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Educacion anal

El aire en la biblioteca municipal pesaba, cargado de un olor a papel viejo, pegamento seco y el polvo acumulado de décadas de silencio. Edu caminaba con pasos cortos, casi imperceptibles, evitando las miradas de los pocos usuarios que se refugiaban en las mesas centrales. Tenía dieciocho años, pero su complexión menuda y sus hombros encogidos lo hacían parecer más joven. Sus dedos, pálidos y temblorosos, rozaban los lomos de los libros en la sección de salud y sexualidad, un rincón olvidado donde la luz de los fluorescentes parpadeaba con un zumbido irritante.
Se detuvo frente a un volumen de tapa dura, un manual técnico sobre la anatomía sexual masculina y la práctica del sexo anal. El corazón le golpeaba las costillas como un animal enjaulado. Edu nunca había estado con nadie. El deseo era una brasa encendida en su vientre, pero el miedo a lo desconocido, a la vulnerabilidad de su propio cuerpo, lo mantenía en un estado de ansiedad constante. Abrió el libro con cuidado, deslizando la mirada por los diagramas y las advertencias sobre la lubricación y la relajación.
—Es un tema complejo para alguien que parece que se va a desmayar solo de sostener el libro.
La voz retumbó detrás de él, profunda y áspera, como el sonido de piedras chocando bajo el agua. Edu saltó, cerrando el libro de golpe con un ruido seco que resonó en el pasillo vacío. Se giró rápidamente y se encontró con una pared de músculo y tela oscura.
Gastón lo observaba con una expresión indescifrable. Tenía treinta y siete años y una presencia que parecía absorber todo el oxígeno del lugar. Era un hombre ancho, de hombros masivos que casi tocaban los estantes a ambos lados, con una mandíbula cuadrada y unos ojos oscuros que diseccionaban a Edu con una intensidad depredadora. Vestía una camisa negra ajustada que dejaba adivinar la potencia de sus pectorales y unos pantalones oscuros que se ceñían a unos muslos gruesos y fuertes.
Edu tragó saliva, sintiendo que su garganta se cerraba.
—Yo... solo estaba curioseando —susurró Edu, apretando el libro contra su pecho.
Gastón dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal del joven. El olor a tabaco caro y madera lo envolvió, un aroma masculino y dominante que hizo que las piernas de Edu temblaran.
—Curiosidad es una palabra muy inocente para alguien que lee sobre cómo prepararse para que lo penetren —dijo Gastón, con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos—. ¿Estás buscando instrucciones, pequeño? ¿O buscas a alguien que te enseñe la práctica?
Edu sintió que el calor subía por su cuello, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso. Intentó retroceder, pero su espalda chocó contra la madera fría del estante. Gastón no se detuvo; se acercó hasta que el pecho del hombre rozó el libro que Edu sostenía.
—No... yo no... —balbuceó el chico, mirando hacia arriba, abrumado por la diferencia de tamaño.
—Mírame —ordenó Gastón. No fue una petición, fue un comando.
Edu obedeció, encontrando una mirada que no admitía réplicas. Gastón extendió una mano grande y callosa, atrapando la barbilla de Edu y obligándolo a mantener el contacto visual.
—Tienes esa mirada de quien quiere ser usado, pero tiene demasiado miedo de pedirlo. Estás temblando. ¿Te asusta que alguien sepa que eres un virgin gay desesperado por sentir algo dentro de sí mismo?
—No es verdad —mintió Edu, aunque su voz salió quebrada.
Gastón soltó una risa baja, un sonido gutural que vibró en el pecho de Edu. De repente, la mano del hombre bajó con rapidez, descendiendo por el abdomen del chico hasta llegar a sus glúteos. Gastón apretó con fuerza la carne firme y redonda del trasero de Edu, hundiendo los dedos en esa curva perfecta.
—Dios, tienes un culo increíble. Tan apretado, tan pequeño... ideal para ser castigado —susurró Gastón al oído de Edu, su aliento caliente provocando que el chico soltara un gemido involuntario.
—Aquí no... alguien podría vernos —suplicó Edu, aunque sus caderas se movieron instintivamente hacia la mano del hombre.
—Exactamente por eso es emocionante, ¿no crees? —Gastón lo empujó con brusquedad, obligándolo a doblar la cintura y apoyar las manos sobre los libros del estante—. Ahora, deja que vea qué tan ansioso estás realmente.
Con un movimiento experto y dominante, Gastón bajó los pantalones y la ropa interior de Edu de un solo tirón. El aire frío de la biblioteca golpeó la piel desnuda de sus nalgas, que quedaron expuestas y temblorosas bajo la luz mortecina. Edu sollozó, una mezcla de terror y excitación que lo dejó sin aliento.
Gastón se quedó un momento observando la vista. La piel de Edu era blanca, casi traslúcida, y sus glúteos eran dos esferas perfectas que palpitaban con el ritmo de su corazón acelerado. El hombre desabrochó su propio cinturón con un sonido metálico que sonó como una sentencia. Cuando bajó sus pantalones, Edu pudo ver, por el rabillo del ojo, la magnitud de lo que se aproximaba.
El pene de Gastón era una bestia, una columna de carne oscura y venosa que parecía imposible de albergar. Medía veinticuatro centímetros de puro músculo erguido, con una cabeza ancha y brillante que ya goteaba pre-cum. Edu abrió los ojos con horror y fascinación.
—Es... es demasiado grande —jadeó Edu, sintiendo que el pánico lo invadía.
—Para la mayoría, sí. Pero tú vas a aprender a abrirte para mí —respondió Gastón.
El hombre no perdió tiempo en delicadeces. Usó un poco de saliva y el pre-cum que emanaba de su miembro para lubricar el orificio apretado y rosado de Edu. Cuando el dedo de Gastón entró por primera vez, Edu soltó un grito ahogado que fue silenciado por la mano del hombre, que ahora presionaba su cara contra los libros.
—Cállate. No queremos que el bibliotecario venga a interrumpir nuestra lección —gruñó Gastón.
El dedo entró y salió, ensanchando el canal, explorando las paredes internas que se contraían violentamente ante la intrusión. Edu lloriqueaba, sus caderas balanceándose en un intento inconsciente de encontrar alivio o más presión. Gastón añadió un segundo dedo, y luego un tercero, forzando la elasticidad del esfínter. El sonido del roce, un squelch húmedo y rítmico, llenaba el silencio del pasillo.
—Estás tan apretado que casi duele mirarte —dijo Gastón, su voz cargada de una lujuria oscura—. Pero voy a romper esa resistencia.
Sin previo aviso, Gastón posicionó la cabeza de su enorme polla contra la entrada del ano de Edu. El chico sintió el calor abrasador de la carne y el tamaño descomunal que amenazaba con partirlo en dos. Con un empuje lento pero implacable, Gastón comenzó la penetración.
—¡Ahhh! ¡Para! ¡Duele! —gritó Edu, sus uñas arañando la madera del estante.
—No te muevas. Respira, maldita sea. Si luchas, dolerá más —ordenó Gastón, aunque no detuvo su avance.
El pene de Gastón se abría camino a través del músculo contraído. Edu sintió que su cuerpo se desgarraba, una presión insoportable que llenaba cada rincón de su interior. El sonido era visceral: el cuero de la piel chocando contra la piel, el aire siendo expulsado violentamente de los pulmones de Edu y el sonido húmedo de la lubricación natural y la saliva siendo desplazadas por el enorme miembro.
Cuando Gastón llegó a la mitad de su longitud, se detuvo. Edu estaba temblando violentamente, con la frente apoyada en un libro de historia antigua, las lágrimas corriendo por sus mejillas. El dolor era agudo, pero debajo de él, una chispa de placer prohibido empezaba a encenderse. Estaba siendo llenado, poseído por alguien que lo superaba en todo.
—Mira cómo te abres para mí —susurró Gastón, quien empezó a moverse lentamente, retirando la polla casi por completo para luego volver a hundirla con un golpe seco.
El sonido del impacto, un slap fuerte de los testículos de Gastón golpeando contra las nalgas de Edu, resonó en el pasillo. Edu soltó un gemido largo, una mezcla de dolor y éxtasis.
—¡Oh Dios! ¡Estás... estás muy adentro! —gimió Edu, sintiendo cómo la cabeza del pene rozaba su próstata.
—Apenas he empezado —respondió Gastón.
El ritmo aumentó. Gastón ya no era lento; ahora embestía con una fuerza bruta, clavando sus veinticuatro centímetros profundamente en el chico. Cada estocada era un choque violento que hacía que los estantes de la biblioteca vibraran. El sonido se volvió una sinfonía de lubricidad: shlick, squelch, slap. La polla de Gastón entraba y salía, arrastrando consigo la humedad y estirando las paredes del ano de Edu hasta el límite.
Edu ya no gritaba de dolor; ahora sus sonidos eran jadeos erráticos, palabras sin sentido y gemidos de sumisión. Sentía cómo su pequeño cuerpo era sacudido por la potencia del hombre. La sensación de plenitud era abrumadora; sentía la vena gruesa del pene de Gastón rozando sus paredes internas, masajeando su próstata con una precisión cruel.
—Dime quién es tu dueño aquí, pequeño —gruñó Gastón, agarrando el cabello de Edu y tirando hacia atrás para exponer su cuello.
—Tú... tú lo eres... ¡Ahhh! —gritó Edu cuando Gastón dio una estocada especialmente profunda que lo dejó sin aire.
—Más fuerte. Quiero escucharlo.
—¡Tú eres mi dueño! ¡Por favor, no pares! ¡Fóllame más fuerte!
La petición de Edu desató la furia de Gastón. El hombre comenzó a embestir con una velocidad frenética, sus muslos fuertes impulsándolo hacia adelante. El sonido de los cuerpos chocando era ensordecedor en la quietud del lugar. El pene de Gastón se deslizaba con una facilidad lubricada por el fluido y la saliva, entrando y saliendo con un sonido de succión húmeda.
Edu sentía que su mente se nublaba. El placer era una ola que lo arrastraba, una descarga eléctrica que nacía en su ano y se extendía por todo su cuerpo. Sus propios testículos rozaban la madera del estante, y aunque no estaba siendo tocado allí, la intensidad de la penetración lo estaba llevando al borde.
—Me voy a correr... —gruñó Gastón, su voz volviéndose más ronca, casi animal.
Gastón dio tres estocadas finales, profundas y violentas, enterrando su miembro hasta la base, haciendo que los huevos golpearan con fuerza el trasero de Edu. Con un rugido sordo, Gastón eyaculó. Edu sintió la descarga caliente y espesa llenando su interior, una inundación de semen que parecía no tener fin, expandiendo su colon y llenándolo por completo.
Gastón se quedó allí, jadeando, manteniendo a Edu clavado contra los libros mientras el espasmo final de su orgasmo lo sacudía. Después de unos segundos, se retiró lentamente. El sonido de la polla saliendo del ano húmedo fue un squelch prolongado, y una mezcla de semen y lubricante comenzó a escurrir por las piernas de Edu.
Edu se desplomó en el suelo, temblando, con la mirada perdida y la respiración entrecortada. Se sentía vacío y lleno al mismo tiempo, marcado por la presencia del hombre.
Gastón se subió los pantalones con calma, observando al chico con una mirada de satisfacción depredadora. No había ternura en sus ojos, solo el hambre de quien ha encontrado un juguete perfecto.
—No creas que esto ha terminado, Edu —dijo Gastón, usando su nombre por primera vez, aunque el chico nunca se lo había dicho—. He visto tu carnet en el libro. Ahora sé quién eres y dónde estudias.
Edu lo miró, el miedo regresando, pero mezclado con una anticipación eléctrica.
—¿Qué... qué quieres? —susurró.
Gastón se acercó y le dio un bofetón suave pero firme en la mejilla, un gesto de dominio absoluto.
—Quiero que vuelvas mañana. Y pasado. Y cada día que yo decida. Quiero que aprendas todo lo que ese libro no puede enseñarte sobre cómo ser un buen agujero.
Edu asintió débilmente, incapaz de articular palabra.
Sin embargo, la sesión no terminó allí. Gastón miró hacia el final del pasillo y vio una mesa amplia de madera maciza, vacía y apartada. Una sonrisa cruel apareció en sus labios.
—Levántate. Todavía tenemos tiempo antes de que cierren la biblioteca y me he dado cuenta de que todavía tienes demasiada energía.
Edu intentó protestar, pero la fuerza de Gastón era indiscutible. El hombre lo levantó del suelo como si no pesara nada y lo llevó hasta la mesa. Con un movimiento brusco, lo lanzó sobre la madera fría, obligándolo a ponerse en cuatro patas.
—Esta vez —dijo Gastón, desabrochándose el cinturón nuevamente—, quiero ver cómo reaccionas cuando no tengas libros donde esconder tu cara.
Gastón no usó dedos esta vez. Su polla, que se había recuperado con una rapidez asombrosa, estaba nuevamente erguida y palpitante. La lubricó rápidamente con el semen que aún quedaba en el ano de Edu y, sin previo aviso, se hundió de nuevo.
—¡Agh! —Edu soltó un grito que resonó en toda la sala.
La segunda penetración fue diferente. El canal ya estaba dilatado, pero la agresividad de Gastón había aumentado. El hombre lo agarró por las caderas, hundiendo sus dedos en la carne, y comenzó a follarlo con una cadencia rítmica y brutal.
—Mira cómo te sacudo, pequeño —se burlaba Gastón—. Eres como una muñeca en mis manos.
El sonido del impacto era constante: slap, slap, slap. Edu sentía que su cerebro se desconectaba. El frío de la mesa contrastaba con el calor abrasador del pene de Gastón. El hombre comenzó a variar el ángulo, buscando el punto exacto que hacía que Edu arqueara la espalda y soltara gemidos agudos.
—¡Ahí! ¡Justo ahí! —gritó Edu, perdiendo toda compostura.
—¿Aquí? —Gastón clavó la polla con fuerza en ese punto, manteniendo la presión durante unos segundos antes de retirarse y volver a golpear.
El placer se volvió insoportable. Edu empezó a eyacular sin que nadie lo tocara, el semen salpicando la madera de la mesa en ráfagas blancas y viscosas. Sus músculos se contraían violentamente alrededor del miembro de Gastón, succionándolo, apretándolo en un intento desesperado de no dejarlo ir.
—Estás tan apretado... me estás volviendo loco —gruñó Gastón.
El ritmo se volvió frenético. Gastón ya no se preocupaba por el ruido. Sus embestidas eran como martillazos, empujando el cuerpo de Edu hacia adelante sobre la mesa. El sonido de la carne chocando era húmedo y visceral, un squelching constante que llenaba el aire. Edu sentía que su ano estaba siendo moldeado por la polla del hombre, expandiéndose para aceptar cada centímetro de esos veinticuatro centímetros.
—¡Más! ¡Por favor, más! —suplicaba Edu, su voz ahora una súplica rota.
Gastón soltó un gruñido y, en un último esfuerzo de potencia, lo giró sobre su espalda, manteniendo la penetración. Edu quedó con las piernas abiertas, exponiendo su vulnerabilidad total. Gastón se posicionó sobre él, sus pectorales rozando los pezones endurecidos del chico, y comenzó a follarlo mirando directamente a sus ojos.
—Mírame mientras te rompo, Edu. Mira quién te está haciendo esto.
Edu miró hacia arriba, viendo la expresión de dominio absoluto de Gastón. El hombre era una fuerza de la naturaleza, un titán que lo consumía. En ese momento, Edu comprendió que su vida había cambiado. Ya no era el chico asustadizo que leía manuales; era la propiedad de Gastón.
Con una última serie de estocadas profundas que hacían que la mesa crujiera, Gastón llegó a su clímax. Se hundió hasta el fondo, pegando su pelvis contra la de Edu, y soltó un chorro masivo de semen que llenó el interior del chico por segunda vez. Edu sollozó, cerrando los ojos mientras sentía la calidez inundándolo, la sensación de plenitud absoluta que lo dejó exhausto y temblando.
Gastón se retiró lentamente, dejando que su miembro resbalara con un sonido húmedo y satisfactorio. Se quedó mirando al chico, que yacía sobre la mesa, con las piernas abiertas, el pecho subiendo y bajando rápidamente y el semen goteando de su trasero sobre la madera oscura.
—Bien hecho, pequeño —dijo Gastón, limpiándose con un pañuelo y volviendo a vestirse con una calma gélida—. Ahora límpiate y vete a casa. Piensa en todo lo que sentiste. Piensa en el tamaño de mi polla llenándote.
Edu no podía moverse. Se sentía pesado, mareado, pero con una chispa de deseo que nunca antes había experimentado.
—¿Volveré a verte? —preguntó Edu con un hilo de voz.
Gastón se detuvo en la puerta del pasillo y lo miró por encima del hombro, sus ojos oscuros brillando con una promesa oscura.
—Mañana, a la misma hora, en la sección de historia. Y más te vale traer el culo limpio y listo para ser usado. Si llegas un minuto tarde, te aseguro que la lección será mucho más dolorosa.
Gastón desapareció en las sombras de la biblioteca, dejando a Edu solo en el silencio sepulcral, rodeado del olor a papel viejo y la marca indeleble de un hombre que acababa de reclamar cada centímetro de su ser. Edu se quedó allí un momento, sintiendo la humedad fría entre sus piernas y la pulsación sorda de su ano, sabiendo que, a partir de ese día, los libros ya no serían suficientes para enseñarle lo que significaba el deseo.

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