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Mi fetiche 2

Ahora les voy a contar otro capítulo de mi gusto culposo
Avían pasado ocho meses desde el desastre con Esteban. Aunque Mateo cree que ha recuperado el control de la relación, lo único que hizo fue construir una jaula de paranoia. Seguimos viviendo en apartamentos separados; él dice que es para "darnos aire", pero la realidad es que usa la distancia para vigilarme. Mateo se convirtió en un inspector enfermizo: me pide ubicación a cada rato, cuestiona mis horarios y revisa quién me da like. Esa asfixia constante no me frenó; al contrario, alimentó en mí una sed brutal de romper las reglas otra vez. Pero esta vez tenía que ser cautelosa. Le tenía pánico a un segundo error.

Felipe no era el típico adonis, pero tenía la masculinidad pesada y tranquila que a Mateo le faltaba. Era su compañero de turno en la empresa. Todo empezó el martes que a Mateo se le quedó la carpeta con los documentos clave para la junta. Se los llevé a la oficina y Felipe bajó a la recepción a recibirlos. Fue un cruce de miradas de cinco segundos, pero bastó para tomarle la medida. Esa misma noche, Mateo llegó a mi apartamento eufórico, celebrando el éxito del proyecto.
MATEO: (Abrazándome por la cintura mientras me servía una copa de vino) Amor, me salvaste la vida con esa carpeta. Con Felipe hicimos una presentación increíble. La junta nos aprobó todo y ahora vamos a trabajar mano a mano durante meses... Nos va a tocar meternos unos turnos nocturnos larguísimos, pero vale la pena.
CAMILA: (Sonriendo con devoción falsa mientras le acariciaba el cuello) Qué orgullo, mi amor... ¿Y qué tal es ese Felipe? Se ve como tan serio... ¿Sí es de fiar para trabajar juntos?
MATEO: (Riendo, totalmente confiado) Es un crack, super enfocado. Te digo que con él al lado ese proyecto sale porque sale.
Esa misma noche, mientras Mateo dormía rendido a mi lado tras la celebración, puse en marcha la cacería. Con el corazón latiéndome a mil por la adrenalina, le tomé el celular de la mesa de noche, usé su huella para desbloquearlo, busqué el contacto de Felipe y me pasé el número a mi teléfono. Borré el registro y volví a acostarme a su lado, sintiendo el triunfo antes de empezar.
Al día siguiente le escribí directo al WhatsApp.
«Hola Felipe, soy Camila. Le saqué tu número a Mateo de su cel sin que supiera porque quería saber si sí les sirvieron los papeles... Mateo no para de decir que eres un crack en el trabajo.» «Hola Camila. Uy sí, nos salvaste ayer, mil gracias. Qué pena no haber charlado más abajo.» «Tranquilo... aunque me quedaste debiendo el café por habértela llevado hasta allá. Me pareció que en persona te ves mucho más interesante de lo que Mateo me había contado...»
El anzuelo estaba lanzado. Felipe, picado por la propuesta descarada de la mujer de su colega, aceptó verse conmigo esa misma tarde en una cafetería apartada. Nos sentamos en el fondo. La química fue inmediata y sin rodeos.
CAMILA: (Inclinándome sobre la mesa, mirándolo directo a los ojos) Te ves mucho más despejado aquí que en la oficina, Felipe... Se nota que Mateo te tiene matándote con esos reportes.
FELIPE: (Riendo con una mezcla de morbo y cautela) Bueno, el proyecto exige bastante. Pero me sorprendió tu mensaje, Camila. Si Mateo se entera de que su novia me citó a solas, le da un infarto.
CAMILA: (Estirando la mano hasta tocarle los nudillos por encima de la mesa) Mateo vive preocupado por fantasmas que no existen. Tú y yo somos adultos, Felipe. Si vas a ser el compañero con el que mi novio pasa la mitad de su vida en esa empresa, a mí me interesa saber con qué clase de hombre estoy tratando... a fondo.
Salimos de la cafetería y nos fuimos directo a su carro, parqueado en un rincón oscuro del piso subterráneo. No llegamos al apartamento; la urgencia nos rebasó ahí mismo. En el asiento del copiloto, Felipe me jaló hacia él y nos enfrascamos en un beso . Le desabroché el pantalón con desesperación, me pasé sobre su regazo sintiendo el palanca de cambios enterrársele en la espalda y me le encaramé encima. El sexo en el carro fue incómodo, caliente y salvaje. ¡PLAK, PLAK, PLAK! Las ventanas se empañaron en minutos mientras él me agarraba duro de la cadera contra el volante.
Mi fetiche 2

FELIPE: (Jadeando en mi cuello, embistiéndome con fuerza) ¡Mierda, Camila!... ¡Estás loca!... ¡Si Mateo supiera dónde estoy metido!
CAMILA: (Gimiendo en su oído, sofocando el ruido) ¡Cállate y dame duro!... ¡Que para esto es que sirves!
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Lo dejé viciado esa tarde, frenándolo justo cuando quería repetir para asegurarme de que quedara pidiendo más.
A partir de ahí, se convirtió en una rutina de varias semanas. Aprovechábamos cualquier grieta en la agenda de Mateo. Cada vez que a mi novio le tocaba turno nocturno en la oficina, Felipe fingía un dolor de cabeza a mitad de la noche, salía temprano y se iba a meter a mi apartamento. Lo hicimos en la ducha con el agua hirviendo
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y lo hicimos en mi cama.
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El descaro llegó a su punto máximo una noche en que Mateo me llamó al celular a medianoche desde la oficina. Yo estaba bocabajo en la cama, con Felipe metiéndomela por detrás con un ritmo pausado pero profundo (¡PLOC, PLOC, PLOC!). Contesté el teléfono intentando modular la voz mientras sentía cada estocada en las entrañas.
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Mi fetiche 2

CAMILA: (Hablando agitada, apretando las sábanas para no gritar) ¿Ho-hola, mi amor?... ¿Cómo va el turno?
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MATEO: (Al otro lado de la línea, con voz cansada) Aquí matándome con los reportes, mi vida... Te llamaba para ver si ya estabas durmiendo. Te extraño mucho.
CAMILA: (Tragando saliva, gimiendo entre dientes mientras Felipe me daba un apretón en la nalga) Mmmh... sí, mi amor... estaba descansando... Cuídate mucho en el trabajo, ¿sí?... Mañana hablamos.
Colgué y me solté a reír en la almohada mientras Felipe soltaba un rugido y se venía dentro de mí. Esa sensación de invencibilidad, de tener a Mateo engañado mientras me hablaba de amor, me daba un orgasmo psicológico mil veces más fuerte que el físico.
Pero la confianza ciega es la que te hace cometer el peor error.
Eran las dos de la mañana de un jueves. Se semanas coronando sin problemas me habían vuelto descuidada. Mateo me había dicho que se quedaría hasta las seis haciendo inventario, pero hubo un apagón grave en el sector de la empresa y el jefe mandó a todos a casa. Mateo, queriendo darme una sorpresa romántica, no me escribió. Usó su copia de la llave y abrió la puerta de mi apartamento en absoluto silencio.
Pero no me encontró dormida.
Me encontró sobre la mesa del comedor, en cuatro patas, con Felipe embistiéndome sin piedad. El chasis de la mesa rechinaba con cada golpe y el sonido de nuestras pieles chocando retumbaba en la sala: ¡PLOK, PLOK, PLOK! ¡PLAF, PLAF!
CAMILA: (Con las manos agarradas del borde de la madera, ahogando los gemidos) ¡Eso, Felipe!... ¡Mmmh!... ¡Sigue así!... ¡Dame duro antes de que amanezca! Romperme el culo
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El sonido del manojo de llaves cayendo al suelo rompió la escena.
Alzar la vista y ver a Mateo parado en el marco de la puerta me heló la sangre. El pulso se me disparó a mil; sentí un vacío helado en el estómago y el pánico real me paralizó la garganta. Mierda, esta vez sí la cagué. Esta vez sí me va a dejar. Felipe reaccionó como un animal acorralado: se salió de un tirón (¡CHLAK!), se subió el cierre a las patadas tropezando con las sillas de la mesa y se voló por la puerta abierta sin mirar atrás, dejando a Mateo paralizado en la entrada.
Mateo no lloró de inmediato. Estaba pálido, hiperventilando, con una mezcla de rabia y asco que nunca le había visto. Se agarraba la cabeza con las manos, temblando de la cabeza a los pies.
MATEO: (Con la voz ahogada por la furia, señalando la mesa) ¡En el comedor, Camila!... ¡Con Felipe!... ¡El tipo que me dio la mano hace tres horas en la oficina! ¡Eres una perra!... ¡Me arruinaste la vida!
Veía a Mateo a punto de estallar, amagando con tirar las cosas de la mesa. El miedo me quemaba el pecho, pero mi instinto de supervivencia activó mi versión más oscura. No podía arrastrarme a pedir perdón; si lo hacía, lo perdía para siempre. Tenía que darle la vuelta a la tortilla en caliente.
Me levanté sin taparme, dejando que me viera descaradamente desnuda, y me le fui encima acorralándolo contra la pared con una furia fría y calculadora.
CAMILA: (Gritándole a milímetros de su cara, con los ojos inyectados en rabia) ¡A mí no me gritas, Mateo! ¿Quieres saber por qué pasó esto? ¡Mira tu celular! ¡Llevas ocho meses volviéndome loca! ¡Ocho meses persiguiéndome, revisándome el bolso, tratándome como a una puta barata cuando yo estaba encerrada aquí esperándote! ¡Me enfermaste con tus putos celos!
MATEO: (Intentando empujarme, con los ojos rojos de la rabia) ¡No me vengas con eso! ¡Te vi metida con mi compañero de trabajo!
CAMILA: (Tomándolo del cuello con fuerza, clavándole las uñas con una mirada letal) ¡Tú me empujaste a esto, Mateo! ¡Tanto me repetiste que te iba a ser infiel, tanto me asfixiaste tratándome como si fuera lo peor, que terminaste haciéndome buscar a alguien que me tratara como a una mujer y no como a una sospechosa! ¡Tú creaste esto con tu maldita paranoia! ¡Si Felipe me tocó hoy, fue porque tú llevas meses destruyéndome la cabeza!
Mateo se congeló. La acusación fue un golpe directo a su propia culpa. Vi la duda cruzar por sus ojos: el recuerdo de sus ocho meses de acoso y celos enfermizos chocó contra la escena del comedor. El veneno hizo efecto. Su postura rígida se quebró y la rabia se transformó en un colapso de confusión absoluta.
Se dejó caer de espaldas contra la pared, deslizándose hasta el suelo mientras se tapaba la cara con las manos, respirando a bocanadas entre el asco y la culpa.
MATEO: (Con la voz hecha pedazos, llorando con rabia impotente) ¡Yo solo quería cuidarte!... ¡Por qué me haces sentir que todo es mi culpa, Camila!... ¡Por qué me haces esto!
Me arrodillé despacio a su lado. Le pasé un brazo por el hombro, pegando mi cuerpo desnudo al suyo, sintiendo cómo se estremecía al contacto de la misma piel que hace diez minutos estaba con su compañero.
CAMILA: (Susurrándole al oído con una dulzura venenosa) Porque si de verdad quieres cuidarme, Mateo, tienes que dejar de perseguirme como un policía y empezar a actuar como un hombre. No estoy justificando a Felipe... pero si quieres salvarnos, vas a tener que pedirme perdón por haberme empujado hasta este límite.
Mateo no respondió con palabras. Estaba destruido mentalmente. En lugar de empujarme, escondió la cara en mi cuello desnudo, llorando con la desesperación de un hombre que prefiere aceptar la culpa antes que aceptar que la mujer que ama es un monstruo. Le acaricié el pelo en silencio, sintiendo la textura de su derrota. El peligro había pasado, y mi control sobre él era más absoluto que nunca.

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