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Rumbo al aislamiento 3

Con la llegada de la siguiente semana, Santiago decidió reestructurar una vez más los turnos de la mina para acelerar la extracción en la beta principal. Mateo pasó al turno de día junto con Santiago para coordinar las detonaciones pesadas en el socavón con los obreros externos, mientras que a Camilo (23) lo cambiaron al turno de la tarde y noche para supervisar la vagoneta junto a Lucas (22). Esa rotación cambió la dinámica de la casa por completo: a partir de las siete de la mañana, cuando mi novio y el segundo hermano mayor salían hacia la montaña, en la casa no quedaba un solo alma aparte de Camilo, Lucas y yo.
Durante los primeros días tras lo ocurrido en la cocina, la cabeza no me dejaba en paz. Todavía sentía en el fondo de la garganta la memoria física de la carga caliente que el menor de los hermanos me había dejado directamente en la boca. Cada vez que me pasaba la lengua por los dientes durante el día, recordando cómo me lo había tragado sin dejar caer una sola gota al suelo para no dejar huellas, me recorría un frío eléctrico de la nuca hasta el vientre. Me le tragué toda la leche al hermano de mi novio, me decía a mí misma frente al espejo del baño, sintiendo cómo los muslos se me apretaban de pura excitación al saber que ahora el secreto nos unía de una forma irreversible.
Para colmo de males, en medio de ese ambiente caluroso y cargado, la ropa se me empezó a desaparecer de la nada. Primero volaron las sudaderas anchas; luego, las camisetas largas y los shorts decentes que había llevado en la maleta. Con el calor insoportable de la montaña y sin más opciones a la mano, no me quedó de otra que empezar a andar por la casa en lo único que me quedaba limpio: licras pegadas que se me metían por las nalgas, tops delgados sin brasier que dejaban transparentar mis pezones tiesos por el roce, y directamente tangas de hilo que me dejaban todo el culo al aire.
Una noche, mientras nos acomodábamos en la cama, se lo comenté a Santiago en un susurro.
VALERIA: Santi... se me está perdiendo la ropa ancha. Me ha tocado andar en tanga y en top por la casa porque no aguanto el calor, y siento que sus hermanos me miran demasiado el culo cuando camino por el pasillo.
Santiago soltó una risa tranquila, descarada, y me agarró una nalga por encima de la cobija con total despreocupación.
SANTIAGO: Mi amor, no sea exagerada. La ropa se habrá traspapelado en la lavada. Y con respecto a mis hermanos... usted tiene un cuerpo hijueputa, déjelos que se den un taco de ojo si quieren. ¿Qué tiene de malo? En este monte no hay más nada que ver y ellos no le están faltando al respeto. Confíe en ellos, son mi familia.
Las palabras de mi novio me retumbaron en la cabeza. Que él mismo me diera el aval para andar en cuero frente a sus hermanos encendió una chispa perversa en mi vientre. Si a Santiago no le importaba que sus hermanos me morbosearan el cuerpo, yo no tenía por qué andar escondiéndome.
El martes a las diez de la mañana, la casa estaba envuelta en un silencio pesado. Yo andaba en la cocina vestida únicamente con una tanga de hilo que se me perdía en las nalgas y una camiseta corta desabrochada. Estaba secando unas ollas cuando escuché los pasos en el pasillo.
Esperaba a Lucas para nuestra rutina habitual, pero al girarme, la sangre se me congeló en las venas.
En el marco de la cocina no estaba solo el menor. A su lado, recostado contra la madera con la mano metida entre la pantaloneta y una sonrisa morbosa en la cara, estaba Camilo.
Rumbo al aislamiento 3

VALERIA: ¿Qué es esto...? —murmuré, dándome la vuelta a toda prisa, aunque la tanga no me tapaba absolutamente nada.
Lucas bajó la mirada con la cara roja de pena, pero Camilo dio dos pasos largos hacia mí, devorándome las piernas, la cadera y mis pechos marcados tras la tela.
CAMILO: Tranquila, cuñadita, no se asuste... Lo que pasa es que al pelao ya le cambió la cara, ya no se pajea solo en el cuarto y anda demasiado relajado. Lo acorralé esta mañana hasta que me confesó la delicia de mamadas que usted le pega en la cocina.
Miré a Lucas con rabia, pero el muchacho solo se encogió de hombros.
CAMILO: Y bueno, cuñada... la cosa es muy sencilla —continuó Camilo, acercándose hasta quedar a un palmo de mi cara, emanando un calor de hombre que me puso los pelos de punta—. Si le está calmando las ganas al menor con la boca, con más razón a mí que me mato el doble en la mina. O me atiende a mí también igualito... o me voy ya mismo para el socavón y le cuento a Santiago lo perra que le salió la novia con su propio hermano.
El chantaje me retumbó en los oídos, pero la amenaza de que Santiago se enterara fue opacada de golpe por una ola de calor obsceno que me recorrió las piernas. Me están acorralando entre los dos, pensé con la mente ardiendo en morbo. Los dos hermanos menores de mi novio me quieren chupar, me quieren usar como su puta de la casa. Sentir que el chantaje de Camilo me daba la excusa perfecta para caer más profundo en el pecado me hizo apretar los muslos, sintiendo cómo la tanga se me empezaba a humedecer por completo.
VALERIA: Son unos descarados... unos malditos descarados los dos —les dije con la voz rota y agitada, respirando con dificultad mientras los miraba a los ojos—. Pero se me arrodillan los dos ya mismo en el piso y hacen silencio absoluto si no quieren que los mande al carajo.
Sin dudarlo un segundo, Camilo y Lucas se bajaron las pantalonetas de un tirón. Camilo la tenía enorme, gruesa y venosa, palpitándole de calor; la de Lucas estaba completamente erguida, chorreando una gota transparente en la punta. Se arrodillaron juntos sobre las tablas de madera, pegados el uno al otro, mirándome hacia arriba como dos perros hambrientos.
Me agaché despacio frente a ellos en cuatro patas, dejando mi culo en tanga expuesto hacia la puerta de la cocina. El olor a sexo, a cuero caliente y a sudor de hombre que salía de las dos pijas me emborrachó la cabeza.
Agarré la verga de Camilo con la mano derecha y la de Lucas con la izquierda. Sentir los dos troncos duros y calientes latiéndome en las palmas me provocó un gemido que me tuve que tragar contra el labio.
CAMILO: Métasela toda, cuñadita... chúpemela igual de rico que a este chino —me dijo Camilo en un susurro sucio, agarrándose del borde de mi camiseta.
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Abrí la boca y me tragué la pija de Camilo hasta el fondo de la garganta. El grosor me abrió los labios a reventar; sentí el sabor a sal, a piel caliente y a ganas acumuladas. Empecé a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, ahogándome a propósito mientras le sobaba la verga a Lucas con la mano libre, dándole un ritmo salvaje a los dos.
Dios mío, le estoy mamando la pija alos hermanos de mi novio mientras le pajeo al otro, pensaba descontrolada, escuchando cómo mis fluidos sonaban húmedos y puercos en el silencio de la cocina. El chasquido de mi saliva contra la piel de Camilo retumbaba en las paredes.
Camilo soltó un grosero "¡Uff, hijueputa, qué boca tan caliente tiene esta perra!" mientras me miraba las tetas rebotar bajo la franela.
A los tres minutos, me saqué la pija de Camilo de la boca, dejando un hilo espeso de saliva uniendo sus labios con mi lengua, y me abalancé de cabeza sobre la de Lucas. Lo recibí completo, saboreando el contraste, succionándole el glande con fuerza mientras usaba las dos manos para agarrarlos a ambos de la base, juntando los dos troncos erectos frente a mi cara.
Me volví loca. Iba de una pija a la otra sin parar: le daba tres mamadas profundas a Camilo haciéndolo gemir ahogado contra el piso, me salía chorreando saliva y me le metía a Lucas hasta las amígdalas, disfrutando de la sumisión total de los dos cuñados a mis pies. Mi cuerpo era un volcán; sentía la tanga completamente empapada por mis propios jugos mientras me atragantaba con la leche contenida de los dos hermanos.
De repente, la verga de Camilo empezó a dar latidos violentos contra mis dedos.
CAMILO: ¡Me vengo, perra... me vengo ya, se la voy a botar toda en la garganta!
En lugar de retirarme, lo agarré duro de la nalga, me le pegué al tronco y me lo tragué hasta la raíz justo cuando soltó la primera descarga. El chorro hirviente, denso y espeso de Camilo me golpeó directamente la campanilla, haciéndome convulsionar la garganta. Me tragué el primer bombazo con fuerza, luego el segundo, y justo cuando Camilo terminaba de derramarse temblando, Lucas no aguantó más el morbo de la escena y se vino encima de mi cara.
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El semen de Lucas me saltó a la mejilla y a los labios. Me pegué rápido a su miembro, succionándole los últimos chorros calientes que le salían, mezclando la leche de ambos hermanos en mi boca.
Me quedé agachada un minuto entero, respirando a bocanadas por la nariz, sintiendo la boca llena y espesa. Cerré los ojos, pasé saliva con fuerza y me tragué hasta la última gota del semen combinado de los dos cuñados.
Me limpié la comisura de los labios con el dorso de la mano, saboreando el gusto amargo y caliente que me quedaba en la lengua, y los miré desde abajo con los ojos encendidos de puro morbo.
VALERIA: Limpien ese piso ya mismo y se van para sus cuartos... —les dije en un susurro malicioso.
Camilo y Lucas se quedaron tirados un segundo en el suelo, respirando como animales, mirándome el culo en tanga mientras yo me ponía de pie con total parsimonia.
A partir de esa mañana, la casa se convirtió en una orgía disimulada. Yo ya no me tapaba nada: andaba en las tangas de hilo más pequeñas que tenía, caminando despacio por los pasillos a propósito para que los dos me vieran el movimiento de las nalgas.
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Las diferencias entre los dos hermanos se volvieron marcadas. Lucas me tenía devoción y miedo; esperaba pacientemente sus turnos en la mañana. Pero Camilo se volvió un descarado completo. Cada vez que me lo cruzaba en el pasillo estrecho o en la cocina mientras yo preparaba el almuerzo en tanga, me agarraba duro de la cadera, me pegaba su cuerpo por detrás y me daba palmadas sonoras y secas en las nalgas.
PAQ.
El golpe de su mano abierta en mi piel desnuda retumbaba en la madera.
Rumbo al aislamiento 3

CAMILO: Qué culo tan delicioso tiene usted, cuñadita... me da ganas de abrírselo aquí mismo contra el mesón.
El dolor sabroso de la palmada y las groserías de Camilo me hacían mojar la tanga al instante. Yo solo me giraba, le sonreía con descaro y le decía en voz baja: "Acomódese más bien que ya casi es hora de su turno".
Pusieron a prueba la casa durante tres semanas hasta que las provisiones se acabaron. Santiago determinó que alguien debía bajar en la camioneta al pueblo a hacer el mercado completo, un viaje de ocho horas de trocha.
Santiago mandó a Lucas.
El jueves a las seis de la mañana, Lucas arrancó rumbo al pueblo. Pocos minutos después, Santiago y Mateo se fueron hacia el socavón a trabajar todo el día.
A las siete y media de la mañana, la casa quedó en un silencio sepulcral.
Yo estaba en la cocina, vestida únicamente con una tanga negra mínima que me cortaba las nalgas y un top blanco sin brasier que dejaba ver mis pezones erectos por el fresco de la mañana. De pronto, escuché los pasos pesados y decididos de Camilo viniendo por el pasillo.
No venía dormido ni apenado. Entró a la cocina con la pija marcándosele salvaje en la pantaloneta, cerró la cortina del marco con fuerza y caminó directo hacia mí, acorralándome contra el mesón de madera mientras me agarraba con firmeza de las dos nalgas al mismo tiempo.

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