número, el 17, y una luz roja sobre el dintel. Llamó con el puño tembloroso y una mujer de hombros anchos y melena negra le abrió. Era Lola, una travesti de cuarenta años con una voz grave pero modulada, que le miró de arriba abajo con ojos expertos.

—Así que eres el nuevo. Pasa, cielo. Tenemos mucho trabajo.

El camerino olía a laca, a polvos y a sudor dulzón. Lola le sentó frente a un espejo iluminado con bombillas de luz cálida y empezó a trabajar en su rostro sin pedir permiso. Manolo vio cómo su reflejo se transformaba: las cejas se delineaban en arcos perfectos, los párpados se cubrían de sombras doradas y negras, los labios se pintaban de un rojo oscuro que parecía sangre seca. Luego llegó la peluca, una cascada de cabello castaño claro que le llegaba a los hombros, y el vestido: un cuerpo de lentejuelas negras que se ceñía a su torso y se abría en una falda que apenas cubría el muslo.

—Los tacones —dijo Lola, tendiéndole unos zapatos de aguja de doce centímetros—. Camina como si pisaras huevos, pero con cadera. Y sonríe, que tienes unos hoyuelos que derriten a cualquiera.

Manolo se levantó con torpeza, tambaleándose. El vestido le molestaba, la peluca le picaba en el cuello, y los tacones eran un suplicio. Pero cuando se miró al espejo, ya no vio a Manolo. Vio a una chica alta, de piernas interminables, con un rostro de belleza andrógina que parecía salido de un anuncio de perfume caro.

—Ahora a la sala —dijo Lola, empujándolo hacia la puerta—. Y recuerda: eres "Manuela". Tu trabajo es que la gente beba, sonría y pague. Si te tocan, no te pongas nervioso. Son clientes, no asaltantes.

El bar era un espacio íntimo, con luces tenues, cortinas de terciopelo rojo y una barra de mármol donde otros tres travestis servían copas con movimientos gráciles. La clientela era variada: hombres solos, parejas, grupos de amigos que reían y señalaban. Cuando Manolo —ahora Manuela— salió, sintió todas las miradas clavándose en él. Un escalofrío le recorrió la nuca.

—¡Oye, preciosa! —gritó un hombre calvo desde una mesa—. Tráeme otro whisky, pero esta vez con hielo y con una sonrisa.

Manolo forzó una sonrisa y caminó hacia la barra, sintiendo el balanceo de sus caderas y el roce de la falda contra sus muslos. Cada paso era un recordatorio de su nueva identidad. Pero cuando el cliente le alargó un billete de cincuenta y le rozó la mano con demasiada intención, Manolo no se apartó. Recordó la moto, el piso, la deuda.

El peso del vestido de lentejuelas se hacía más llevadero con cada minuto, pero los tacones seguían siendo un castigo. Manolo —Manuela— se agarraba a la barra con una mano mientras con la otra sostenía una bandeja de copas de champán. Su primera ronda fue torpe: derramó un poco de licor sobre el mármol y la clientela rió con condescendencia. Pero pronto aprendió a balancear las caderas, a inclinar la cabeza con falsa coquetería y a sonreír mostrando aquellos hoyuelos que Lola le había elogiado.

Los primeros tocamientos llegaron a los veinte minutos. Un hombre de traje gris, con aliento a ginebra, le rozó el trasero con la palma abierta mientras pedía otra copa. Manolo dio un respingo, sintió un ardor de vergüenza que le subió por la nuca, pero no se atrevió a protestar. Miguel estaba en la penumbra, observando. Así que Manolo apretó los dientes y siguió sirviendo.

Media hora después, otro cliente, más joven y con mirada de depredador, le agarró el muslo por debajo del dobladillo de la falda mientras Manolo se inclinaba a dejarle una botella de ron sobre la mesa. Los dedos del tipo se hundieron en su carne, subiendo un par de centímetros, y Manolo sintió un escalofrío que le recorrió la columna.

—No te pongas tímida, guapa —le susurró el cliente—. Estás aquí para eso, ¿no?

Manolo se enderezó rápido, soltó una risita fingida y retrocedió hacia la barra con el corazón golpeándole el pecho. Se sintió sucio, expuesto, como un trozo de carne en un mercado. Pero cuando vio la moto aparcada en su imaginación y las llaves de su piso colgando de un hilo, se obligó a seguir.

Pasó una hora. Una hora de sonrisas falsas, de manos atrevidas que se deslizaban por sus costados, de susurros al oído y billetes que se arrugaban en su liga. Manolo estaba agotado, el maquillaje se le empezaba a correr por el sudor y los pies le ardían como si caminara sobre brasas.

Entonces Lola apareció a su lado como un ángel de la guarda vestido de lentejuelas doradas. Le agarró del codo con firmeza y lo condujo hasta un rincón apartado, tras una cortina de terciopelo, donde el ruido del bar se volvía un murmullo lejano.

—Manuela —dijo Lola, con aquella voz grave y modulada que mezclaba autoridad y ternura—, tengo que plantearte algo. Hay un cliente en la sala privada. Un señor mayor, de los habituales. Paga bien y es limpio, pero tiene sus... manías. Te quiere depilar, con cera. De cintura había abajo. El paga 500 €, de los que 350 € serán para ti... O para tu deuda. Ya me ha avisado Miguel que debes dinero. ¿Aceptas?

Manolo sintió que el mundo se detenía. La palabra "depilar" le sonó a cuchillo. ¿Un desconocido, viéndolo desnudo de cintura para abajo, arrancándole el vello con cera caliente? La humillación era de un grado muy superior a la de llevar tacones y vestido. Sintió un nudo en la garganta y las manos le temblaron.

—¿Depilarme? ¿Con cera? ¿Y encima que me mire? Lola, eso es... eso es demasiado. Yo solo accedí a servir copas, no a esto. ¿Qué soy, un puto juguete?

Lola no se inmutó. Cruzó los brazos sobre el pecho y le sostuvo la mirada con una calma que desarmaba.

—Mira, cielo, entiendo tu asco. Yo también pasé por ahí la primera vez. Pero el cliente no es un bruto. Es un hombre mayor, solitario, al que le gusta la estética, la piel suave. No te va a tocar de forma violenta, solo quiere ver y sentir el proceso. Y 350 € son 350 €. Dime cuántas horas de camarero normal necesitas para ganarte eso.

Manolo bajó la mirada al suelo, a los tacones de aguja que le destrozaban los pies. Su mente era un torbellino: la imagen de su abuela, la moto que había restaurando pieza por pieza, el piso que era su único refugio. Todo eso se desvanecía si Miguel ejecutaba la deuda. 350 € no pagaban ni la décima parte de lo que debía, pero era un comienzo, un gesto que demostraría a Miguel que estaba dispuesto a cumplir.

—Lola, ¿tú qué harías? —preguntó alzando la vista, con los ojos brillantes de una humedad que aún no era llanto—. Dímelo tú. No sé si puedo, si soy capaz de aguantar eso.

Lola se acercó un paso y le puso una mano en el hombro. Su tacto era cálido, casi maternal.

—Yo ya lo he hecho, Manuela. Y no una vez. Te digo la verdad: al principio te sientes un trapo, una cosa. Pero cierras los ojos, piensas en lo que está en juego, y desconectas. Este señor paga bien y no es malo. Es un fetiche raro, sí, pero hay cosas mucho peores en este local, te lo aseguro. Si aceptas, Miguel verá que cumples y te dejará respirar. Si rechazas, no sé si te dará otra oportunidad. La deuda no espera.

Manolo se mordió el labio inferior, sintiendo el sabor del pintalabios. La cera caliente, la desnudez, la mirada de un viejo desconocido... todo su ser gritaba que no. Pero la moto, el piso, la libertad... gritaban más fuerte.

—Vale —susurró al fin, con la voz rota y los puños apretados contra las lentejuelas del vestido—. Hazme el favor de quedarte cerca. Por si pasa algo.

Lola esbozó una sonrisa cómplice y le dio una palmadita en la mejilla.

—No te preocupes, cielo. Estaré al otro lado de la puerta. Ahora ve al camerino, quítate las bragas (que supongo que llevas) y ponte la bata que encontrarás colgada. El señor te espera en la habitación del fondo. Y Manuela... piensa en tu moto. Piensa en el asfalto y en el viento. Eso te ayudará.

Manolo asintió, tragando saliva y veneno. Dio la vuelta y caminó hacia el camerino con paso incierto. Cada tacón que golpeaba el suelo era un latido de su dignidad muriendo. Pero mientras se quitaba la prenda interior y se envolvía en la bata blanca, repitió el mantra que Lola le había dado: La moto. El piso. La libertad. Y con ese pensamiento, empujó la puerta de la habitación privada, donde le esperaba un sillón de terciopelo, una mesa con utensilios de cera y un hombre de pelo cano que lo miró con ojos de experto tasador.

El sillón de terciopelo burdeos crujió cuando el hombre se puso en pie. Era un señor de sesenta y tantos, de esos que han vivido bien y se nota: la barriga prominente que el chaleco de lana no logra disimular, las manos gruesas con venas marcadas y anillos de oro en los dedos, el cabello plateado peinado hacia atrás con fijeza. Olía a loción de afeitar cara y a tabaco de pipa, una mezcla anticuada pero no desagradable. Sus ojos, de un azul pálido y cansado, recorrieron a Manuela de arriba abajo con una lentitud que parecía saborear cada centímetro de su cuerpo envuelto en la bata blanca.

—Siéntate, nena —dijo, y su voz era grave, ronca, como de quien ha hablado demasiado en bares y ha fumado demasiados habanos.

Manolo —Manuela— se sentó al borde de la camilla, con las piernas juntas y las manos cruzadas sobre el regazo, sintiendo el frío del vinilo contra sus muslos desnudos. El hombre no se sentó de nuevo. En cambio, se acercó con pasos pesados que hacían crujir el parqué, y cuando estuvo frente a él, alzó una mano y le sujetó la barbilla con dos dedos. El gesto fue firme pero no brusco, como quien maneja un objeto delicado.

—Tienes una cara preciosa —musitó, inclinándose lentamente—. Pero te falta algo... relajación.

Y entonces sus labios se posaron sobre los de Manuela. Fue un beso suave, de esos que apenas presionan, como una pregunta más que como una declaración. Los labios del hombre eran cálidos y carnosos, y olían a menta y a whisky. Manolo sintió el bigote canoso rozarle el labio superior y el contacto de la lengua, apenas insinuada, que humedeció el pintalabios.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba: un temblor. Un escalofrío diminuto pero inconfundible que le recorrió la nuca y le bajó por la espalda, haciendo que los pezones se le erizaran bajo la bata.

¿Qué coño estás sintiendo?—se gritó a sí mismo en su cabeza—. Eres un tío. Esto es un hombre. Un viejo barrigudo. Esto debería darte asco.

Pero el cuerpo no mentía. O tal vez era el agotamiento, el vértigo de la noche, la humillación que se había vuelto tan intensa que empezaba a confundirse con otra cosa. El beso no era exigente ni agresivo. Era casi tierno. Y en el fondo más oscuro de su conciencia, Manolo descubrió que llevaba años sin que nadie lo besara así: con atención, con calma, como si realmente importara.

El hombre retiró los labios y lo miró con aquellos ojos azules y arrugados.

—¿Ves? No es tan malo —dijo, pasándole un pulgar por la mejilla para limpiar una mancha de carmín—. La cera espera, pero antes quiero que te sientas cómoda conmigo. No me gusta que mis... acompañantes estén tensos.

Manolo parpadeó, confuso. Por un momento, el temblor se extendió de su espalda a su vientre, y notó un calor extraño en la entrepierna que no supo interpretar. ¿Era miedo? ¿Era vergüenza? ¿Era otra cosa? Se mordió el labio inferior, el mismo que el hombre había besado, y sintió un regusto a menta y a tabaco.

Es solo una transacción, se repitió. 350 euros. La moto. El piso. Esto no significa nada.

El hombre retiró la mano de la barbilla de Manuela y la deslizó hacia abajo, con una lentitud deliberada, como si quisiera que ella sintiera cada milímetro del recorrido. Los dedos gruesos, con sus anillos de oro fríos, trazaron un camino desde su clavícula, bajando por el escote de la bata blanca hasta detenerse en el borde de la tela que cubría sus muslos.

—Déjame ver esas piernas, nena —susurró con la voz ronca, y sus manos apartaron la bata con un movimiento suave, dejando al descubierto la piel pálida y lampiña de los muslos de Manolo.

Manuela sintió el aire fresco de la habitación acariciarle la piel, y luego el calor de las palmas del hombre posándose sobre sus muslos. Las manos eran ásperas, con callosidades propias de una vida de trabajo, pero el contacto era sorprendentemente delicado. Los dedos se movieron en círculos lentos, ascendiendo desde las rodillas hasta la ingle, acariciando la cara interna de los muslos con una paciencia que resultaba casi hipnótica.

El hombre no apartaba la mirada. Sus ojos azules seguían cada movimiento de sus propias manos, y una sonrisa apenas esbozada se dibujaba en sus labios carnosos. Manolo se mantuvo inmóvil, con la respiración entrecortada, sintiendo cómo aquellas manos exploraban su piel como si fuera un mapa de tesoros.

—Tienes la piel suave... tan suave —murmuró el hombre, y sus dedos se deslizaron hacia los glúteos, apretando la carne con firmeza pero sin brusquedad.

Manuela sintió un tirón eléctrico recorrerle la columna cuando las manos del hombre moldearon sus nalgas, separándolas ligeramente, como si estuviera evaluando el peso y la textura de cada centímetro. Y entonces ocurrió: un calor extraño, un hormigueo que no esperaba, que no quería sentir, pero que se instaló en su vientre como un animal domesticado. Dios mío, ¿qué me está pasando?, se preguntó mientras sentía que su respiración se hacía más corta, más temblorosa.

El hombre se inclinó, acercando su rostro al oído de Manuela, y susurró:

—Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te deseen así. No pasa nada, nena. Aquí no hay juicios.

Las palabras le quemaron la nuca, pero aún así no pudo negarlo. Había algo en la forma en que el hombre lo miraba, en la forma en que sus manos lo tocaban sin prisa, como si realmente lo encontrara hermoso, que despertaba en él una sensación extraña y adictiva. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien lo miraba con deseo genuino, sin condiciones ni apuestas de por medio. Y aunque ese alguien fuera un hombre mayor y con sobrepeso, el deseo no entiende de lógicas.

El hombre deslizó una mano entre las piernas de Manuela, separando suavemente sus muslos, y con una delicadeza que contrastaba con su tamaño, acarició el escroto con la yema de los dedos. La piel era sensible, y el roce provocó una contracción involuntaria en todo su cuerpo. Manolo contuvo el aliento, sintiendo cómo la mano del hombre exploraba la curva de sus testículos con movimientos circulares, como si estuviera descifrando la forma exacta de su intimidad.

—Relájate, cariño. No voy a hacerte daño —dijo el hombre con voz calmada, mientras su otro brazo rodeaba la cintura de Manuela para sostenerla.

Los dedos continuaron su exploración, deslizándose hacia atrás, rozando el perineo con una presión ligera, hasta llegar al borde del ano. Manolo sintió el contacto y su cuerpo reaccionó con una mezcla de tensión y una curiosa excitación. Los dedos del hombre trazaron círculos diminutos alrededor del borde, sin penetrar, solo explorando, acariciando, probando.

Manuela cerró los ojos. No podía evitar imaginar que esa mano era de otra persona, alguien más joven, alguien a quien él hubiera elegido. Pero la realidad era que aquellas manos expertas pertenecían a un desconocido de sesenta años que le estaba pagando por esto. Y en algún lugar retorcido de su mente, eso también tenía un morbo difícil de ignorar.

—¿Te gusta, verdad? —repitió el hombre, notando la respiración agitada de Manuela—. Tu cuerpo dice que sí, aunque tu cabeza intente negarlo.

Manolo abrió los ojos y se encontró con la mirada del hombre, que lo observaba con una mezcla de ternura y lujuria. Sintió las manos del hombre en sus glúteos, separándolos un poco más, explorando cada pliegue, cada curva, con una minuciosidad que lo hacía sentir vulnerable y, al mismo tiempo, extrañamente valioso.

El hombre retiró sus manos con una lentitud deliberada, como si estuviera saboreando el último contacto, y dio un paso atrás. El crujido del sillón de terciopelo al recibir su peso volvió a llenar la habitación cuando se sentó, ajustando su cuerpo con un movimiento pesado. Se recostó, cruzó una pierna sobre la otra y entrelazó los dedos sobre su barriga. La luz tenue de la lámpara de pie dibujaba sombras en su rostro, endureciendo sus facciones, dándole un aire de patriarca severo.

—Desnúdate —dijo, y su voz había perdido toda la dulzura de antes. Era un comando, seco y directo, como quien da una orden a un perro bien entrenado.

Manolo sintió el peso de las palabras caer sobre él como una losa. El momento de calma, de caricias lentas, se había desvanecido. Ahora no había negociación ni juegos previos. Solo una orden y la expectativa de que fuera cumplida.

Se levantó de la camilla con torpeza, sintiendo las piernas ligeramente temblorosas. La bata blanca le colgaba de los hombros, abierta, mostrando la piel desnuda que el hombre ya había explorado. Tenía las manos pegadas a los costados, sin saber dónde ponerlas, sin saber cómo empezar.

—No me hagas esperar, nena —dijo el hombre con un tono que no admitía réplica.

Manolo tragó saliva y alzó las manos hacia sus hombros. Los dedos le temblaban mientras encontraban el borde de la bata y la empujaban hacia atrás. La tela resbaló por sus brazos con un susurro y cayó al suelo en un montón blanco a sus pies. Quedó completamente desnudo, de pie en medio de la habitación, bajo la luz amarillenta que acariciaba cada curva de su cuerpo joven.

El hombre no apartó la mirada. Sus ojos azules recorrieron el torso de Manolo: los hombros estrechos pero marcados, el pecho liso con los pezones ya erectos por el frío o la excitación, el vientre plano que se contraía con cada respiración agitada. Luego bajaron a la cadera, a las caderas afiladas, al vello púbico escaso y oscuro que enmarcaba su sexo, que empezaba a desperezarse a pesar de la vergüenza. Y finalmente, a las piernas largas que sostenían aquel cuerpo de manera inestable.

Manolo sintió la mirada del hombre como un peso físico. Cada centímetro de su piel ardía bajo esos ojos, y un rubor que no era de maquillaje le subió por el pecho y el cuello. Pero en medio de la humillación, algo más se agitaba en su interior. Era el cosquilleo de ser observado, de ser deseado, de ser el centro de atención de alguien que parecía valorar cada detalle. Sus manos se movieron instintivamente para cubrirse, para ocultar el sexo que ya empezaba a endurecerse, pero el hombre alzó una mano.

—No. No te tapes. Quiero verlo todo.

Manolo dejó caer los brazos a los costados, ofreciendo su cuerpo desnudo como un altar. Sintió el aire de la habitación recorrerle la piel, erizándole el vello de los brazos y las piernas. Sintió el peso de sus testículos colgando entre sus muslos, el roce de sus propios muslos al juntarse ligeramente. Sintió su corazón latiendo tan fuerte que casi podía oírlo en sus oídos.

—Date la vuelta —dijo el hombre con la misma voz firme.

Manolo obedeció sin pensar. Giró sobre sus talones, ofreciendo su espalda al hombre, y luego sus nalgas, que apretó inconscientemente. Se quedó de perfil, sin saber qué hacer con las manos, sintiendo cómo la mirada del hombre se posaba en la curva de su espalda, en la línea de su columna, en la hendidura de sus glúteos.

—Manos detrás de la nuca.

Manolo entrelazó los dedos detrás de su cabeza, arqueando ligeramente la espalda, sintiendo cómo el gesto tensaba sus abdominales y le levantaba el pecho. El hombre se inclinó un poco hacia adelante en su asiento, y Manolo pudo oír su respiración, más agitada que antes.

—Qué hermoso eres, Manuela —susurró—. Qué lástima que estés aquí por dinero. Podrías estar en una pasarela.

El cumplido, viniendo de aquel hombre que le pagaba para depilarlo, tuvo un efecto extraño en Manolo. Sintió una mezcla de orgullo y vergüenza, de asco y deseo. Sus pezones se endurecieron aún más, y su sexo, traicionero, comenzó a levantarse con claridad.

—¿Quieres tocarte, Manuela? —preguntó el hombre, con una sonrisa en la voz—. ¿Quieres que te vea hacerlo?

Manolo negó con la cabeza, pero su cuerpo no le obedecía. El calor entre sus piernas era innegable, y la sensación de estar completamente expuesto, bajo el control de aquel hombre, empezaba a excitarle de una manera que no había anticipado.

El hombre se recostó en el sillón de terciopelo con una lentitud que parecía coreografíada, ajustando sus ropas con gestos pausados mientras sus ojos azules no se despegaban ni un segundo del cuerpo desnudo de Manuela. Sus dedos jugueteaban con el anillo de oro, girándolo en su dedo, y su boca dibujaba una media sonrisa de satisfacción. La luz de la lámpara proyectaba sombras alargadas sobre el suelo, y el silencio de la habitación solo se veía roto por la respiración entrecortada del chico.

—Túmbate en la camilla —ordenó, y su voz había recuperado ese tono seco y directo, sin rastro de la dulzura de los primeros minutos—. Quiero empezar con la cera.

Manolo sintió un nudo en el estómago. Su cuerpo desnudo aún vibraba con el calor de la mirada del hombre, y la orden le llegó como un latigazo que le recordó por qué estaba allí. Dio un paso hacia la camilla, sintiendo el frío del suelo bajo sus plantas, y se tumbó boca arriba, apoyando la cabeza en el pequeño cojín de cuero. El contacto del vinilo contra su espalda le hizo estremecerse.

—No, nena —dijo el hombre, alzando una ceja y moviendo un dedo de un lado a otro como quien corrige a un niño pequeño—. Boca abajo. Quiero ver ese culo que tienes.

Manuela sintió un escalofrío recorrerle la columna. La orden era tan específica y tan cargada de intención que supo que el hombre no solo quería acceso a la zona que iba a depilar; quería verlo, disfrutarlo, poseerlo con la mirada antes siquiera de tocarlo de nuevo. Se incorporó con torpeza, giró su cuerpo y se tumbó boca abajo sobre la camilla, con el rostro apoyado en el cojín y los brazos extendidos a ambos lados de la cabeza.

La posición lo dejaba completamente expuesto. Su espalda desnuda se extendía hasta la curva de su cintura, que se hundía ligeramente antes de elevarse en la redondez de sus nalgas. Los glúteos, firmes y bien formados, se ofrecían como dos montículos de carne pálida, separados por una línea oscura que desaparecía en la intimidad entre sus muslos. Podía sentir el peso de sus propios testículos presionando contra el vinilo de la camilla, y una humedad creciente en la entrepierna que no sabía si era sudor o algo más.

El hombre se puso en pie con un crujido del sillón y sus pasos pesados se acercaron a la camilla. Manolo sintió el calor de su cuerpo a su lado, y luego una mano grande y caliente que se posó sobre su glúteo derecho con una lentitud deliberada. Los dedos se hundieron en la carne, apretando, moldeando la forma como quien palpa una fruta para comprobar su madurez.

—Tienes un buen culo —dijo el hombre, y su voz era un susurro ronco que vibraba en el oído de Manuela—. Redondo, firme, con la piel suave. Parece hecho para ser mirado.

La mano se deslizó hacia el otro glúteo, repitiendo el gesto, y luego sus dedos trazaron el contorno de la raya, bajando lentamente por la curva hasta rozar los testículos que se asomaban entre las piernas. Manolo contuvo la respiración, sintiendo cómo los dedos del hombre exploraban el borde de su saco, acariciándolo con una presión ligera que le provocó una sacudida involuntaria.

—Te gusta, ¿verdad? —murmuró el hombre, y Manolo sintió sus dedos separar sus glúteos, abriendo la hendidura para dejar al descubierto el pequeño y oscuro anillo de su ano, que se contrajo al contacto del aire frío—. Te gusta que te miren aquí, que te toquen aquí. El cuerpo no miente, Manuela. El tuyo está diciendo que sí aunque la boca diga que no.

Manolo apretó los ojos con fuerza, hundiendo el rostro en el cojín para no ver, para no escuchar, pero el calor se extendía por su vientre con una intensidad que lo aterraba. Los dedos del hombre siguieron explorando el borde de su ano, trazando círculos diminutos, rozando los pliegues con una ternura que contrastaba con la crudeza de la situación. Cada caricia provocaba un temblor en sus piernas, una contracción en sus nalgas, un gemido ahogado que luchaba por escapar de su garganta.

—Tranquila —susurró el hombre, retirando la mano y dando un paso atrás—. Ahora viene la cera. Pero no te preocupes, cariño. Voy a hacer que esto sea una experiencia inolvidable.

El hombre se movió hacia la mesita donde estaban los utensilios y Manolo sintió el frío de la camilla en su vientre y en sus muslos, sintió el peso de su propia excitación presionando contra el vinilo, sintió la humillación.

Los pasos del hombre resonaron en el suelo mientras se dirigía a la mesita auxiliar, donde los utensilios de cera descansaban sobre una bandeja de metal: un calentador de cera que mantenía el líquido dorado a la temperatura perfecta, una espátula de madera, tiras de tela blanca y un bote de aceite de almendras. El aroma dulce y cálido de la cera se mezcló con el olor a tabaco y loción que emanaba del hombre.

Manolo permanecía boca abajo sobre la camilla, con el rostro enterrado en el cojín, escuchando el tintineo de los utensilios, el rumor de la cera al ser removida. Su piel aún ardía por las caricias anteriores y la humillación pesaba sobre su nuca como una mano invisible. Pero cuando sintió la presencia del hombre a su lado, su cuerpo reaccionó con una mezcla de tensión y una extraña ansiedad.

—Vamos a empezar —dijo el hombre, con su voz ronca y pausada—. Primero, una caricia para que la piel se acostumbre. Luego, la cera. Y luego... el estirón.

La mano del hombre, grande y caliente, se posó sobre la pantorrilla izquierda de Manolo. Los dedos se deslizaron hacia arriba, masajeando la pantorrilla con movimientos lentos y circulares, ascendiendo hasta la curva de la rodilla y luego bajando de nuevo. La caricia era sorprendentemente suave, casi tierna, y Manolo sintió cómo los músculos de su pierna se relajaban a pesar de sí mismos. Era como si aquella mano enorme supiera exactamente dónde presionar para disipar la tensión.

—Así, nena. Relájate —murmuró el hombre—. La cera duele menos si estás suave.

Después de unos segundos de caricias, el hombre cambió el ritmo. La mano se retiró y, un instante después, Manolo sintió el primer contacto de la cera caliente sobre su piel. Un chorro fino y dorado cayó sobre su pantorrilla, extendiéndose en un círculo viscoso que se enfriaba rápidamente. La temperatura era cálida pero no quemaba, y el contraste entre el aceite de almendras que el hombre había untado primero y la cera caliente creaba una sensación extraña y placentera.

El hombre esparció la cera con la espátula de madera, cubriendo desde la parte superior de la pantorrilla hasta casi la rodilla. Sus movimientos eran precisos, como los de un artesano aplicando barniz a una madera fina. Luego, aplicó una tira de tela sobre la cera y la presionó con la palma, alisándola para que se adhiriera bien.

—Ahora el estirón —susurró, y Manolo sintió cómo los dedos del hombre buscaban el borde de la tira.

La respiración de Manolo se detuvo cuando la tira fue arrancada en un movimiento rápido y seco. El dolor fue agudo, como una picadura de avispa, y el chico no pudo contener un gemido ahogado que se escapó de su garganta. La piel se quedó roja y brillante, y el vello oscuro de la pierna había desaparecido, dejando una superficie lisa y caliente.

—Duele, ¿verdad? —dijo el hombre, pasando la palma por la zona recién depilada para calmar el ardor—. Pero mira qué piel más suave. Vale la pena, ¿no crees?

Manolo no respondió. Apretó los dientes y hundió el rostro en el cojín, sintiendo cómo el dolor se transformaba en un calor residual que se extendía por su pierna. El hombre no esperó respuesta. Aplicó más cera en la otra pierna, repitiendo el ritual: la caricia previa con aceite, el chorro de cera caliente, la espátula extendiéndola con cuidado, la tira de tela presionada, y finalmente, el estirón.

Otro gemido escapó de Manolo, más contenido que el primero, pero igualmente sincero. El dolor era agudo y brillante, pero había algo en él que lo hacía casi adictivo. Quizás era la sensación de estar completamente entregado, de que alguien más decidiera por él, de que su cuerpo se convirtiera en un lienzo para la experiencia.

El hombre continuó ascendiendo: desde las pantorrillas hasta los muslos, aplicando la cera con la misma atención minuciosa. En cada tramo, la caricia previa era más larga, como si el hombre quisiera prolongar el placer antes del dolor. Manolo sintió cómo la cera se extendía sobre sus muslos, subiendo hasta los glúteos, y el estirón posterior le hizo arquear la espalda.

—Tranquila, Manuela. Casi hemos llegado a la parte buena —dijo el hombre, y su voz tenía un deje de excitación apenas contenido.

El último tramo fue el más delicado: la cera alrededor del escroto y el borde del ano, donde la piel era más fina y sensible. El hombre aplicó la cera en pequeñas porciones, con una precisión extrema, y el estirón fue tan rápido que Manolo apenas tuvo tiempo de reaccionar. El dolor fue intenso, un latido que resonó en todo su cuerpo, y el chico soltó un gemido que esta vez no pudo contener.

—Ya está —dijo el hombre, pasando una toalla húmeda sobre la zona para limpiar los restos de cera—. Ahora sí que estás listo, nena. Como un bebé.

La mano del hombre se deslizó por la piel lisa de los glúteos de Manolo, acariciando la superficie que había quedado suave y caliente. Manolo sintió el contacto y un temblor le recorrió todo el cuerpo. El dolor se había desvanecido, pero el calor de la piel recién depilada y la mirada del hombre sobre él seguían ardiendo con una intensidad inesperada.

El dolor remanente de la cera aún vibraba en su piel como un eco de agujas diminutas, un ardor que se extendía desde la parte trasera de sus muslos hasta la curva de sus glúteos y el borde sensible de su ano. Cada centímetro de su piel recién depilada parecía estar vivo, hipersensible, como si los poros abiertos respiraran el aire fresco de la habitación. Manolo podía sentir el latido de su propia sangre allí donde la cera había arrancado el vello, y cada pequeño movimiento de su cuerpo contra la camilla renovaba la punzada.

Pero entonces la mano del hombre volvió a posarse sobre él.

No fue un contacto brusco ni exigente. Fue una caricia lenta, que comenzó en la parte baja de su espalda y se deslizó hacia abajo siguiendo la curva de su columna, como quien traza un mapa con la yema de los dedos. Manolo sintió el roce de la piel áspera y cálida, y el ardor de la cera se mezcló con algo nuevo: un cosquilleo que subía por su nuca y bajaba hasta el vientre, como una corriente eléctrica de baja intensidad.

—Ahora toca la parte más dulce —murmuró el hombre, y sus dedos se deslizaron entre los muslos de Manolo, buscando el escroto con una precisión que sugería conocimiento de cada pliegue y cada curva.

Cuando los dedos del hombre rozaron el saco, Manolo sintió una sacudida involuntaria en todo su cuerpo. Los testículos colgaban suaves y calientes, recién libres de vello, y el contacto directo de la piel con aquellos dedos expertos era casi abrumador. El hombre acarició el escroto con movimientos circulares, como si estuviera sopesando la fruta más delicada, y el placer que brotó de aquel contacto fue tan intenso que Manolo no pudo evitar separar las piernas de manera inconsciente, ofreciéndose más, pidiendo más sin pronunciar una palabra.

¿Qué estoy haciendo?, se preguntó en un destello de lucidez, pero el pensamiento se desvaneció tan rápido como llegó, ahogado por el torrente de sensaciones que recorría su cuerpo. Su mente se había vuelto un espacio difuso, donde la humillación y el placer se enredaban como dos serpientes en una danza imposible de desenredar.

El hombre percibió la separación de sus piernas y dejó escapar una risa baja, casi paternal.

—Así me gusta, Manuela. Tu cuerpo sabe lo que quiere, aunque tu boca no lo diga.

Los dedos del hombre se movieron con más seguridad ahora, acariciando cada testículo por separado, rodeándolos con la palma, sintiendo su peso y su calor. La piel del escroto, lisa y suave, respondía a cada caricia con un temblor que se extendía hacia arriba, hacia el bajo vientre, hacia el pene que comenzaba a erguirse contra la camilla. Manolo sintió que la humedad entre sus piernas aumentaba, y el roce de su propio sexo contra el vinilo frío de la camilla era una provocación constante.

—Te está gustando, ¿verdad? —susurró el hombre—. Te está gustando que te toque así, después de haberte depilado, después de haber visto todo lo que tienes que ofrecer.

Manolo no pudo responder. Su boca se abrió para decir algo, pero solo salió un gemido ahogado, un sonido que no reconocía como propio. Las piernas se le abrieron un poco más, y sus caderas se movieron casi imperceptiblemente hacia atrás, buscando más contacto, más presión, más de aquella mano que sabía exactamente dónde tocar para hacerle olvidar quién era.

El hombre no se apresuró. Siguió acariciando el escroto con movimientos que a veces eran círculos lentos y otras eran pellizcos suaves que hacían saltar a Manolo como si recibiera pequeñas descargas. Cada caricia borraba un poco más el dolor de la cera, transformándolo en una especie de fondo musical sobre el que el placer se alzaba en ondas crecientes.

—Separa más las piernas, nena —ordenó el hombre, pero su voz era casi una súplica—. Déjame ver todo lo que he depilado. Déjame tocarlo bien.

Manolo obedeció sin pensar, separando las piernas hasta que sus muslos formaron un ángulo que dejaba su intimidad completamente expuesta. Sintió el aire fresco en su perineo y el calor de la mirada del hombre que se posaba allí, en ese espacio que ya no era secreto. Y en algún lugar de su conciencia, supo que había cruzado una línea de la que no podría volver atrás. Pero ya no le importaba.

Las yemas de los dedos del hombre se movían con una lentitud deliberada, trazando círculos perfectos sobre la piel lisa y caliente de los testículos de Manolo. Cada rotación era un estudio de textura y temperatura, un diálogo táctil que no necesitaba palabras. La piel depilada, sensible y desnuda, respondía a cada caricia con un temblor que se propagaba como ondas en un estanque, desde el escroto hasta el bajo vientre, desde las caderas hasta la nuca.

Manolo sintió cómo el dolor residual de la cera se disolvía bajo aquel contacto experto, transformándose en algo más profundo, más viscoso, más parecido a un deseo que se negaba a ser nombrado. Su respiración se volvió irregular, entrecortada, y sus dedos se aferraron a los bordes de la camilla como si temiera flotar hacia un lugar del que no pudiera regresar.

Cuando los dedos del hombre rodearon cada testículo por separado, sopesándolos con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos, Manolo dejó escapar un suspiro. No fue un suspiro cualquiera, sino un sonido que nacía en lo más profundo de su pecho, una exhalación larga y temblorosa que llevaba consigo parte de su resistencia. Luego vino el gemido, bajo y gutural, que se escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.

—Así, nena —susurró el hombre, y su voz era una caricia en sí misma—. Deja que tu cuerpo hable.

Manolo sintió que sus caderas se movían solas, levantándose suavemente de la camilla, ofreciendo más de sí mismo a aquellas manos que lo exploraban sin prisa. El movimiento fue inconsciente, animal, como si su pelvis buscara instintivamente el calor y la presión de los dedos que acariciaban su escroto. El hombre aceptó la ofrenda, deslizando una mano bajo sus nalgas para sostenerlo, y la otra continuó su danza alrededor de sus testículos.

El placer era un líquido caliente que se extendía por sus venas, un zumbido que llenaba sus oídos y nublaba su visión. Ya no había vergüenza ni humillación, solo la sensación pura de ser tocado, de ser deseado, de ser el centro de la atención de alguien que parecía encontrar en su cuerpo un objeto de veneración.

Entonces, el hombre hizo una pausa.

La mano se retiró y el silencio se llenó de la respiración agitada de Manolo, que aún temblaba sobre la camilla, con las caderas ligeramente elevadas, esperando. La ausencia del contacto fue un vacío que se abrió en su vientre, un hueco que pedía ser llenado. Manolo se quedó inmóvil, sintiendo cada latido de su corazón en la punta de sus dedos, en la curva de sus nalgas, en el borde sensible de su escroto.

La pausa duró solo unos segundos, pero para Manolo fue una eternidad.

Y entonces, sintió algo diferente. No las yemas de los dedos, sino el contacto de una lengua. Caliente, húmeda, con la superficie ligeramente áspera de las papilas gustativas que se deslizaban sobre su escroto recién depilado. La sensación fue tan inesperada, tan íntima, que Manolo emitió un sonido que era a la vez un suspiro y un gemido, una mezcla de sorpresa y de entrega total.

La lengua del hombre se movió con lentitud, lamiendo la superficie del escroto de abajo hacia arriba, recorriendo cada pliegue, cada curva, deteniéndose en los puntos donde la piel era más fina y sensible. El calor de la boca del hombre contrastaba con el aire fresco de la habitación, y el contraste hacía que cada pasada de la lengua fuera una revelación.

Manolo sintió cómo la lengua rodeaba un testículo, como si estuviera saboreándolo, y luego el otro, con la misma atención meticulosa. El placer era una espiral que crecía sin cesar, un carrusel de sensaciones que lo arrastraba hacia un centro del que no quería escapar. Sus caderas se movieron de nuevo, empujándose hacia la boca del hombre, buscando más contacto, más calor, más lengua.

—Mmm —suspiró el hombre, y el sonido vibró contra el escroto de Manolo, añadiendo una dimensión nueva al placer—. Sabes tan bien, Manuela.

Manolo no pudo responder. Su boca estaba abierta, pero solo salían de ella suspiros y gemidos, sonidos que ya no le pertenecían, que habían sido robados por aquel hombre que lo estaba devorando con la lengua. El placer se extendía desde su escroto hasta la base de su columna, haciendo que todo su cuerpo se arqueara ligeramente sobre la camilla.

—No pares —susurró sin querer, y la palabra escapó de sus labios como una confesión.

El hombre sonrió contra su piel y siguió lamiendo, más rápido ahora, con más seguridad, llevando a Manolo a un estado de entrega absoluta donde el tiempo y el espacio se disolvían en el calor de aquella boca y el roce de aquella lengua.

El mundo se había reducido a un punto de contacto. Manolo —Manuela— ya no era consciente del frío vinilo contra su pecho, ni del peso de su propio cuerpo, ni siquiera del eco del dolor remanente de la cera que aún vibraba en sus glúteos. Solo existía el calor de la lengua del hombre en sus testículos, aquella humedad insistente que recorría cada pliegue, cada curva sensible, con una paciencia que parecía tener toda la eternidad por delante.

Y entonces, sintió algo más.

Un roce ligero, apenas un susurro, en el borde de su ano. Al principio, pensó que era la propia lengua del hombre, que se había desviado en su exploración. Pero la textura era diferente: más firme, más seca, con la superficie callosa de un dedo que trazaba círculos diminutos alrededor del anillo de su entrada.

—Shhh... —susurró el hombre contra su escroto, y el sonido vibró directamente en su piel—. Relájate, nena. No voy a hacer nada que no quieras.

Pero Manolo ya no estaba en condiciones de querer o no querer. Su mente se había desconectado, dejando paso a un torrente de sensaciones puras, sin filtros ni juicios. La lengua seguía masajeando sus testículos con movimientos circulares, lamiendo, saboreando, y el dedo continuaba su danza alrededor de su ojal, rozando los pliegues con una delicadeza que era casi cruel.

El contraste entre la humedad cálida de la lengua y la presión seca y precisa del dedo era abrumador. Manolo sintió cómo su ano se contraía involuntariamente, y el dedo del hombre se detuvo, esperando. Después de un momento, la presión se reanudó, esta vez con un poco más de firmeza, como si estuviera pidiendo permiso para entrar.

—Así, Manuela. Déjate llevar —murmuró el hombre, y su lengua se deslizó hacia la base de su pene, lamiendo el punto donde los testículos se unían al eje—. Solo siente.

Y Manolo sintió. Cada pasada de la lengua era un arco de placer que se extendía por su vientre. Cada círculo del dedo alrededor de su ano era un latido que resonaba en su columna vertebral. Y en algún momento, la frontera entre la humillación y el deseo se desvaneció por completo, fundiéndose en un solo estado de conciencia líquido y vibrante.

El dedo del hombre dejó de acariciar el borde y se deslizó hacia el centro del ojal, aplicando una presión suave que hizo que Manolo arque la espalda. No entró, solo se quedó allí, en la entrada, palpando la resistencia del esfínter, sintiendo cómo se contraía y relajaba al ritmo de su respiración.

—Qué bonito eres, Manuela —dijo el hombre, alzando la cabeza para mirarlo—. Tu cuerpo no se resiste. Tu cuerpo te está diciendo que esto es lo que necesitas. fin del primer capitulo, parte 2 aqui
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0 comentarios - Manolo se ha de trasvestir por una deuda

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