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La Carpa en El Tigre

La Carpa en El Tigre
Al poco tiempo de conocerse, Paola y él se fueron unos días de camping al Tigre. Carpa chica, lejos de todo. Ella tenía ese cuerpo que lo volvía loco: tetas pesadas pero firmes, culo redondo, piel suave y una concha que se mojaba apenas la tocaba.
Desde el primer día no pararon. La cogía a la mañana cuando se despertaban pegados, a la siesta con el calor pegajoso, y a la noche hasta quedarse sin fuerzas. Paola gemía fuerte, sin vergüenza, como si no le importara que alguien los escuchara.
Esa mañana el sol ya calentaba la carpa. Él la tenía de espaldas, agarrándola de las caderas, entrando y saliendo despacio al principio, disfrutando cómo se le apretaba. Paola tenía la cara contra la bolsa de dormir, gimiendo bajo pero constante. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y le sacaba un gemido más alto.
— Más fuerte… — le pidió ella, con la voz ronca.
Él le agarró el pelo, le arqueó la espalda y empezó a darle más profundo. El sonido de piel contra piel se escuchaba claro. Paola ya no controlaba la voz: gemía fuerte, casi gritando, y de vez en cuando soltaba un “ay, así” o un “no pares”.
Afuera, el tipo del camping se había acercado para cobrar el día. Llegó hasta la carpa, escuchó los gemidos y se detuvo. No golpeó. No dijo nada. Se quedó parado a un metro de la puerta, escuchando.
Adentro, él seguía cogiéndola sin enterarse. Le dio vuelta, la puso de frente, le abrió las piernas y se la metió de nuevo. Paola lo miraba con la boca abierta, los ojos entrecerrados, gimiendo cada vez que le llegaba al fondo. Se acabó una primera vez, apretándolo fuerte, temblando. Él no paró. La dejó recuperarse un segundo y volvió a entrar.
El tipo afuera seguía ahí. Seguro tenía la pija dura dentro del pantalón, escuchando cómo la mujer gemía sin control y cómo el hombre la usaba. Cada gemido de Paola le llegaba nítido.
Cuando por fin él acabó adentro de ella, los dos se quedaron quietos, respirando agitados. Recién ahí, cuando él salió de la carpa todavía medio sudado y con la cara de recién cogido, se encontró al tipo parado al lado de la puerta.
Le habló normal, como si nada. Paola también lo vio desde adentro. Recién en ese momento entendieron que el hijo de puta había estado escuchándolos todo el tiempo.
El tipo cobró, sonrió raro y se fue. Ellos se quedaron mirándose. Paola todavía tenía las piernas temblando y la concha sensible. Y los dos sabían que ese hombre se había quedado un rato largo disfrutando del show.

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