
Capítulo 2
La primera sesión
Entramos a la casa sin decir nada. Laura se sentó en el sillón de la sala, todavía con la cartera sobre las piernas, y yo me quedé de pie un momento antes de sentarme junto a ella.
—¿Tú qué crees? —volvió a preguntar, la misma pregunta del auto, la que no había sabido responder entonces.
—Creo que no —dije, y esta vez la voz me salió firme, casi dura—. Laura, ese hombre nos está proponiendo... no sé ni cómo llamarlo. No. No puedo. No podría vivir con eso.
Ella asintió despacio, sin discutir, y me tomó la mano, entrelazando los dedos con los míos como hacía siempre que notaba que algo me pesaba de verdad.
—Está bien —dijo, acercándose un poco más en el sillón, apoyando la cabeza en mi hombro—. Ya encontraremos otra manera. Siempre encontramos otra manera, tú y yo.
—Perdón por no poder darte esto de una forma más simple —le dije, besándole la frente sin pensarlo demasiado.
—No tienes nada que pedir perdón, Marco. Lo que tenemos ya es más de lo que mucha gente consigue en toda una vida. Un hijo sería hermoso, pero no es lo único que me hace feliz.
Nos quedamos así un rato largo, en silencio, simplemente abrazados en el sillón, sin necesidad de decir nada más.
Esa noche dormimos abrazados, y por un par de días el tema no volvió a salir. La rabia que había sentido en el consultorio se fue apagando de a poco, como se apaga todo con el tiempo, y en su lugar empezó a instalarse algo distinto: una calma incómoda desde la que la propuesta del doctor, en lugar de desaparecer, empezaba a asomar de nuevo, más silenciosa, más razonable de lo que debería haber sido.
Me sorprendí a mí mismo, tres días después, mientras manejaba de vuelta del trabajo, imaginando cosas que no debería estar imaginando todavía: un niño con la mochila puesta, tomado de mi mano camino a la escuela; ese mismo niño riéndose mientras yo lo perseguía por el patio que Laura había sembrado hacía tres años. Era una idea absurda, me dije, adelantarme tanto a algo que ni siquiera habíamos decidido. Pero la idea no se iba. ¿Era la mejor opción? Ahorraríamos el dinero que tanto nos costaba juntar, y una vez que tuviéramos a nuestro hijo en brazos, pensé, ¿no terminaríamos olvidando todo lo demás, el cómo, para quedarnos solo con el qué?
Quizás, solo quizás, deberíamos escuchar mejor la oferta del doctor Hugo, pensé, y me odié un poco por pensarlo.
Al día siguiente, en la cena, no aguanté más y saqué el tema.
—¿Qué opinas tú, de verdad? —le pregunté a Laura, mirándola fijo—. No lo que crees que quiero escuchar. Lo que de verdad sientes.
Ella se quedó pensando un momento, jugando con el tenedor sobre el plato.
—Mi deseo de ser mamá sigue ahí, Marco. No se ha ido y no creo que se vaya. Pero lo que más me importa eres tú. Si tú no estás cómodo con esto, si te va a doler, entonces no vale la pena, y buscamos otra forma, aunque nos tome más tiempo.
Estiré la mano por encima de la mesa y tomé la suya.
—Te amo, ¿sabes? —le dije—. Y a veces siento que no te lo digo lo suficiente en medio de todo esto.
—Lo sé —sonrió ella, apretándome los dedos—. Y yo a ti. Por eso mismo no quiero que tomes una decisión que después te haga daño, solo por verme feliz a mí.
—Quizás la verdadera forma de cuidarte es dejar de tenerle tanto miedo a esto —le dije, más para mí mismo que para ella.
Fue esa respuesta suya, esa forma de ponerme a mí antes que a su propio deseo, lo que terminó de moverme.
—Quizás deberíamos escuchar con más calma la propuesta del doctor —dije despacio, sorprendido de mi propia voz—. La última vez nos fuimos sin dejarlo explicar bien de qué se trataba. Solo... escuchar. No decidir nada todavía.
Laura me miró un momento, buscando algo en mi cara, y después asintió.
—Volvamos entonces. Solo a escuchar.
Una sonrisa leve, casi tímida, se nos dibujó a los dos al mismo tiempo, como si con solo decidir escuchar ya hubiéramos aligerado algo del peso que cargábamos desde hacía meses.
Llamamos al consultorio al día siguiente y conseguimos una cita para esa misma tarde. Mientras se acercaba la hora, las dudas volvieron a mí con fuerza. ¿Estaba bien esto? ¿Estaba realmente dispuesto a escuchar una propuesta que apenas unos días atrás me había parecido inaceptable?
El doctor Hugo nos recibió con la misma amabilidad de siempre, aunque noté algo distinto en su mirada, como si ya supiera de antemano por qué habíamos vuelto.
—Veo que lo pensaron mejor —dijo, invitándonos a sentarnos.
—Sí —contesté, con la garganta un poco seca—. Estuvimos hablando, mi esposa y yo, y queremos más información sobre ese método que mencionó.
El doctor asintió, y con un tono cuidado, casi clínico, empezó a explicar.
—Es una inseminación casera, supervisada. Usamos una muestra del banco, la misma que ya conocen del procedimiento anterior, pero la aplicamos de forma más directa, sin el protocolo completo de la clínica. Un entorno controlado, respetando las condiciones de temperatura y tiempo que el semen necesita para mantener su viabilidad. Yo me encargaría personalmente de la aplicación. El costo se reduce de forma importante, porque eliminamos gran parte de los gastos de laboratorio y de quirófano.
Laura y yo nos miramos. Dicho así, con esas palabras, con ese tono profesional, no sonaba tan grave como lo habíamos imaginado en nuestras cabezas durante esos días.
—De hecho —agregó el doctor, mirando el reloj sobre su escritorio—, ustedes son mis últimos pacientes de hoy. Si quieren, podríamos intentarlo ahora mismo, así evitamos que tengan que volver otro día y gastar en una consulta extra. Tómense un momento para hablarlo, yo los espero afuera.
Salió del consultorio y nos dejó solos. El silencio que siguió fue distinto al del auto días atrás: más tranquilo, más pensado.
—¿Estás dispuesto? —me preguntó Laura, con la voz baja.
Me quedé mirando la puerta cerrada. En la cabeza se me amontonaron las mismas imágenes de los últimos días: el niño con la mochila, el patio, Laura riendo con un bebé en brazos. Y detrás de todo eso, el miedo. Miedo a arrepentirme, miedo a que esto cambiara algo entre nosotros de forma irreversible, miedo a no ser capaz de soportarlo cuando realmente empezara a pasar.
Tragué saliva.
Si me detenía demasiado, sabía que iba a decir que no. Y no quería volver a casa con las manos vacías otra vez.
—Sí —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Hagámoslo.
Cuando el doctor volvió, se lo confirmamos. Él asintió, pero antes de continuar, su expresión se puso seria, y bajó la voz a un tono más íntimo del que había usado hasta entonces.
—Quiero que entiendan algo, antes de seguir. Esto puede ser peligroso, aunque no lo parezca. Este tipo de procedimientos están fuera de todo protocolo legal, y si alguien llegara a enterarse, yo sería quien pondría en riesgo mi licencia, mi carrera entera. Así que tengo condiciones. Deben ser absolutamente discretos, nadie puede saber esto, ni siquiera mi propia recepcionista. Por eso las sesiones serán siempre en la tarde-noche, cuando ya no quede nadie más en la clínica. —Hizo una pausa, y clavó la mirada en Laura un segundo más de lo que me pareció necesario—. Marco, tú puedes estar presente durante el procedimiento, si es que no confías del todo en lo que pueda pasar.
La idea de estar ahí, presente, viéndolo todo, me pareció al principio imposible de aceptar. Miré a Laura, buscando alguna señal.
—Preferiría que te quedes —me dijo ella—. Me sentiría más segura contigo ahí.
—Bien —dijo el doctor, ya de pie—. Mi recepcionista está por terminar su turno. Denme un momento.
Salió a despedirse de ella, y unos minutos después volvió, cerrando la puerta del consultorio detrás de él con un movimiento tranquilo, casi ensayado.
—Laura, relájate —dijo, señalando la camilla—. Puedes ir quitándote la ropa de la cintura para abajo.
Laura me miró un instante. Había algo en sus ojos que no supe leer del todo: nervios, determinación, y una especie de pregunta silenciosa dirigida solo a mí. Después asintió apenas y empezó.

Se quitó primero el abrigo ligero y me lo entregó. Lo recibí sin decir nada, notando que sus dedos temblaban un poco al soltar la tela. Debajo llevaba una blusa sencilla y un pantalón de jean que le marcaba las caderas. Se sacó los tacones negros, los dejó a un lado de la camilla, y con las manos todavía inseguras desabrochó el botón del pantalón. Bajó el cierre despacio. La tela se deslizó por sus muslos hasta los tobillos. Se sostuvo del borde de la camilla un segundo para no perder el equilibrio mientras se lo quitaba del todo.
La escena tenía algo de irreal. Ahí estaba yo, sentado en una silla al costado del consultorio, viendo a mi esposa desvestirse frente a otro hombre, y una parte de mí seguía esperando despertar de algo que se sentía demasiado extraño para ser real. Laura quedó de pie junto a la camilla, solo en ropa interior, cruzando los brazos por instinto un segundo antes de dejarlos caer de nuevo a los costados.
El doctor la observó con esa calma profesional que ya no se sentía del todo profesional.
—También debes quitarte eso.
Laura miró hacia abajo, hacia la fina tela negra que todavía la cubría, y después levantó los ojos hacia mí. Había nervios en esa mirada, y una pregunta clara.
Yo solo quería que terminara. Que fuera rápido. Tragué saliva y asentí con la cabeza. Un movimiento corto, casi rígido.
Laura bajó la vista. Sus manos fueron a la cintura, tomaron los costados de las bragas y empezaron a bajarlas. Despacio. La tela negra se deslizó por sus caderas, por la curva de sus muslos, hasta las rodillas. Se inclinó un poco para terminar de quitárselas y las dejó a un lado.
Nunca nadie más que yo la había visto así. Su vagina tenía un vello pubiano escaso y oscuro. La piel de su vientre bajo se contrajo apenas, como si intentara cubrirse por reflejo.
El doctor la observó unos segundos.
—Laura —dijo con tono calmado—, para el procedimiento es mejor retirar el vello. Así tengo una visión más clara del punto exacto donde debo depositar la muestra y el manejo es más cómodo. ¿Me permite?
Ella dudó un instante, mirándome de reojo, y después asintió.
—Sí… está bien.
El doctor se acercó a un cajón, sacó un tubo de crema y un rastrillo nuevo. Lo abrió frente a nosotros. Aplicó la crema con los dedos enguantados, extendiéndola con cuidado sobre el monte de Venus y alrededor de los labios.
Laura dio un pequeño respingo.
—Mmm… está un poco fría.
—Es normal —respondió él sin dejar de trabajar—. En unos segundos se adapta a la temperatura de la piel.
Esperó el tiempo necesario. Después, con el rastrillo, empezó a pasar la cuchilla en pasadas cortas y firmes. Yo no podía dejar de mirar. Cada movimiento de su mano sobre la piel de mi esposa me golpeaba el estómago. Quise decir algo, pero me obligué a quedarme quieto.
Cuando terminó, limpió el resto de crema con una gasa húmeda.
—Listo. Un momento.
Salió del consultorio.
El silencio que dejó atrás se sintió más espeso. Laura seguía sentada en el borde de la camilla, completamente expuesta de la cintura para abajo, con las manos apoyadas a los costados. Me miró y notó de inmediato la expresión que yo no estaba logrando disimular del todo..
—Hey… —dijo en voz baja, casi un susurro—. Ya falta poco.
No supe qué responder. Ella estiró una mano y tocó la mía, apenas con las yemas de los dedos.
—Sé que esto es raro. A mí también me lo parece. Pero… ya dimos el paso más difícil, ¿no? Ahora solo queda esto y después… después podemos empezar a pensar en ser padres de verdad.
Su voz temblaba un poco, pero había determinación detrás. Estaba intentando suavizarlo, protegiéndome a mí aunque fuera ella la que estaba desnuda bajo la luz fría del consultorio.
—No tienes que decir nada —agregó, apretándome los dedos con suavidad—. Solo… quédate. Eso me basta.
Asentí en silencio. No tenía palabras que no sonaran falsas en ese momento.
Pocos minutos después la puerta se abrió otra vez. El doctor regresó con una jeringuilla sin aguja en la mano.
—La muestra ya está preparada —explicó mientras se acercaba—. La saqué con anticipación para que alcanzara la temperatura corporal. El frío reduce la motilidad de los espermatozoides, así que es importante que esté tibia, cerca de los treinta y siete grados.
Se colocó entre las piernas de Laura. Con los dedos índice y pulgar abrió con suavidad sus labios mayores. El primer contacto hizo que el cuerpo de ella se tensara en un espasmo breve.
—Respira —le dijo el doctor—. Si estás tensa, el cuello del útero se cierra y la muestra no entra bien. Relájate.
Laura soltó el aire despacio. Él introdujo la punta de la jeringa con cuidado, empujándola un poco más profundo, y presionó el émbolo con pulso constante.
Cuando terminó, retiró la jeringa.
—Ahora voy a levantar tus piernas —explicó—. Voy a colocar tus pantorrillas sobre mis hombros para mantener las caderas elevadas. Es la forma más efectiva de que la muestra no se desplace hacia afuera. ¿De acuerdo?
—Está bien —contestó Laura, con la voz un poco baja.
El doctor tomó sus piernas por detrás de las rodillas, las levantó y las apoyó sobre sus hombros. La posición dejó a Laura completamente expuesta. Desde donde yo estaba se veía con demasiada claridad. Él tenía una visión directa, privilegiada, de todo. Aunque la explicación había sonado lógica, una parte de mí no podía dejar de pensar que estaba prolongando el momento más de lo necesario. Tragué saliva y aparté la mirada un segundo, solo para volver a clavar los ojos en ellos.
Se quedó así varios minutos, sosteniéndola, mientras el reloj de la pared avanzaba con lentitud.
Al final bajó las piernas de Laura con cuidado y la ayudó a incorporarse un poco.
—Puedes vestirte —dijo—. Vuelvan en catorce días para la prueba de embarazo. Antes de eso no tiene sentido hacerse nada. El resultado podría ser engañoso.
Laura asintió y se sentó en el borde de la camilla. Primero tomó las bragas negras. Las subió por las piernas con movimientos todavía un poco torpes, deteniéndose un segundo en las caderas antes de acomodarlas del todo. Después buscó el pantalón. Lo deslizó hacia arriba, abrochó el botón y subió el cierre despacio. Se inclinó para recoger los tacones, se los puso uno a uno y ajustó la tira del tobillo. Yo le alcancé el abrigo. Ella lo tomó, se lo puso y se abrochó los botones con dedos que todavía temblaban apenas. No me miró directamente mientras lo hacía.
El doctor se quitó los guantes y los tiró a la papelera.
—Por hoy es todo. Cualquier duda, me llaman.
Nos acompañó hasta la puerta del consultorio. El pasillo estaba vacío y en silencio.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el relato y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: www.patreon.com/FUEGOENLAPIEL
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