El apartamento olía a perfume denso. Sofía guardaba mudas de ropa en una tula de viaje sobre la cama mientras Julián la miraba con los puños apretados, sintiendo que la rabia le quemaba la garganta.
Julián: —¿Una semana entera, Sofía? ¿Me estás diciendo en la cara que te vas a mudar una semana entera al apartamento de Camilo porque según él le dio fiebre?
Sofía: —si le dio fiebre, Julián, está en cama, solo y sin nadie que le pase un vaso de agua —respondió Sofía sin mirarlo, doblando unos shorts diminutos que le hacían marcar las caderas—. Es mi hermano de la vida. Si fuera tú el que estuviera tirado en una cama, me gustaría que alguien te cuidara. Pero claro, como es Cami, tu ego no te deja pensar.
Julián: —¡Es que no es normal, carajo! ¡Tienes novio! Si está tan mal, ¡que pida un médico a domicilio o que llame a la mamá!
Sofía dejó la ropa sobre la cama, sacó su celular, marcó un número y puso el altavoz sin dudarlo un segundo. A los dos segundos respondió la voz de su madre.
Mama de Sofía: —¿Hola, mi amor lindo? ¿Qué pasó?
Sofía: —Mami, imagínate que Cami está muy enfermo en cama, solo en su apartamento, y yo armé una maleta para ir a cuidarlo unos días... pero Julián me está armando tremendo escándalo, dice que soy una descarada y que no me puedo ir.
Hubo un silencio de dos segundos en la línea antes de que la madre de Sofía soltara un suspiro de profunda decepción.
Mama de Sofía: —¿Julián? ¿En serio, mijo? Qué decepción tan grande escucharte hablar así. Tú tan lleno de inseguridades y celos enfermos... Le vas a dañar la salud a mi hija con tus paranoias. Camilo es como un hijo para mí y un hermano para Sofía. Si tú no eres capaz de tener la madurez para entender que ella tiene un corazón de oro y ayuda a los suyos, verdaderamente no la mereces. Madura o la vas a perder por tóxico.
Julián: —Señora, pero es que entiéndame...
Mama de Sofía: —No hay nada que entender, Julián. Respeta a tu novia y deja de ser tan egoísta. Chau.
La llamada se cortó. Sofía recogió su bolso, miró a Julián con desprecio y caminó hacia la puerta ajustándose la tela ceñida sobre el cuerpo.
Sofía: —Ya escuchaste a mi mamá. Me voy. Y ni se te ocurra buscarme si vas a seguir con esa actitud de niño chiquito.
La puerta sonó con fuerza al cerrarse, dejando a Julián aislado, culpabilizado y acorralado en su propia sala.
Pasaron dos días. Los mensajes de Julián apenas recibían respuestas cortantes de dos palabras: «Estoy ocupada», «Cami sigue mal». Luego vino el silencio absoluto. Durante veinticuatro horas enteras, el teléfono de Sofía no volvió a sonar. Julián no durmió, caminando de un lado a otro del apartamento, mirando la pantalla del celular cada tres minutos.
Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, Julián escribió desesperado por WhatsApp: «Sofía, por favor contéstame. Llevas un día entero desaparecida. Dime si estás bien, me estoy volviendo loco.»
Un minuto después, el teléfono vibró. No era un mensaje de voz ni un texto de ella. Era una fotografía.
Julián abrió la imagen y sintió que el piso se le hundía debajo de los pies. En la foto se veía a Sofía parada de espaldas frente a una cama completamente deshecha, con su cabello negro cayendo en ondas sobre la espalda descubierta, vistiendo únicamente una tanga negra diminuta que dejaba al descubierto sus glúteos redondos y sus piernas. Al fondo, recostado sobre las cobijas revueltas, se veían el torso desnudo y las piernas de Camilo reposando tranquilamente.
Debajo de la imagen llegó un mensaje de texto desde el número de Sofía:
Camilo (texto): «Hola Julián, soy Cami. Tranquilo viejo que aquí la tengo bien cuidada y consentida, la tengo descansando porque me atendió increíble... estamos a punto de poner una película.»

A Julián le faltó el aire. Le temblaron las manos mientras marcaba de inmediato, pero la llamada fue rechazada. Desesperado, mandó una ráfaga de mensajes con los ojos llenos de lágrimas y la rabia desbordada:
Julián (texto): «¡¿QUÉ PUTAS ES ESA FOTO?! ¡SOFÍA CONTÉSTAME YA! ¡ESTÁS CASI DESNUDA EN LA CAMA DE ÉL!»
A los tres minutos, llegó la respuesta de Sofía en un mensaje de voz. Se escuchaba el sonido de las sábanas de fondo y su respiración sutilmente agitada, con un tono pausado, frío y profundamente fastidiado:
Sofía (audio): —¿Tú te lees lo enfermo que estás, Julián? nhh... De verdad, qué pereza tu nivel de paranoia. ¿Cuál desnuda? Tengo mi ropa interior puesta, no estoy desnuda. Estamos descansando en la cama porque me cansé de cuidarlo todo el día, como los amigos que somos... ah. Cami me tomó la foto molestando para que te relajaras y vieras que estamos bien. Eres un canzón insoportable, con esa mente tan podrida no se puede tener paz.
Julián lanzó el celular sobre el sofá. No aguantó más. Salió del apartamento, se montó a su carro y manejó a toda velocidad cruzando la ciudad hasta el edificio de Camilo.
Julián subió los escalones de tres en tres y empezó a golpear la puerta de madera del apartamento con los puños, haciendo un eco escandaloso en todo el pasillo. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Julián: —¡Sofía! ¡Abre la puerta! ¡Abre ya, carajo!
La puerta se abrió de golpe. Sofía apareció en el marco vestida únicamente con una bata de baño de seda blanca completamente suelta, entreabierta en el pecho, con la piel del escote acalorada y brillante de sudor, los labios hinchados, despintados, y el cabello revuelto. En lugar de asustarse o esconderse, salió directamente al pasillo levantando la voz para que resonara en todo el piso.
Sofía: —¡¿Qué te pasa, pedazo de demente?! ¡¿Viniste a tumbar la puerta?! ¡Mira el show que le estás armando a mi amigo en su propia casa! ¡Es un enfermo, no ves que está en cama!
Detrás de ella apareció Camilo, en pantaloneta suelta, sin camiseta, con el pecho sudado marcando arañazos suaves, apoyándose con una mano en el marco de la puerta y mostrando una sonrisa tranquila de superioridad.
Camilo: —Tranquilo, viejo... ¿Por qué gritas así? Estás viendo visiones, relájate que aquí entre amigos no está pasando nada malo... solo la estoy consintiendo un poquito por haberme cuidado tanto.
Julián: —¡Cállate la boca, Camilo! ¡Sofía, estabas en tanga en la cama con él! ¡Te vi en la foto! ¡Mírate cómo estás en bata, hueles a sudor!
Sofía: —¡Estaba descansando porque llevo días sobándole el cuerpo para que se le baje la fiebre, pedazo de inseguro! ¡Me tienes cansada con tu persecución de policía! ¡Viniste a acosarme hasta aquí! Si tanto te molesta, ¡me voy para la casa ya mismo para que te calmes, pero no me vuelves a montar una escena de estas en la vida!
Sofía lo empujó del pecho con brusquedad para apartarlo en el pasillo, volvió a entrar al apartamento y cerró la puerta de un portazo para cambiarse. Julián se quedó parado en la alfombra del corredor, agitado, sudando frío y sintiendo que las miradas de los vecinos lo juzgaban como a un loco desquiciado.
Dentro del cuarto, lejos de la vista de Julián, la bata de baño cayó al suelo en un instante. Camilo no perdió un segundo: la tomó por las caderas desde atrás con brutalidad, pegando su ingle caliente y descarada contra las nalgadas desnudas de ella, que aún conservaba la tanga negra a medio lado. Sofía soltó un suspiro entrecortado, —¡Ah!—, echando la cabeza hacia atrás sobre el hombro de él mientras el roce de la piel sudada los envolvía de nuevo.


Camilo: —Se te va a infartar ese infeliz afuera en el pasillo, Sofi... —le susurrou con la voz ronca, hundiéndole los dedos en la carne de la cadera mientras se abría paso sin ceremonias—. Escúchalo cómo respira al otro lado de la puerta...
Sofía: —Que se joda por paranoico, Cami... ahh... ¡uf!... Apúrate... nhh... métela rápido que me voy a ir con él a la casa para que se le pase el berrinche... ¡ah, sí, así!

El sonido sordo del impacto de sus cuerpos apretados contra el borde de la cama retumbó en la habitación. Plac… plac… plac… Camilo la tomó con fuerza por el cabello, embistiéndola con fiereza rápida, haciendo que ella mordiera la almohada para ahogar los gemidos de puro placer que amenazaban con atravesar la madera y llegar a los oídos de su novio en el pasillo.
Camilo: —Le vas a llegar a la casa con toda mi marca adentro, Sofi... limpiecita para él.
Sofía soltó una risita ahogada entre jadeos, apretando las piernas alrededor de su amante mientras la humillación y el morbo le recorrían la espina dorsal.

Sofía: —Mmm... que aprenda... ahh... A él le da rabia que mi "amigo" me atienda así... ¡ah, Cami, ahí!...
En la mente de Sofía la lógica de su cinismo era implacable. En su cabeza, haber sido interrumpida y juzgada en el pasillo era una falta de respeto imperdonable de Julián. Y mientras Camilo se desataba dentro de ella en un último empujón violento y caliente, derramándose por completo y dejándola totalmente empapada por dentro, Sofía tomó una decisión fría y sumamente morbosa: no se lavaría, no iría al baño a limpiarse ni se cambiaría esa lencería.
«Por celoso, paranoico e inseguro le toca recibirme así», pensó Sofía sintiendo el líquido tibio de Camilo escurrirle despacio por el muslo bajo la tanga negra. «Ese es su castigo por venir a espiarme. Le va a tocar comérselo con la leche caliente de mi amigo adentro y darme las gracias por regresar».
Cinco minutos después, Sofía salió del apartamento vistiendo de nuevo sus pantalones ajustados y su blusa, despeinada a la carrera, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de una autosuficiencia absoluta. Camilo la despidió en la puerta con una palmadita sonora y descarada en el glúteo. ¡Plas!
Al llegar al carro donde Julián la esperaba con las manos apretadas al volante y la mandíbula tensa, Sofía se subió al asiento del copiloto, cerró la puerta con firmeza y suspiró con una mezcla de cansancio y autoridad. Acomodó sus piernas sobre el cojín, sintiendo perfectamente la humedad ajena retenida en su lencería negra.
Sin pedir disculpas, se acercó a él, le tomó el rostro con firmeza y le plantó un beso profundo, y húmedo en los labios, dejándole en la boca el gusto sutil de su propia excitación mezclada con el rastro de Camilo.
Le bajó los pantalones y se lo empezó a chupar en el carro
Julián : mmmmm Sofia ni creas mmmmm ... Dios no mmmm

Sofía: —Que sea la última vez que me haces un show de esos en la casa de mis amigos, Julián. Mira cómo me tienes, estresada y cansada por tus pendejadas. Yo a ti te respeto, en todos lados digo que eres mi novio y te doy tu lugar... pero no te voy a aguantar más numeritos de celoso enfermo. ¿Entendiste?
Julián la miró a los ojos, sintiendo que la rabia se le ahogaba en el pecho. El peso de la llamada de la suegra, la culpa que ella le sembraba y el deseo repentino que le provocaba verla así de altiva lo dejaron sin argumentos. Tragó grueso, tomando la mano de ella sobre su muslo.
Julián: —Es que me da rabia verte allá con él, Sofía... entiéndeme a mí también.
Sofía (sonriendo con superioridad y pasándole los dedos por el cabello): —Ya, no seas bobo. Vamos para la casa más bien. Te voy a quitar esa cara de amargado para que veas quién es la mujer que tienes al lado.
Mientras el carro avanzaba por la avenida hacia el apartamento, Sofía sonreía en silencio mirando por la ventana, acomodándose suavemente sobre el asiento para sentir cómo el castigo de Camilo permanecía en ella. Sabía perfectamente que esa misma noche, en su cama, le daría a Julián el mejor sexo de la semana, consintiéndolo y tratándolo como el novio rey ante los ojos del mundo, dejándolo convencido de que la paranoia solo estaba en su cabeza.
Julián: —¿Una semana entera, Sofía? ¿Me estás diciendo en la cara que te vas a mudar una semana entera al apartamento de Camilo porque según él le dio fiebre?
Sofía: —si le dio fiebre, Julián, está en cama, solo y sin nadie que le pase un vaso de agua —respondió Sofía sin mirarlo, doblando unos shorts diminutos que le hacían marcar las caderas—. Es mi hermano de la vida. Si fuera tú el que estuviera tirado en una cama, me gustaría que alguien te cuidara. Pero claro, como es Cami, tu ego no te deja pensar.
Julián: —¡Es que no es normal, carajo! ¡Tienes novio! Si está tan mal, ¡que pida un médico a domicilio o que llame a la mamá!
Sofía dejó la ropa sobre la cama, sacó su celular, marcó un número y puso el altavoz sin dudarlo un segundo. A los dos segundos respondió la voz de su madre.
Mama de Sofía: —¿Hola, mi amor lindo? ¿Qué pasó?
Sofía: —Mami, imagínate que Cami está muy enfermo en cama, solo en su apartamento, y yo armé una maleta para ir a cuidarlo unos días... pero Julián me está armando tremendo escándalo, dice que soy una descarada y que no me puedo ir.
Hubo un silencio de dos segundos en la línea antes de que la madre de Sofía soltara un suspiro de profunda decepción.
Mama de Sofía: —¿Julián? ¿En serio, mijo? Qué decepción tan grande escucharte hablar así. Tú tan lleno de inseguridades y celos enfermos... Le vas a dañar la salud a mi hija con tus paranoias. Camilo es como un hijo para mí y un hermano para Sofía. Si tú no eres capaz de tener la madurez para entender que ella tiene un corazón de oro y ayuda a los suyos, verdaderamente no la mereces. Madura o la vas a perder por tóxico.
Julián: —Señora, pero es que entiéndame...
Mama de Sofía: —No hay nada que entender, Julián. Respeta a tu novia y deja de ser tan egoísta. Chau.
La llamada se cortó. Sofía recogió su bolso, miró a Julián con desprecio y caminó hacia la puerta ajustándose la tela ceñida sobre el cuerpo.
Sofía: —Ya escuchaste a mi mamá. Me voy. Y ni se te ocurra buscarme si vas a seguir con esa actitud de niño chiquito.
La puerta sonó con fuerza al cerrarse, dejando a Julián aislado, culpabilizado y acorralado en su propia sala.
Pasaron dos días. Los mensajes de Julián apenas recibían respuestas cortantes de dos palabras: «Estoy ocupada», «Cami sigue mal». Luego vino el silencio absoluto. Durante veinticuatro horas enteras, el teléfono de Sofía no volvió a sonar. Julián no durmió, caminando de un lado a otro del apartamento, mirando la pantalla del celular cada tres minutos.
Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, Julián escribió desesperado por WhatsApp: «Sofía, por favor contéstame. Llevas un día entero desaparecida. Dime si estás bien, me estoy volviendo loco.»
Un minuto después, el teléfono vibró. No era un mensaje de voz ni un texto de ella. Era una fotografía.
Julián abrió la imagen y sintió que el piso se le hundía debajo de los pies. En la foto se veía a Sofía parada de espaldas frente a una cama completamente deshecha, con su cabello negro cayendo en ondas sobre la espalda descubierta, vistiendo únicamente una tanga negra diminuta que dejaba al descubierto sus glúteos redondos y sus piernas. Al fondo, recostado sobre las cobijas revueltas, se veían el torso desnudo y las piernas de Camilo reposando tranquilamente.
Debajo de la imagen llegó un mensaje de texto desde el número de Sofía:
Camilo (texto): «Hola Julián, soy Cami. Tranquilo viejo que aquí la tengo bien cuidada y consentida, la tengo descansando porque me atendió increíble... estamos a punto de poner una película.»

A Julián le faltó el aire. Le temblaron las manos mientras marcaba de inmediato, pero la llamada fue rechazada. Desesperado, mandó una ráfaga de mensajes con los ojos llenos de lágrimas y la rabia desbordada:
Julián (texto): «¡¿QUÉ PUTAS ES ESA FOTO?! ¡SOFÍA CONTÉSTAME YA! ¡ESTÁS CASI DESNUDA EN LA CAMA DE ÉL!»
A los tres minutos, llegó la respuesta de Sofía en un mensaje de voz. Se escuchaba el sonido de las sábanas de fondo y su respiración sutilmente agitada, con un tono pausado, frío y profundamente fastidiado:
Sofía (audio): —¿Tú te lees lo enfermo que estás, Julián? nhh... De verdad, qué pereza tu nivel de paranoia. ¿Cuál desnuda? Tengo mi ropa interior puesta, no estoy desnuda. Estamos descansando en la cama porque me cansé de cuidarlo todo el día, como los amigos que somos... ah. Cami me tomó la foto molestando para que te relajaras y vieras que estamos bien. Eres un canzón insoportable, con esa mente tan podrida no se puede tener paz.
Julián lanzó el celular sobre el sofá. No aguantó más. Salió del apartamento, se montó a su carro y manejó a toda velocidad cruzando la ciudad hasta el edificio de Camilo.
Julián subió los escalones de tres en tres y empezó a golpear la puerta de madera del apartamento con los puños, haciendo un eco escandaloso en todo el pasillo. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Julián: —¡Sofía! ¡Abre la puerta! ¡Abre ya, carajo!
La puerta se abrió de golpe. Sofía apareció en el marco vestida únicamente con una bata de baño de seda blanca completamente suelta, entreabierta en el pecho, con la piel del escote acalorada y brillante de sudor, los labios hinchados, despintados, y el cabello revuelto. En lugar de asustarse o esconderse, salió directamente al pasillo levantando la voz para que resonara en todo el piso.
Sofía: —¡¿Qué te pasa, pedazo de demente?! ¡¿Viniste a tumbar la puerta?! ¡Mira el show que le estás armando a mi amigo en su propia casa! ¡Es un enfermo, no ves que está en cama!
Detrás de ella apareció Camilo, en pantaloneta suelta, sin camiseta, con el pecho sudado marcando arañazos suaves, apoyándose con una mano en el marco de la puerta y mostrando una sonrisa tranquila de superioridad.
Camilo: —Tranquilo, viejo... ¿Por qué gritas así? Estás viendo visiones, relájate que aquí entre amigos no está pasando nada malo... solo la estoy consintiendo un poquito por haberme cuidado tanto.
Julián: —¡Cállate la boca, Camilo! ¡Sofía, estabas en tanga en la cama con él! ¡Te vi en la foto! ¡Mírate cómo estás en bata, hueles a sudor!
Sofía: —¡Estaba descansando porque llevo días sobándole el cuerpo para que se le baje la fiebre, pedazo de inseguro! ¡Me tienes cansada con tu persecución de policía! ¡Viniste a acosarme hasta aquí! Si tanto te molesta, ¡me voy para la casa ya mismo para que te calmes, pero no me vuelves a montar una escena de estas en la vida!
Sofía lo empujó del pecho con brusquedad para apartarlo en el pasillo, volvió a entrar al apartamento y cerró la puerta de un portazo para cambiarse. Julián se quedó parado en la alfombra del corredor, agitado, sudando frío y sintiendo que las miradas de los vecinos lo juzgaban como a un loco desquiciado.
Dentro del cuarto, lejos de la vista de Julián, la bata de baño cayó al suelo en un instante. Camilo no perdió un segundo: la tomó por las caderas desde atrás con brutalidad, pegando su ingle caliente y descarada contra las nalgadas desnudas de ella, que aún conservaba la tanga negra a medio lado. Sofía soltó un suspiro entrecortado, —¡Ah!—, echando la cabeza hacia atrás sobre el hombro de él mientras el roce de la piel sudada los envolvía de nuevo.


Camilo: —Se te va a infartar ese infeliz afuera en el pasillo, Sofi... —le susurrou con la voz ronca, hundiéndole los dedos en la carne de la cadera mientras se abría paso sin ceremonias—. Escúchalo cómo respira al otro lado de la puerta...
Sofía: —Que se joda por paranoico, Cami... ahh... ¡uf!... Apúrate... nhh... métela rápido que me voy a ir con él a la casa para que se le pase el berrinche... ¡ah, sí, así!

El sonido sordo del impacto de sus cuerpos apretados contra el borde de la cama retumbó en la habitación. Plac… plac… plac… Camilo la tomó con fuerza por el cabello, embistiéndola con fiereza rápida, haciendo que ella mordiera la almohada para ahogar los gemidos de puro placer que amenazaban con atravesar la madera y llegar a los oídos de su novio en el pasillo.
Camilo: —Le vas a llegar a la casa con toda mi marca adentro, Sofi... limpiecita para él.
Sofía soltó una risita ahogada entre jadeos, apretando las piernas alrededor de su amante mientras la humillación y el morbo le recorrían la espina dorsal.

Sofía: —Mmm... que aprenda... ahh... A él le da rabia que mi "amigo" me atienda así... ¡ah, Cami, ahí!...
En la mente de Sofía la lógica de su cinismo era implacable. En su cabeza, haber sido interrumpida y juzgada en el pasillo era una falta de respeto imperdonable de Julián. Y mientras Camilo se desataba dentro de ella en un último empujón violento y caliente, derramándose por completo y dejándola totalmente empapada por dentro, Sofía tomó una decisión fría y sumamente morbosa: no se lavaría, no iría al baño a limpiarse ni se cambiaría esa lencería.
«Por celoso, paranoico e inseguro le toca recibirme así», pensó Sofía sintiendo el líquido tibio de Camilo escurrirle despacio por el muslo bajo la tanga negra. «Ese es su castigo por venir a espiarme. Le va a tocar comérselo con la leche caliente de mi amigo adentro y darme las gracias por regresar».
Cinco minutos después, Sofía salió del apartamento vistiendo de nuevo sus pantalones ajustados y su blusa, despeinada a la carrera, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de una autosuficiencia absoluta. Camilo la despidió en la puerta con una palmadita sonora y descarada en el glúteo. ¡Plas!
Al llegar al carro donde Julián la esperaba con las manos apretadas al volante y la mandíbula tensa, Sofía se subió al asiento del copiloto, cerró la puerta con firmeza y suspiró con una mezcla de cansancio y autoridad. Acomodó sus piernas sobre el cojín, sintiendo perfectamente la humedad ajena retenida en su lencería negra.
Sin pedir disculpas, se acercó a él, le tomó el rostro con firmeza y le plantó un beso profundo, y húmedo en los labios, dejándole en la boca el gusto sutil de su propia excitación mezclada con el rastro de Camilo.
Le bajó los pantalones y se lo empezó a chupar en el carro
Julián : mmmmm Sofia ni creas mmmmm ... Dios no mmmm

Sofía: —Que sea la última vez que me haces un show de esos en la casa de mis amigos, Julián. Mira cómo me tienes, estresada y cansada por tus pendejadas. Yo a ti te respeto, en todos lados digo que eres mi novio y te doy tu lugar... pero no te voy a aguantar más numeritos de celoso enfermo. ¿Entendiste?
Julián la miró a los ojos, sintiendo que la rabia se le ahogaba en el pecho. El peso de la llamada de la suegra, la culpa que ella le sembraba y el deseo repentino que le provocaba verla así de altiva lo dejaron sin argumentos. Tragó grueso, tomando la mano de ella sobre su muslo.
Julián: —Es que me da rabia verte allá con él, Sofía... entiéndeme a mí también.
Sofía (sonriendo con superioridad y pasándole los dedos por el cabello): —Ya, no seas bobo. Vamos para la casa más bien. Te voy a quitar esa cara de amargado para que veas quién es la mujer que tienes al lado.
Mientras el carro avanzaba por la avenida hacia el apartamento, Sofía sonreía en silencio mirando por la ventana, acomodándose suavemente sobre el asiento para sentir cómo el castigo de Camilo permanecía en ella. Sabía perfectamente que esa misma noche, en su cama, le daría a Julián el mejor sexo de la semana, consintiéndolo y tratándolo como el novio rey ante los ojos del mundo, dejándolo convencido de que la paranoia solo estaba en su cabeza.
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