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Se cogen a mi mujer sin condon y me echan leche en la cara

Llegué a casa antes de lo habitual aquella tarde de jueves. El tráfico se había disuelto milagrosamente después de un accidente en la autopista que desvió medio coche hacia rutas secundarias, y yo me encontré aparcando el Volvo en la entrada del garaje casi cuarenta minutos antes de lo previsto. La casa estaba silenciosa cuando giré la llave en la cerradura. La puerta se abrió con ese chasquido familiar del marco de madera que siempre cedía en primavera, y el olor a jazmín del jardín de la vecina se coló detrás de mí mientras cerraba.

Lo primero que noté fueron las zapatillas de mi esposa junto a la consola del pasillo. Después, dos pares de zapatos de hombre que no reconocí. Botas de cuero marrón, desgastadas en el talón, y unas deportivas negras con los cordones desatados. Mi mano se detuvo sobre el pasamanos de la escalera. Escuché voces al piso de arriba. La risa grave de un hombre, después la de otro, y entremedio, el timbre suave de la voz de Lucía que reconocía una broma.

Subí los escalones de dos en dos sin hacer ruido. La alfombra del segundo piso amortiguaba mis pasos. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, una rendija de luz dorada que se derramaba sobre el parqué del pasillo. Me detuve a tres metros. Mi corazón golpeaba contra las costillas con una cadencia que no tenía nada que ver con la subida de la escalera.

Asomé la cabeza por el marco de la puerta.

Lucía estaba de rodillas sobre la colcha blanca que habíamos comprado en Lisboa el verano anterior. Tenía el vestido floral subido hasta la cintura, las bragas enrolladas alrededor de un tobillo, y un hombre que reconocí como Darío —un compañero de su antiguo gimnasio— le sostenía las caderas con ambas manos mientras la penetraba desde atrás. Sus empujes eran lentos, deliberados, cada avance acompañado por el sonido húmedo de piel contra piel y un gemido bajo que salía de la garganta de Lucía. Otro tipo, Marcos, estaba sentado en el sillón de lectura del rincón, con los pantalones abiertos y el miembro erecto en la mano derecha, moviendo el puño con un ritmo perezoso mientras observaba la escena sobre la cama. Sus ojos recorrían la curva de la espalda de mi esposa, la oscilación de sus pechos con cada embestida de Darío.

No entré. No grité. Me quedé inmóvil en el marco de la puerta con la mano izquierda apretada sobre la madera hasta que las nudillas se pusieron blancas. Lucía giró la cabeza en ese momento. Sus ojos se abrieron cuando me vio. Sus labios formaron una O que no produjo sonido. Darío no se detuvo. Sus caderas siguieron bombeando, y Lucía cerró los ojos un segundo, los abrió de nuevo, y me miró fijamente mientras su cuerpo se balanceaba con cada embestida.

Marcos fue el primero que habló. "Cierra la puerta," dijo sin levantarse del sillón, sin soltar su miembro, sin apartar la mirada de Lucía. Su voz tenía la calma de quien pide la sal en la mesa.

Entré. Mis pies me llevaron dentro del dormitorio como si la decisión no fuera mía. Cerré la puerta detrás de mí y el pestillo hizo clic en el silencio. Darío se detuvo por fin. Se incorporó despacio, su miembro saliendo de Lucía con un sonido blando, húmedo, y se quedó de pie junto a la cama con el pecho desnudo brillando por una fina capa de sudor. Su erección apuntaba hacia adelante, brillante de los fluidos de mi esposa.

"Arrodíllate," dijo Marcos desde el sillón. Su puño seguía moviéndose despacio, el prepucio deslizándose sobre la cabeza del glande y volviendo a bajar. No me miró cuando lo dijo. Miraba a Lucía, que se había quedado a cuatro patas sobre la cama con la respiración agitada y el vestido arrugado como una sábana vieja.

Me arrodillé. Las rodillas tocaron el parqué frío del dormitorio y un escalofrío me subió por los muslos. Marcos se levantó del sillón. Se acercó a mí con pasos cortos, su miembro en la mano, y se detuvo a menos de medio metro de mi cara. Podía olerlo: sudor, el jabón de la ducha de invitados, y algo más denso, más oscuro, que se concentraba en la base.

La primera eyaculación llegó sin previo aviso. Marcos apretó el puño, su respiración se cortó en un jadeo, y un chorro espeso de semen blanco golpeó mi mejilla izquierda. Caliente. La temperatura fue lo primero que registré, después la textura, densa y resbaladiza, deslizándose por mi mandíbula hacia el cuello. Un segundo chorro, más corto, alcanzó el puente de mi nariz y la comisura del labio superior. El sabor a sal y algo metálico se extendió por mi lengua cuando tragué involuntariamente.

En la cama, Darío había vuelto a penetrar a Lucía. Sus caderas se movían con un ritmo más rápido ahora, cada embestida empujando a mi esposa hacia adelante sobre la colcha. Los gemidos de Lucía habían cambiado: eran más agudos, más cortos, se rompían en sílabas con cada choque de los cuerpos. Marcos se alejó dos pasos, se sentó en el borde de la cama junto a ellos, y empezó a masturbarse de nuevo mirándolos. Su mano derecha subía y bajaba con una cadencia que coincidía con los empujes de Darío.

No pasó mucho tiempo. Marcos se puso de pie otra vez, se acercó a donde yo seguía arrodillado, y eyaculó por segunda vez. Este chorro fue más largo, más blanco, y me alcanzó directamente sobre la frente. El semen se deslizó por ambas cejas, cayó sobre los párpados que había cerrado por instinto, y goteó desde la barbilla sobre la camisa que aún llevaba puesta. Sentí cada gota como un punto de calor que se enfriaba lentamente al contacto con el aire del dormitorio.

Lucía gritó. Un sonido largo, agudo, que se quebró en el último segundo. Darío gruñó y enterró sus caderas contra las de ella con un último empuje profundo. Sus nalgas se contrajeron visiblemente y su espalda se arqueó hacia atrás. Estaba viniéndose dentro de ella. Lo supe por la forma en que su cuerpo se sacudió tres, cuatro, cinco veces, cada espasmo acompañado por un sonido gutural que salía de su garganta. Lucía dejó caer la cabeza sobre la almohada y sus hombros temblaron mientras algo cálido y blanco se deslizaba por sus muslos cuando Darío se retiró lentamente.

Marcos eyaculó por tercera vez en mi cara. Este chorro fue más débil, más líquido, y me alcanzó la mejilla derecha y el cuello de la camisa. El semen se acumulaba en mi barbilla y caía en hilos largos sobre el parqué. No podía abrir los ojos. No quería. Escuchaba a Lucía jadeando sobre la cama, los ruidos húmedos de Darío acariciándole la espalda, y sobre todo eso, el sonido rítmico de la mano de Marcos empezando de nuevo, preparándose para otra vez.

Y otra. Y otra.

El ciclo no se rompió. Marcos se masturbaba mirando a Lucía y a Darío, que habían cambiado de posición —ahora ella montada sobre él, las manos en su pecho, las caderas girando en círculos lentos—, y cada vez que alcanzaba el orgasmo, se acercaba a mí y se vaciaba sobre mi rostro. La cuarta eyaculación me llenó la boca cuando la abrí para respirar. La quinta me cubrió ambos ojos de una capa lechosa que me cegó por completo. La sexta fue apenas un hilo que me golpeó la sien izquierda y se mezcló con el resto que ya cubría mi cara como una máscara blanca y viscosa.

No sé cuánto tiempo pasó. La habitación olía a sexo, a sudor, a líquidos corporales que se mezclaban en el aire caliente del dormitorio. Mis rodillas dolorían contra el suelo. La camisa estaba empapada, transparente, pegada al pecho. Y cuando creí que no podía más, escuché los pasos de Marcos acercándose otra vez, y el sonido inconfundible de su mano moviéndose con urgencia renovada, y supe que no iba a terminar.

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