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Las tetas gigantes de mi novia 2

Josefina pasó la lengua por sus labios rojos y hinchados, recogiendo la última gota espesa de mi semen que brillaba en su barbilla. El tráfico a escasos metros continuaba con su ritmo indiferente, los faros de los coches barriendo el callejón oscuro y revelando destellos efímeros en su piel pálida y sudorosa. Sus pezones, aún duros y del tamaño de la palma de mi mano, se erguían bajo el aire fresco de la noche, rodeados por esa carne blanca y suave marcada por mis huellas digitales. Se acomodó el vestido de seda blanca, ahora destrozado en la parte delantera, intentando cubrir esas montañas de carne que se negaban a ser ocultadas.

—Vámonos, cariño —susurró con una sonrisa pícara, notando cómo mi mirada se clavaba en su pecho al descubierto—. Si nos quedamos aquí más tiempo, voy a acabar queriendo que me folles aquí mismo contra estos ladrillos.

Le ayudé a abrochar lo poco que quedaba del vestido, pero la tela estaba rota y sus tetas inmensas asomaban por los costados, temblando con cada movimiento. Salimos del callejón con el corazón todavía latiendo fuerte en el pecho, la adrenalina de la exposición pública mezclándose con el alcohol en nuestra sangre. Esa noche marcó el punto de no retorno; sabíamos que queríamos más.

Unos días después, el antojo de volver a ese escenario era incontrolable. La misma mesa, el mismo ambiente, pero esta vez teníamos un plan más elaborado. Antes de salir, me paré frente a ella en el dormitorio. Josefina ya se estaba poniendo los leggins negros. La tela, fina y elástica, se estiró peligrosamente sobre sus caderas anchas y sus nalgas grandes y suaves, moldeando cada curva como una segunda piel. No dejó ni un milímetro a la imaginación; el pliegue de sus glúteos se marcaba con claridad cada vez que ella movía una pierna.

—Hoy vas a usar esto —le dije, tendiéndole una blusa blanca de lino muy fina, casi transparente.

Ella levantó una ceja, tomó la prenda y se la puso sobre la piel pálida de su torso. No había permiso para sostén. Sus pechos enormes cayeron con su peso natural, golpeando suavemente contra su vientre antes de asentarse. La blusa blanca se tensó inmediatamente, los botones luchando por contener la masa de carne que empujaba desde adentro. Pero lo mejor era el tejido: tan fino que, bajo la luz de la habitación, sus areolas grandes y oscuras se translucían claramente a través de la tela, como dos manchas violáceas y húmedas dibujadas sobre la blanca perfecta de la camisa.

—Mira cómo se ven —dijo ella, acercándose al espejo y pasando las manos por sus pechos, aplanándolos contra su pecho para hacer las areolas aún más notorias—. Es casi como si estuviera desnuda.

—Exactamente —respondí, sintiendo cómo se me endurecía la polla solo con verla—. El pobre camarero no va a saber dónde mirar.

Llegamos al restaurante y el ambiente estaba animado. Nos guiaron a nuestro rincón favorito y, casi al instante, apareció él. El mismo joven camarero de la vez anterior. Tan pronto como nos vio, su paso se frenó en seco. Reconoció a Josefina inmediatamente, y sus ojos se abrieron como platos al bajar la vista a su pecho. La luz cálida del local hacía que la blusa blanca fuera prácticamente inútil como barrera; las circunferencias oscuras de sus pezones brillaban a través de la tela, y el peso de sus senos hacía que el botón más bajo del escote estuviera a punto de soltarse.

—Buen... buenas noches —tartamudeó el chico, con la bandeja temblando ligeramente en sus manos. No pudo evitar lo. Su mirada viajó desde el cuello de Josefina hacia abajo, clavándose en esas areolas oscuras que se insinuaban tras el lino blanco. Se le humedecieron los labios inconscientemente, tragando saliva con dificultad.

Josefina notó el impacto inmediatamente. Se enderezó, empujando sus hombros hacia atrás, lo que hizo que sus tetas se proyectaran hacia adelante, estirando la tela al límite absoluto. Sonrió al muchacho, una sonrisa de lobas con presa en el horizonte.

—Hola, guapo —dijo ella con una voz ronca y dulce—. Trajimos la misma sed de la otra vez.

El camarero se puso rojo hasta las orejas, asintiendo con la cabeza casi mecánicamente mientras anotaba nuestro pedido. Durante toda la cena, el espectáculo fue implacable. Josefina se movía en su silla con deliberación; cada vez que se inclinaba hacia adelante para coger su copa de vino blanco, la blusa se abría un poco más, ofreciendo una visión directa del abismo entre sus senos, y la tensión de la tela hacía que sus pezones se marcaran con un detalle pornográfico. El chico volvía a nuestra mesa cada vez que podía, con excusas triviales para traer agua o pan, solo para acercarse un poco más a ese despliegue de carne.

Nosotros bebimos vino blanco con generosidad. El alcohol calentó nuestra sangre, aflojando las inhibiciones que ya eran de por sí tenues. Yo la miraba a ella, y ella me miraba a mí, y luego ambos mirábamos al camarero, compartiendo un secreto sucio y cómplice. La tensión eléctrica en el aire era casi palpable, un triángulo de lujuria formado por la ropa ajustada, las miradas furtivas y el alcohol que corría por nuestras venas.

—¿Lo ves? —me susurró Josefina, inclinándose tanto que el botón de su blusa cedió con un pequeño «pop», liberando un centímetro más de piel pálida—. No puede dejar de mirar mis tetas. Se le va a caer la baba si no tiene cuidado.

—Le estás matando, amor —le respondí, pasando mi mano por su muslo debajo de la mesa, sintiendo el calor y la firmeza de su pierna a través de los leggins negros—. Y a mí también.

Al final de la noche, la botella de vino estaba vacía y nuestros rostros estaban ruborizados, no solo por el alcohol, sino por el fuego de la excitación. El camarero trajo la cuenta, y esta vez, al acercarse, Josefina no se contuvo. Se pasó la lengua por los labios muy despacio, mirándolo fijamente a los ojos mientras él intentaba desesperadamente no bajar la vista a sus pezones, que ahora, con el calor y la transpiración, se habían pegado aún más a la tela transparente, revelando la textura rugosa de sus areolas.

Pagamos y nos levantamos para irnos. Josefina estaba un poco inestable, agarrándose de mi brazo. El camarero nos siguió con la mirada hasta la puerta, devorándola con los ojos. Una vez fuera, el aire fresco de la noche nos golpeó, pero no enfrió nuestros ánimos. Al contrario. La mezcla de vino, el riesgo de haber sido tan explícitos dentro del restaurante y la mirada codiciosa del joven nos habían puesto en un estado de fiebre.

—Estoy caliente, muy caliente —murmuró ella, apretando mi brazo contra su pecho blando—. Y sé que tú también lo estás. ¿Qué vamos a hacer ahora?

Las cosas se descontrolaron un poco en ese momento. La lógica y la prudencia se desvanecieron, reemplazadas por una urgencia animal. No queríamos ir a casa todavía. Queríamos explotar esa tensión allí mismo, en la calle, bajo la luz de la luna, con la adrenalina de la transgresión corriendo furiosa por nuestras venas...
Continuará...

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