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Rumbo al aislamiento

La situación en la ciudad llevaba meses siendo un asco. Cada uno andaba por su lado rebuscándose la vida como podía; Mateo (25) trabajando a quemarropa en lo que saliera, Camilo (23) endeudado hasta el cuello con el arriendo de su habitación, y Lucas (22), el menor, desesperado porque no conseguía nada estable. El único que mantenía la cabeza a flote era Santiago, mi novio de 26 años, que siempre ha tenido esa madera de líder y de no dejarse ahogar por nada.
La oportunidad llegó un martes por la noche. A Santiago lo llamó un viejo conocido de la familia para ofrecerle trabajo en una mina de carbón que apenas estaba arrancando en una zona muy metida en la montaña.
VALERIA: ¿Y qué te dijo exactamente, Santi? —le pregunté mientras él colgaba el celular con una sonrisa que no le cabía en la cara.
SANTIAGO: Que la mina está empezando y necesitan gente fuerte de una vez. Le pregunté que si podía llevar más personal y me dijo: "Tráigase a los que pueda, Santiago, allá lo que falta son brazos". Voy a llamar a mis hermanos ya mismo.
Esa misma noche, los tres hermanos de Santiago llegaron a nuestro apartamento. La reunión fue corta porque la necesidad no da tiempo para dudar.
MATEO: Hermano, dígame cuándo nos vamos y le armo el bolso hoy mismo. En este taller de mierda me están pagando una miseria.
CAMILO: Yo estoy listo, Santi. Para pagar arriendo y aguantar hambre aquí, prefiero irme a comer tierra a la montaña pero con plata segura.
LUCAS: Yo voy en las que sea, Santi. No tengo nada que me amarre en la ciudad.
Los tres se miraban entre sí con la ilusión de salir del aprieto económico. Yo estaba parada en la puerta de la cocina, cruzada de brazos, escuchándolo todo.
VALERIA: Bueno, muy bonito el entusiasmo de todos... pero ¿y conmigo qué va a pasar, Santiago? Yo no me voy a quedar sola en este apartamento tres o cuatro meses esperándote a que vuelvas.
Santiago se levantó del sofá, se me acercó y me tomó por la cintura enfrente de sus hermanos.
SANTIAGO: No, mi amor, usted no se me queda. Hablé con el encargado y nos van a entregar la casa principal de la mina. Es grande, de madera, bien acomodada. Usted se va conmigo, nos ayuda con la cocina y así no estamos separados.
CAMILO: Claro, cuñada, ¿cómo la vamos a dejar sola? Además, alguien tiene que ponerle orden a la cocina porque entre nosotros cuatro eso se vuelve un chiquero en dos días.
El viaje arrancó dos días después. Empacamos herramientas, ropa y provisiones en la camioneta vieja de la mina. El trayecto fue largo: tres horas de carretera pavimentada y luego otras tres horas por una trocha de piedra y barro metida en la montaña. A mitad del camino, las barras de señal de mi celular cayeron por completo hasta quedar "Sin servicio". Estábamos totalmente aislados, a seis horas del pueblo más cercano.
Llegamos a la mina al atardecer. La casa era una construcción rústica de madera, amplia pero inacabada. Al entrar me di cuenta del gran detalle de la vivienda: no tenía puertas internas. Había cuatro habitaciones pequeñas en fila separadas por tabiques delgados de pino que no llegaban del todo al techo, y los marcos de entrada solo estaban cubiertos por cortinas de tela gruesa.
En el primer cuarto nos acomodamos Santiago y yo. En los tres siguientes, uno para cada hermano: Mateo en el segundo, Camilo en el tercero y Lucas en el último, al fondo del pasillo.
Las primeras tres semanas transcurrieron con total normalidad y trabajo duro. Los muchachos salían al socavón desde temprano, regresaban molidos a almorzar, yo me encargaba de la cocina y de mantener la casa limpia, y en las noches caíamos todos rendidos por el cansancio. Eran atentos conmigo, me trataban con respeto y la convivencia familiar marchaba sobre ruedas.
Pero el aislamiento y el calor sofocante de la montaña poco a poco empezaron a pasar la factura.
Sin televisión, sin internet y sin ningún tipo de entretenimiento, las noches se volvieron largas y pesadas. La falta de puertas en la casa hacía que cualquier movimiento, cualquier susurro o crujido de las tablas se escuchara de un cuarto a otro.
El primer encuentro ocurrió una noche de domingo, cerca de la midnight. Me levanté en silencio a buscar un vaso con agua a la cocina. El pasillo estaba completamente a oscuras, solo iluminado por la luz de la luna que filtraba por las rendijas de las tablas.
Al pasar junto al último cuarto, la cortina de Lucas estaba ligeramente corrida. Un jadeo corto y contenido me hizo detener los pasos.
Me asomé sin querer por la rendija del marco. Lucas (22) estaba tirado boca arriba en su cama, completamente desnudo por el calor de la habitación. Tenía los ojos cerrados, la respiración agitada y la mano apretada firmemente alrededor de su miembro erecto, pajeándose con un ritmo frenético y desesperado.
Me quedé congelada en medio del pasillo. Ver al hermano menor de mi novio en esa intimidad tan cruda me provocó un nudo en la garganta. Me pegué contra la pared, incapaz de moverme durante unos segundos, escuchando el roce de su piel y sus respiraciones ahogadas hasta que él terminó.
Rumbo al aislamiento


Regresé a la habitación a toda prisa, con el corazón batiéndome contra el pecho. Me metí debajo de la sábana y me pegué a Santiago, que dormía profundamente a mi lado.
Esa misma tarde, mientras lavaba la loza, aproveché que Santiago estaba solo en la mesa organizando las planillas de los turnos para comentárselo en voz baja.
VALERIA: Santi... anoche fui por agua a la cocina y... vi a Lucas.
Santiago levantó la cabeza sin dejar de sostener el esfero.
SANTIAGO: ¿Qué le pasó a Lucas? ¿Se siente mal o qué?
VALERIA: No, no es eso... Es que la cortina de su cuarto estaba abierta y lo vi... se estaba pajeando, Santiago. Me pareció superincómodo, me lo crucé de frente y me dio una pena terrible.
Santiago soltó una carcajada suave, negó con la cabeza y volvió a poner los ojos en la planilla.
SANTIAGO: Ah, no me joda, Valeria, pensé que era algo grave. Mi amor, entienda dónde estamos metidos. Somos cuatro hombres jóvenes encerrados en una montaña sin mujer, sin salir y matándonos en una mina todo el día. ¿Qué quiere que haga el pelao? Es perfectamente normal.
VALERIA: Ya sé que es normal, Santi, pero es incómodo. Ni siquiera hay puertas en los cuartos, todo se escucha y todo se ve.
SANTIAGO: Pues no sea metida, no mire para allá y déjelo tranquilo. Ellos están haciendo su trabajo y no le están faltando al respeto a nadie. Acostúmbrese porque aquí la vida es así.
Con el paso de las semanas, las palabras de Santiago terminaron volviéndose una realidad ineludible. La privacidad en esa casa simplemente no existía, y la falta de puertas convirtió la intimidad de los muchachos en algo cotidiano. Ya no era solo Lucas a solas en su cuarto a altas horas de la madrugada; con el tiempo se volvió parte de la rutina diaria pasar por el pasillo hacia la sala o la cocina y cruzarse con escenas similares a cualquier hora.
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En más de una ocasión, al pasar por alguno de los marcos, me encontré a dos de los hermanos sentados en el borde de la cama compartiendo la pantalla de un celular con videos pornográficos guardados, pajeándose juntos con total soltura frente al otro, conversando o comentando el video mientras se tocaban.
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Ver a Mateo, Camilo o Lucas jalándose el gancho, ya fuera solos en sus camas o juntos en el mismo cuarto, pasó de ser algo que me congelaba del susto a un detalle más de la convivencia en la mina. Se volvió tan normal en la rutina de la casa como verlos cenar o limpiar las herramientas después del turno.
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