El aniversario siempre había sido una fecha especial para nosotros. No porque necesitáramos una excusa barata para salir, sino porque nos gustaba celebrar todo lo que habíamos construido, y sobre todo, cómo seguíamos quemando a pesar de los años.
Esa noche nos arreglamos sin vueltas. Yo había elegido un vestido negro corto, ultra ceñido al cuerpo, escotado y sin ropa interior, sabiendo exactamente qué efecto iba a causarle. Cuando salí de la habitación, él estaba terminando de abrocharse el reloj.
Levantó la vista. Y se quedó mudo, con los ojos oscuros recorriéndome de punta a punta durante unos segundos eternos.
—¿Qué? —pregunté, conteniendo una sonrisa.
—Nada.
—No mires así con esa cara de hambriento y después me digas nada, Ignacio.
Sonrió de costado, acercándose despacio.
—Estás increíble, Nati. Peligrosa.
—Gracias, amor. Vos tampoco estás mal.
—¿Tampoco?
—No te agrandes tanto.
Se reía mientras me abrazaba por la cintura, pegándome contra su cuerpo y dándome un beso largo, pesado, que me dejó sin aliento antes de salir de casa.
Durante el viaje en auto charlamos de pavadas, hasta que se acordó de la recomendación de un compañero de la oficina.
—¿Te acordás que te conté del lugar que me pasó el gordo?
—Más o menos.
—Un restaurante.
—Ah, sí.
—Dicen que se come de la san puta y que arriba tienen otra movida.
—Entonces vamos a chusmear.
Ninguno de los dos tenía la más puta idea de que esa cena iba a ser el punto de no retorno.
El restaurante era imponente. Elegante, con luces bajas, música electrónica suave de fondo y una atmósfera cargada de una electricidad densa. Cenamos delicioso, brindamos por nosotros, riéndonos como siempre.
Hasta que se acercó el mozo con una sonrisa cómplice al traer la cuenta.
—¿La están pasando bien?
—Excelente —contestó Ignacio.
—Me alegro. Si quieren, después pueden subir a conocer el club, que está en la planta alta.
Nos miramos, confundidos.
—¿El club? —pregunté.
—Sí, el club privado del primer piso.
Pensé que sería algún sector VIP exclusivo para tragos. Ignacio me miró a los ojos, midiendo mis límites.
—¿Querés?
—¿Por qué no? Vamos a ver qué onda.
Y fuimos. Sin entender del todo dónde nos estábamos metiendo.
Nos hicieron dejar los abrigos y, para mi sorpresa, nos pidieron los celulares en la entrada de la escalera. Me quedé helada, mirándolo a Ignacio con los ojos abiertos.
—¿Esto es joda? ¿Es normal?
—No tengo la más pálida idea, pero ya estamos acá.
Una chica divina, con ropa sugerente, se nos acercó para hacernos de guía antes de subir los escalones.
—Antes de avanzar, hay reglas básicas —nos dijo con total naturalidad—. Si alguien dice que no, es no. No hay insistencia que valga, cada uno cuida sus límites y los de los demás.
Asentimos en silencio, con el pulso acelerado. No sonaba a bajada de línea moral; era una pauta de juego clara y salvaje.
Subimos a la planta alta. Primero vimos los reservados abiertos, espacios oscuros donde varias personas se rozaban, conversaban o se besaban sin disimulo. Miré a Ignacio; tenía las pupilas dilatadas.
Después llegamos a otra zona del club. Una puerta pesada custodiada donde solo se entraba con pulsera. Miré mi muñeca, después la de él. Las dos brillaban con el mismo acceso.
—¿Ustedes pueden pasar? Son pareja, tienen vía libre —nos confirmó la chica.
Me quedé mirando esa puerta como si fuese la entrada a otra dimensión. Ignacio se me acercó por detrás, pegando su boca a mi oreja.
—¿Seguimos o nos acobardamos?
Respiré hondo, sintiendo cómo el estómago se me estrujaba de excitación.
—Seguimos.
Y cruzamos.
Lo que había del otro lado era un mundo paralelo. Luces rojas y ámbar, música bajita, un aire espeso cargado de perfume caro, sudor y pieles rozándose. Había parejas conversando de pie, otras en los sillones dejando que las manos recorrieran cuerpos ajenos con total impunidad. Todo olía a pecado y a secreto.
Caminaba con la mano de Ignacio apretada fuertemente a la mía. En un momento me arrimé a su pecho.
—Ahora entiendo todo...
—Yo también, Nati.
—¿Nos vamos? —le tiré, probándolo.
Me miró fijo.
—¿Querés irte de verdad?
Miré a un costado: a pocos metros, una pareja se besaba con una intensidad desesperada, sin importarles las miradas. Tragué saliva.
—No. No me quiero ir.
Sonrió, un gesto oscuro y cómplice, y seguimos adentrándonos hasta encontrar un reservado un poco más apartado.
Nos terminamos de meter en uno de los reservados más oscuros de la planta alta. El aire ahí era una mezcla densa de perfume, sudor caliente y la electricidad de media docena de personas que estaban en la misma que nosotros. La música de afuera se sentía como un latido sordo.
Ignacio no me dio tiempo ni a acomodarme. Me empujó suavemente hacia atrás hasta que mis rodillas chocaron contra el borde de un banquito de terciopelo que hacía las veces de sillón. Me senté ahí, con las piernas abiertas, mientras él se ponía de rodillas entre mis muslos. Sus manos, desesperadas y brutales, se metieron entre mis piernas, encontrando el vacío total de my ropa interior, buscándome con una urgencia que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ahogado que se perdió en la penumbra.
—Quiero que te vean —me siseó al oído, con la voz rota de excitación.
Me agarró de las caderas y me levantó apenas unos centímetros para acomodarme al borde del sillón. Me penetró de un solo golpe, seco, profundo, llenándome por completo sin mediar aviso, sin protección, sintiendo el calor crudo de nuestros cuerpos chocando en esa posición.
Fue un impacto visceral. Mis uñas se clavaron en sus hombros, mientras el ritmo se volvía salvaje. En un momento, me di cuenta de que no estábamos solos en ese cubículo. Una pareja que estaba en el rincón, medio oculta por las sombras, se había quedado quieta, observándonos. El tipo me recorría con la mirada, clavando los ojos en el lugar exacto donde Ignacio me embestía sin piedad sobre el sillón, y la mujer, al lado suyo, se acariciaba los labios con una lentitud que me encendió todavía más.
Ignacio también los vio. En lugar de cubrirme o pedir privacidad, me agarró de las caderas con más fuerza, obligándome a inclinarme hacia adelante para que todo el mundo tuviera mejor vista de cómo me abría a sus embestidas.
—Mirala —le dijo Ignacio al tipo, jadeando, con una soberbia que me hizo vibrar—. Mirá cómo se pone cuando sabe que la están mirando.
El tipo no desvió la vista ni un milímetro, al contrario, se acercó un poco más, disfrutando del espectáculo de ver cómo me desarmaba de placer sobre ese banquito. Yo sentía cada embestida de Ignacio como un golpe de fuego, sintiéndome descaradamente expuesta, con la piel húmeda y el corazón a punto de estallar.
No hubo frenos, ni cuidados, ni disimulos. Solo el sonido de la piel chocando, el aliento de los otros que estaban ahí, al lado, y la mirada fija, hambrienta, de esos desconocidos que se alimentaban de nuestro morbo.
Cuando Ignacio finalmente me tomó por la cintura y terminó dentro mío con un rugido contenido, me desplomé contra su pecho, temblando, empapada en sudor, mientras sentía la mirada de esa pareja todavía clavada en mi cuerpo, disfrutando de lo que acabábamos de hacer.
Ignacio me dio un beso lleno de sabor a nosotros dos y me susurró al oído, rozándome los labios:
—Recién empezamos.
En el auto, camino a casa, el silencio era denso, pesado de adrenalina.
—¿Te arrepentís? —rompió el hielo.
Miré por la ventanilla las luces de la ruta.
—No, para nada.
—¿Te gustó?
—Me gustó que estuviéramos juntos en esto... y ver qué te pasa a vos viéndome ahí adentro.
Él sonrió en la penumbra y me apretó la mano con fuerza.
Unas semanas más tarde, la excusa fueron unas almejas en un bodegón top de Palermo. Palermo. Pero los dos sabíamos perfectamente adónde íbamos a terminar la noche.
Mientras esperábamos el postre, Ignacio me clavó los ojos.
—¿Qué? —le retruqué.
—Nada.
—Basta con el "nada", harto de tus silencios. ¿Querés ir?
Asentió despacio.
—Al club.
—Vamos.
Esta vez el lugar en la planta alta estaba explotado de gente. El aire se cortaba con cuchillo. Ya no éramos turistas despistados; sabíamos exactamente qué se cocinaba detrás de cada puerta. Y esa consciencia me encendía el doble.
En un momento de la madrugada, las luces bajaron todavía más y comenzó un show en el sector principal del club. Una presentación ultra sensual, con cuerpos semidesnudos rozándose al límite de lo explícito.
Yo estaba ahí, pegada a Ignacio, sintiendo su mirada clavada en mi boca. Pero lo que me voló la cabeza fue darme cuenta de que había otras miradas sobre mí. Ojeadas pesadas, directas, de hombres y parejas que me recorrían con hambre. Y por primera vez, lejos de intimidarme, me dio un calor inexplicable en el centro del cuerpo.
Ignacio lo notó. Se me acercó al oído, con la voz ronca:
—¿Todo bien, amor? ¿Te molesta?
—No... para nada. Me gusta —le susurré, desafiándolo con los ojos.
Minutos después, mientras circulábamos por los pasillos más angostos del club, un tipo rozó deliberadamente su cadera contra mi pierna al pasar. Me quedé rígida un segundo. Miré a Ignacio: no había rastro de celos enfermos en his cara; al contrario, sus pupilas estaban dilatadas, observando cada detalle, disfrutando de mi reacción como un voyeur desquiciado.
Ahí entendí todo. El juego ya no era solo mirar; era ser deseada por otros, y que Ignacio se prendiera fuego con eso.
Siguiendo el impulso, terminamos en una zona más abierta donde había un sillón ancho y profundo, compartido por varias parejas que se rozaban en la penumbra. Nos acomodamos ahí, con Ignacio observándome fijo. Apenas unos segundos después, un tipo se acercó con paso seguro y se sentó justo al lado mío. Era alto, de mandíbula marcada, con una sonrisa ladeada y un perfume amaderado que me envolvió de inmediato.
Miré a Ignacio buscando una señal, y él me devolvió una sonrisa oscura, cómplice, asintiéndome casi imperceptiblemente con la cabeza como dándome luz verde.
Sin decir una sola palabra, la mano del desconocido comenzó a deslizarse despacio por la parte exterior de mi muslo, subiendo con una parsimonia exasperante bajo la tela de mi vestido. Sentí la electricidad de sus dedos recorriéndome la piel. Al notar su tacto y ver la aprobación en los ojos de Ignacio, separé un poco las piernas de manera casi imperceptible, dándole espacio para avanzar directo hacia mi ingle.
Alcanzó el borde de mi tanga, encontrando la tela completamente empapada por el calor que ya no podía contener. Sus dedos se deslizaron por la humedad, acariciándome los labios con una precisión sucia que me hizo morder el labio inferior para no gritar. Giré la cabeza para buscar a Ignacio: él se había corrido un poco más cerca, estirando la mano para acariciarme la nuca, con la respiración pesada y los ojos clavados exactamente en la mano ajena que me estaba devorando por dentro, disfrutando tanto o más que yo de verme entregada a otro.
—¿Te gusta que te toquen así, mi amor? —me susurró Ignacio al oído, con la voz ronca de pura excitación, avivando el fuego con sus propias palabras.
El desconocido me apretó con más fuerza, buscando mi ritmo mientras yo me arqueaba contra el sillón, sintiendo el pulso disparado. No aguanté más. Con una ola de calor que me estalló en el bajo vientre, me vine contra sus dedos en silencio, con los ojos cerrados y el alma temblando, mientras Ignacio me besaba la boca saboreando mi propio clímax, sabiendo que ya habíamos cruzado todos los límites posibles y que no había vuelta atrás.
Cuando volvimos a casa esa madrugada, cerramos la puerta y estallamos. Nos matamos a besos contra la pared del recibidor, sacándonos la ropa a los tirones, con una desesperación casi violenta.
Pero algo había cambiado en nuestra intimidad. Ya no éramos solo nosotros dos en nuestro circuito cerrado; éramos nosotros cargados con la energía sucia de todo lo que habíamos visto y vivido en la planta alta.
La vida cotidiana volvió a arrastrarse con su pesadez habitual: oficina, gimnasio, las corridas, el tráfico de zona sur. Y fue en medio de esa monotonía donde apareció Fer.
Me lo mandó una agencia amiga para tercerizar la gestión de las redes sociales de su local gastronómico. Tuvimos una primera reunión de trabajo por videollamada y después en persona.
Fer tenía cuarenta y seis años, una planta imponente, cero vueltas y una seguridad prepotente que te pasaba por arriba.
—Necesito que esto reviente, Nati —me dijo en sus oficinas, apoyando los antebrazos en la mesa y clavándome los ojos claros sin parpadear—. Que se mueva de verdad el local con lo que publicamos.
—Bueno, para eso necesito material real, fotos de la barra, movimiento —le contesté cruzándome de piernas.
—Perfecto, coordinamos para que vengas a sacar fotos un día de semana a la tarde con todo armado.
Nos despedimos con un apretón de manos firme, formal. Pero desde esa tarde, el teléfono empezó a sumar notificaciones que se estiraban un poco más de lo estrictamente laboral, con comentarios al pasar que medían el terreno.
Una noche, cenando con Ignacio, salió el tema.
—¿Cómo te fue con Fer, el nuevo cliente? —preguntó cortando un bife.
—Bien, es intenso pero labura firme.
—¿Es tan directo como me contaste?
—Mal. Te dice las cosas de frente, sin filtro.
Ignacio me miró fijo, dejando el tenedor sobre el plato.
—¿Te tiró onda?
Me reí nerviosa.
—¿Qué? No, laburo puro.
—Nati... te conozco. ¿Hubo algún palito?
—Bueno... ponele que me mandó un mensaje medio tarde hoy, nada del otro mundo.
Se quedó en silencio, analizándome con una sonrisa torcida que no me gustó nada.
—Sabés qué... podrías seguirle un poquito el juego.
Lo miré con los ojos bien abiertos.
—¿Estás loco? ¿Para qué querés que le siga el juego a un cliente?
—No sé... me da curiosidad saber hasta dónde llega el tipo, y qué te pasa a vos cuando te agita el tarro alguien que no soy yo.
Otra vez esa maldita palabra. Curiosidad.
Me acerqué a él, me senté a upa suyo y le mordí el labio inferior con bronca y deseo a partes iguales.
— Estas completamente loco,
Mi amor
—Vos me hiciste así —me susurró, agarrándome fuerte de la cintura y apretándome contra su miembro—. ¿O me vas a decir que no te prende un poco la idea?
Me quedé en silencio, apoyando la cabeza en su hombro. Sabía que tenía razón. Ya no éramos una pareja común. Habíamos abierto una puerta invisible, y del otro lado del umbral, en la noche oscura, Fer era apenas la primera chispa de un incendio que ya no íbamos a poder apagar.
Esa noche nos arreglamos sin vueltas. Yo había elegido un vestido negro corto, ultra ceñido al cuerpo, escotado y sin ropa interior, sabiendo exactamente qué efecto iba a causarle. Cuando salí de la habitación, él estaba terminando de abrocharse el reloj.
Levantó la vista. Y se quedó mudo, con los ojos oscuros recorriéndome de punta a punta durante unos segundos eternos.
—¿Qué? —pregunté, conteniendo una sonrisa.
—Nada.
—No mires así con esa cara de hambriento y después me digas nada, Ignacio.
Sonrió de costado, acercándose despacio.
—Estás increíble, Nati. Peligrosa.
—Gracias, amor. Vos tampoco estás mal.
—¿Tampoco?
—No te agrandes tanto.
Se reía mientras me abrazaba por la cintura, pegándome contra su cuerpo y dándome un beso largo, pesado, que me dejó sin aliento antes de salir de casa.
Durante el viaje en auto charlamos de pavadas, hasta que se acordó de la recomendación de un compañero de la oficina.
—¿Te acordás que te conté del lugar que me pasó el gordo?
—Más o menos.
—Un restaurante.
—Ah, sí.
—Dicen que se come de la san puta y que arriba tienen otra movida.
—Entonces vamos a chusmear.
Ninguno de los dos tenía la más puta idea de que esa cena iba a ser el punto de no retorno.
El restaurante era imponente. Elegante, con luces bajas, música electrónica suave de fondo y una atmósfera cargada de una electricidad densa. Cenamos delicioso, brindamos por nosotros, riéndonos como siempre.
Hasta que se acercó el mozo con una sonrisa cómplice al traer la cuenta.
—¿La están pasando bien?
—Excelente —contestó Ignacio.
—Me alegro. Si quieren, después pueden subir a conocer el club, que está en la planta alta.
Nos miramos, confundidos.
—¿El club? —pregunté.
—Sí, el club privado del primer piso.
Pensé que sería algún sector VIP exclusivo para tragos. Ignacio me miró a los ojos, midiendo mis límites.
—¿Querés?
—¿Por qué no? Vamos a ver qué onda.
Y fuimos. Sin entender del todo dónde nos estábamos metiendo.
Nos hicieron dejar los abrigos y, para mi sorpresa, nos pidieron los celulares en la entrada de la escalera. Me quedé helada, mirándolo a Ignacio con los ojos abiertos.
—¿Esto es joda? ¿Es normal?
—No tengo la más pálida idea, pero ya estamos acá.
Una chica divina, con ropa sugerente, se nos acercó para hacernos de guía antes de subir los escalones.
—Antes de avanzar, hay reglas básicas —nos dijo con total naturalidad—. Si alguien dice que no, es no. No hay insistencia que valga, cada uno cuida sus límites y los de los demás.
Asentimos en silencio, con el pulso acelerado. No sonaba a bajada de línea moral; era una pauta de juego clara y salvaje.
Subimos a la planta alta. Primero vimos los reservados abiertos, espacios oscuros donde varias personas se rozaban, conversaban o se besaban sin disimulo. Miré a Ignacio; tenía las pupilas dilatadas.
Después llegamos a otra zona del club. Una puerta pesada custodiada donde solo se entraba con pulsera. Miré mi muñeca, después la de él. Las dos brillaban con el mismo acceso.
—¿Ustedes pueden pasar? Son pareja, tienen vía libre —nos confirmó la chica.
Me quedé mirando esa puerta como si fuese la entrada a otra dimensión. Ignacio se me acercó por detrás, pegando su boca a mi oreja.
—¿Seguimos o nos acobardamos?
Respiré hondo, sintiendo cómo el estómago se me estrujaba de excitación.
—Seguimos.
Y cruzamos.
Lo que había del otro lado era un mundo paralelo. Luces rojas y ámbar, música bajita, un aire espeso cargado de perfume caro, sudor y pieles rozándose. Había parejas conversando de pie, otras en los sillones dejando que las manos recorrieran cuerpos ajenos con total impunidad. Todo olía a pecado y a secreto.
Caminaba con la mano de Ignacio apretada fuertemente a la mía. En un momento me arrimé a su pecho.
—Ahora entiendo todo...
—Yo también, Nati.
—¿Nos vamos? —le tiré, probándolo.
Me miró fijo.
—¿Querés irte de verdad?
Miré a un costado: a pocos metros, una pareja se besaba con una intensidad desesperada, sin importarles las miradas. Tragué saliva.
—No. No me quiero ir.
Sonrió, un gesto oscuro y cómplice, y seguimos adentrándonos hasta encontrar un reservado un poco más apartado.
Nos terminamos de meter en uno de los reservados más oscuros de la planta alta. El aire ahí era una mezcla densa de perfume, sudor caliente y la electricidad de media docena de personas que estaban en la misma que nosotros. La música de afuera se sentía como un latido sordo.
Ignacio no me dio tiempo ni a acomodarme. Me empujó suavemente hacia atrás hasta que mis rodillas chocaron contra el borde de un banquito de terciopelo que hacía las veces de sillón. Me senté ahí, con las piernas abiertas, mientras él se ponía de rodillas entre mis muslos. Sus manos, desesperadas y brutales, se metieron entre mis piernas, encontrando el vacío total de my ropa interior, buscándome con una urgencia que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ahogado que se perdió en la penumbra.
—Quiero que te vean —me siseó al oído, con la voz rota de excitación.
Me agarró de las caderas y me levantó apenas unos centímetros para acomodarme al borde del sillón. Me penetró de un solo golpe, seco, profundo, llenándome por completo sin mediar aviso, sin protección, sintiendo el calor crudo de nuestros cuerpos chocando en esa posición.
Fue un impacto visceral. Mis uñas se clavaron en sus hombros, mientras el ritmo se volvía salvaje. En un momento, me di cuenta de que no estábamos solos en ese cubículo. Una pareja que estaba en el rincón, medio oculta por las sombras, se había quedado quieta, observándonos. El tipo me recorría con la mirada, clavando los ojos en el lugar exacto donde Ignacio me embestía sin piedad sobre el sillón, y la mujer, al lado suyo, se acariciaba los labios con una lentitud que me encendió todavía más.
Ignacio también los vio. En lugar de cubrirme o pedir privacidad, me agarró de las caderas con más fuerza, obligándome a inclinarme hacia adelante para que todo el mundo tuviera mejor vista de cómo me abría a sus embestidas.
—Mirala —le dijo Ignacio al tipo, jadeando, con una soberbia que me hizo vibrar—. Mirá cómo se pone cuando sabe que la están mirando.
El tipo no desvió la vista ni un milímetro, al contrario, se acercó un poco más, disfrutando del espectáculo de ver cómo me desarmaba de placer sobre ese banquito. Yo sentía cada embestida de Ignacio como un golpe de fuego, sintiéndome descaradamente expuesta, con la piel húmeda y el corazón a punto de estallar.
No hubo frenos, ni cuidados, ni disimulos. Solo el sonido de la piel chocando, el aliento de los otros que estaban ahí, al lado, y la mirada fija, hambrienta, de esos desconocidos que se alimentaban de nuestro morbo.
Cuando Ignacio finalmente me tomó por la cintura y terminó dentro mío con un rugido contenido, me desplomé contra su pecho, temblando, empapada en sudor, mientras sentía la mirada de esa pareja todavía clavada en mi cuerpo, disfrutando de lo que acabábamos de hacer.
Ignacio me dio un beso lleno de sabor a nosotros dos y me susurró al oído, rozándome los labios:
—Recién empezamos.
En el auto, camino a casa, el silencio era denso, pesado de adrenalina.
—¿Te arrepentís? —rompió el hielo.
Miré por la ventanilla las luces de la ruta.
—No, para nada.
—¿Te gustó?
—Me gustó que estuviéramos juntos en esto... y ver qué te pasa a vos viéndome ahí adentro.
Él sonrió en la penumbra y me apretó la mano con fuerza.
Unas semanas más tarde, la excusa fueron unas almejas en un bodegón top de Palermo. Palermo. Pero los dos sabíamos perfectamente adónde íbamos a terminar la noche.
Mientras esperábamos el postre, Ignacio me clavó los ojos.
—¿Qué? —le retruqué.
—Nada.
—Basta con el "nada", harto de tus silencios. ¿Querés ir?
Asentió despacio.
—Al club.
—Vamos.
Esta vez el lugar en la planta alta estaba explotado de gente. El aire se cortaba con cuchillo. Ya no éramos turistas despistados; sabíamos exactamente qué se cocinaba detrás de cada puerta. Y esa consciencia me encendía el doble.
En un momento de la madrugada, las luces bajaron todavía más y comenzó un show en el sector principal del club. Una presentación ultra sensual, con cuerpos semidesnudos rozándose al límite de lo explícito.
Yo estaba ahí, pegada a Ignacio, sintiendo su mirada clavada en mi boca. Pero lo que me voló la cabeza fue darme cuenta de que había otras miradas sobre mí. Ojeadas pesadas, directas, de hombres y parejas que me recorrían con hambre. Y por primera vez, lejos de intimidarme, me dio un calor inexplicable en el centro del cuerpo.
Ignacio lo notó. Se me acercó al oído, con la voz ronca:
—¿Todo bien, amor? ¿Te molesta?
—No... para nada. Me gusta —le susurré, desafiándolo con los ojos.
Minutos después, mientras circulábamos por los pasillos más angostos del club, un tipo rozó deliberadamente su cadera contra mi pierna al pasar. Me quedé rígida un segundo. Miré a Ignacio: no había rastro de celos enfermos en his cara; al contrario, sus pupilas estaban dilatadas, observando cada detalle, disfrutando de mi reacción como un voyeur desquiciado.
Ahí entendí todo. El juego ya no era solo mirar; era ser deseada por otros, y que Ignacio se prendiera fuego con eso.
Siguiendo el impulso, terminamos en una zona más abierta donde había un sillón ancho y profundo, compartido por varias parejas que se rozaban en la penumbra. Nos acomodamos ahí, con Ignacio observándome fijo. Apenas unos segundos después, un tipo se acercó con paso seguro y se sentó justo al lado mío. Era alto, de mandíbula marcada, con una sonrisa ladeada y un perfume amaderado que me envolvió de inmediato.
Miré a Ignacio buscando una señal, y él me devolvió una sonrisa oscura, cómplice, asintiéndome casi imperceptiblemente con la cabeza como dándome luz verde.
Sin decir una sola palabra, la mano del desconocido comenzó a deslizarse despacio por la parte exterior de mi muslo, subiendo con una parsimonia exasperante bajo la tela de mi vestido. Sentí la electricidad de sus dedos recorriéndome la piel. Al notar su tacto y ver la aprobación en los ojos de Ignacio, separé un poco las piernas de manera casi imperceptible, dándole espacio para avanzar directo hacia mi ingle.
Alcanzó el borde de mi tanga, encontrando la tela completamente empapada por el calor que ya no podía contener. Sus dedos se deslizaron por la humedad, acariciándome los labios con una precisión sucia que me hizo morder el labio inferior para no gritar. Giré la cabeza para buscar a Ignacio: él se había corrido un poco más cerca, estirando la mano para acariciarme la nuca, con la respiración pesada y los ojos clavados exactamente en la mano ajena que me estaba devorando por dentro, disfrutando tanto o más que yo de verme entregada a otro.
—¿Te gusta que te toquen así, mi amor? —me susurró Ignacio al oído, con la voz ronca de pura excitación, avivando el fuego con sus propias palabras.
El desconocido me apretó con más fuerza, buscando mi ritmo mientras yo me arqueaba contra el sillón, sintiendo el pulso disparado. No aguanté más. Con una ola de calor que me estalló en el bajo vientre, me vine contra sus dedos en silencio, con los ojos cerrados y el alma temblando, mientras Ignacio me besaba la boca saboreando mi propio clímax, sabiendo que ya habíamos cruzado todos los límites posibles y que no había vuelta atrás.
Cuando volvimos a casa esa madrugada, cerramos la puerta y estallamos. Nos matamos a besos contra la pared del recibidor, sacándonos la ropa a los tirones, con una desesperación casi violenta.
Pero algo había cambiado en nuestra intimidad. Ya no éramos solo nosotros dos en nuestro circuito cerrado; éramos nosotros cargados con la energía sucia de todo lo que habíamos visto y vivido en la planta alta.
La vida cotidiana volvió a arrastrarse con su pesadez habitual: oficina, gimnasio, las corridas, el tráfico de zona sur. Y fue en medio de esa monotonía donde apareció Fer.
Me lo mandó una agencia amiga para tercerizar la gestión de las redes sociales de su local gastronómico. Tuvimos una primera reunión de trabajo por videollamada y después en persona.
Fer tenía cuarenta y seis años, una planta imponente, cero vueltas y una seguridad prepotente que te pasaba por arriba.
—Necesito que esto reviente, Nati —me dijo en sus oficinas, apoyando los antebrazos en la mesa y clavándome los ojos claros sin parpadear—. Que se mueva de verdad el local con lo que publicamos.
—Bueno, para eso necesito material real, fotos de la barra, movimiento —le contesté cruzándome de piernas.
—Perfecto, coordinamos para que vengas a sacar fotos un día de semana a la tarde con todo armado.
Nos despedimos con un apretón de manos firme, formal. Pero desde esa tarde, el teléfono empezó a sumar notificaciones que se estiraban un poco más de lo estrictamente laboral, con comentarios al pasar que medían el terreno.
Una noche, cenando con Ignacio, salió el tema.
—¿Cómo te fue con Fer, el nuevo cliente? —preguntó cortando un bife.
—Bien, es intenso pero labura firme.
—¿Es tan directo como me contaste?
—Mal. Te dice las cosas de frente, sin filtro.
Ignacio me miró fijo, dejando el tenedor sobre el plato.
—¿Te tiró onda?
Me reí nerviosa.
—¿Qué? No, laburo puro.
—Nati... te conozco. ¿Hubo algún palito?
—Bueno... ponele que me mandó un mensaje medio tarde hoy, nada del otro mundo.
Se quedó en silencio, analizándome con una sonrisa torcida que no me gustó nada.
—Sabés qué... podrías seguirle un poquito el juego.
Lo miré con los ojos bien abiertos.
—¿Estás loco? ¿Para qué querés que le siga el juego a un cliente?
—No sé... me da curiosidad saber hasta dónde llega el tipo, y qué te pasa a vos cuando te agita el tarro alguien que no soy yo.
Otra vez esa maldita palabra. Curiosidad.
Me acerqué a él, me senté a upa suyo y le mordí el labio inferior con bronca y deseo a partes iguales.
— Estas completamente loco,
Mi amor
—Vos me hiciste así —me susurró, agarrándome fuerte de la cintura y apretándome contra su miembro—. ¿O me vas a decir que no te prende un poco la idea?
Me quedé en silencio, apoyando la cabeza en su hombro. Sabía que tenía razón. Ya no éramos una pareja común. Habíamos abierto una puerta invisible, y del otro lado del umbral, en la noche oscura, Fer era apenas la primera chispa de un incendio que ya no íbamos a poder apagar.
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