
Capítulo 6: Táctica de Asedio
El silencio después del beso forzado pesaba en el aire. Casidy estaba encogida en el otro extremo del sofá, con los brazos cruzados. Pero la tensión en su cuerpo se fue desinflando. Sus hombros cayeron. Me miró, con los ojos todavía húmedos y una vulnerabilidad queme daba ganas de devorarla cruda, y me preguntó con una voz dulce, casi un susurro:
—¿Qué fue eso?
Le sonreí con la mejor cara de póker que pude armar, adoptando un tono suave, inofensivo. —Nada, nada, Casy...vení acá.
Ella seguía rota, vulnerable, desesperada por afecto, así que la trampa funcionó. Desarmó su postura defensiva, se arrastró por el tapizado y volvió a mí, dejándose abrazar. Una de mis manos fue directamente a su espalda, dándole caricias largas y lentas. Ella se dejaba hacer, sollozando bajito contra mi pecho.
La quise acercar más, aplastar sus pechos contra mí para sentir la fricción, pero ella lo notó. Su instinto de preservación hizo cortocircuito. Tomó un poco de distancia, agarró uno de los cojines cuadrados del sillón y lo puso en el medio, justo sobre mi regazo, creando una barrera física entre su cuerpo blando y mi pija, que estaba dura como el mármol.
Hija de puta, sos rápida,pensé, pero no iba a dejar que un pedazo de gomaespuma me arruinara la cacería.
—Ah, sí, estos cojines nos están incomodando —dije con total naturalidad.
Agarré el cojín que ella acababa de poner como escudo y lo tiré a un lado, al suelo. Y, por las dudas, agarré el otro cojín del respaldo y lo tiré también, por si se le ocurría agarrarlo. Ahora el sofá de dos cuerpos tenía mucho más espacio. Era nuestro ring privado.
—Vení, vení... —le dije, estirando la mano, invitándola de nuevo.
Ella dudó un segundo, pero me dio su mano. Suave, delicada, con las uñas pintadas. Tiré de ella con suavidad hasta que quedó semi echada, apoyada casi por completo sobre mi brazo izquierdo, acurrucada contra mi costado. Era la posición perfecta.
Mi mano derecha, ahora libre de barreras, tomó posesión del territorio. Fue directamente hacia su muslo. Mientras le seguía hablando con voz de terciopelo, consolándola, mi palma subía y bajaba por la calza deportiva. Amasaba ligeramente la carne firme, bajando hasta la curva trasera de sus rodillas. Cada roce, cada centímetro de contacto con su temperatura corporal filtrándose por la tela, me sabía a gloria pura.
Ella seguía hablando, su boquita soltando más detalles de sus peleas con el imbécil de Facundo, pero yo ya no escuchaba un carajo. Estaba enfocado en el tacto, en la textura de su pierna.
De pronto, llevado por un impulso suicida, subí la mano de golpe y la apoyé plana, directamente encima de su entrepierna.
La dejé allí. No moví los dedos, no busqué la hendidura. Simplemente dejé el peso de mi palma sobre su monte de Venus cubierto por la calza. Dios santo. El calor que emanaba de su centro me quemó la mano. Estaba hirviendo.
El movimiento fue tan repentino que ella reaccionó por puro reflejo. Rápidamente bajó su propia mano y la interpuso, creando una cuña entre su intimidad y mis nudillos, empujándome débilmente.
Retiré la mano enseguida, sin hacer un drama, como si hubiera sido un accidente inocente. Seguí escupiendo palabras reconfortantes, diciéndole cosas lindas sobre lo mucho que valía. Para distraerla de la invasión, me incliné y empecé a darle besitos cortos en la frente. Besito, besito.
Ella no dijo nada sobre la mano. Cerró los ojos, aceptando los besos en la frente como una niña buscando a su padre.

Me alejé un poco mientras ella retomaba su monólogo, contándome cosas que me entraban por un oído y me salían por el otro. Mi mano volvió a su muslo. Esta vez el agarre fue más firme, más posesivo. Ella hablaba, y yo subía la mano lentamente por su cara interna, acariciando, y me detenía justo, justo un milímetro antes de llegar a la zona de peligro, a su entrepierna. Si me reclamaba, no tenía excusas, así que retrocedía. Subía y bajaba. Sentía cómo su respiración se entrecortaba a veces. Esas caricias al borde del abismo la estaban excitando de sobremanera.
Mi propia excitación estaba rompiendo los medidores. El bulto en mi jean me dolía horrores. Mientras ella seguía con su relato, moví mi mano derecha y la dejé caer, como por arte de magia, justo encima de su teta izquierda.
La dejé allí, inerte. Como quien pone la mano en el respaldo de una silla sin darse cuenta. La masa del pecho llenaba mi palma entera, pesado, blando, alzando la tela del buzo oversize. Laputa madre... Sentir su teta, aunque fuera a través del algodón grueso y del top apretado, fue una sacudida eléctrica directo a mis bolas.
Y lo más enfermo de todo: ella solo seguía hablando. No me quitó la mano.
Retiré la mano después de un minuto eterno y volví a acariciarle el muslo. Pero quería más. La quería completamente entregada.
—Acomodémonos mejor, Casy, te vasa contracturar el cuello —le sugerí.
Ella se rió, una risa floja, dándose cuenta de la posición rarísima en la que estábamos. Ya estaba casi echada a lo largo del sofá, sostenida únicamente por la fuerza de mi brazo izquierdo, con toda su cabecita apoyada en mi bíceps. Yo seguía sentado, mirándola desde arriba.
—No te preocupes, todo va a salir bien... —le dije en un murmullo denso.
Me agaché para darle un abrazo, pero en lugar de apoyar la barbilla en su hombro, hundí mi cara de lleno en su escote. Apreté el rostro contra sus pechos todo lo que la física me permitió. Sentía la suavidad abrumadora de sus tetas aplastando mis mejillas, sofocándome en olor a vainilla y calor femenino.
Me separé despacio. —Estás muy linda, Casy.
Ella sonrió. Las lágrimas ya estaban quedando atrás, secas en sus pestañas. Tenía los ojos cerrados, la respiración mucho más pausada, calmada. Aproveché para seguir secándole los últimos rastros de humedad de los pómulos con mis pulgares. Ella murmuró un graciasy se frotó contra mi mano como un gato.
Ahí, vi mi ventana. Mi mano bajó cómo un misil directo a su entrepierna, por encima de la calza, y esta vez hundí los dedos en la costura central.
Fuego puro. Esa parte de ella estaba ardiendo. Fue un roce rápido, casi violento, como un movimiento torpe y desafortunado al intentar acomodarme.
Pero esta vez ella fue más rápida. Su mano voló hacia mi muñeca para sacarme de allí de un tirón, pero yo tenía los reflejos alerta. Retiré la mano antes de que sus dedos lograran atraparme. Yo no voy a cometer el mismo error estúpido que tu novio, pendeja.
Aun así, el límite se había cruzado. Ella se separó de mí, incorporándose un poco, poniendo distancia nuevamente. Su labio inferior empezó a temblar. Los ojos se le aguaron. Iba a empezar a llorar otra vez por la confusión.
—No, no, mi corazón, vení acá, preciosa —la interrumpí, tirando de su brazo.
La trampa volvió a cerrarse. Ella sonrió débilmente, dejándose arrastrar, y nuevamente la tenía pegada a mí. Esta vez no le di opción. La jalé con fuerza hasta que quedó completamente acostada de lado en el sofá, su cabeza descansando pesadamente sobre mi brazo izquierdo.
Acerqué mi cara a la suya. Ella, presintiendo otro beso, cubrió su rostro con ambas manos en un gesto infantil y giró todo su cuerpo hacia mí, dándome la espalda.
Al hacerlo, dejó a mi completa y absoluta disposición el paisaje más hermoso del universo: su culazo.

Mi instinto lujurioso no pidió permiso. Mi mano viajó por el aire y aterrizó justo encima de la inmensa montaña de carne cubierta por la calza gris. No apreté. No estrujé. Aunque me moría de ganas de clavarle los dedos y amasarle las nalgas hasta que gritara, sabía que eso haría que saliera corriendo por la puerta.
Vamos lento. Paso a paso.
Finalmente podía apoyar mi mano entera, con los dedos bien abiertos, sobre ese culazo. Qué rico culo que tiene esta pendeja, por Dios. Era inmenso, suave bajo la tela, firme pero con la cantidad perfecta de grasa. Las ganas de reventarla ahí mismo me estaban volviendo loco, el pulso me latía en las sienes. Pero saqué la mano de allía ntes de que ella reaccionara y se diera vuelta.
La solté. Ella ya quería salir deesa posición comprometedora, así que la dejé libre. Se sentó en el medio del sillón.
Pero yo no había terminado.
Me deslicé del sofá y me arrodillé en el piso, justo frente a ella. Agarré sus piernas por las pantorrillas y tiré hacia afuera, abriéndoselas de par en par.
—¡No, Santi, no! —dijo ella, asustada, intentando juntar las rodillas y escapar hacia atrás.
Pero usé mi peso. Logré mantenerle las piernas abiertas. Ante la firmeza, ella dejó de luchar y se acomodó al movimiento, casi resignada. Quedé yo de rodillas en la alfombra, y ella sentada con las piernas completamente abiertas alrededor de mi torso.
Mis manos viajaron a sus caderas, subiendo por sus muslos externos. Apoyé mi pecho contra el borde del sofá, metiéndome de lleno en su espacio personal, y usé mis brazos para crear una pequeña prisión de carne y hueso a su alrededor. Agarré sus caderas, deslizando las manos hacia abajo, fingiendo que solo le estaba alisando la tela arrugada de las calzas.
Ella se cubrió el rostro con las manos otra vez. Su respiración se había vuelto un fuelle descontrolado.
Puse mis manos sobre su vientre plano y tenso, apoyando mis codos fuertemente sobre sus muslos abiertos para que no pudiera cerrarlos. La miré desde abajo.
—¿Algo más que quieras decirme?—le susurré, usando el tono del terapeuta preocupado, como si esta posición increíblemente obscena viniera de mi profunda necesidad de seguirla escuchando.
Ella bajó las manos y cruzó los brazos sobre su pecho, intentando protegerse. —¿Qué... qué más querés que te cuente? —preguntó, la voz temblando por la excitación que no quería admitir.
—No sé... lo que te gustaría compartir conmigo. Ahora es el momento. Acá estás segura —le dije, mi mirada fija en la suya—. Recordá cómo te hizo sentir ver a tu novio bailar con esa otra chica...
La técnica funcionó. El dolor volvió a aflorar. Empezó a hablar de nuevo, atropellándose con las palabras.
Eso, eso. Hablá. Distraete hablando, pendeja.
Mientras ella hablaba, crucé mis brazos. Puse mi mano derecha sobre su muslo izquierdo, y mi mano izquierda sobre su muslo derecho. Empecé a acariciar la parte interna de sus muslos con los pulgares, apretando ligeramente la carne suave mientras ella me detallaba su humillación en el boliche.
Cuando terminó su relato, la liberé un poco. Estiré los brazos, apoyando las palmas en el sofá a cada lado de sus caderas. Ella aprovechó para hundirse más en los almohadones, pegando la espalda al respaldar, pero mantenía los brazos cruzados como un escudo.
—No entiendo por qué Facu me hace este tipo de cosas... —dijo, la voz rompiéndose, lista para empezar a llorar otra vez.
—No, no, corazón... no llores más... —le dije.
Me levanté del suelo. En un movimiento fluido y calculado, puse mi rodilla derecha directamente encima del asiento del sofá, aterrizando exactamente en medio de su entrepierna abierta.
Ella se quedó paralizada.
Hundí mi rodilla hacia adelante, aplastando la tela de mi pantalón contra el nudo de su calza, rozando deliberadamente su conchita hinchada. Al mismo tiempo, mis manos volaron hacia su cabeza, agarrando su rostro con firmeza, atrapándola.
Era hora de otro beso.
Ella giraba la cabeza de un lado a otro desesperadamente. —No... no... —se le escuchó susurrar, un quejido débil.
La tomé con delicadeza pero con fuerza de las mejillas, obligándola a parar. —Tranquila... tranquila, corazón. Todo va a estar bien...
Nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos estaban dilatados, oscuros. Y entonces, me acerqué y aplasté mi boca contra la suya.
Esta vez, no hubo resistencia. Ella buscó mis labios. Me correspondió el beso con un hambre reprimida. Abrió la boca, dejando que mi lengua invadiera la suya, saboreando el desastre. Mientras nos devorábamos las bocas, empecé a dar pequeños y lentos movimientos circulares con mi rodilla, frotando y aplicando presión directamente sobre su clítoris a través de la ropa. Dios, qué locura. Sentía su respiración agitada en mi boca, el calor de su excitación disparándose.
Al rato, el peso de la culpa la alcanzó. Ella misma rompió el beso. Se alejó solita, apartando el rostro hacia un lado, la respiración rota.
—No... no... —jadeó, con los ojos cerrados fuertemente—. No le puedo engañar a mi novio... está mal...
—Vos no estás haciendo nada malo. Él te lastimó, Casy. Yo te estoy cuidando —le susurré, inyectando veneno en sus heridas morales.
Mis palabras, cargadas de manipulación barata, la convencieron, o al menos le dieron la excusa que su cuerpo necesitaba. La agarré del rostro con firmeza otra vez y busqué sus labios. Inicialmente volvió a girar la cabeza de lado a lado, en una danza patética de negación, pero la acorralé. Finalmente, nuestras bocas volvieron a chocar.
Ahora sí. Fue un beso largo ,profundo, salvaje, buscado desesperadamente por ambos. Mis dedos se hundieron en su cabello grueso, agarrándola firmemente de la nuca, dominándola mientras mi rodilla seguía torturando su centro.
Cuando terminamos de besarnos, nos separamos jadeando. Ella se acomodó un poco hacia atrás, negando con la cabeza, las mejillas encendidas en fuego, como si no pudiera creer la perversión que acaba de cometer.
—Tranquila, corazón, no es tu culpa... —le repetí, mi voz ronca de lujuria.
Y entonces, en un acto de puro descaro, agarré su manita derecha. Ella estaba tan confundida que se dejó guiar dócilmente. Llevé su mano directamente hacia mi entrepierna y la aplasté contra el bulto monstruoso y caliente que deformaba mi jean.
Ella apretó los dedos por instinto durante un segundo entero, rodeando la base de mi pija palpitante.
Luego, la soltó como si hubiera agarrado un hierro al rojo vivo, y así era. Retiró la mano de un tirón.
—No... no... —repitió, aterrada por la magnitud de mi erección, pero no dijo nada más. No me gritó. No intentó huir.
Retiré la rodilla de su intimidad y me volví a sentar a su lado de forma normal. Puse mis manos agresivamente sobre sus muslos desnudos debajo de la polera. Esta vez, ella reaccionó. Me empujó las manos con fuerza, alejándome de ella, marcando un límite físico.
Mierda.
Levanté las manos en señal de rendición. Me alejé completamente de ella, deslizándome hasta el otro extremo del sofá. La dejé libre. El camino hacia la puerta estaba despejado.
Pero ella no escapó. Se quedó ahí, sentada, respirando agitada, mirándome con ojos enormes de ciervo asustado.
Y entonces, hice mi jugada final.
Agarré el borde inferior de mi remera y me la quité por la cabeza de un solo tirón, tirándola al suelo. Me quedé ahí sentado, mostrando mi pecho desnudo, transpirado, y mi panza tensa por la respiración pesada.
Me pasé una mano por el pelo revuelto, sosteniéndole la mirada, y solté la frase con la mayor naturalidad del mundo:
—Acá hace muchísimo calor, ¿no creés?
Y me quedé allí, en silencio. Mirando cómo su pecho subía y bajaba. Esperando a que el deseo y la manipulación hicieran su trabajo, rezando para que dijera que sí y se quitara de una puta vez por todas esa polera enorme para dejarme ver el paraíso.
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