Con las semanas, la producción en la mina aumentó y Santiago tuvo que reestructurar la logística de los turnos. Para mantener el trabajo pesado en el socavón durante la jornada de mayor calor, organizó a la cuadrilla de día sumando a varios obreros externos contratados en la zona. Santiago, Mateo y Camilo salían muy temprano hacia la mina para coordinar el trabajo pesado junto con los trabajadores locales —quienes venían del pueblo, trabajaban arriba en la montaña y al terminar la tarde regresarían a sus casas —. Lucas, por su parte, quedó asignado a la cuadrilla del turno de la tarde y noche para supervisar el mantenimiento, de modo que toda la mañana la tenía libre en la casa para descansar.
Esa distribución hacía que, después de las siete de la mañana, cuando Santiago y los dos hermanos mayores se iban al socavón, la casa quedara en un silencio absoluto. Solo quedábamos Lucas y yo.
Las primeras horas de la mañana transcurrían tranquilas. Yo me dedicaba a organizar la cocina, lavar la loza y barrer el piso de madera mientras Lucas dormía en su habitación tras su jornada.
Cerca de las nueve y media de un miércoles, el calor comenzaba a apretar en la montaña. Iba caminando por el pasillo hacia la sala con un trapo en la mano para limpiar el polvo. Al pasar frente al cuarto de Lucas, noté que la cortina de tela gruesa no estaba cerrada del todo; dejaba un espacio de unos cuatro dedos cerca del marco.
Por pura inercia, eché una mirada rápida mientras caminaba.

Lucas (22) estaba sentado al borde de la cama, vistiendo solo una pantaloneta corta de tela delgada. Tenía las piernas abiertas, el torso desnudo brillando por una capa fina de sudor y la mano derecha metida de lleno en su ropa interior, moviéndola con un ritmo constante. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás contra la pared de madera y los ojos cerrados, soltando respiraciones cortas y pesadas.
Me detuve un segundo, congelada en medio del pasillo. El sonido de sus suspiros en medio del silencio de la mañana me hizo apretar el trapo con fuerza entre los dedos.
En ese momento, las tablas del suelo crujieron bajo mis pies.
Lucas abrió los ojos de golpe. Su mirada tropezó directamente con la mía a través de la ranura de la cortina. En lugar de taparse, asustarse o soltarse, se quedó completamente inmóvil, mirándome fijo mientras su pecho subía y bajaba agitado.
El aire entre los dos se volvió pesado, denso.
Despacio, Lucas sacó la mano de la pantaloneta, revelando la silueta marcada y firme en su tela. Apoyó los codos sobre las rodillas, se pasó la mano por el cuello sudado y me llamó en un susurro bajo, casi ahogado.
LUCAS: Cuñada... pase un momento, por favor.
El sonido de su voz quebrada me produjo una sacudida en el estómago. Miré de reojo hacia la puerta principal de la casa, totalmente desierta, y luego volví a fijar los ojos en el marco de su cuarto.
VALERIA: ¿Qué pasa, Lucas? —pregunté en un murmullo, dando dos pasos cautelosos hacia la cortina sin atreverme a entrar del todo.
Lucas corrió la tela del todo y se puso de pie. Quedó parado a menos de un metro de mí. El calor que emanaba de su cuerpo se sentía en el ambiente, mezclado con el olor fuerte a piel. Tenía los ojos desorbitados por la vergüenza, pero también por una desesperación evidente.
LUCAS: Necesito decirle algo... no aguanto más esto, de verdad.
VALERIA: Vaya a vestirse, Lucas, por favor... Si alguien llega a bajar de la mina y lo ve así...
LUCAS: Nadie va a bajar a esta hora, Santiago y los muchachos están metidos en el socavón hasta el mediodía. Cuñada... míreme como estoy. Llevo semanas encerrado en este monte viéndola caminar por la casa en shorts, escuchándola al lado de mi cuarto... me voy a volver loco.
Sentí que el rostro se me encendía de golpe. El corazón me empezó a dar martillazos contra las costillas.
VALERIA: Lucas, usted sabe perfectamente quién soy yo. Soy la novia de Santiago, su hermano mayor. No me vuelva a decir una cosa de esas jamás.
Dio un paso corto hacia mí, reduciendo la distancia. Bajó la voz a un tono suplicante, mirándome directamente a la boca.
LUCAS: Yo sé quién es usted... pero no le estoy pidiendo que nos acostemos ni nada malo, se lo juro por Dios. Solo... déjeme verle los pechos un segundo. Solo verlos a distancia. Déjeme mirarla mientras me la jalo aquí en la pared y no le vuelvo a joder la vida, se lo ruego.
VALERIA: ¡Está completamente loco! ¿Cómo se le ocurre pedirme una grosería como esa? Si Santiago se entera de esto, nos mata a los dos y a usted lo echa a la calle.
LUCAS: Santiago no se va a enterar de nada porque esto queda entre los dos. Son dos minutos, cuñada... Míreme cómo estoy de cargado, se lo suplico, no me deje así.
Me pegué contra el marco de la puerta. Las palabras de Lucas me retumbaban en la cabeza. La idea de lo que me pedía era una absoluta locura, pero ver al hermano menor de mi novio temblando de la necesidad a mis pies, rogándome, provocó un cortocircuito en mi mente. La culpa chocó de frente con una chispa de vanidad y dominación que nunca antes había sentido.
Escruté el pasillo una última vez. Todo estaba en calma.
VALERIA: Si le llega a decir una sola palabra a alguien... o si intenta dar un solo paso hacia mí... me encargo de que Santiago lo saque de aquí hoy mismo. ¿Entendió?
LUCAS: Le juro por mi vida que no me muevo de aquí. Por favor, cuñadita...
Tragué saliva con dificultad. Con las manos temblándome levemente por la descarga de adrenalina, solté el trapo al suelo, llevé las manos al borde de mi blusa y la levanté lentamente hasta la altura del pecho, dejando mi busto completamente descubierto frente a sus ojos.

Lucas dejó salir un aire denso por la boca. Sus ojos se dilataron por completo, recorriéndome cada centímetro de la piel sin disimulo.
Sin perder un segundo, se bajó la pantaloneta hasta los muslos, agarró su miembro erecto con la mano derecha y comenzó a pajearse frente a mí con un ritmo lento y pesado, masticando el aire mientras no despegaba la mirada de mis pechos.

Me quedé inmóvil, apoyada contra la madera, sintiendo cómo los muslos se me tensionaban por el impacto de la escena. El hermano de mi novio se estaba tocando a un metro de mí, consumido por completo por mi cuerpo en medio del silencio de la casa.
Pasaron unos tres minutos largos. Los latidos de mi corazón se escuchaban en mis oídos mientras el choque de su piel sonaba firme en el cuarto. Lucas apretó los dientes, soltó un gemido grave y ahogado en la garganta y se vino con fuerza, manchando el piso de madera a sus pies. Se limpió con una franela vieja que tenía sobre la cama, respirando a bocanadas.
Me bajé la blusa de golpe, temblando, tomé el trapo del suelo y caminé rápido hacia la cocina sin decir una sola palabra. Durante el resto del día apenas lo miré. Santiago y sus hermanos bajaron a almorzar, la jornada siguió normal, pero por dentro yo sentía que había dejado una puerta abierta de la que ya no había vuelta atrás.
Pasaron cuatro días. El viernes por la mañana la casa volvió a quedarse desierta tras la salida de la cuadrilla de las siete. El calor era abrasador. Yo trataba de concentrarme en la rutina, pero la expectativa ya me caminaba por las venas.
A eso de las diez, mientras yo organizaba unas ollas en la cocina, escuché los pasos descalzos de Lucas en el pasillo. Esta vez no se quedó en la cortina esperando a que yo pasara. Apareció directamente en la entrada de la cocina, vestido solo con su pantaloneta corta, recostándose contra el marco de madera.
LUCAS: Cuñadita... buenos días.
Me giré despacio, secándome las manos con un paño.
VALERIA: Buenos días, Lucas. Vaya a vestirse que en cualquier momento me pongo a hacer el almuerzo.
Lucas sonrió con una soltura que no tenía cuatro días atrás. Dio un paso hacia la cocina, mirándome la blusa ceñida.
LUCAS: Venga, cuñada... ¿me va a ayudar con lo de siempre antes de que se ponga a cocinar?
VALERIA: ¡Otra vez usted, Lucas! No sea atrevido. Ya le dije que lo del martes fue por esta sola vez porque lo vi desesperado. Esto no es un juego.
LUCAS: No es ningún juego, cuñada... pero usted sabe lo bien que me hizo. Mire que he estado tranquilo todos estos días trabajando juicioso. Ayúdeme un ratico nada más, no sea mala. Son tres minutos y nadie la está viendo.
Me hice la rogada, poniéndome las manos en la cintura y negando con la cabeza, pero la verdad es que la adrenalina me estaba carcomiendo. Saber que el muchacho dependía de mi cuerpo para calmarse me generaba una sensación de poder adictiva.
VALERIA: Lucas... es la última vez, ¿oyó? Si Santiago se llega a dar cuenta de que esto se volvió una costumbre, nos mata a los dos.
LUCAS: Santiago no sabe nada. Venga pues...
Me pegué de espaldas contra la pared lateral de la cocina, donde nadie pudiera verme desde afuera. Sin esperar más, tomé el borde de la blusa y me la levanté sobre los pechos, mirándolo fijamente a los ojos.

Lucas soltó un suspiro largo. Se bajó la pantaloneta sin dudarlo un segundo y empezó a jalarse el gancho con agilidad, sosteniéndome la mirada con un descaro que me hizo apretar las piernas. Ya no había la vergüenza del primer día; ahora había una complicidad oscura entre los dos.
LUCAS: Dios mío... qué delicia de pechos tiene usted, cuñada... no me canso de mirarlos.
VALERIA: Cállese y hágale rápido, no hable bobadas —le dije con la voz entrecortada, aunque por dentro sentía que el vientre se me encendía por completo al escucharlo.

Tardó apenas dos minutos en venirse de nuevo, coronando con soltura mientras yo observaba cómo su cuerpo se estremecía frente a mí. Se limpió con tranquilidad, se acomodó la ropa y se despidió con un guiño de ojo antes de volver a su cuarto.
Para el siguiente martes, la rutina ya estaba totalmente establecida. Lo que empezó como un favor desesperado se había convertido en nuestra cita fija de las mañanas cuando la casa quedaba sola.
A las nueve y media entré a la cocina sabiendo que él vendría. Apenas escuché sus pasos, me ubiqué en el rincón de la pared. Lucas entró en pantaloneta, confiado, y ni siquiera hizo falta que me rogara: me levanté la blusa de una vez, dejando que mis pechos quedaran al descubierto.
Lucas se bajó la ropa y empezó a pajearse. Pero esta vez, pasaron tres minutos, luego cinco... y nada.
El ritmo de su mano era rápido, pero la respiración de Lucas no se aceleraba. Sudaba por el calor de la mañana, pero no lograba llegar al punto.
VALERIA: Apúrese, Lucas... ¿Qué le pasa hoy? Ya nos estamos demorando mucho y los muchachos pueden bajar por herramientas en cualquier momento.
LUCAS: Ya va, cuñadita... es que... espere, no me sale.
VALERIA: ¿Cómo que no le sale? Apúrese que me van a cansar los brazos de estar aquí parada.
Lucas detuvo la mano un segundo. Soltó un aire pesado por la boca, se pasó el dorso del brazo por la frente sudada y me miró a los ojos con la cara roja de frustración.
LUCAS: Es que ya no me funciona como las primeras veces, cuñada... Verla ya no me excita tanto como al principio si solo me quedo mirando desde aquí.
VALERIA: ¿Cómo así? ¿Y entonces qué quiere que haga?
Lucas dio un paso hacia mí, reduciendo el espacio entre los dos en la cocina, y me miró directamente a los labios con los ojos encendidos.
LUCAS: Pues... ayúdeme de otra manera. Con las manos ... un ratico nada más, para venirme rápido y no joderla más.
VALERIA: ¡Pero usted está loco! Ni se le ocurra pedirme eso. Una cosa es mostrarle y otra muy distinta cojerlo. Olvídese.
Me bajé la blusa de golpe y di un paso para salir hacia el pasillo, pero Lucas me tomó suavemente de la muñeca. Su mano estaba ardiendo.
LUCAS: No me deje así, cuñadita, por lo que más quiera... Me voy a quedar a medias todo el día y me duele. Solo con la boca un ratico y ya, le juro que me vengo rápido.
Me quedé congelada en el marco de la cocina. Miré hacia la entrada de la casa desierta. Dejarlo frustrado y cargado en la casa era un riesgo, pero además, ver la mirada suplicante del menor despertó algo en mi interior.
VALERIA: Está bien... Pero solo un momento. Y ni se le ocurra tocarme la cabeza, ni tampoco se le vaya a ocurrir venirse .
Lucas se bajó los pantalones y ví su pene en mi cara eso me dió algo de morbo sentir el olor y cuando lo tome con mis manos dios mío era una carga de adrenalina y morbo
empeze a pajearlo y escucharlo decir lo buena que era me exito un poco , asi pasaron unos minutos hasta que empezó a venirse a chorros

Así pasaron los días la rutina volvió a cambiar pero un martes lucas no se venía y le dije que que le pasaba , me dijo que ya no sentía lo mismo , yo pensé este me la vaa a volver hacer y que ahora que quiere que haga que se lo chupe o que
LUCAS: pues lo dijo usted cuñadita
Yo me quedé callada y le dije que estaba loco
LUCAS: cuñada no sea así vea que estoy muy cargado
Yo me quedé en silencio sintiendo una mezcla de emociones , me pare me fui
LUCAS: cuñada no espere , bueno era molestando , siga con la mano pero noe deje así
Yo me Fuy a poner candado a la puerta
VALERIA: bueno pero hay donde usted me toque o se venga en mi boca
Lucas se arrodilló de inmediato en el piso de madera de la cocina, bajándose la pantaloneta. Me agaché despacio, apoyando las manos en mis propias rodillas para mantener la distancia, y recibí su miembro erecto en la boca.
Sentir el calor y la firmeza del hermano de mi novio en mi lengua me provocó un escalofrío de la cabeza a los pies. La mente me daba vueltas: era el hermano de Santiago, la misma sangre del hombre con el que dormía todas las noches. Empecé a mover la cabeza despacio, sintiendo cómo se me apretaba el vientre de pura adrenalina mientras escuchaba los primeros gemidos ahogados del muchacho contra el suelo.

Apenas duró un par de minutos antes de sentir cómo se tensaba. Me retiré justo a tiempo. Lucas se vino en el suelo, respirando a bocanadas, mientras yo me limpiaba la boca con la mano.
VALERIA: Váyase ya para su cuarto —le dije en un susurro agitado pero firme.
Esa primera vez con la boca marcó una nueva frontera. Durante la semana siguiente, la rutina volvió a instalarse en las mañanas a solas. Sin embargo, algo profundo había cambiado dentro de mí. Ya no lo hacía solo por complacerlo o para evitar que hiciera un ruido o una imprudencia; ahora era yo la que esperaba con impaciencia las nueve y media de la mañana.
El calor de la casa, la falta de señal, el encierro y saber que estaba jugando con el hermano menor de Santiago me despertaban una excitación desbordante. Ya no me sentía la víctima de un chantaje; sentía una electricidad viva recorriéndome el cuerpo cada vez que me imaginaba teniéndolo entre las manos.
El siguiente viernes a las diez de la mañana, ni siquiera esperé a que Lucas me lo pidiera.
Estaba esperándolo en la cocina, apoyada contra el mesón con la mente ardiendo en morbo. Cuando Lucas entró en pantaloneta, confiado, esperando el libreto habitual, lo miré directamente a los ojos con una sonrisa pesada. No hubo rodeos ni explicaciones. Me agaché despacio frente a él, estiré la mano, le bajé la tela de un solo tirón y lo recibí de lleno en la boca.
Lucas soltó un gemido sorprendido, sujetándose del mesón de la cocina.
LUCAS: Dios mío... cuñadita... qué delicia...
Me entregué por completo al acto, usándolo para mi propia excitación. Mantenía un ritmo constante, profundo y fluido, saboreando el calor de su piel mientras sentía la fricción de sus muslos cerca de mi rostro. Mis propios pensamientos iban a mil por hora: la línea con el cuñado estaba totalmente borrada en mi cabeza, aplastada por la intensidad del momento y por el morbo de tener al menor de la familia completamente sometido a mis labios.


A los pocos minutos, la respiración de Lucas se volvió salvaje. Sintió los espasmos inevitables en la base y comenzó a tratar de echarse hacia atrás para no ensuciarme.
LUCAS: ¡Ya, cuñada, ya...! ¡Quítese, quítese que me le voy a venir!
Al escuchar su aviso, en lugar de soltarlo y apartarme como las veces anteriores, un impulso perverso de dominación me tomó por completo. En vez de quitarme, estiré los brazos, lo tomé con fuerza firme de las nalgas y la cadera, pegándolo directamente contra mi rostro para que no pudiera retroceder un solo centímetro.
Apreté los labios con más firmeza alrededor de su tronco y aceleré el movimiento con furia, succionando con fuerza.
LUCAS: ¡No, cuñada, espere! ¡Me le voy a...!
No alcanzó a terminar de hablar. El primer chorro hirviente y denso le saltó directamente al fondo de mi garganta. Lucas sacudió la espalda en un espasmo violento, ahogando un grito de placer en el techo de la cocina mientras se sujetaba desesperado de mis hombros.
No lo solté. Mantuve la presión trago a trago, sintiendo los latidos profundos de su miembro en mi boca, tragándome cada uno de sus impulsos calientes sin dejar escapar una sola gota al piso.


Cuando finalmente lo liberé, Lucas se dejó caer de rodillas sobre la madera, respirando con dificultad, desorientado y mirándome con los ojos desorbitados por la sorpresa de lo que acababa de pasar.
Me pasé la lengua por los labios, limpiándome con la comisura de la mano y saboreando el rastro denso que me quedaba en la garganta. Lo miré desde arriba, agitada pero con una calma fría en la mirada.
VALERIA: Esto no pasó... Váyase a su cuarto ya mismo.
Lucas asintió torpemente, todavía temblando, y se escabulló por el pasillo hacia su cama.
Me quedé sola en la cocina, apoyada contra la pared, sintiendo el corazón desbocado y el vientre encendido como nunca antes en mi vida. Me pasé la lengua por los dientes, disfrutando de la sensación. Creía tener el control total del juego en esa casa, sin sospechar que las puertas que acababa de abrir apenas estaban comenzando a empujarse.
Esa distribución hacía que, después de las siete de la mañana, cuando Santiago y los dos hermanos mayores se iban al socavón, la casa quedara en un silencio absoluto. Solo quedábamos Lucas y yo.
Las primeras horas de la mañana transcurrían tranquilas. Yo me dedicaba a organizar la cocina, lavar la loza y barrer el piso de madera mientras Lucas dormía en su habitación tras su jornada.
Cerca de las nueve y media de un miércoles, el calor comenzaba a apretar en la montaña. Iba caminando por el pasillo hacia la sala con un trapo en la mano para limpiar el polvo. Al pasar frente al cuarto de Lucas, noté que la cortina de tela gruesa no estaba cerrada del todo; dejaba un espacio de unos cuatro dedos cerca del marco.
Por pura inercia, eché una mirada rápida mientras caminaba.

Lucas (22) estaba sentado al borde de la cama, vistiendo solo una pantaloneta corta de tela delgada. Tenía las piernas abiertas, el torso desnudo brillando por una capa fina de sudor y la mano derecha metida de lleno en su ropa interior, moviéndola con un ritmo constante. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás contra la pared de madera y los ojos cerrados, soltando respiraciones cortas y pesadas.
Me detuve un segundo, congelada en medio del pasillo. El sonido de sus suspiros en medio del silencio de la mañana me hizo apretar el trapo con fuerza entre los dedos.
En ese momento, las tablas del suelo crujieron bajo mis pies.
Lucas abrió los ojos de golpe. Su mirada tropezó directamente con la mía a través de la ranura de la cortina. En lugar de taparse, asustarse o soltarse, se quedó completamente inmóvil, mirándome fijo mientras su pecho subía y bajaba agitado.
El aire entre los dos se volvió pesado, denso.
Despacio, Lucas sacó la mano de la pantaloneta, revelando la silueta marcada y firme en su tela. Apoyó los codos sobre las rodillas, se pasó la mano por el cuello sudado y me llamó en un susurro bajo, casi ahogado.
LUCAS: Cuñada... pase un momento, por favor.
El sonido de su voz quebrada me produjo una sacudida en el estómago. Miré de reojo hacia la puerta principal de la casa, totalmente desierta, y luego volví a fijar los ojos en el marco de su cuarto.
VALERIA: ¿Qué pasa, Lucas? —pregunté en un murmullo, dando dos pasos cautelosos hacia la cortina sin atreverme a entrar del todo.
Lucas corrió la tela del todo y se puso de pie. Quedó parado a menos de un metro de mí. El calor que emanaba de su cuerpo se sentía en el ambiente, mezclado con el olor fuerte a piel. Tenía los ojos desorbitados por la vergüenza, pero también por una desesperación evidente.
LUCAS: Necesito decirle algo... no aguanto más esto, de verdad.
VALERIA: Vaya a vestirse, Lucas, por favor... Si alguien llega a bajar de la mina y lo ve así...
LUCAS: Nadie va a bajar a esta hora, Santiago y los muchachos están metidos en el socavón hasta el mediodía. Cuñada... míreme como estoy. Llevo semanas encerrado en este monte viéndola caminar por la casa en shorts, escuchándola al lado de mi cuarto... me voy a volver loco.
Sentí que el rostro se me encendía de golpe. El corazón me empezó a dar martillazos contra las costillas.
VALERIA: Lucas, usted sabe perfectamente quién soy yo. Soy la novia de Santiago, su hermano mayor. No me vuelva a decir una cosa de esas jamás.
Dio un paso corto hacia mí, reduciendo la distancia. Bajó la voz a un tono suplicante, mirándome directamente a la boca.
LUCAS: Yo sé quién es usted... pero no le estoy pidiendo que nos acostemos ni nada malo, se lo juro por Dios. Solo... déjeme verle los pechos un segundo. Solo verlos a distancia. Déjeme mirarla mientras me la jalo aquí en la pared y no le vuelvo a joder la vida, se lo ruego.
VALERIA: ¡Está completamente loco! ¿Cómo se le ocurre pedirme una grosería como esa? Si Santiago se entera de esto, nos mata a los dos y a usted lo echa a la calle.
LUCAS: Santiago no se va a enterar de nada porque esto queda entre los dos. Son dos minutos, cuñada... Míreme cómo estoy de cargado, se lo suplico, no me deje así.
Me pegué contra el marco de la puerta. Las palabras de Lucas me retumbaban en la cabeza. La idea de lo que me pedía era una absoluta locura, pero ver al hermano menor de mi novio temblando de la necesidad a mis pies, rogándome, provocó un cortocircuito en mi mente. La culpa chocó de frente con una chispa de vanidad y dominación que nunca antes había sentido.
Escruté el pasillo una última vez. Todo estaba en calma.
VALERIA: Si le llega a decir una sola palabra a alguien... o si intenta dar un solo paso hacia mí... me encargo de que Santiago lo saque de aquí hoy mismo. ¿Entendió?
LUCAS: Le juro por mi vida que no me muevo de aquí. Por favor, cuñadita...
Tragué saliva con dificultad. Con las manos temblándome levemente por la descarga de adrenalina, solté el trapo al suelo, llevé las manos al borde de mi blusa y la levanté lentamente hasta la altura del pecho, dejando mi busto completamente descubierto frente a sus ojos.

Lucas dejó salir un aire denso por la boca. Sus ojos se dilataron por completo, recorriéndome cada centímetro de la piel sin disimulo.
Sin perder un segundo, se bajó la pantaloneta hasta los muslos, agarró su miembro erecto con la mano derecha y comenzó a pajearse frente a mí con un ritmo lento y pesado, masticando el aire mientras no despegaba la mirada de mis pechos.

Me quedé inmóvil, apoyada contra la madera, sintiendo cómo los muslos se me tensionaban por el impacto de la escena. El hermano de mi novio se estaba tocando a un metro de mí, consumido por completo por mi cuerpo en medio del silencio de la casa.
Pasaron unos tres minutos largos. Los latidos de mi corazón se escuchaban en mis oídos mientras el choque de su piel sonaba firme en el cuarto. Lucas apretó los dientes, soltó un gemido grave y ahogado en la garganta y se vino con fuerza, manchando el piso de madera a sus pies. Se limpió con una franela vieja que tenía sobre la cama, respirando a bocanadas.
Me bajé la blusa de golpe, temblando, tomé el trapo del suelo y caminé rápido hacia la cocina sin decir una sola palabra. Durante el resto del día apenas lo miré. Santiago y sus hermanos bajaron a almorzar, la jornada siguió normal, pero por dentro yo sentía que había dejado una puerta abierta de la que ya no había vuelta atrás.
Pasaron cuatro días. El viernes por la mañana la casa volvió a quedarse desierta tras la salida de la cuadrilla de las siete. El calor era abrasador. Yo trataba de concentrarme en la rutina, pero la expectativa ya me caminaba por las venas.
A eso de las diez, mientras yo organizaba unas ollas en la cocina, escuché los pasos descalzos de Lucas en el pasillo. Esta vez no se quedó en la cortina esperando a que yo pasara. Apareció directamente en la entrada de la cocina, vestido solo con su pantaloneta corta, recostándose contra el marco de madera.
LUCAS: Cuñadita... buenos días.
Me giré despacio, secándome las manos con un paño.
VALERIA: Buenos días, Lucas. Vaya a vestirse que en cualquier momento me pongo a hacer el almuerzo.
Lucas sonrió con una soltura que no tenía cuatro días atrás. Dio un paso hacia la cocina, mirándome la blusa ceñida.
LUCAS: Venga, cuñada... ¿me va a ayudar con lo de siempre antes de que se ponga a cocinar?
VALERIA: ¡Otra vez usted, Lucas! No sea atrevido. Ya le dije que lo del martes fue por esta sola vez porque lo vi desesperado. Esto no es un juego.
LUCAS: No es ningún juego, cuñada... pero usted sabe lo bien que me hizo. Mire que he estado tranquilo todos estos días trabajando juicioso. Ayúdeme un ratico nada más, no sea mala. Son tres minutos y nadie la está viendo.
Me hice la rogada, poniéndome las manos en la cintura y negando con la cabeza, pero la verdad es que la adrenalina me estaba carcomiendo. Saber que el muchacho dependía de mi cuerpo para calmarse me generaba una sensación de poder adictiva.
VALERIA: Lucas... es la última vez, ¿oyó? Si Santiago se llega a dar cuenta de que esto se volvió una costumbre, nos mata a los dos.
LUCAS: Santiago no sabe nada. Venga pues...
Me pegué de espaldas contra la pared lateral de la cocina, donde nadie pudiera verme desde afuera. Sin esperar más, tomé el borde de la blusa y me la levanté sobre los pechos, mirándolo fijamente a los ojos.

Lucas soltó un suspiro largo. Se bajó la pantaloneta sin dudarlo un segundo y empezó a jalarse el gancho con agilidad, sosteniéndome la mirada con un descaro que me hizo apretar las piernas. Ya no había la vergüenza del primer día; ahora había una complicidad oscura entre los dos.
LUCAS: Dios mío... qué delicia de pechos tiene usted, cuñada... no me canso de mirarlos.
VALERIA: Cállese y hágale rápido, no hable bobadas —le dije con la voz entrecortada, aunque por dentro sentía que el vientre se me encendía por completo al escucharlo.

Tardó apenas dos minutos en venirse de nuevo, coronando con soltura mientras yo observaba cómo su cuerpo se estremecía frente a mí. Se limpió con tranquilidad, se acomodó la ropa y se despidió con un guiño de ojo antes de volver a su cuarto.
Para el siguiente martes, la rutina ya estaba totalmente establecida. Lo que empezó como un favor desesperado se había convertido en nuestra cita fija de las mañanas cuando la casa quedaba sola.
A las nueve y media entré a la cocina sabiendo que él vendría. Apenas escuché sus pasos, me ubiqué en el rincón de la pared. Lucas entró en pantaloneta, confiado, y ni siquiera hizo falta que me rogara: me levanté la blusa de una vez, dejando que mis pechos quedaran al descubierto.
Lucas se bajó la ropa y empezó a pajearse. Pero esta vez, pasaron tres minutos, luego cinco... y nada.
El ritmo de su mano era rápido, pero la respiración de Lucas no se aceleraba. Sudaba por el calor de la mañana, pero no lograba llegar al punto.
VALERIA: Apúrese, Lucas... ¿Qué le pasa hoy? Ya nos estamos demorando mucho y los muchachos pueden bajar por herramientas en cualquier momento.
LUCAS: Ya va, cuñadita... es que... espere, no me sale.
VALERIA: ¿Cómo que no le sale? Apúrese que me van a cansar los brazos de estar aquí parada.
Lucas detuvo la mano un segundo. Soltó un aire pesado por la boca, se pasó el dorso del brazo por la frente sudada y me miró a los ojos con la cara roja de frustración.
LUCAS: Es que ya no me funciona como las primeras veces, cuñada... Verla ya no me excita tanto como al principio si solo me quedo mirando desde aquí.
VALERIA: ¿Cómo así? ¿Y entonces qué quiere que haga?
Lucas dio un paso hacia mí, reduciendo el espacio entre los dos en la cocina, y me miró directamente a los labios con los ojos encendidos.
LUCAS: Pues... ayúdeme de otra manera. Con las manos ... un ratico nada más, para venirme rápido y no joderla más.
VALERIA: ¡Pero usted está loco! Ni se le ocurra pedirme eso. Una cosa es mostrarle y otra muy distinta cojerlo. Olvídese.
Me bajé la blusa de golpe y di un paso para salir hacia el pasillo, pero Lucas me tomó suavemente de la muñeca. Su mano estaba ardiendo.
LUCAS: No me deje así, cuñadita, por lo que más quiera... Me voy a quedar a medias todo el día y me duele. Solo con la boca un ratico y ya, le juro que me vengo rápido.
Me quedé congelada en el marco de la cocina. Miré hacia la entrada de la casa desierta. Dejarlo frustrado y cargado en la casa era un riesgo, pero además, ver la mirada suplicante del menor despertó algo en mi interior.
VALERIA: Está bien... Pero solo un momento. Y ni se le ocurra tocarme la cabeza, ni tampoco se le vaya a ocurrir venirse .
Lucas se bajó los pantalones y ví su pene en mi cara eso me dió algo de morbo sentir el olor y cuando lo tome con mis manos dios mío era una carga de adrenalina y morbo
empeze a pajearlo y escucharlo decir lo buena que era me exito un poco , asi pasaron unos minutos hasta que empezó a venirse a chorros

Así pasaron los días la rutina volvió a cambiar pero un martes lucas no se venía y le dije que que le pasaba , me dijo que ya no sentía lo mismo , yo pensé este me la vaa a volver hacer y que ahora que quiere que haga que se lo chupe o que
LUCAS: pues lo dijo usted cuñadita
Yo me quedé callada y le dije que estaba loco
LUCAS: cuñada no sea así vea que estoy muy cargado
Yo me quedé en silencio sintiendo una mezcla de emociones , me pare me fui
LUCAS: cuñada no espere , bueno era molestando , siga con la mano pero noe deje así
Yo me Fuy a poner candado a la puerta
VALERIA: bueno pero hay donde usted me toque o se venga en mi boca
Lucas se arrodilló de inmediato en el piso de madera de la cocina, bajándose la pantaloneta. Me agaché despacio, apoyando las manos en mis propias rodillas para mantener la distancia, y recibí su miembro erecto en la boca.
Sentir el calor y la firmeza del hermano de mi novio en mi lengua me provocó un escalofrío de la cabeza a los pies. La mente me daba vueltas: era el hermano de Santiago, la misma sangre del hombre con el que dormía todas las noches. Empecé a mover la cabeza despacio, sintiendo cómo se me apretaba el vientre de pura adrenalina mientras escuchaba los primeros gemidos ahogados del muchacho contra el suelo.

Apenas duró un par de minutos antes de sentir cómo se tensaba. Me retiré justo a tiempo. Lucas se vino en el suelo, respirando a bocanadas, mientras yo me limpiaba la boca con la mano.
VALERIA: Váyase ya para su cuarto —le dije en un susurro agitado pero firme.
Esa primera vez con la boca marcó una nueva frontera. Durante la semana siguiente, la rutina volvió a instalarse en las mañanas a solas. Sin embargo, algo profundo había cambiado dentro de mí. Ya no lo hacía solo por complacerlo o para evitar que hiciera un ruido o una imprudencia; ahora era yo la que esperaba con impaciencia las nueve y media de la mañana.
El calor de la casa, la falta de señal, el encierro y saber que estaba jugando con el hermano menor de Santiago me despertaban una excitación desbordante. Ya no me sentía la víctima de un chantaje; sentía una electricidad viva recorriéndome el cuerpo cada vez que me imaginaba teniéndolo entre las manos.
El siguiente viernes a las diez de la mañana, ni siquiera esperé a que Lucas me lo pidiera.
Estaba esperándolo en la cocina, apoyada contra el mesón con la mente ardiendo en morbo. Cuando Lucas entró en pantaloneta, confiado, esperando el libreto habitual, lo miré directamente a los ojos con una sonrisa pesada. No hubo rodeos ni explicaciones. Me agaché despacio frente a él, estiré la mano, le bajé la tela de un solo tirón y lo recibí de lleno en la boca.
Lucas soltó un gemido sorprendido, sujetándose del mesón de la cocina.
LUCAS: Dios mío... cuñadita... qué delicia...
Me entregué por completo al acto, usándolo para mi propia excitación. Mantenía un ritmo constante, profundo y fluido, saboreando el calor de su piel mientras sentía la fricción de sus muslos cerca de mi rostro. Mis propios pensamientos iban a mil por hora: la línea con el cuñado estaba totalmente borrada en mi cabeza, aplastada por la intensidad del momento y por el morbo de tener al menor de la familia completamente sometido a mis labios.


A los pocos minutos, la respiración de Lucas se volvió salvaje. Sintió los espasmos inevitables en la base y comenzó a tratar de echarse hacia atrás para no ensuciarme.
LUCAS: ¡Ya, cuñada, ya...! ¡Quítese, quítese que me le voy a venir!
Al escuchar su aviso, en lugar de soltarlo y apartarme como las veces anteriores, un impulso perverso de dominación me tomó por completo. En vez de quitarme, estiré los brazos, lo tomé con fuerza firme de las nalgas y la cadera, pegándolo directamente contra mi rostro para que no pudiera retroceder un solo centímetro.
Apreté los labios con más firmeza alrededor de su tronco y aceleré el movimiento con furia, succionando con fuerza.
LUCAS: ¡No, cuñada, espere! ¡Me le voy a...!
No alcanzó a terminar de hablar. El primer chorro hirviente y denso le saltó directamente al fondo de mi garganta. Lucas sacudió la espalda en un espasmo violento, ahogando un grito de placer en el techo de la cocina mientras se sujetaba desesperado de mis hombros.
No lo solté. Mantuve la presión trago a trago, sintiendo los latidos profundos de su miembro en mi boca, tragándome cada uno de sus impulsos calientes sin dejar escapar una sola gota al piso.


Cuando finalmente lo liberé, Lucas se dejó caer de rodillas sobre la madera, respirando con dificultad, desorientado y mirándome con los ojos desorbitados por la sorpresa de lo que acababa de pasar.
Me pasé la lengua por los labios, limpiándome con la comisura de la mano y saboreando el rastro denso que me quedaba en la garganta. Lo miré desde arriba, agitada pero con una calma fría en la mirada.
VALERIA: Esto no pasó... Váyase a su cuarto ya mismo.
Lucas asintió torpemente, todavía temblando, y se escabulló por el pasillo hacia su cama.
Me quedé sola en la cocina, apoyada contra la pared, sintiendo el corazón desbocado y el vientre encendido como nunca antes en mi vida. Me pasé la lengua por los dientes, disfrutando de la sensación. Creía tener el control total del juego en esa casa, sin sospechar que las puertas que acababa de abrir apenas estaban comenzando a empujarse.
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