Los espero en mi loyal (https://www.loyalfans.com/lamona1)
Lo que empezó como una locura de un cumpleaños terminó convirtiéndose en la mejor rutina de mi vida. Si me hubieran dicho hace un año que me iba a volver una adicta a la verga gruesa de mi suegro, no me lo habría creído. Pero aquí estoy, chorreando la tanga solo de pensarlo. Me encanta Mateo, me encanta lo lindo y bobito que es para cuidarme, pero lo que me enloquece de verdad es la forma en que Don Gonzalo me agarra y me coge como si fuera su puta personal. Lo mejor de todo es que en esta casa ya nadie disimula. Nos quitamos las máscaras y nos dedicamos a gozar el vicio sin pena ni remordimientos.
Nuestra rutina se volvió un descaro delicioso. Cuando Mateo tiene que quedarse en la ciudad trabajando, Don Gonzalo me trepa a su camioneta y nos vamos solos a una finca. Esas escapadas son solo para darle gusto al cuerpo. Me acuerdo de una tarde en una piscina: el viejo me sacó del agua, me puso en cuatro patas sobre la baldosa caliente sin quitarme el bikini, me agarró del pelo y me encajó esa verga de un solo empujón por el culo.


DON GONZALO: (Agarrándome del cabello y tirando fuerte mientras me reventaba por detrás) ¡Aprete ese culo, nuerita, que hoy se lo voy a dejar abierto! ¡Sienta cómo se le mete la verga de su suegro!
CAMILA: (Enterrando la cara en los brazos, sintiendo el estiramiento violento y el sudor) ¡Ahhh, sí, suegrito, métamela toda! ¡Rómpame el culo sin compasión!... ¡Uff, qué rico, sí, más duro!
¡PLOC, PLOC, PLOC! ¡PLAF, PLAF!
El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas mojadas retumbaba en toda la finca. Me llenó el culo de leche hirviendo y me dejó ahí tirada, escurriendo y temblando, sintiéndome la mujer más perra y complacida del mundo.
Pero el punto más alto de este descaro fue el día de mi boda con Mateo. Pasaron treinta minutos de la hora fijada para la ceremonia y yo no aparecía en el altar. La gente afuera estaba en pánico, pero la razón era simple: en un cuartico pegado a la sacristía, Don Gonzalo me tenía alzada contra la pared. Me había subido el vestido blanco, me había hecho a un lado la tanga de encaje y me estaba reventando a estocadas salvajes mientras yo intentaba que los gemidos no se oyeran afuera.
DON GONZALO: (Jadeando en mi cuello, ahogándome los suspiros mientras me embestía con saña) Va a caminar al altar chorreando mi semen por dentro, perrita... Que le quede claro de quién es la mujer que mi hijo va a firmar hoy. ¡Mmmh, qué delicia de estrecha!

salí a la iglesia con las piernas temblando y la cara encendida, miré a Mateo en el altar. Él sabía perfectamente por qué me había demorado. Me miró con una sonrisa cínica, complacido de saber que su papá me había atendido y rellenado antes de entregármela.
Hoy en día, el morbo es nuestro diario vivir. Si Don Gonzalo llega al apartamento y yo estoy preparando algo en la cocina, me corre la tanga por detrás, me abre las piernas y me coge contra el mesón de granito. Mateo pasa por el lado, se sirve un trago y se sienta en el comedor a vernos disfrutar.

MATEO: (Con una sonrisa de lado mientras le sirve un whisky al viejo) Tómelo con calma, papá, no se me vaya a infartar... Atienda bien a mi mujer, que le encanta cómo le da usted.


CAMILA: (Gimiendo descaradamente mientras sentía la verga del viejo reventándome hasta el fondo) ¡Ahhh!... ¡Sí, mi amor!... ¡Tu papá me está dando como me gusta!... ¡Uff, sí, suegrito, métamela toda!... ¡Ahhh!
Ahora estoy sentada en la sala, tocándome la barriga abultada. Estoy embarazada, me siento más deseada y perra que nunca, y tengo a dos hombres encima consintiéndome la panza. Mateo me besa la frente, Don Gonzalo me mete la mano por debajo de la blusa para tocarme los senos y los tres nos miramos sabiendo la verdad: nadie tiene la menor idea de si el bebé que viene en camino es el hijo de Mateo o su hermano menor... y a ninguno de los tres nos importa un carajo. Vivimos felices en nuestra propia y perfecta perversión.
Lo que empezó como una locura de un cumpleaños terminó convirtiéndose en la mejor rutina de mi vida. Si me hubieran dicho hace un año que me iba a volver una adicta a la verga gruesa de mi suegro, no me lo habría creído. Pero aquí estoy, chorreando la tanga solo de pensarlo. Me encanta Mateo, me encanta lo lindo y bobito que es para cuidarme, pero lo que me enloquece de verdad es la forma en que Don Gonzalo me agarra y me coge como si fuera su puta personal. Lo mejor de todo es que en esta casa ya nadie disimula. Nos quitamos las máscaras y nos dedicamos a gozar el vicio sin pena ni remordimientos.
Nuestra rutina se volvió un descaro delicioso. Cuando Mateo tiene que quedarse en la ciudad trabajando, Don Gonzalo me trepa a su camioneta y nos vamos solos a una finca. Esas escapadas son solo para darle gusto al cuerpo. Me acuerdo de una tarde en una piscina: el viejo me sacó del agua, me puso en cuatro patas sobre la baldosa caliente sin quitarme el bikini, me agarró del pelo y me encajó esa verga de un solo empujón por el culo.


DON GONZALO: (Agarrándome del cabello y tirando fuerte mientras me reventaba por detrás) ¡Aprete ese culo, nuerita, que hoy se lo voy a dejar abierto! ¡Sienta cómo se le mete la verga de su suegro!
CAMILA: (Enterrando la cara en los brazos, sintiendo el estiramiento violento y el sudor) ¡Ahhh, sí, suegrito, métamela toda! ¡Rómpame el culo sin compasión!... ¡Uff, qué rico, sí, más duro!
¡PLOC, PLOC, PLOC! ¡PLAF, PLAF!
El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas mojadas retumbaba en toda la finca. Me llenó el culo de leche hirviendo y me dejó ahí tirada, escurriendo y temblando, sintiéndome la mujer más perra y complacida del mundo.
Pero el punto más alto de este descaro fue el día de mi boda con Mateo. Pasaron treinta minutos de la hora fijada para la ceremonia y yo no aparecía en el altar. La gente afuera estaba en pánico, pero la razón era simple: en un cuartico pegado a la sacristía, Don Gonzalo me tenía alzada contra la pared. Me había subido el vestido blanco, me había hecho a un lado la tanga de encaje y me estaba reventando a estocadas salvajes mientras yo intentaba que los gemidos no se oyeran afuera.
DON GONZALO: (Jadeando en mi cuello, ahogándome los suspiros mientras me embestía con saña) Va a caminar al altar chorreando mi semen por dentro, perrita... Que le quede claro de quién es la mujer que mi hijo va a firmar hoy. ¡Mmmh, qué delicia de estrecha!

salí a la iglesia con las piernas temblando y la cara encendida, miré a Mateo en el altar. Él sabía perfectamente por qué me había demorado. Me miró con una sonrisa cínica, complacido de saber que su papá me había atendido y rellenado antes de entregármela.
Hoy en día, el morbo es nuestro diario vivir. Si Don Gonzalo llega al apartamento y yo estoy preparando algo en la cocina, me corre la tanga por detrás, me abre las piernas y me coge contra el mesón de granito. Mateo pasa por el lado, se sirve un trago y se sienta en el comedor a vernos disfrutar.

MATEO: (Con una sonrisa de lado mientras le sirve un whisky al viejo) Tómelo con calma, papá, no se me vaya a infartar... Atienda bien a mi mujer, que le encanta cómo le da usted.


CAMILA: (Gimiendo descaradamente mientras sentía la verga del viejo reventándome hasta el fondo) ¡Ahhh!... ¡Sí, mi amor!... ¡Tu papá me está dando como me gusta!... ¡Uff, sí, suegrito, métamela toda!... ¡Ahhh!
Ahora estoy sentada en la sala, tocándome la barriga abultada. Estoy embarazada, me siento más deseada y perra que nunca, y tengo a dos hombres encima consintiéndome la panza. Mateo me besa la frente, Don Gonzalo me mete la mano por debajo de la blusa para tocarme los senos y los tres nos miramos sabiendo la verdad: nadie tiene la menor idea de si el bebé que viene en camino es el hijo de Mateo o su hermano menor... y a ninguno de los tres nos importa un carajo. Vivimos felices en nuestra propia y perfecta perversión.
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