La luz del sol se filtraba por las cortinas de la alcoba principal, bañando la habitación con una claridad que resultaba casi insultante. Me quedé quieto, con la respiración contenida, observando a Laura mientras dormía. Habían pasado dos días desde esa orgía de carne y sudor en la suite, y el mundo exterior seguía girando como si nada hubiera pasado. Ella dormía de lado, con una expresión de paz tan profunda que resultaba aterradora.
Me quedé contemplándola en silencio, recorriendo su cuerpo con una mirada que era mitad adoración y mitad inspección forense. Me detuve en sus caderas; allí todavía quedaban los morados sutiles, esas marcas violáceas que los strippers le habían dejado cuando la sujetaron con fuerza para la doble penetración. Sus caderas eran el mapa de su debilidad. Bajé la vista hacia su colita y sentí una descarga de adrenalina que me recorrió la columna. Su anito todavía se veía sutilmente sonrosado, un rastro residual de la invasión que había sufrido.

Sentí mi verga endurecerse instantáneamente por encima de la pijama. El morbo era insoportable: en pocas horas, esa mujer que cargaba con las marcas de la depravación más absoluta se pondría un vestido blanco inmaculado y caminaría hacia mí en el altar, jurando fidelidad ante Dios y los hombres. La idea de que ella creía haberme engañado con su dulzura, mientras yo era el dueño de sus secretos más sucios, me producía una excitación salvaje. Me acaricié con fuerza, maravillado de la perra que se iba a casar conmigo mientras ella se sentía la maestra de la mentira
El aroma del café empezó a llenar la casa. Escuché sus pasos ligeros y la vi entrar en la cocina. Laura se movía con una naturalidad que me desarmaba; caminaba solo en un brasier de encaje y unos pantis transparentes que apenas cubrían su vagina . Sus nalgas se balanceaban con una gracia inocente mientras se preparaba el desayuno. Me acerqué por detrás y la rodeé con mis brazos, sintiendo la calidez de su piel.

LAURA:
(Abrazándome por el cuello y dándome un beso dulce y tierno en los labios) —Buenos días, mi amor... Prepárese que hoy por fin me convierte en su esposa. Hoy voy a ser legalmente Laura de Daniel.
Sentí su corazón latir contra mi pecho. Era una actuación perfecta. Sus labios sabían a miel y su voz era la de una mujer enamorada hasta la médula. La apreté contra mí, sintiendo la sensibilidad de su piel, sabiendo que esa misma piel había sido manoseada por desconocidos hace apenas cuarenta y ocho horas.
DANIEL: —Así es, mi reina... Mía y de nadie más.
LAURA: (Sonriendo con una ternura que me habría hecho llorar si no fuera por el cinismo que me corría por las venas) —Tan lindo mi vida... Te prometo que voy a ser la mejor esposa del mundo, mi amor. Te amo.
Me quedé mirándola mientras servía el café. Me fascinaba su doble vida: la mujer abnegada y devota que me servía el desayuno, y la ninfómana que se desvivía en la oscuridad. Su capacidad para mantener esa máscara era su mayor talento, y mi mayor placer era saber que yo era el único que veía la grieta en su perfección.
La boda fue un torbellino de blanco y promesas. La vi caminar por el pasillo de la iglesia, radiante, una diosa de pureza aparente. Escuché sus votos; cada palabra de fidelidad me golpeaba el pecho como un estallido de placer cuckold. La tomé por la mano y nos convertimos en uno ante el mundo. La luna de miel fue un sueño de pasión; tres semanas recorriendo el mundo donde ella se mostró como una esposa apasionada y complaciente, una mujer que parecía haber nacido para satisfacer mis deseos.
Pero la realidad nos trajo de vuelta al apartamento. Al regresar, la rutina se impuso: yo al trabajo, ella con un par de días de vacaciones para descansar.
Esa tarde, al cruzar la puerta del apartamento después de una jornada agotadora en la oficina, el aire me golpeó de forma distinta. No era el aroma habitual a hogar y limpieza. Había una densidad en el ambiente: un rastro pesado de vino tinto, el perfume floral de Laura mezclado con un aroma más almizclado y esa vibra inconfundible de sudor y sexo reciente.
Al entrar, me encontré a Laura en la sala, sentada en el sofá con una copa de vino en la mano. Llevaba puesto una bata de seda ligera, su cabello estaba ligeramente alborotado y sus labios lucían un poco hinchados, pero intentaba mantener una sonrisa serena, la sonrisa de la esposa inocente que me recibía del trabajo. Me dio un beso suave, rápido, como queriendo disimular la agitación de su respiración.
En ese instante, vi a Paola saliendo del pasillo hacia la puerta principal. Se estaba acomodando la blusa y su rostro irradiaba una victoria absoluta.
Paola see acercó Ami , me susurro
PAOLA: (Con la mirada encendida y un tono burlón que me hizo apretar los puños) —¡Hola, Dani!... Qué pena la hora, pero es que su esposa y yo nos pusimos a hablar de más... Quedó un poquito cansada de tanto chisme, así que consiéntala.
Mi corazón empezó a latir con una fuerza violenta. La sospecha y el morbo luchaban en mi interior.
DANIEL: —¿Cansada?... Pao, ¿ustedes qué estaban haciendo? ¿Usted le alcahueteó a Esteban que viniera acá o qué?
PAOLA: (Soltando una carcajada perversa mientras abría la puerta para marcharse) —¿Esteban? Ay, Dani... usted no entiende nada. Vaya mire la habitación más bien.
Caminé por el pasillo y entré en la alcoba con los sentidos en alerta máxima. Laura se había quedado en la sala sirviendo más agua, así que la habitación estaba sola. La escena era un silencio cargado de insinuaciones: la cama matrimonial estaba deshecha, las sábanas revueltas en el centro como si hubieran sido escenario de una lucha apasionada, y había dos copas de vino vacías en la mesa de noche junto a un rastro tenue de perfume quemado. El ambiente olía a sudor dulce, a sexo reciente atrapado entre las cobijas.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Pensé que Paola le había abierto la puerta a algún amante furtivo o que Esteban se había colado mientras yo no estaba en la oficina. Pero en lugar de la rabia que un hombre normal sentiría, experimenté una oleada de excitación tan brutal que sentí cómo mi verga se ponía dura de inmediato por encima del pantalón. Me fascinaba imaginar que en esa misma cama donde dormíamos como esposos, otro hombre la había estado reventando horas antes.
De repente, mi celular vibró en el bolsillo. Lo saqué con manos temblorosas. Era un mensaje de texto de Paola.
PAOLA: (Vía texto) —Deja de pensar pendejadas y de buscar hombres donde no los hay, cornudo... Revisa las cámaras que dejaste instaladas en tu cuarto y mira lo que le hace una verdadera mujer a tu esposa.
Me quedé de piedra en medio de la habitación, con la luz de la pantalla iluminando mi rostro mientras mi mente procesaba la implicación. Miré la cama destrozada, escuché el murmullo de mi hermosa e inocente esposa tarareando en la cocina mientras actuaba como si nada hubiera pasado, y supe que la verdadera tormenta acababa de estallar. No era un tercero. Era su mejor amiga. Y yo estaba más excitado que nunca.
Me quedé contemplándola en silencio, recorriendo su cuerpo con una mirada que era mitad adoración y mitad inspección forense. Me detuve en sus caderas; allí todavía quedaban los morados sutiles, esas marcas violáceas que los strippers le habían dejado cuando la sujetaron con fuerza para la doble penetración. Sus caderas eran el mapa de su debilidad. Bajé la vista hacia su colita y sentí una descarga de adrenalina que me recorrió la columna. Su anito todavía se veía sutilmente sonrosado, un rastro residual de la invasión que había sufrido.

Sentí mi verga endurecerse instantáneamente por encima de la pijama. El morbo era insoportable: en pocas horas, esa mujer que cargaba con las marcas de la depravación más absoluta se pondría un vestido blanco inmaculado y caminaría hacia mí en el altar, jurando fidelidad ante Dios y los hombres. La idea de que ella creía haberme engañado con su dulzura, mientras yo era el dueño de sus secretos más sucios, me producía una excitación salvaje. Me acaricié con fuerza, maravillado de la perra que se iba a casar conmigo mientras ella se sentía la maestra de la mentira
El aroma del café empezó a llenar la casa. Escuché sus pasos ligeros y la vi entrar en la cocina. Laura se movía con una naturalidad que me desarmaba; caminaba solo en un brasier de encaje y unos pantis transparentes que apenas cubrían su vagina . Sus nalgas se balanceaban con una gracia inocente mientras se preparaba el desayuno. Me acerqué por detrás y la rodeé con mis brazos, sintiendo la calidez de su piel.

LAURA:
(Abrazándome por el cuello y dándome un beso dulce y tierno en los labios) —Buenos días, mi amor... Prepárese que hoy por fin me convierte en su esposa. Hoy voy a ser legalmente Laura de Daniel.
Sentí su corazón latir contra mi pecho. Era una actuación perfecta. Sus labios sabían a miel y su voz era la de una mujer enamorada hasta la médula. La apreté contra mí, sintiendo la sensibilidad de su piel, sabiendo que esa misma piel había sido manoseada por desconocidos hace apenas cuarenta y ocho horas.
DANIEL: —Así es, mi reina... Mía y de nadie más.
LAURA: (Sonriendo con una ternura que me habría hecho llorar si no fuera por el cinismo que me corría por las venas) —Tan lindo mi vida... Te prometo que voy a ser la mejor esposa del mundo, mi amor. Te amo.
Me quedé mirándola mientras servía el café. Me fascinaba su doble vida: la mujer abnegada y devota que me servía el desayuno, y la ninfómana que se desvivía en la oscuridad. Su capacidad para mantener esa máscara era su mayor talento, y mi mayor placer era saber que yo era el único que veía la grieta en su perfección.
La boda fue un torbellino de blanco y promesas. La vi caminar por el pasillo de la iglesia, radiante, una diosa de pureza aparente. Escuché sus votos; cada palabra de fidelidad me golpeaba el pecho como un estallido de placer cuckold. La tomé por la mano y nos convertimos en uno ante el mundo. La luna de miel fue un sueño de pasión; tres semanas recorriendo el mundo donde ella se mostró como una esposa apasionada y complaciente, una mujer que parecía haber nacido para satisfacer mis deseos.
Pero la realidad nos trajo de vuelta al apartamento. Al regresar, la rutina se impuso: yo al trabajo, ella con un par de días de vacaciones para descansar.
Esa tarde, al cruzar la puerta del apartamento después de una jornada agotadora en la oficina, el aire me golpeó de forma distinta. No era el aroma habitual a hogar y limpieza. Había una densidad en el ambiente: un rastro pesado de vino tinto, el perfume floral de Laura mezclado con un aroma más almizclado y esa vibra inconfundible de sudor y sexo reciente.
Al entrar, me encontré a Laura en la sala, sentada en el sofá con una copa de vino en la mano. Llevaba puesto una bata de seda ligera, su cabello estaba ligeramente alborotado y sus labios lucían un poco hinchados, pero intentaba mantener una sonrisa serena, la sonrisa de la esposa inocente que me recibía del trabajo. Me dio un beso suave, rápido, como queriendo disimular la agitación de su respiración.
En ese instante, vi a Paola saliendo del pasillo hacia la puerta principal. Se estaba acomodando la blusa y su rostro irradiaba una victoria absoluta.
Paola see acercó Ami , me susurro
PAOLA: (Con la mirada encendida y un tono burlón que me hizo apretar los puños) —¡Hola, Dani!... Qué pena la hora, pero es que su esposa y yo nos pusimos a hablar de más... Quedó un poquito cansada de tanto chisme, así que consiéntala.
Mi corazón empezó a latir con una fuerza violenta. La sospecha y el morbo luchaban en mi interior.
DANIEL: —¿Cansada?... Pao, ¿ustedes qué estaban haciendo? ¿Usted le alcahueteó a Esteban que viniera acá o qué?
PAOLA: (Soltando una carcajada perversa mientras abría la puerta para marcharse) —¿Esteban? Ay, Dani... usted no entiende nada. Vaya mire la habitación más bien.
Caminé por el pasillo y entré en la alcoba con los sentidos en alerta máxima. Laura se había quedado en la sala sirviendo más agua, así que la habitación estaba sola. La escena era un silencio cargado de insinuaciones: la cama matrimonial estaba deshecha, las sábanas revueltas en el centro como si hubieran sido escenario de una lucha apasionada, y había dos copas de vino vacías en la mesa de noche junto a un rastro tenue de perfume quemado. El ambiente olía a sudor dulce, a sexo reciente atrapado entre las cobijas.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Pensé que Paola le había abierto la puerta a algún amante furtivo o que Esteban se había colado mientras yo no estaba en la oficina. Pero en lugar de la rabia que un hombre normal sentiría, experimenté una oleada de excitación tan brutal que sentí cómo mi verga se ponía dura de inmediato por encima del pantalón. Me fascinaba imaginar que en esa misma cama donde dormíamos como esposos, otro hombre la había estado reventando horas antes.
De repente, mi celular vibró en el bolsillo. Lo saqué con manos temblorosas. Era un mensaje de texto de Paola.
PAOLA: (Vía texto) —Deja de pensar pendejadas y de buscar hombres donde no los hay, cornudo... Revisa las cámaras que dejaste instaladas en tu cuarto y mira lo que le hace una verdadera mujer a tu esposa.
Me quedé de piedra en medio de la habitación, con la luz de la pantalla iluminando mi rostro mientras mi mente procesaba la implicación. Miré la cama destrozada, escuché el murmullo de mi hermosa e inocente esposa tarareando en la cocina mientras actuaba como si nada hubiera pasado, y supe que la verdadera tormenta acababa de estallar. No era un tercero. Era su mejor amiga. Y yo estaba más excitado que nunca.
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