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Mi novia me la chupa con la leche de mis amigos 2

La sonrisa cansada de Mariana era un desafío lanzado a un cuarto lleno de animales. Su cuerpo, un lienzo de sudor y semen que brillaba bajo la luz tenue del comedor. El alcohol era un combustible en mi sangre, y su pregunta encendió la mecha. Miré a Juan, a Martín, a Leo y a Sebastián, cuyas manos todavía se movían lentamente sobre sus miembros erectos y brillantes.

—A ver, cabrones —dije, mi voz ronca por el whisky y la lujuria—. Van a coger a esta zorra. Van a usarla como la puta sucia y asquerosa que es. No hay ternura, no hay palabras bonitas. Solo van a cogerse a mi novia, que hoy es la puta de todos.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Mariana. Abrió las piernas aún más, una invitación explícita que no necesitaba palabras. Su lengua pasó lentamente sobre sus labios, húmedos y hinchados.

—Anden cabrones —susurró, su voz un hilo roto—. Usenme toda.

Eso fue todo lo que necesitaban. Juan y Martín se arrodillaron a cada lado de su cabeza, mientras Leo se situaba entre sus piernas y Sebastián se agachaba para morderle las nalgas. La escena se convirtió en un torbellino de carne y deseo. Juan le introdujo su verga en la boca con brusquedad que la hizo ahogar, agarrándola por el pelo. Martín le tomó una de sus tetas enormes, apretándola hasta que el pezón parecía a punto de estallar, y se la puso entre los labios para que la chupara. Leo, sin previo aviso, hundió su miembro en su coño hasta las bolas, provocando un gruñido ahogado de Mariana. Sebastián, mientras tanto, le separaba las nalgas y le metía dos dedos en el culo, preparándola.

—Mira esta guarra, cómo se lo traga todo —gruñó Juan, embistiendo su cara—. Eres una ninfómana, ¿verdad, perra?

—Qué tetas más buenas para darles leche —dijo Martín, dándole una bofetada en el otro pecho, que dejó una marca roja vibrante.

Leo la follaba con una fuerza brutal, sus pelvis golpeando contra las de ella con un sonido húmedo y rítmico. Sebastián sustituyó sus dedos por su verga, penetrándola por el culo con un lento movimiento que la hizo arquear la espalda en un grito que fue ahogado por el miembro de Juan. Estaba llena, usada por los cuatro agujeros a la vez, un objeto para su placer. Y a ella le encantaba. Sus manos agarraban la alfombra, sus piernas temblaban incontrolablemente. De pronto, su cuerpo se tensó como un arco. Un grito gutural escapó de su garganta, y un chorro de líquido caliente salió disparado de su coño, empapando a Leo y el suelo. Su primer orgasmo fue violento, visual. Pero no fue el último. Mientras ellos continuaban usándola sin piedad, tuvo otro, y luego otro más. Cada uno venía acompañado de un chorro y gritos que mezclaban dolor y éxtasis.

Yo me quedé de pie, un espectador privilegiado de la degradación de mi novia. Mi mano se movía sobre mi propia verga, que se había vuelto a poner dura como una roca. La observaba, cómo su cuerpo se rendía al placer, cómo se convertía en el centro de esa orgía de lujuria. Era la visión más excitante que jamás había contemplado.

Vi cómo los movimientos de mis amigos se volvían más erráticos, cómo su respiración se aceleraba. Estaban a punto de correrse.

—¡No dentro! —grité, mi voz cortando el aire denso—. ¡Sobre mi verga, cabrones, otra vez!

Como si fueran soldados obedeciendo una orden, se retiraron de ella. Mariana quedó en el suelo, un tembloroso deshecho, con sus agujeros abiertos y goteando. Se arrodillaron frente a mí, sus rostros contorsionados por el esfuerzo. Sebastián fue el primero, un chorrito espeso que aterrizó en mi glande. Luego Leo, cuya carga fue más abundante, salpicando todo el fuste. Martín y Juan siguieron casi al mismo tiempo, y sus eyaculaciones se mezclaron con las de los demás. Esta vez la calentura fue tanta que echaron mucha más leche que antes, dejando mi verga totalmente bañada en semen, una capa espesa y caliente que chorreaba por mis huevos y me bajaba por los muslos.

Me arrodillé entre las piernas de Mariana, que me miraba con ojos vidriosos y suplicantes. Con la verga cubierta y usando el semen de mis amigos como lubricante, la penetré de nuevo. Deslizé mi miembro cubierto de leche en su coño, todavía húmedo y sensible. La sensación era increíble, una calidez y una textura extrañas y sobreestimulantes. Estuve cogiendome a mi novia por mucho tiempo, con un ritmo lento y profundo al principio, luego más rápido y duro. Quería sentirla toda, quería que mi verga memorizara cada centímetro de su interior mientras estaba lubricada con la esencia de otros cuatro hombres. Ella gemía, sin fuerzas para gritar, entregada por completo a la penetración. Cuando sentí que el punto de no retorno era inminente, aceleré mi ritmo hasta que me vine dentro de ella con una fuerza que me dejó sin aliento. Eyaculé una cantidad excesiva de leche, sintiéndola llenar por completo, hasta que el exceso comenzó a chorrear fuera de su concha, mezclándose con el semen de mis amigos que ya había allí. Ella tuvo otro orgasmo, de esos silenciosos que hacen que sus ojos se vayan hacia atrás, quedando totalmente blancos, y su cuerpo comenzó a temblar de éxtasis, como si tuviera algún ataque de epilepsia. Su respiración era por demás agitada y entrecortada, señal de que aquel orgasmo había tenido una potencia inimaginable.

Me retiré, exhausto, y me recosté sobre mis talones. Mis amigos, que no habían dejado de pajearse mientras me miraban, volvieron a eyacular. Se acercaron a Mariana, que yacía inmóvil en el suelo, y apuntaron sus vergas hacia su cara. Chorros de semen caliente cayeron sobre sus mejillas, su frente, su nariz y sus labios. Le abrieron la boca y le echaron más leche dentro, hasta que su rostro quedó completamente cubierto, una máscara blanca y espesa que goteaba lentamente. Una gran máscara de leche; era el final perfecto.

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