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Casi me cacha mi esposo en plena cogida 2

Recuerdo una tarde que mi esposo se fue de turno largo. Steven llegó y ni bien cerré la puerta, ya me tenía contra la pared del pasillo. Me subía las piernas, y me embestía con una furia que me dejaba sin aliento, mientras mi hijo estaba en su recamara a pocos metros de dónde me estaban acomodando la matriz. Ver su cuerpo sudado, con los músculos tensos y esas venas saltadas de sus brazos brillando en mi propia sala, era una imagen que no se me borraba de la mente, me excita a hacerlo en mi casa.

Me dejaba siempre con las piernas temblando, bañada en un sudor compartido que olía a pura testosterona y deseo prohibido. Cuando terminaba de darme, yo me quedaba tirada en mi cama o en la sala, sintiendo mi vagina ardiendo y palpitando, dándome cuenta de que ese muchacho de 24 me estaba dando la vida sexual que tanto anhelaba.
Con el pasar de las semanas, la confianza y la calentura con Steven se volvieron una locura. Ya no solo eran las cogidas brutales; empezamos a explorar cada rincón de nuestros cuerpos sin una pizca de pena. Recuerdo las tardes en mi cama donde me entregaba a él por completo. Me encantaba sentir su vergon entre mis manos y empezar a chupárselo despacio, saboreando cada vena y ese olor a hombre joven que me volvía loca, hasta que terminaba haciéndole garganta profunda. Me dejaba muy adolorida mi garganta que me durabs días en quitarse pero me encantaba tenerla hasta el fondo de mi garganta y sentir como se corría hasta el fondo. Sentir cómo ese garrote me llegaba hasta el fondo, haciéndome lagrimear de puro placer mientras él me agarraba del pelo con fuerza, era algo que me hacía sentir más viva que nunca y muy sexy.

Pero Steven no se quedaba atrás. Él también se perdía entre mis piernas; a veces pedía que me sentará en su cara mientras el chupaba y disfrutaba mi vagina y parte de mi culito me chupaba la vagina con un hambre que me hacía arquear la espalda y enterrar las uñas en sus hombros de tanto placer. Y lo que nunca imaginé: terminó lamiéndome y besándome hasta el culo, metía su lengua en todo mi anito, eso lo sentía muy rico me encantaba que me lo lamiera, un lugar que jamás le había entregado a mi esposo. Sentir su lengua ahí, mientras sus manos grandes me abrían las nalgas, me hacía vibrar de una forma que no puedo ni explicar a él también le encantaba que me sentará en su cara. Aparte a mi también me gustaba sentarme en su cara me excitaba mucho estar encima de el con mi vagina en su boca.
Casi me cacha mi esposo en plena cogida 2

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Y lo más increíble de todo esto fue cómo cambió mi humor. Mi vida se sentía mucho más liviana. Las cogidas de Steven eran como una terapia; me dejaban tan relajada y satisfecha que ya ni me importaba si mi marido policía no me cogía o no me satisfacía. Yo ya tenía mi tesoro en casa y él no sospechaba nada.

Eso sí, para mantener las apariencias y que no se diera cuenta de mi aventura, me tocaba actuar. A veces me ponía sexy, me le acercaba y me dejaba coger por él solo por compromiso. Mientras mi esposo se esforzaba con su verga pequeña, yo cerraba los ojos, recordaba el sabor de Steven en mi boca o la sensación de su lengua en mi culo, y soltaba unos gemidos que mi marido creia que eran por él. Me sentía una actriz perfecta.
Las semanas pasaron y ya nada nos frenaba. Incluso Steven me llevaba a su casa cuando sus papás no estaban y yo dejaba a mi hijo en casa de mi mamá, pero el verdadero peligro lo vivía yo en la mía. Asi una tarde como ya era costumbre dejé a mi hijo viendo tele en su habitación, le dije que iba a estar ocupada que por favor no fuera a entrar sin preguntar y me dijo que estaba bien y metí a Steven a mi cuarto. Nos besamos, nos desvestimos y nos tiramos a la cama. Estábamos en un misionero extraordinario, con él encima de mí, aplastándome con su peso y hundiéndome ese vergón hasta el fondo. Yo sentía cada vena y cada centímetro de su grosor llenándome por completo, haciéndome jadear mientras mis piernas rodeaban su cintura y el besaba mi cuello.
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Estaba ida, disfrutando de cómo sus abdominales chocaban contra mi vientre en cada embestida, cuando de pronto el mundo se detuvo.

¡Wiu-wiu-wiu!
La alarma de la patrulla de mi marido que siempre suena cuando llega, la que ponia para que mi hijo salga corriendo a recibirlo me avisaba que habia llegado. Se me heló la sangre en un segundo. Steven se quedó tieso encima de mí, con la verga todavía adentro y muy dura jajaja y el sudor goteando de su frente. Nos quedamos mudos, oyendo cómo el motor del carro se apagaba justo afuera de la casa.

—¡Chin no puede ser, es mi esposo! —le dije asustada.

El pánico fue total. Sentí cómo la vagina se me cerraba del miedo mientras Steven, con una agilidad, se salió de un tirón que me hizo soltar un gemido bastante fuerte por la rapidez con la que la saco y por lo estrecha que mi vagina se había puesto por la situación y empezó a recoger su ropa del suelo. Yo no sabía si llorar, rezar o salir corriendo encuerada y con la vagina empapada de juguitos y llena de semen que escurría hacía afuera jajaja. Oía los pasos de mi marido acercándose a la puerta principal, el tintineo de sus llaves y el radio de la policía sonando poníendome los pelos de punta.

El pánico me tenía paralizada, pero el tintineo de las llaves en la cerradura me dio el empujón que necesitaba. Agarré a Steven del brazo, que todavía estaba terminando de subirse el pantalón con prisa.

—¡A la bodega ! ¡Corre, muévete! —le dije desesperada, empujándolo hacia el pasillo, procurando que ni mi hijo que afortunadamente no había salido de su cuarto ni mi marido lo vieran. La bodega es un cuartito que está saliendo de las recamaras.

Steven, corrio y se escabulló en un segundo y se metió entre las cosas que teníamos guardadas ahí mientras yo corría de vuelta a mi cuarto todavía totalmente desnuda con la vagina súper mojada con el corazón queriendo salírseme por la boca. Escuché cómo la puerta principal se abría.

—¡Ya llegué! ¿No está mi peque? —gritó mi marido desde la sala.

—¡Estoy en el cuarto, ya voy! —le respondí tratando de que la voz no me temblara, mientras hacía malabares.

Me puse un calzón tipo cachetero de encaje a la maldita sea y me eché una bata encima, amarrándola fuerte para que no se me notara que debajo estaba todo hecho un desastre, llena de chupetones, con la vagina rosada, mojada, llena de semen que escurría desde me vagina hasta mis piernas y mis pompis completamente rojas de las nalgadas de Steven. Con una mano jalaba la colcha para estirarla, tapando las manchas de nuestra calentura y el sudor que todavía humedecía las sábanas. La cama estaba hecha un asco, toda revuelta de tanto que me había dado Steven llena de sudor, saliva, semen y mis juguitos.

Pasé la mano rápido por el colchón para medio alisar el desorden, sintiendo todavía el calor que emanaba de la tela. Me eché un poco de perfume para tapar ese olor a sexo que llenaba todo el aire, mientras rezaba porque mi esposo no tuviera olfato esa tarde.

Me miré al espejo un segundo: tenía la cara roja y estaba completamente sudada, el pelo todo alborotado y los labios hinchados de tanto beso bruto y de tanto mamarle la verga a mi amante. Me pasé la mano por el pelo para medio acomodarlo justo cuando escuché sus pasos acercándose al dormitorio.
—¿Qué haces encerrada, mujer? —preguntó él, entrando al cuarto con el uniforme puesto ¿Y mi hijo?.

Está en su habitación viendo tele pero creo se quedó dormido.
Yo ahí parada, con la vagina todavía palpitando por el vergón de Steven que había tenido adentro hace apenas dos minutos, y con mi amante escondido a tres metros de distancia entre los juguetes de mi hijo.Sentí que el mundo se me venía encima cuando mi marido, sin quitarse ni la gorra, se fue directo a nuestro clóset.

—¡Maldita sea! ¿Dónde dejé los papeles de la matrícula de la patrulla? —gruñó revolviendo las perchas.

Yo me quedé tiesa junto a la cama, rezando un "Gracias a Dios" en silencio por haber mandado a Steven a la bodega. Si lo hubiera metido ahí, mi esposo lo hubiera encontrado y capaz no estuviera contandoles esta historia.Vi como mi marido buscó entre las cosas, mientras no dejaba de pensar que Steven estaba escondido entre juguetes y cosas decorativas jajaja, y eso me hacía sentir que la presión me iba a explotar la cabeza.

—Mi amor, no busques ahí, creo que los dejaste en el mueble de la sala, junto al televisor —le dije.
Él me miró de reojo, me imagino sospechando algo por mi cara roja, pero el afán le ganaba. Corrimos a la sala y, efectivamente, ahí estaban los benditos papeles. Para terminar de actuar mi papel de "esposa abnegada", corrí a la cocina y le serví un vaso de jugo que había hecho en la mañana.

—Tómate esto, que estas sudando —le dije, entregándole el vaso con las manos todavía temblorinas y con restos de semen de mi amante.

Él se lo empinó de un solo trago, dejando el vaso vacío en la mesa.

—Gracias, amor. Me urge irme, que me están esperando en la central —dijo mientras caminaba hacia el baño.

Oí cómo orinaba, ese sonido de chorro fuerte que antes me daba igual y que ahora me ponía los pelos de punta porque quería que se fuera ya. Salió del baño acomodándose el cinturón con el arma y las esposas, se acercó a mí y me plantó un beso rápido en la boca, boca que antes había recibido una gran corrida de Steven y con la cual le había dado una increíble mamada hace poco tiempo.

—Te veo al rato —me dijo, y antes de salir, me soltó un apretón fuerte en la nalga—. Estás como caliente, ¿verdad? Al rato que regrese te atiendo me dijo, te doy cómo te gusta amor, a ver si está vez si me dejas darte por detrás.

Me dio una palmadita final y salió por la puerta. En cuanto escuché que la patrulla arrancaba y la sirena se alejaba, me desplomé contra la pared, soltando todo el aire que tenía guardado. Estaba a salvo... por ahora.

Y en cuanto escuché que la patrulla doblaba la esquina, corrí al cuarto de mi hijo para ver cómo estaba y en efecto estaba dormido así que me fuí a la bodega donde estaba Steven. Abrí la puerta con las manos todavía temblando y ahí estaba él. Para mi sorpresa, Steven no se había terminado de vestir; estaba ahí parado, completamente encuerado, con ese torso perfecto en la oscuridad del armario. Su vergón estaba durísimo, completamente hinchado y palpitando de pura tensión.

—¿Ya se fue el cornudo de tu marido? —me susurró.

No me dejó ni responder. Antes de que pudiera decir "sí", Steven se me abalanzó. Me plantó un beso violento, devorándome la boca mientras sus manos grandes y venudas se clavaban en mis nalgas con una fuerza desesperada.

—¡Hija de su madre, qué rico se sintió eso! —me
dijo al oído mientras me mordía el lóbulo—. Me calentó saber que ese cabrón estaba ahí mismo mientras yo estaba aquí esperándote.

Sin previo aviso, me agarró de los muslos y me alzó como si no pesara nada. Me llevó cargando directo al cuarto, el mismo donde mi esposo acababa de estar buscando papeles. Me tiró de espaldas en la cama todavía revuelta y se puso sobre mí. Su cuerpo se sentía más pesado y caliente que nunca.
—Ahora sí, mami, prepárate, porque después de este susto te voy a dar la cogida de tu vida —Steven no perdió ni un segundo. Me abrió las piernas de un tirón y, con una mirada cargada de morbo, me escupió la vagina, humedeciéndome con su propia saliva antes de hundirse en mí con una fuerza que me hizo soltar un gemido ahogado contra la almohada. No era un misionero normal; era una embestida animal.

De repente, me agarró las piernas con sus manos grandes y me las subió hasta sus hombros, exponiéndome por completo ante sus ojos. Ver su torso perfecto, sudado y con los músculos en tensión total mientras me daba con ese vergón, me tenía fuera de mí. Pero no se detuvo ahí; con una agilidad impresionante, me dobló las piernas hacia mis propios hombros, comprimiéndome tanto que sentía que se enterraba hasta mi garganta.

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—¡Ay, Steven, así me duele! —le grité, entre el placer y la presión de estar tan doblada recibiendo su verga, estaba gimiendo muy fuerte al punto de gritar sin importar que mi hijo nos escuchara.

Él solo soltó un gruñido ronco, me miró fijo y, con un movimiento brusco, me abrió las piernas de par en par, dejándolas caer a los lados de la cama, totalmente abierta para él. Me empezó a coger con una fuerza bruta, sacudiéndome el cuerpo entero en cada estocada. Mientras me devoraba la boca con besos hambrientos, empezó a soltarme unos manotones en la cara, para recordarme quién era el que me estaba haciendo vibrar de verdad en la cama de mi marido policía.
Esos golpes suaves pero firmes en mis mejillas, sumados al vaivén de su cuerpo contra mis nalgas, me pusieron al mil. Me sentía una mujer poseída, entregada al riesgo y al placer de ese semental que no tenía frenos. En ese momento, el mundo exterior no existía; solo éramos nosotros dos, el sudor, el olor a sexo y la satisfacción de saber que le estaba poniendo los cuernos al "cornudo" de mi esposo.
Después de esas posiciones extremas, me agarró de la cintura con una fuerza bruta y me giró de un solo tirón, poniéndome en cuatro sobre la cama. Se acomodó detrás de mí y me enterró esa vergóta de un solo viaje, haciéndome arquear la espalda y soltar un grito que ahogué contra las sábanas y apretando muy fuerte mi colchón.
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Mientras me embestía con una furia animal, sentí sus dedos enredándose en mi pelo. Me jalaba la cabeza hacia atrás con firmeza, exponiendo mi cuello para sus dientes. Empezó a darme mordiscos hambrientos, marcándome la piel con una urgencia que me hacía temblar entera. El contraste entre el dolor rico de sus tirones y el placer de sentirlo llenándome hasta el fondo me tenía fuera de mí.

—¡Eres mía, mami! —me gruñó al oído.

De repente, con una mano todavía en mi pelo, se movio y senti su pie en mi cabeza. Sentí la presión de su pie hundiéndome la cara contra el colchón mientras él seguía dándome sin frenos desde atrás. Esa sensación de estar sometida, con la cara aplastada y su cuerpo sacudiéndome, me tenia al borde de la locura.

Me sentía una mujer poseída, entregada al riesgo y al placer de este semental que no conocía límites. En ese momento, solo éramos nosotros dos, el sudor, el olor a sexo y la satisfacción de saber que estaba viviendo lo que mi esposo jamás sería capaz de darme.Steven despues de estarme dando verga en esa posición se detuvo un segundo, y sentí cómo sus manos grandes y callosas me abrían las nalgas con una decisión que me hizo temblar.

—Mami, préstame ese culito... quiero estrenarlo bien hoy —me susurró, quiero romperte lo estás bien nalgona y me excita hacerte gritar.

Continúa

2 comentarios - Casi me cacha mi esposo en plena cogida 2

TheOne1511
Rico relato. Esperando la continuacion