La maleta era liviana -demasiado liviana- cuando Astrid la subió al auto que la llevaría a las afueras de la ciudad. Solo dos faldas, un vestido, dos blusas finas. Nada más. Nada que pudiera ocultar lo que el extorsionador quería que mostrara.
—¿Por qué mis padres?— musitó para sí misma, ajustando la blusa negra que se pegaba a su piel como una segunda piel, el frío de la mañana haciendo que sus pezones se endurecieran visiblemente bajo la tela.
No había corpiño, por supuesto. Otra regla. Otra humillación.
El teléfono vibró en su bolsillo.
—Recuerda: dedo en la ruta. Nada de micros.
Astrid apretó los dientes, pero asintió como si quien estuviera del otro lado pudiera verla.
—Está bien— susurró, aunque nadie la escuchaba.
La ruta estaba desierta a esta hora, el sol apenas comenzando a calentar el asfalto. Astrid extendió el brazo, el pulgar hacia arriba, la falda corta moviéndose con la brisa, revelando más de lo que escondía.
No tuvo que esperar mucho.
Un camión grande, rojo y ruidoso, se detuvo a unos metros de ella. La ventanilla del conductor se abrió, y un hombre de unos cuarenta años, con una gorra de béisbol y una sonrisa que no llegaba a los ojos, la miró de arriba abajo.
—¿Adónde vas, princesa?— preguntó, la voz áspera por el cigarrillo que colgaba de sus labios.
Astrid tragó saliva, sintiendo el peso de esa mirada en su cuerpo.
—A San Lorenzo. A tres horas de aquí— respondió, tratando de que su voz no sonara tan frágil como se sentía.
El camionero sonrió, esta vez con más interés.
—Justo paso por ahí. Sube.
Ella dudó por un segundo, pero el teléfono en su bolsillo parecía arder, recordándole las consecuencias de desobedecer. Con un movimiento rápido, abrió la puerta y se subió al camión.
El interior olía a tabaco y café rancio. El asiento era más grande de lo que esperaba, pero no lo suficiente como para evitar que su pierna rozara la del conductor cuando se acomodó.
—¿Sola?— preguntó él, arrancando el camión con un rugido del motor.
—Sí— mintió Astrid, mirando por la ventana.
El camionero no insistió, pero sus ojos volvían una y otra vez a sus piernas, a la forma en que la falda se había subido aún más al sentarse, mostrando el borde de sus bragas -negras, sencillas, otra elección del extorsionador-.
—Hace calor, ¿no?— comentó el hombre después de un rato, ajustando el aire acondicionado con una mano mientras la otra descansaba cerca del cambio de velocidades, los dedos tamborileando sobre la palanca.
Astrid asintió, aunque no sentía calor. Solo el peso de la situación, la excitación retorcida que la recorría cada vez que sentía esos ojos en ella.
—Sí. Un poco— murmuró, jugueteando con el borde de su falda sin decidirse a bajarla.
El camionero sonrió, como si supiera exactamente lo que pasaba por su cabeza.
—Relájate, princesa. Es un viaje largo… hay tiempo para todo.
Y con esas palabras, Astrid supo que el verdadero juego apenas comenzaba.
El camión rugía por la ruta, el paisaje desdibujándose tras las ventanas sucias, cuando el teléfono de Astrid vibró con un mensaje que le heló la sangre:
"Chúpaselo al camionero."
Ella maldijo entre dientes, los dedos apretando el dispositivo hasta blanquearlos.
—¿Cómo mierda sabe que estoy en un camión?— susurró, los ojos escaneando la cabina como si esperara encontrar una cámara oculta.
El conductor, un hombre corpulento de unos cuarenta y cinco años con una camisa a cuadros manchada de grasa y un olor a tabaco rancio que le envolvía como una segunda piel, lanzó una mirada curiosa.
—¿Todo bien, princesa?— preguntó, mostrando unos dientes amarillentos.
Astrid tragó saliva, notando la foto pegada en el tablero: un hombre más joven, con el mismo rostro pero mejor afeitado, abrazando a tres niños pequeños. Una familia. Un padre.
—Sí… solo…— el teléfono vibró de nuevo. "Ahora."
Ella cerró los ojos un instante, luego se volvió hacia el camionero con una sonrisa forzada.
—Te pagaré el viaje— anunció, mientras sus dedos comenzaban a desabrochar su propio cinturón con movimientos nerviosos.
El hombre gruñó, una mezcla de sorpresa y satisfacción en sus ojos oscuros.
—Desde que te vi supe que eras una putita— murmuró, una mano abandonando el volante para posarse en su muslo, los dedos hundiéndose en la carne suave bajo la falda.
Astrid no respondió. En lugar de eso, se deslizó hacia el centro del asiento, las rodillas hundiéndose en la superficie rasposa de la alfombra de la cabina, mientras sus manos buscaban el cinturón del camionero. El olor a sudor y diesel se intensificó cuando se inclinó, sus labios rozando la protuberancia que ya crecía bajo el grueso tejido del pantalón de trabajo.
—Así me gusta— el hombre resopló, levantando ligeramente las caderas para permitirle bajar el cierre.
El aroma masculino, crudo y sin disimulos, la golpeó cuando liberó su erección. No era joven, no era atractivo, pero había una crudeza en su cuerpo que inexplicablemente hizo palpitar su sexo.
—Más sucia de lo que pareces, ¿eh?— el camionero se rió entre dientes cuando Astrid, sin preámbulos, envolvió sus labios alrededor de él, tragándose la mitad de su longitud de un solo movimiento.
La mamada era perfecta:
Cada bajada de su cabeza era un estudio en sumisión, su nariz enterrándose en el vello áspero de su vientre mientras la garganta se abría para recibirlo. La lengua, plana y firme, se deslizaba por la vena prominente en su parte inferior, recogiendo el sabor salado que ya comenzaba a filtrarse.
—Mierda, esa boquita— gruñó el hombre, una mano enredándose en su pelo castaño rojizo, guiándola con más fuerza de la necesaria.
Astrid dejó escapar un gemido ahogado, la vibración haciendo que el camionero arqueara la espalda.
—Sí, así, putita— jadeó, los nudillos blancos al aferrarse al volante con una mano mientras la otra empujaba su cabeza hacia abajo.
El camión se desvió ligeramente en la carretera, pero ninguno de los dos prestó atención. Astrid se concentraba en el ritmo, en la forma en que su boca se llenaba, en los gruñidos guturales que escapaban del conductor. Sus propias manos, olvidadas hasta ahora, comenzaron a moverse: una se apretó entre sus muslos, encontrando el calor húmedo que la traicionaba, mientras la otra subió para jugar con los testículos pesados del hombre, haciéndolo gemir.
—Voy a…— comenzó el camionero, pero un bocinazo repentino lo hizo maldecir.
Un coche los adelantaba, el conductor visiblemente escandalizado al ver la escena a través de la ventana lateral.
—¡Que miren, puta!— rugió el camionero, ahora completamente fuera de control, empujando su cabeza hacia abajo con más fuerza.
Astrid obedeció, los ojos llorosos, la garganta ardiendo, pero sin detenerse. Sabía que esto no terminaría aquí. El extorsionador no se lo permitiría.
Y lo peor de todo era que, en algún lugar profundo y oscuro de su mente, ella tampoco quería que terminara.
El sabor espeso y salado llenó su boca cuando el camionero terminó, sus gruñidos ahogándose en el aire cargado de la cabina. Astrid tragó sin vacilar, los ojos entrecerrados, las mejillas aún hundidas por el esfuerzo.
—¿Te gusta mi sabor, putita?— preguntó el hombre, los dedos ásperos enredándose en su pelo para mantenerla cerca.
Ella asintió, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
—Sí— admitió, y esta vez no mintió. Había algo en la crudeza del acto, en la sumisión forzada pero placentera, que la hacía arder por dentro.
El camionero sonrió, satisfecho, y arrancó el vehículo de nuevo. El viaje continuó como si nada hubiera pasado. Astrid incluso le sirvió mate, sus dedos temblorosos pasándole el recipiente mientras la ruta se desplegaba ante ellos.
Pero a veinte kilómetros de la casa de sus padres, el camión se detuvo en una estación de servicio solitaria. El motor se apagó, y el silencio se hizo pesado.
—Es hora de que pagues el resto del viaje— anunció el camionero, su voz baja pero cargada de intención.
Antes de que Astrid pudiera responder, su mano ya estaba en su muslo, subiendo con descaro bajo la falda corta. Ella contuvo el aire, pero no se resistió. Había comenzado esto, y ahora sabía que no había vuelta atrás.
—Aquí… aquí no— murmuró, pero el hombre solo rió.
—Nadie nos ve, princesa— aseguró, mientras con un movimiento brusco le arrancaba la blusa, dejando al descubierto sus pechos pequeños pero firmes, los pezones ya erectos por la anticipación.
Astrid cerró los ojos cuando el short siguió el mismo camino, arrojado a algún rincón de la cabina. Ahora solo quedaban sus bragas negras, que el camionero apartó con un dedo antes de rasgarlas sin ceremonia.
—Ponte en cuatro— ordenó, dándole una palmada en la nalga que resonó en el espacio cerrado.
Ella obedeció, arrodillándose en el asiento, las manos apoyadas contra el vidrio empañado. El aire frío de la cabina le erizó la piel, pero el calor entre sus piernas era imposible de ignorar.
El camionero no tardó en posicionarse detrás de ella, sus manos agarrando sus caderas con fuerza mientras se alineaba.
—Mírate— gruñó, señalando el espejo retrovisor donde Astrid podía ver su propio reflejo: despeinada, desnuda, los labios entreabiertos y los ojos brillantes de excitación.
Ella apenas tuvo tiempo de procesar la imagen antes de que él entrara en ella de un solo empujón, llenándola por completo. Un gemido escapó de sus labios, ahogado por el sonido del camión al mecerse bajo su peso combinado.
Fue entonces cuando, a través del vidrio sucio, Astrid vio el destello de una lente en un auto estacionado a pocos metros.
Alguien los estaba filmando.
Cada embestida del camionero la empujaba contra el asiento de cuero gastado, sus nalgas palmeándose contra sus muslos con un sonido húmedo que llenaba la cabina. Astrid gimió, las manos aferradas al respaldo del asiento, los nudillos blancos de la fuerza con que se sujetaba.
—Así, así…— jadeó, arqueando la espalda para recibirlo más profundo.
El camionero gruñó, sus manos grandes agarrando sus caderas con fuerza, marcándola con sus dedos.
—Qué puta más buena— escupió, los labios torcidos en una sonrisa burlona—. Te encanta que te traten como la zorra que eres, ¿verdad?
Astrid no respondió con palabras, pero el movimiento frenético de sus caderas era respuesta suficiente. Nunca nadie la había hablado así, nunca nadie la había usado con tanta crudeza, y para su vergüenza, nunca había estado tan excitada.
El aire olía a sexo y sudor, mezclado con el diesel del camión. El hombre aumentó el ritmo, sus gruñidos volviéndose más guturales, más urgentes.
—Voy a llenarte, putita— advirtió, y Astrid sólo pudo gemir en respuesta.
Cuando llegó, fue con un rugido, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de ella en pulsos calientes que la hicieron estremecer. Astrid lo sintió todo, cada gota, cada temblor de su cuerpo contra el suyo.
El silencio que siguió sólo fue roto por su respiración agitada. El camionero se apartó, arrojándole una mirada de satisfacción mientras se ajustaba el pantalón.
—El resto del viaje lo haces así— ordenó, señalando su desnudez con un gesto despectivo.
Astrid no protestó. Se acomodó en el asiento, sintiendo cómo su propio deseo se mezclaba con el de él, escurriéndole por los muslos. El camión arrancó de nuevo, y ella se dejó mecer por el movimiento, demasiado perdida en sus propias sensaciones como para sentir vergüenza.
Cuando finalmente llegaron a las afueras de la casa de sus padres, el camionero detuvo el vehículo.
—Bájate— dijo simplemente, recogiendo sus prendas del suelo y arrojándolas a sus pies.
Astrid lo miró, los ojos brillantes, el cuerpo todavía palpitante.
—Gracias por el viaje— murmuró, sin poder creer las palabras que salían de su boca.
El hombre se rió, un sonido áspero y carente de humor.
—No vuelvas a hacer dedo, putita. La próxima vez no te dejaré ir tan fácil.
Astrid bajó del camión, el aire fresco de la tarde rozando su piel desnuda. Se vistió rápidamente, las manos temblorosas, demasiado concentrada en cubrirse como para notar el auto estacionado a lo lejos, la lente de una cámara apuntando directamente a ella.
Comenzó a caminar hacia la casa de sus padres, las piernas todavía débiles, la mente nublada. Fue entonces cuando su teléfono vibró.
Un mensaje.
"Bien hecho. Si este fin de semana obedeces, ya no sabrás más de mí."
Astrid contuvo el aire, los ojos fijos en la pantalla. ¿Era esto realmente el final? ¿O sólo el comienzo de algo peor?
No tuvo tiempo de pensarlo más. La puerta de la casa de sus padres se abrió, y la voz cálida de su madre la llamó desde el interior.
—¡Astrid! ¡Qué sorpresa!
Ella escondió el teléfono, forzando una sonrisa.
—Hola, mamá— dijo, mientras el auto a lo lejos encendía su motor y se alejaba en silencio.
Continuara...
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—¿Por qué mis padres?— musitó para sí misma, ajustando la blusa negra que se pegaba a su piel como una segunda piel, el frío de la mañana haciendo que sus pezones se endurecieran visiblemente bajo la tela.
No había corpiño, por supuesto. Otra regla. Otra humillación.
El teléfono vibró en su bolsillo.
—Recuerda: dedo en la ruta. Nada de micros.
Astrid apretó los dientes, pero asintió como si quien estuviera del otro lado pudiera verla.
—Está bien— susurró, aunque nadie la escuchaba.
La ruta estaba desierta a esta hora, el sol apenas comenzando a calentar el asfalto. Astrid extendió el brazo, el pulgar hacia arriba, la falda corta moviéndose con la brisa, revelando más de lo que escondía.
No tuvo que esperar mucho.
Un camión grande, rojo y ruidoso, se detuvo a unos metros de ella. La ventanilla del conductor se abrió, y un hombre de unos cuarenta años, con una gorra de béisbol y una sonrisa que no llegaba a los ojos, la miró de arriba abajo.
—¿Adónde vas, princesa?— preguntó, la voz áspera por el cigarrillo que colgaba de sus labios.
Astrid tragó saliva, sintiendo el peso de esa mirada en su cuerpo.
—A San Lorenzo. A tres horas de aquí— respondió, tratando de que su voz no sonara tan frágil como se sentía.
El camionero sonrió, esta vez con más interés.
—Justo paso por ahí. Sube.
Ella dudó por un segundo, pero el teléfono en su bolsillo parecía arder, recordándole las consecuencias de desobedecer. Con un movimiento rápido, abrió la puerta y se subió al camión.
El interior olía a tabaco y café rancio. El asiento era más grande de lo que esperaba, pero no lo suficiente como para evitar que su pierna rozara la del conductor cuando se acomodó.
—¿Sola?— preguntó él, arrancando el camión con un rugido del motor.
—Sí— mintió Astrid, mirando por la ventana.
El camionero no insistió, pero sus ojos volvían una y otra vez a sus piernas, a la forma en que la falda se había subido aún más al sentarse, mostrando el borde de sus bragas -negras, sencillas, otra elección del extorsionador-.
—Hace calor, ¿no?— comentó el hombre después de un rato, ajustando el aire acondicionado con una mano mientras la otra descansaba cerca del cambio de velocidades, los dedos tamborileando sobre la palanca.
Astrid asintió, aunque no sentía calor. Solo el peso de la situación, la excitación retorcida que la recorría cada vez que sentía esos ojos en ella.
—Sí. Un poco— murmuró, jugueteando con el borde de su falda sin decidirse a bajarla.
El camionero sonrió, como si supiera exactamente lo que pasaba por su cabeza.
—Relájate, princesa. Es un viaje largo… hay tiempo para todo.
Y con esas palabras, Astrid supo que el verdadero juego apenas comenzaba.
El camión rugía por la ruta, el paisaje desdibujándose tras las ventanas sucias, cuando el teléfono de Astrid vibró con un mensaje que le heló la sangre:
"Chúpaselo al camionero."
Ella maldijo entre dientes, los dedos apretando el dispositivo hasta blanquearlos.
—¿Cómo mierda sabe que estoy en un camión?— susurró, los ojos escaneando la cabina como si esperara encontrar una cámara oculta.
El conductor, un hombre corpulento de unos cuarenta y cinco años con una camisa a cuadros manchada de grasa y un olor a tabaco rancio que le envolvía como una segunda piel, lanzó una mirada curiosa.
—¿Todo bien, princesa?— preguntó, mostrando unos dientes amarillentos.
Astrid tragó saliva, notando la foto pegada en el tablero: un hombre más joven, con el mismo rostro pero mejor afeitado, abrazando a tres niños pequeños. Una familia. Un padre.
—Sí… solo…— el teléfono vibró de nuevo. "Ahora."
Ella cerró los ojos un instante, luego se volvió hacia el camionero con una sonrisa forzada.
—Te pagaré el viaje— anunció, mientras sus dedos comenzaban a desabrochar su propio cinturón con movimientos nerviosos.
El hombre gruñó, una mezcla de sorpresa y satisfacción en sus ojos oscuros.
—Desde que te vi supe que eras una putita— murmuró, una mano abandonando el volante para posarse en su muslo, los dedos hundiéndose en la carne suave bajo la falda.
Astrid no respondió. En lugar de eso, se deslizó hacia el centro del asiento, las rodillas hundiéndose en la superficie rasposa de la alfombra de la cabina, mientras sus manos buscaban el cinturón del camionero. El olor a sudor y diesel se intensificó cuando se inclinó, sus labios rozando la protuberancia que ya crecía bajo el grueso tejido del pantalón de trabajo.
—Así me gusta— el hombre resopló, levantando ligeramente las caderas para permitirle bajar el cierre.
El aroma masculino, crudo y sin disimulos, la golpeó cuando liberó su erección. No era joven, no era atractivo, pero había una crudeza en su cuerpo que inexplicablemente hizo palpitar su sexo.
—Más sucia de lo que pareces, ¿eh?— el camionero se rió entre dientes cuando Astrid, sin preámbulos, envolvió sus labios alrededor de él, tragándose la mitad de su longitud de un solo movimiento.
La mamada era perfecta:
Cada bajada de su cabeza era un estudio en sumisión, su nariz enterrándose en el vello áspero de su vientre mientras la garganta se abría para recibirlo. La lengua, plana y firme, se deslizaba por la vena prominente en su parte inferior, recogiendo el sabor salado que ya comenzaba a filtrarse.
—Mierda, esa boquita— gruñó el hombre, una mano enredándose en su pelo castaño rojizo, guiándola con más fuerza de la necesaria.
Astrid dejó escapar un gemido ahogado, la vibración haciendo que el camionero arqueara la espalda.
—Sí, así, putita— jadeó, los nudillos blancos al aferrarse al volante con una mano mientras la otra empujaba su cabeza hacia abajo.
El camión se desvió ligeramente en la carretera, pero ninguno de los dos prestó atención. Astrid se concentraba en el ritmo, en la forma en que su boca se llenaba, en los gruñidos guturales que escapaban del conductor. Sus propias manos, olvidadas hasta ahora, comenzaron a moverse: una se apretó entre sus muslos, encontrando el calor húmedo que la traicionaba, mientras la otra subió para jugar con los testículos pesados del hombre, haciéndolo gemir.
—Voy a…— comenzó el camionero, pero un bocinazo repentino lo hizo maldecir.
Un coche los adelantaba, el conductor visiblemente escandalizado al ver la escena a través de la ventana lateral.
—¡Que miren, puta!— rugió el camionero, ahora completamente fuera de control, empujando su cabeza hacia abajo con más fuerza.
Astrid obedeció, los ojos llorosos, la garganta ardiendo, pero sin detenerse. Sabía que esto no terminaría aquí. El extorsionador no se lo permitiría.
Y lo peor de todo era que, en algún lugar profundo y oscuro de su mente, ella tampoco quería que terminara.
El sabor espeso y salado llenó su boca cuando el camionero terminó, sus gruñidos ahogándose en el aire cargado de la cabina. Astrid tragó sin vacilar, los ojos entrecerrados, las mejillas aún hundidas por el esfuerzo.
—¿Te gusta mi sabor, putita?— preguntó el hombre, los dedos ásperos enredándose en su pelo para mantenerla cerca.
Ella asintió, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
—Sí— admitió, y esta vez no mintió. Había algo en la crudeza del acto, en la sumisión forzada pero placentera, que la hacía arder por dentro.
El camionero sonrió, satisfecho, y arrancó el vehículo de nuevo. El viaje continuó como si nada hubiera pasado. Astrid incluso le sirvió mate, sus dedos temblorosos pasándole el recipiente mientras la ruta se desplegaba ante ellos.
Pero a veinte kilómetros de la casa de sus padres, el camión se detuvo en una estación de servicio solitaria. El motor se apagó, y el silencio se hizo pesado.
—Es hora de que pagues el resto del viaje— anunció el camionero, su voz baja pero cargada de intención.
Antes de que Astrid pudiera responder, su mano ya estaba en su muslo, subiendo con descaro bajo la falda corta. Ella contuvo el aire, pero no se resistió. Había comenzado esto, y ahora sabía que no había vuelta atrás.
—Aquí… aquí no— murmuró, pero el hombre solo rió.
—Nadie nos ve, princesa— aseguró, mientras con un movimiento brusco le arrancaba la blusa, dejando al descubierto sus pechos pequeños pero firmes, los pezones ya erectos por la anticipación.
Astrid cerró los ojos cuando el short siguió el mismo camino, arrojado a algún rincón de la cabina. Ahora solo quedaban sus bragas negras, que el camionero apartó con un dedo antes de rasgarlas sin ceremonia.
—Ponte en cuatro— ordenó, dándole una palmada en la nalga que resonó en el espacio cerrado.
Ella obedeció, arrodillándose en el asiento, las manos apoyadas contra el vidrio empañado. El aire frío de la cabina le erizó la piel, pero el calor entre sus piernas era imposible de ignorar.
El camionero no tardó en posicionarse detrás de ella, sus manos agarrando sus caderas con fuerza mientras se alineaba.
—Mírate— gruñó, señalando el espejo retrovisor donde Astrid podía ver su propio reflejo: despeinada, desnuda, los labios entreabiertos y los ojos brillantes de excitación.
Ella apenas tuvo tiempo de procesar la imagen antes de que él entrara en ella de un solo empujón, llenándola por completo. Un gemido escapó de sus labios, ahogado por el sonido del camión al mecerse bajo su peso combinado.
Fue entonces cuando, a través del vidrio sucio, Astrid vio el destello de una lente en un auto estacionado a pocos metros.
Alguien los estaba filmando.
Cada embestida del camionero la empujaba contra el asiento de cuero gastado, sus nalgas palmeándose contra sus muslos con un sonido húmedo que llenaba la cabina. Astrid gimió, las manos aferradas al respaldo del asiento, los nudillos blancos de la fuerza con que se sujetaba.
—Así, así…— jadeó, arqueando la espalda para recibirlo más profundo.
El camionero gruñó, sus manos grandes agarrando sus caderas con fuerza, marcándola con sus dedos.
—Qué puta más buena— escupió, los labios torcidos en una sonrisa burlona—. Te encanta que te traten como la zorra que eres, ¿verdad?
Astrid no respondió con palabras, pero el movimiento frenético de sus caderas era respuesta suficiente. Nunca nadie la había hablado así, nunca nadie la había usado con tanta crudeza, y para su vergüenza, nunca había estado tan excitada.
El aire olía a sexo y sudor, mezclado con el diesel del camión. El hombre aumentó el ritmo, sus gruñidos volviéndose más guturales, más urgentes.
—Voy a llenarte, putita— advirtió, y Astrid sólo pudo gemir en respuesta.
Cuando llegó, fue con un rugido, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de ella en pulsos calientes que la hicieron estremecer. Astrid lo sintió todo, cada gota, cada temblor de su cuerpo contra el suyo.
El silencio que siguió sólo fue roto por su respiración agitada. El camionero se apartó, arrojándole una mirada de satisfacción mientras se ajustaba el pantalón.
—El resto del viaje lo haces así— ordenó, señalando su desnudez con un gesto despectivo.
Astrid no protestó. Se acomodó en el asiento, sintiendo cómo su propio deseo se mezclaba con el de él, escurriéndole por los muslos. El camión arrancó de nuevo, y ella se dejó mecer por el movimiento, demasiado perdida en sus propias sensaciones como para sentir vergüenza.
Cuando finalmente llegaron a las afueras de la casa de sus padres, el camionero detuvo el vehículo.
—Bájate— dijo simplemente, recogiendo sus prendas del suelo y arrojándolas a sus pies.
Astrid lo miró, los ojos brillantes, el cuerpo todavía palpitante.
—Gracias por el viaje— murmuró, sin poder creer las palabras que salían de su boca.
El hombre se rió, un sonido áspero y carente de humor.
—No vuelvas a hacer dedo, putita. La próxima vez no te dejaré ir tan fácil.
Astrid bajó del camión, el aire fresco de la tarde rozando su piel desnuda. Se vistió rápidamente, las manos temblorosas, demasiado concentrada en cubrirse como para notar el auto estacionado a lo lejos, la lente de una cámara apuntando directamente a ella.
Comenzó a caminar hacia la casa de sus padres, las piernas todavía débiles, la mente nublada. Fue entonces cuando su teléfono vibró.
Un mensaje.
"Bien hecho. Si este fin de semana obedeces, ya no sabrás más de mí."
Astrid contuvo el aire, los ojos fijos en la pantalla. ¿Era esto realmente el final? ¿O sólo el comienzo de algo peor?
No tuvo tiempo de pensarlo más. La puerta de la casa de sus padres se abrió, y la voz cálida de su madre la llamó desde el interior.
—¡Astrid! ¡Qué sorpresa!
Ella escondió el teléfono, forzando una sonrisa.
—Hola, mamá— dijo, mientras el auto a lo lejos encendía su motor y se alejaba en silencio.
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