
Capítulo 5: El Consuelo
Me senté rápidamente junto aella, el colchón del sofá hundiéndose bajo mi peso. Casidy no esperó mucho, laspalabras brotaron de su boca como una represa rota.
Me contó que había salido defiesta anoche con un grupo de amigos y con Facundo. Que todo iba bien, tomandotragos, bailando, hasta que el novio se puso a "hacerse el lindo" conotra chica en la pista. Eso la encendió de celos. Así que ella hizo lo mismo.Casidy me explicaba, gesticulando con las manos, que ella suele bailar normal,pero que para darle celos a Facundo agarró a un chico cualquiera y le empezó adar un perreo salvaje.
Mientras ella hablaba, mi cerebrono procesaba el drama, sino la imagen. ¿Quién habrá sido el malnacidoafortunado con el que esta pendeja se refregó el culo? Visualicé su inmensotrasero enfundado en ese jean, restregándose contra la entrepierna de unextraño. La envidia me pinchó el estómago como un alfiler caliente.
Todo terminó mal cuando Facundolo vio, fue directo hacia el pibe y lo bajó de una trompada al suelo. A ella laagarró bruscamente del brazo y la jaló hacia un costado, prohibiéndole bailarcon nadie más. Casidy le recriminó sus propias acciones, y sorpresivamente,Facundo le pidió perdón.
—Él nunca lo hace, Santi... —dijoCasidy, mirándome con los ojos inyectados en sangre—. Así que nosreconciliamos. Nos empezamos a besar ahí mismo, en medio del boliche, y me dijode ir a su pieza. Y yo acepté.
Casidy bajó la vista hacia susmanos entrelazadas, frotándose los nudillos nerviosamente. —Disculpame que tecuente todo esto... es re privado, pero sos la única persona ahora a quien lepuedo contar estas cosas. ¿No te molesta, no?
—No, no, tranquila... —lerespondí, mi voz sonando ronca, usando el tono más suave y paternal que pudeencontrar—. Podés confiar en mí, Casidy. Desahogate.
Ella tragó saliva gruesa ysiguió: —Una vez llegamos a su casa, fuimos a su cuarto. Estábamos en sucama... yo estaba encima de él, besándolo. Todo iba re bien hasta que depronto, de la nada, con mucha fuerza y brusquedad me agarró de los hombros, meempujó y me puso boca abajo en el colchón.
El corazón me dio un vuelco. Mipija dio un respingo en el interior de mis calzoncillos.
—Él agarró mi pantalón jean muyfuerte —continuó ella, la voz temblándole—, de la cintura y de las trabillas, yme lo quería bajar a los tirones. Yo le dije 'no, pará Facu, así no, me estáslastimando'. Pero él seguía tirando. Estaba re ebrio, creo, de tanto tomar. Nopodía bajarme el pantalón porque... bueno, porque lo tenía muy ajustado, peroen ese forcejeo logré zafarme y tirarme al piso.
La puso boca abajo y leintentó arrancar el pantalón. La imagen mental fue devastadora. Un calorprimitivo me invadió la pelvis. Mi verga se endureció a la velocidad de la luz,latiendo contra la tela, reclamando atención.
—Yo no quería así, a la fuerza,como un animal —sollozó ella—. Y mientras agarraba mi cartera para irme, megritaba asquerosidades. Me decía que me iba a dejar por otra si no me... si nome entregaba a él. Pero es que él siempre se pone muy brusco con esas cosas. Yalo hablamos mil veces. Me exige tener relaciones, pero yo le digo que todo a sumomento. Pero me asusta cuando se pone violento. Siento que luego solo me usanpara eso y yo no quiero ser un pedazo de carne.
Me miró a los ojos, desesperada.—Vos que sos grande, que seguro ya tenés experiencia en estas cosas... ¿quédebería hacer? Yo no sé nada, estoy desconcertada...

Y se largó a llorar, un llantoroto y lastimero. Las lágrimas bajaban por sus mejillas enrojecidas, manchandoaún más el rímel.
El instinto saltó. No el deprotección, sino el de caza.
Me acerqué a ella en unmovimiento envolvente. Pasé un brazo por detrás de sus hombros y la abracé confuerza, atrayéndola contra mi pecho. Ella, buscando refugio, se desplomó contrami cuerpo. Al abrazarla, sentí la masa pesada y blanda de sus tetas aplastándosecontra mi torso a través de la polera gigante y el top.
Qué rico, pensé, apretandolos dientes. El contraste entre sus lágrimas y mi propia calentura hirvienteera embriagador.
La apegué más a mí, casihundiéndola en mi pecho. Me gustaba sentir su calor. Disfrutaba de la fricciónmínima de sus senos rozando mi camiseta con cada sollozo. Quería meter lasmanos por el escote y amasarla hasta sacarle moretones, pero sabía que aquelroce era lo máximo que podía exprimir de la situación sin asustarla del todo.
Mi mente trabajaba a mil porhora. ¿Cómo esta pendeja con este culo y estas tetas tiene estos problemas?Mierda, yo le estaría rogando de rodillas para chuparle la concha todos losdías, y el malandro ese la quiere violar de a tirones.
Tenía que elegir bien mispalabras. Si me ponía del lado de ella y atacaba al novio, ella lo iba adefender (las mujeres golpeadas siempre lo hacen). Si me ponía del lado delnovio, la perdía.
Pero, mientras mi vergapalpitaba, dura como una piedra, recordando ese culo enfundado en calzas conlas que siempre viene, una idea oscura y reptiliana germinó en mi cabeza.Estaba rota. Estaba vulnerable. Estaba en mi sillón. El novio había hecho eltrabajo sucio de ablandarla y asustarla. Solo tenía que recoger los pedazos.
Le empecé a murmurar palabrasreconfortantes en el oído, mi aliento chocando contra su cuello. —Ya está,Casy, ya está. Llorá todo lo que necesites, desahogate...
Y con la excusa del consuelo,empecé a perder el control de mis manos. La empecé a acariciar. Deslicé lapalma derecha por su espalda, bajando por su nuca, sintiendo la suavidad de supiel por encima de la ropa.
Ese tacto suave y sumiso me causóestragos en la pija. La jalé más hacia mí, apretándola. Mi mano derecha bajópor su columna vertebral. Y bajó un poco más.
Levanté sutilmente el dobladillotrasero de la enorme polera oversize. Mis dedos encontraron la fina y fría telade las calzas deportivas grises. Y debajo de esa tela, la inmensidad de susnalgas.
No apreté. No agarré la carne.Solo dejé la mano plana allí, apoyada sobre la curvatura superior de su culomonumental, como si fuera una palmada de apoyo que se había quedado olvidada.
La puta madre que lo parió,qué rico. El calor de su cuerpo traspasaba la tela e incendiaba mi palma.El corazón me latía tan fuerte que pensé que ella iba a sentir los golpes en mipecho.
Dejé la mano ahí un par desegundos que se sintieron eternos. Luego, antes de que su cerebro racionalprocesara la invasión, la subí a la parte baja de su espalda. No quería darlela excusa para salir corriendo. Lo que me había contado era oro puro. Tenía alnovio como el enemigo violento, y a mí como el refugio seguro.
Nos separamos un poco. Tenía lacara bañada en lágrimas. Llevé las manos a su rostro. Ella, instintivamente,quiso alejar la cara, avergonzada de verse tan miserable.
—Tranquila... —le susurré, convoz grave y controlada—. Solo te quito las lagrimitas.
Usé los pulgares para limpiarlelas mejillas mojadas, rozando la piel suave de sus pómulos. Ella se quedóquieta, los ojos cerrados, respirando entrecortadamente, como procesando elnivel de intimidad.

Luego, la jalé para otro abrazo,hundiéndole la cara en mi cuello. Aspiré el olor a vainilla mezclado con sudorde nervios y lágrimas. La calentura me nublaba la vista. Quería empezar a darlebesos en el cuello, marcarla, morderla.
Pero me contuve. En su lugar,deslicé mi mano hacia abajo otra vez. Fui más lejos. Puse la mano planadirectamente en la curva inferior de su culo, estirando los dedos todo lo quepude para sentir el peso y la redondez de esa carne sobre el tapizado del sofá.La dejé allí, anclada, quemándome las yemas de los dedos.
Y ella no dijo nada. No se movió.Se dejó tocar, confundiendo la lujuria depredadora con apoyo emocional.
La retiré despacio, volviendo asu rostro. Empecé a susurrarle, como una letanía hipnótica: —Sos una mujerhermosa, Casidy. Hermosa de verdad. No deberías estar llorando por un tipo así.Un hombre de verdad te tiene que entender, te tiene que cuidar, no tratartecomo a un pedazo de carne...
Ella asentía levemente con lacabeza, absorbiendo el veneno azucarado.
Le daba caricias en las mejillas,delineando su mandíbula. Ya no aguantaba más. La quería besar. Necesitabaprobar esa boca carnosa que me volvía loco.
Con mi mano ahuecada en su nuca,jalé su carita hacia la mía para plantarle el beso. Estaba completamente ido,borracho de excitación.
Pero ella no cedió. Hizo fuerzacon el cuello, girando la cabeza hacia la izquierda, tratando de zafar.
—No, Santi... no... —murmuró, lavoz tensa.
Pero yo ya había cruzado la líneay no había marcha atrás. Apliqué más fuerza bruta, agarrándole la mandíbula confirmeza, obligándola a mirarme. Todo el cuerpo de ella se tensó como una tabla.
Hmmm. Ella hundió loslabios hacia adentro, cerrando la boca herméticamente en señal de rechazo.
Me importó un carajo. Le plantéel beso a la fuerza. Apreté mis labios contra los suyos con brusquedad. Elchoque fue duro. Casidy tenía el cuerpo totalmente rígido, las manos apoyadasen mi pecho empujando débilmente.
Yo invadí sus labios sellados. Lasaliva, el aliento caliente, la presión de mi boca aplastando la de ella. Ellano se movía. No abría la boca. Yo seguía presionando, lamiendo la comisura desus labios apretados, insistiendo, dominando el espacio.
Ella me empujaba, pero sus brazosno tenían la fuerza suficiente contra el peso de mi torso y la furia de mideseo.
Y entonces, al cabo de unos diezlargos segundos, la resistencia se quebró.
Sentí cómo su cuerpo se relajabaen mis brazos. La tensión en sus hombros desapareció. Y, lentamente, sus labiostambién se relajaron. Dejaron de estar hundidos y volvieron a su forma carnosay natural.
No me respondió el beso. No medevolvió la presión ni intentó abrir la boca para mi lengua. Pero se rindió.Relajó los labios y se dejó hacer.
La tuve agarrada del rostro,besándola a la fuerza, saboreando el gloss y la sal de sus lágrimas por lo quepareció un minuto entero. Probar esos labios tibios me supo a gloria pura. Erauna victoria táctica. La había doblegado sin que se levantara a gritar.
Cuando finalmente me separé, elaire frío golpeó mi boca húmeda. Ella abrió los ojos, mirándome con una mezclade shock, confusión y una profunda derrota.
Inmediatamente aportó distancia,arrastrándose hacia el otro extremo del sofá de dos cuerpos. Se abrazó lasrodillas contra el pecho, pero no se levantó. No agarró su cartera. No huyóhacia la puerta.
Se quedó ahí.
Y ahí estaba yo, sentado al otro lado del sillón, con la pija latiendo tan fuerte que casi rompe el jean, mirándola fijamente. Evaluando el terreno, calculando el daño, y tratando de decidir cuál sería el puto próximo movimiento para terminar de derribar sus defensas y lograr mi único y oscuro objetivo: tener ese culazo puesto en cuatro en este mismo sofá, rogándome por más.
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