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Otra noche con las wachiturras.

Estaba en la oficina, revisando unos números del balance, cuando el celular empezó a vibrar. Número desconocido. Atendí sin ganas.
—¿Hola?
—¿Qué hacés, boludo? —voz de mina, nasal, beboteando de una forma que me hizo fruncir el ceño de inmediato.
—¿Quién habla?
—Soy July, boludo. ¿No te acordás de mí?
Me quedé un segundo en silencio. Miré alrededor. El jefe estaba a dos metros. Bajé la voz.
—¿Cómo carajo conseguiste mi número?
—Me lo diste vos, gil. Esa noche. Me lo anotaste en un papelito y todo. ¿O te olvidaste de todo lo que hicimos?
—Yo no te di ningún número —mentí, aunque la verdad es que no me acordaba de una mierda. Estaba tan pasado de rosca esa madrugada que podía haber firmado la venta de un riñón.
—No me jodás. Me lo diste. Y ahora quiero verte. Vení a casa esta noche.
—No. No quiero.
—¿Cómo que no querés? Después de lo que te hicimos. ¿Te olvidaste cómo te chupamos la pija las dos juntas? ¿Cómo te cabalgué mientras Jenny te sentaba la concha en la cara?
Bajé todavía más la voz. Sentí que se me empezaba a poner dura adentro del pantalón. El hijo de puta del cuerpo no colaboraba.
—Dejá de hablar de eso. Estoy en el laburo.
—¿Y qué? Yo te estoy recordando. Te acordás cuando te metí la pija hasta el fondo de la garganta y te corriste medio litro. O cuando te rompí el orto a Jenny y después te la hice chupar. Qué asco me dio, pero lo hice igual. ¿Te gustó, no? ¿Te gustó cuando te dije “ahora rompele el orto como me lo rompiste a mí”?
Me agarré el borde del escritorio. Estaba empezando a sudar. La voz de ella, ese tono villero, beboteado, me estaba calentando más de lo que quería admitir.
—Callate un toque… no puedo hablar de eso acá.
—¿Por qué? ¿Te está dando vergüenza? A mí no. Yo me acuerdo de todo. Me acuerdo de cómo me gritabas “más, toma más” mientras me reventabas el culo. Y de cómo Jenny se reía cuando me la metía yo también. ¿Querés que te diga más? ¿Querés que te cuente cómo me sabía la leche cuando se la escupí en la cara a ella?
—July… —susurré, casi sin aire.
—Dale, no te hagas el difícil. Vení esta noche al Mambo. El mismo boliche. Estamos con Jenny. Si no venís, te mando un audio a todos tus contactos contando lo que te hicimos.
Me mordí el labio. Estaba duro como una piedra. Odiaba que me tuviera así.
—Está bien. Voy. Pero no jodas más por teléfono.
—Bien. Te esperamos. Y vení con ganas, porque esta vez no te vamos a dejar ir tan fácil.
Cortó.
Me quedé mirando la pantalla. El pantalón me apretaba. Tuve que levantarme y ir al baño a acomodarme. Pelotudo de mí.

A la noche llegué al Mambo. El mismo lugar de mierda, la misma música de porquería, los mismos pibes con gorrita mirando de reojo. Las encontré enseguida. Jenny con el pelo teñido recogido y un top que le dejaba las tetas casi afuera. July con una pollera corta de jean y una remera negra ajustada. Las dos ya iban medias prendidas.
Cuando me vieron, se rieron.
—Miralo al chetito —dijo Jenny, beboteando—. Vino igual.
July se me acercó, me agarró de la remera y me plantó un beso con lengua ahí nomás, en medio de la pista. Jenny se pegó por atrás y me agarró el culo.


Otra noche con las wachiturras.

Varios tipos nos miraban mal. Uno hasta se acercó un poco, con cara de “qué hace este pajero con nuestras minas”. Las dos se dieron cuenta y se cagaron de risa.
—¿Qué mirás, negro? —le gritó July al más cerca—. ¿Querés que te chupe la pija también o qué?
El tipo se dio vuelta y se fue. Jenny se reía tanto que casi se cae.
Bailamos un rato. Ellas se trenzaban entre ellas, se tocaban las tetas, se metían la lengua. Yo en el medio, con la verga dura otra vez, mientras me miraban de costado como si fuera un bicho raro. Cada tanto July me agarraba la mano y me la ponía en su culo.
—¿Sentís? —me dijo al oído—. Todavía me duele de la otra noche.
Al rato se aburrieron del boliche.
—Vamos a lo de nosotras —dijo Jenny—. Hay merca y vino.
Salimos. El mismo pasillo estrecho, la misma casa de ladrillos a la vista. Entré y el olor a humedad y a porro viejo me pegó de lleno.
July sacó un tetra y un sobre de papel. Armó tres líneas sobre la mesa de formica. Aspiramos. El golpe me subió rápido. Jenny se sentó en mi regazo y empezó a besarme mientras July se sacaba la remera.
—Esta vez no te vamos a dejar dormir —dijo July, ya sin corpiño—. Esta vez te vamos a usar hasta que no des más.
Me bajaron el pantalón ahí nomás. Jenny se arrodilló y me metió la pija entera hasta la garganta, sin asco. July se subió a la mesa, se bajó la tanga y me abrió las piernas.
—Chupame, boludo. Como la otra vez.
Le chupé la concha mientras Jenny me mamaba. El gusto a ella, a sudor de baile y a jabón barato, me volvió loco. Le metí dos dedos y después tres. Gimió fuerte.
Después las puse a las dos en cuatro sobre el sillón roto. Me puse un forro y se la clavé a July de una. Dura. Hasta el fondo. Ella gritaba y Jenny le agarraba la cara y le metía la lengua.
—Más fuerte, hijo de puta —me pedía July—. Rompeme.
Le di con todo. Le cacheteé el culo hasta dejarlo marcado. Jenny se puso abajo y le chupaba el clítoris mientras yo la cogía. Cuando sentí que July se venía, se la saqué y se la metí a Jenny sin avisar. Ella gritó y se rió al mismo tiempo.
Después de un rato nos tiramos al piso. Nos sentamos contra la pared, tomando vino del pico, fumando un pucho que armó Jenny. El cuerpo todavía me temblaba.
—La otra noche te fuiste como un cagón —dijo July, medio riendo—. Esta vez te vas a quedar hasta que digamos nosotras.
—No digas pelotudeces —contesté, pero ya me estaba empezando a parar de nuevo.
Jenny se rió y me agarró la pija con la mano llena de saliva.
—Mirá cómo se pone. Le gusta cuando lo putearnos.
Pasó un rato más de charla boluda, de ellas contándome boludeces del barrio, de cómo casi se pelean con unas minas en el baño del boliche. Después July se levantó, me agarró de la mano y me llevó a la pieza.
La cama era un colchón en el piso. Me tiraron arriba. Se sacaron todo. July se sentó en mi cara y Jenny me cabalgó. Me asfixiaba con el culo de una mientras la otra me reventaba la verga. Después cambiaron. Le chupé el culo a las dos. Le metí los dedos a Jenny hasta que me pidió que se los saque. A July le di por el orto otra vez, más lento al principio, después a lo loco. Gritaba y se reía al mismo tiempo.
En un momento paramos otra vez. Nos tiramos de costado, sudados, oliendo a sexo y a merca. Jenny me prendió un cigarrillo y me lo pasó. July me acariciaba el pecho con las uñas.
—¿Te gusta vernos así? —preguntó ella, casi en un susurro beboteado—. ¿Te gusta que seamos unas putas?
No contesté. Solo las miré. Ya no había vuelta atrás.
Después me subieron de nuevo. Me pusieron un forro fresco. Jenny se acostó boca arriba, July se le subió encima, culo con culo, y yo se las cogía alternando. Culo, concha, culo, concha. Las dos se tocaban entre ellas. Jenny le escupía en la boca a July y ella se la tragaba. Cuando me vine, se la saqué y me corrí en la cara de las dos. Se restregaron la leche y se besaron.
Nos quedamos un rato tirados. El sol ya empezaba a filtrarse por la ventana rota. Jenny se levantó, trajo más vino y otra línea. Aspiramos. El cuerpo me pesaba, pero la verga ya se estaba despertando otra vez.
July se dio cuenta y se rió.
—Mirá al chetito. Todavía quiere más.
Me miró a los ojos, se chupó dos dedos y se los metió en el culo.
—Entonces vení y usanos otra vez.
Y volví a hacerlo.

1 comentarios - Otra noche con las wachiturras.

metalchono +1
Esa es una noche loca... pero buena.
RosoUno
Muy loca ajjajaja. No me ha gustado el resultado pero creo que se puede leer.