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Orgia gay de Naruto

El silencio en la casa no era una ausencia de ruido, sino una presencia pesada, una manta de plomo que se asentaba sobre mis hombros cada vez que cruzaba el umbral. Las paredes, que alguna vez vibraron con las risas de Boruto y los pasos ligeros de Himawari, ahora solo devolvían el eco de mis propios suspiros. El despacho del Hokage me había robado la vida; los pergaminos, las disputas territoriales y la burocracia interminable habían sido el muro que levanté entre mi familia y yo. Hinata no gritó cuando se fue. No hubo platos rotos ni escenas dramáticas. Solo hubo una maleta, una mirada de una tristeza infinita que me atravesó el pecho y una frase que aún resonaba en los pasillos vacíos: "Ya no queda nada de nosotros que rescatar, Naruto".
Me dejé caer en el sofá, sintiendo que el peso de la capa blanca, que aún llevaba puesta, me hundía en la madera. Cerré los ojos y el vacío se volvió tangible. El éxito político, el respeto de las cinco naciones, el título del hombre más fuerte del mundo... todo eso no servía para llenar el hueco en la cama. Me sentía como un cascarón. Pero bajo la melancolía, un hambre antigua y visceral comenzó a despertar. Era una tensión eléctrica que nacía en la base de mi columna y se irradiaba hacia abajo, un pulso sordo y persistente que me recordaba que mi cuerpo seguía vivo, aunque mi alma estuviera en cenizas.
Hacía meses que no sentía la piel de otra persona. El deseo se había acumulado, espesándose como brea, convirtiéndose en una necesidad física que rozaba el dolor. Me puse de pie con movimientos lentos, casi torpes. El aire de la sala se sentía frío, pero mi piel ardía.
—Maldita sea —gruñí, mi voz sonando ronca, extraña en la soledad del hogar.
Llevé mis manos al nudo de la capa y la dejé caer al suelo sin cuidado. Luego, los dedos temblorosos desabrocharon la chaqueta y la camisa, revelando un torso que los años de entrenamiento y el rigor del cargo habían mantenido firme. Me miré en el espejo del pasillo mientras me despojaba de los pantalones y la ropa interior. Mis músculos estaban marcados, las líneas de mis abdominales definidas, la piel curtida por mil batallas y cicatrices que contaban historias de supervivencia. Me vi ahí, desnudo, vulnerable y desesperado. Mi polla ya estaba erecta, un miembro grueso y palpitante que buscaba desesperadamente una salida para la presión que lo congestionaba.
Cerré los ojos y, sin darme cuenta, mi mente viajó hacia atrás. No a Hinata, sino a alguien más. El recuerdo de Sasuke, de aquel vínculo que trascendía la amistad, de la electricidad que chispeaba cuando nuestros cuerpos chocaban en entrenamientos que se volvían demasiado intensos. Recordé el olor a ozono y sudor, la dureza de su cuerpo contra el mío, la forma en que sus ojos negros me devoraban. El solo pensamiento hizo que un chorro de presemén brotara de mi glande, manchando la punta de mi pene.
Apreté el agarre sobre mi propia carne. Empecé a masturbarme, moviendo la mano en un ritmo frenético, sintiendo la fricción del cuero de mi palma contra la cabeza sensible de mi miembro. Pero la autosatisfacción se sentía incompleta,Casi insultante. Mi mano era la mía; el tacto era predecible. Necesitaba más. Necesitaba la sensación de ser poseído, de ser tocado, de sentir que alguien más se encargaba de mi placer.
—No puedo seguir así —susurré, jadeando.
Crucé los dedos en el sello familiar. El chakra fluyó por mis venas, una marea cálida que explotó en una nube de humo blanco.
¡Poof!
Frente a mí, apareció un clon. Era mi propio reflejo, con la misma mirada nublada por la lujuria, la misma erección orgullosa y la misma piel caliente. Nos miramos durante un segundo. No había vergüenza, solo una comprensión absoluta. El clon sabía exactamente dónde me dolía, qué necesitaba y cómoLCómo quería que me tocara.
—Hazlo —le ordené, mi voz quebrándose.
El clon no respondió con palabras. Se arrodilló lentamente, sus ojos fijos en los míos mientras sus manos enguantadas bajaban hacia mi entrepierna. Sentí el calor de su aliento contra mi muslo antes de que su lengua, húmeda y caliente, recorriera la base de mi pene con una lentitud tortuosa. Un gemido escapó de mis labios, un sonido animal que no reconocí como mío.
Cuando el clon envolvió mi glande con sus labios, el mundo desapareció. La sensación fue doble, un cortocircuito sensorial. Sentía la succión voraz en mi polla, pero al mismo tiempo, sentía la textura de mi propia piel en mi lengua,H El sabor salado de mi presemén, la presión de mis propios labios apretando la carne. Era un bucle infinito de placer que se retroalimentaba, amplificando cada nervio, cada espasmo. El clon succionaba con fuerza, usando la lengua para jugar con el frenillo, creando un vacío que me hacía arquear la espalda.
—¡Ah... mierda! —exclamé, agarrando el cabello rubio del clon mientras lo empujaba más profundamente en mi garganta.
El sonido era húmedo, un shlick-shlick rítmico que llenaba la habitación. La estimulación era tan intensa que mis piernas empezaron a temblar. Sentía cómo el semen subía, una marea incontenible. El clon aumentó la velocidad, sus mejillas hundiéndose por la succión, sus ojos mirando hacia arriba con una devoción maníaca. Con un último espasmo violento, me corrí. El semen salió disparado en chorros espesos y calientes, llenando la boca del clon, quien no dejó que cayera ni una sola gota, tragando cada pulsación con avidez.
Me quedé jadeando, el corazón martilleando contra mis costillas, pero la descarga no fue suficiente. El orgasmo había abierto una puerta, una voracidad que pedía más. No quería solo una boca. Quería ser devorado.
—Más... necesito más —jadeé.
Nuevamente, el sello. ¡Poof! ¡Poof! ¡Poof! ¡Poof!
En cuestión de segundos, la sala estaba llena de mí. Diez, quince, veinte clones. Todos desnudos, todos con los ojos encendidos por la misma necesidad insaciable. Me rodearon, formando un círculo de carne y deseo.
—Tóquenme en todas partes —ordené, dejándome caer hacia atrás sobre la alfombra.
De repente, me vi sumergido en un mar de piel. Sentí manos fuertes apretando mis muslos, dedos recorriendo mis costados. Dos clones se abalanzaron sobre mi pecho, sus bocas encontrando mis pezones, succionándolos y mordiéndolos con una intensidad que me hacía soltar gritos cortos y agudos. Otro clon se posicionó sobre mi rostro, su lengua explorando mi boca en un beso húmedo, profundo, donde nuestras lenguas se entrelazaban en una danza de saliva y hambre, succionándose mutuamente con una urgencia desesperada.
Mientras tanto, abajo, el caos era absoluto. Sentí una mano caliente y húmeda abrir mis mejillas, exponiendo mi ano al aire frío antes de que una lengua experta comenzara a lamer el orificio, circulando alrededor, provocando que mis caderas se elevaran instintivamente.
—¡Sí, ahí! ¡Más! —gemí contra los labios del clon que me besaba.
El clon que estaba en mi trasero no se detuvo ahí. Empecé a sentir sus dedos, uno, luego dos, dilatando mi entrada con una presión firme y constante. El sonido del lubricante natural y la saliva creando un squelch húmedo llenaba mis oídos. Sentí cómo mi esfínter se rendía, abriéndose para dejar pasar la invasión. Entonces, sentí la punta de un pene grueso, caliente y palpitante presionando contra la entrada.
Con un empuje lento y deliberado, el clon se hundió en mí.
—¡Agh! —mi grito fue ahogado por la boca del clon que me besaba.
La sensación de plenitud fue abrumadora. Sentir mi propia polla desgarrando mi propia carne, llenando el vacío que Hinata había dejado, era una paradoja erótica que me llevó al borde del delirio. El clon empezó a moverse, estocadas profundas que golpeaban mi próstata con una precisión quirúrgica. Cada vez que su pelvis chocaba contra mis glúteos, el sonido era un impacto húmedo, un slap carnoso que resonaba en la habitación.
Pero el placer no se limitaba a mí. A mi alrededor, los demás clones habían comenzado a emparejarse. Vi cómo dos de mis copias se entrelazaban, uno penetrando al otro con violencia, sus cuerpos sudorosos deslizándose el uno sobre el otro. Otro par se entregaba a un sexo oral frenético. Debido al vínculo del Kage Bunshin, cada sensación que ellos experimentaban fluía hacia mí como una corriente eléctrica. Sentía la fricción de cada pene entrando en cada ano, la humedad de cada boca, el calor de cada eyaculación ajena que, en realidad, era la mía.
Era una orgia de mí mismo. Un circuito cerrado de placer donde yo era el centro, el dador y el receptor.
El clon que me follaba aumentó la velocidad, sus gemidos mezclándose con los míos. Sus manos apretaban mis caderas, dejándome marcas rojas mientras me clavaba con fuerza. Sentía cómo mi próstata era masajeada rítmicamente, enviando oleadas de placer que hacían que mi polla, sin que nadie la tocara ahora, empezara a segregar más líquido.
—¡No pares! ¡Rómpeme! —le grité al clon, arqueando la espalda, sintiendo cómo el mundo se desdibujaba.
En el clímax de la embestida, el clon soltó un rugido y eyaculó profundamente dentro de mi ano. Sentí el calor del semen llenando mi interior, una sensación de plenitud viscosa que me hizo temblar violentamente. En el instante en que terminó, el clon se disipó en una nube de humo, dejándome vacío y expuesto, con el orificio aún dilatado y goteando el fluido blanco.
Pero el vacío duró un segundo.
Antes de que pudiera siquiera recuperar el aliento, otros dos clones se posicionaron detrás de mí. El espacio que había dejado el anterior seguía caliente y abierto.
—¿Quién sigue? —pregunté con una sonrisa desquiciada, girando la cabeza para verlos.
Sin mediar palabra, ambos se lanzaron. Uno entró en mi ano, mientras que el otro, aprovechando la dilatación, forzó su camino justo al lado del primero. El dolor inicial fue un relámpago que rápidamente se transformó en un placer indescriptible. Sentir dos penes llenando mi recto, estirando las paredes de mi cuerpo hasta el límite, era una agonía deliciosa.
—¡Dios... ah... son demasiados! —grité, mientras otro clon se posicionaba frente a mí, introduciendo su miembro en mi boca.
Ahora estaba completamente lleno. Mi boca estaba ocupada por mi propia polla, mi ano estaba siendo destrozado por dos versiones de mí mismo, y mis pezones seguían siendo succionados por otros. El ritmo era frenético. El sonido en la habitación era una sinfonía de obscenidad: el shlicking constante de la penetración doble, los jadeos coordinados, el sonido de la saliva y el sudor.
Me sentía como un instrumento siendo tocado por una orquesta de mi propia creación. Cada estocada doble me empujaba más hacia el abismo. Sentía cómo mis intestinos eran desplazados, cómo la presión interna creaba una tensión que amenazaba con hacerme estallar. Los clones que se follaban entre sí a mi alrededor seguían enviándome ráfagas de placer, creando un ruido blanco de orgasmos que no me permitía pensar, solo sentir.
—¡Más fuerte! ¡Más profundo! —rogaba, mis dedos clavándose en la alfombra.
El ritmo se volvió errático, violento. Los dos clones que me penetraban empezaron a moverse en sincronía, golpeando mi próstata desde dos ángulos diferentes. Era demasiado. Mi cerebro ya no podía procesar la cantidad de información sensorial. El placer se convirtió en una tormenta, un incendio que consumía cada rincón de mi conciencia.
Sentí cómo la presión en mi polla llegaba al punto de no retorno. Al mismo tiempo, los dos clones detrás de mí soltaron gemidos guturales y descargaron sus cargas dentro de mí. El calor del semen doble inundó mi interior, una explosión de fluido que me hizo arquear la espalda en un espasmo violento. Al mismo tiempo, yo eyaculé en la boca del clon que me besaba, un chorro potente que salió disparado mientras mis ojos se ponían en blanco.
El orgasmo fue tan masivo que sentí que mi corazón se detenía por un instante. Fue una descarga eléctrica que recorrió cada nervio, dejándome exhausto, vacío y completamente devastado.
Uno a uno, los clones comenzaron a disiparse. El humo blanco llenó la sala, llevándose consigo el ruido, el calor y la compañía. El silencio regresó, pero ya no era tan pesado. Era un silencio de satisfacción, de agotamiento absoluto.
Me quedé tendido en el suelo, con las piernas abiertas, el pecho subiendo y bajando con dificultad. Mi piel estaba cubierta de sudor y semen, una mezcla viscosa que brillaba bajo la tenue luz de la sala. Sentía el fluido deslizarse lentamente fuera de mi ano, una sensación cálida y pegajosa que me recordaba lo que acababa de suceder.
Cerré los ojos y suspiré. Por primera vez en meses, el ruido en mi cabeza se había callado. La soledad seguía ahí, el dolor de la separación de mi familia seguía latiendo en algún lugar de mi pecho, pero el hambre física había sido saciada. Me quedé así, desnudo y roto en medio de mi propia sala, aceptando que, aunque fuera el hombre más poderoso de la aldea, a veces la única forma de soportar el vacío era llenándolo con la única persona que realmente podía entenderme: yo mismo.

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