
Relato erótico explícito (versión nocturna – Opción A)
Se llamaba Valentina. Treinta y dos años, rubia de flequillo recto y ondas suaves que le caían sobre los hombros, cuerpo de curvas generosas: caderas anchas, culo redondo y pesado, pechos grandes y firmes. Esa noche había ido a una cena de amigos comunes vestida con un vestido negro ajustado que marcaba cada curva.
Yo me llamo Mateo. La vi llegar con las gafas de sol todavía puestas, aunque ya era de noche, y esa forma de mirar por encima de ellas que parecía un reto. Durante la cena hablamos poco, pero el roce de su rodilla contra la mía bajo la mesa se alargó más de lo casual. Cuando todos se fueron, ella se quedó. Me pidió que la acompañara a la casa del arquitecto —un amigo suyo que estaba de viaje— “solo para no volver sola”. Acepté.
La casa moderna de líneas blancas estaba en silencio. Encendimos solo algunas luces de la cocina y del jardín. Bebimos vino de pie junto a la isla. Primero fue conversación. Ella se reía bajo, se tocaba el flequillo, se acomodaba el vestido. Luego se acercó, me quitó la copa de la mano y me besó sin pedir permiso. El beso empezó lento y se volvió voraz. Sus labios carnosos se abrieron, su lengua buscó la mía y sus pechos se aplastaron contra mi pecho.
La subí a la isla de la cocina. Le levanté el vestido. No llevaba ropa interior. Su coño ya estaba húmedo, caliente. Cuando metí dos dedos ella jadeó contra mi boca, abriendo las piernas.
—No aquí —susurró, aunque no se apartó—. Quiero el agua.
Salimos al jardín. Las luces exteriores de la casa iluminaban la piscina rectangular con un resplandor suave y amarillento. El agua se veía oscura, casi negra, con pequeños reflejos. Ella se desabrochó el vestido mientras caminaba y lo dejó caer sobre el césped. Debajo solo llevaba el bikini: el top de leopardo que le apretaba las tetas y la parte de abajo negra de tiro alto que se le hundía entre las nalgas. Se dejó las gafas de sol puestas, como si necesitara esa pequeña armadura, y bajó los escalones de la piscina hasta que el agua le llegó a media muslo.
Me quedé un momento mirándola. El cuerpo blanco y curvilíneo contrastaba con el agua oscura. Se giró de lado, levantó una mano para tocarse el flequillo y me miró por encima del hombro con esa expresión entre inocente y provocadora. El culo se le marcaba perfecto bajo la tela negra, redondo, firme.
Bajé al agua. El frío inicial se mezcló de inmediato con el calor de su piel cuando la alcancé por detrás. Mis manos fueron directo a sus caderas. Ella no se apartó. Al contrario: arqueó la espalda y empujó el culo contra mi entrepierna, sintiendo ya la dureza.
—Llevas toda la noche mirándome así —dijo con voz baja, casi ronca—. Desde la cena.
Le bajé el bikini negro de un tirón. El tejido flotó a un lado. Su culo quedó completamente expuesto. Mis dedos se hundieron en la carne suave y elástica, separando las nalgas. Con la otra mano le acaricié el coño desde atrás: estaba hinchado, resbaladizo, los labios gruesos abiertos. Introduje dos dedos lento, sintiendo cómo se apretaba. Ella abrió más las piernas, el agua salpicando con cada movimiento bajo la luz amarilla de las lámparas del jardín.
Se bajó ella misma un lado del top de leopardo. Un pezón rosado y duro quedó a la vista. Lo pellizqué mientras seguía follándola con los dedos. Ella giró la cara hacia mí. Las gafas se habían resbalado un poco, dejando ver parte de sus ojos oscuros y la expresión de placer: cejas fruncidas, boca entreabierta, lengua visible un segundo.
—Métela ya, Mateo…
Me bajé el bañador y la penetré de una embestida. El agua hizo que todo se sintiera más resbaladizo e intenso. Su coño me envolvió apretado y caliente. Empecé a follarla con fuerza, agarrándole las caderas, clavando los dedos en ese culo. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran dentro del top, el agua salpicaba y ella gemía sin contenerse. El sonido se perdía en la noche quieta del jardín.
La giré y la puse de frente contra el borde de la piscina. Ahora la tenía cerca: flequillo rubio pegado a la frente, gafas de sol, labios hinchados. Le quité del todo el top. Sus tetas pesadas cayeron libres. Las agarré con ambas manos mientras la follaba más profundo, empujando hasta el fondo. Ella metió una mano entre sus piernas para tocarse el clítoris, arqueando la espalda y empujando el culo hacia mí.
—Así… no pares…
Aceleré. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo se mezclaba con sus gemidos cada vez más altos. Su coño se contraía, apretándome. Cuando se corrió, lo hizo fuerte, contrayéndose alrededor de mí, el cuerpo temblando, el agua salpicando bajo las luces del jardín.
No me detuve. La saqué del agua, la recosté en el borde de la piscina con las piernas abiertas y separe. Me arrodillé y le comí el coño, lamiendo los labios hinchados y el clítoris, saboreando su sabor mezclado con el cloro. Ella se agarró al borde, empujando su coño contra mi boca. Cuando volví a penetrarla, esta vez de frente, la miré a los ojos mientras la follaba lento y profundo. Sus pechos se movían con cada embestida. La llené cuando me corrí, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo mi semen se mezclaba dentro de ella.
Después se quedó ahí, todavía en el borde, el bikini negro flotando cerca, el top de leopardo a un lado, el cuerpo desnudo y brillante de agua y sudor. Las luces de la casa iluminaban su piel, el agua oscura se movía suavemente a su alrededor… y ella, Valentina, con ese culo redondo, esas tetas grandes y esa expresión satisfecha, me miró por encima de las gafas de sol con una media sonrisa.
—La próxima vez —dijo con voz aún entrecortada— no esperamos a la piscina.
La noche seguía quieta a su alrededor.
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