Capítulo 1: La Princesa Húmeda
Blanca era la princesa más deseada de todo el reino. No por su inocencia, como contaban los cuentos de hadas, sino por su insaciable apetito carnal que la convertía en una verdadera diosa del placer. Su piel nívea, sus labios rojos como cerezas maduras y su cabello negro azabache caían sobre un cuerpo que despertaba lujuria en cualquier hombre —y mujer— que osara mirarla.
Pero la Reina Malvada, su madrastra, no soportaba que su hijastra recibiera más atención que ella. No por vanidad, sino porque la Reina deseaba a Blanca con un fuego que consumía sus entrañas cada noche.
—Espejito, espejito... —susurraba la Reina desnuda frente al cristal mágico, sus dedos jugando entre sus pliegues mientras observaba a Blanca bañándose—. ¿Quién es la más puta de este reino?
El espejo respondía siempre la verdad, y esa verdad enfurecía a la Reina.
—Blanca, tu hijastra, la princesa de los labios carnosos y el coño siempre húmedo. Su deseo es infinito. Ninguna puede competir.
La Reina ordenó al Cazador que la llevara al bosque y la matara. Pero el Cazador, al ver a Blanca desnudándose para refrescarse junto al arroyo, no pudo cumplir la orden. Su polla se tensó tanto dentro de sus pantalones de cuero que le dolía.
—Por favor —suplicó Blanca, arrodillándose frente a él, sus manos ya desabrochando su cinturón—. No me mates. Te daré algo mejor que mi vida... te daré mi cuerpo.
El Cazador gimió cuando los labios perfectos de la princesa envolvieron su miembro. Blanca chupaba con una habilidad que desmentía cualquier apariencia de inocencia. Su lengua giraba alrededor de la punta, succionaba con fuerza, dejaba que la polla entrara hasta el fondo de su garganta sin gag reflex alguno.
—Dios, princesa... —gruñó el Cazador, agarrando su cabello y empujando sus caderas hacia adelante—. Esa boquita es un pecado.
Blanca se separó un instante, una hebra de saliva conectando sus labios con la polla palpitante.
—Entonces pégame el pecado completo —susurró, volviendo a tomarlo entre sus labios, esta vez más profundo, más rápido, más salvaje.
El Cazador no duró mucho. Con un rugido que espantó a las aves del bosque, descargó su semen caliente directo en la garganta de Blanca, quien tragó cada gota con deleite, sin perder una sola gota, sus ojos mirando hacia arriba con picardía mientras limpiaba su miembro con la lengua.
—Ahora escapa —dijo el Cazador, todavía jadeando, ayudándola a levantarse—. Corre hacia el norte. Allí hay una cabaña. Los siete hermanos... son... especiales.
—¿Especiales? —preguntó Blanca, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
—Muy... dotados —respondió el Cazador con una sonrisa torcida—. Y muy hambrientos de una mujer como tú.
Blanca sonrió, un brillo lujurioso en sus ojos. Recogió su vestido rasgado, dejó que sus tetas perfectas rebotaran libres un momento mientras se estiraba, y corrió hacia el bosque profundo, su coño ya palpitando de anticipación por lo que encontraría.
La cabaña apareció entre los árboles al atardecer. Era pequeña pero acogedora, con humo saliendo de la chimenea. Blanca tocó la puerta, desnuda bajo un manto prestado, sus pezones erectos por el frío de la noche que se avecinaba.
La puerta se abrió. Un hombre bajito pero extremadamente musculoso la miró con ojos que recorrieron su cuerpo de arriba abajo. Detrás de él, seis siluetas similares se agolparon.
—Buenas noches —dijo Blanca con voz melosa, dejando caer el manto para revelar su desnudez completa—. Me llamo Blanca. ¿Puedo quedarme?
El pequeño gigante —porque eso era, un enano de proporciones enormes en ciertos aspectos— miró su monte de Venus completamente liso y depilado, sus labios vaginales rosados brillando con su propia humedad bajo la luz del fuego, los pechos firmes que se elevaban con cada respiración, y la sonrisa prometedora de la princesa.
—Somos siete hermanos —dijo con voz ronca—. Y hace meses que no vemos una mujer.
—Entonces es su día de suerte —respondió Blanca, entrando sin ser invitada, sintiendo siete pares de ojos clavados en su conchita depilada que parecía pedir a gritos ser tocada—. Porque vine a quedarme... y a servirles a todos.
La puerta se cerró detrás de ella. La noche en el bosque profundo estaba a punto de volverse muy, muy caliente.
Blanca era la princesa más deseada de todo el reino. No por su inocencia, como contaban los cuentos de hadas, sino por su insaciable apetito carnal que la convertía en una verdadera diosa del placer. Su piel nívea, sus labios rojos como cerezas maduras y su cabello negro azabache caían sobre un cuerpo que despertaba lujuria en cualquier hombre —y mujer— que osara mirarla.
Pero la Reina Malvada, su madrastra, no soportaba que su hijastra recibiera más atención que ella. No por vanidad, sino porque la Reina deseaba a Blanca con un fuego que consumía sus entrañas cada noche.
—Espejito, espejito... —susurraba la Reina desnuda frente al cristal mágico, sus dedos jugando entre sus pliegues mientras observaba a Blanca bañándose—. ¿Quién es la más puta de este reino?
El espejo respondía siempre la verdad, y esa verdad enfurecía a la Reina.
—Blanca, tu hijastra, la princesa de los labios carnosos y el coño siempre húmedo. Su deseo es infinito. Ninguna puede competir.
La Reina ordenó al Cazador que la llevara al bosque y la matara. Pero el Cazador, al ver a Blanca desnudándose para refrescarse junto al arroyo, no pudo cumplir la orden. Su polla se tensó tanto dentro de sus pantalones de cuero que le dolía.
—Por favor —suplicó Blanca, arrodillándose frente a él, sus manos ya desabrochando su cinturón—. No me mates. Te daré algo mejor que mi vida... te daré mi cuerpo.
El Cazador gimió cuando los labios perfectos de la princesa envolvieron su miembro. Blanca chupaba con una habilidad que desmentía cualquier apariencia de inocencia. Su lengua giraba alrededor de la punta, succionaba con fuerza, dejaba que la polla entrara hasta el fondo de su garganta sin gag reflex alguno.
—Dios, princesa... —gruñó el Cazador, agarrando su cabello y empujando sus caderas hacia adelante—. Esa boquita es un pecado.
Blanca se separó un instante, una hebra de saliva conectando sus labios con la polla palpitante.
—Entonces pégame el pecado completo —susurró, volviendo a tomarlo entre sus labios, esta vez más profundo, más rápido, más salvaje.
El Cazador no duró mucho. Con un rugido que espantó a las aves del bosque, descargó su semen caliente directo en la garganta de Blanca, quien tragó cada gota con deleite, sin perder una sola gota, sus ojos mirando hacia arriba con picardía mientras limpiaba su miembro con la lengua.
—Ahora escapa —dijo el Cazador, todavía jadeando, ayudándola a levantarse—. Corre hacia el norte. Allí hay una cabaña. Los siete hermanos... son... especiales.
—¿Especiales? —preguntó Blanca, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
—Muy... dotados —respondió el Cazador con una sonrisa torcida—. Y muy hambrientos de una mujer como tú.
Blanca sonrió, un brillo lujurioso en sus ojos. Recogió su vestido rasgado, dejó que sus tetas perfectas rebotaran libres un momento mientras se estiraba, y corrió hacia el bosque profundo, su coño ya palpitando de anticipación por lo que encontraría.
La cabaña apareció entre los árboles al atardecer. Era pequeña pero acogedora, con humo saliendo de la chimenea. Blanca tocó la puerta, desnuda bajo un manto prestado, sus pezones erectos por el frío de la noche que se avecinaba.
La puerta se abrió. Un hombre bajito pero extremadamente musculoso la miró con ojos que recorrieron su cuerpo de arriba abajo. Detrás de él, seis siluetas similares se agolparon.
—Buenas noches —dijo Blanca con voz melosa, dejando caer el manto para revelar su desnudez completa—. Me llamo Blanca. ¿Puedo quedarme?
El pequeño gigante —porque eso era, un enano de proporciones enormes en ciertos aspectos— miró su monte de Venus completamente liso y depilado, sus labios vaginales rosados brillando con su propia humedad bajo la luz del fuego, los pechos firmes que se elevaban con cada respiración, y la sonrisa prometedora de la princesa.
—Somos siete hermanos —dijo con voz ronca—. Y hace meses que no vemos una mujer.
—Entonces es su día de suerte —respondió Blanca, entrando sin ser invitada, sintiendo siete pares de ojos clavados en su conchita depilada que parecía pedir a gritos ser tocada—. Porque vine a quedarme... y a servirles a todos.
La puerta se cerró detrás de ella. La noche en el bosque profundo estaba a punto de volverse muy, muy caliente.
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