
Las semanas siguientes se convirtieron en una rutina dulce y perversa. Cada noche, después de cenar, fingía que el dolor y el ardor regresaban con fuerza. Mi abuela, siempre dispuesta y cariñosa, venía a “calmarme”. Nunca hablaba de nada sexual. Solo era “mi pobre niño” y sus manos y labios ayudándome.

Noche del primer viernes
Aquella noche solo quería sentir su boca en mis huevos. Le dije que el ardor estaba muy abajo, casi dentro. Mi abuela se quitó la bata y se quedó en tanga negra y un camisón fino. Se arrodilló entre mis piernas abiertas y empezó a darme besitos suaves por todo el tronco grueso de mi pija de 22 cm. Pero yo le pedí que bajara más.
Sus labios maduros se posaron en mis testículos pesados. Los besaba con ternura, uno por uno, succionando suavemente la piel arrugada. Su mano derecha acariciaba lentamente mi verga gruesa, apretándola con fuerza mientras su boca seguía besando y lamiendo mis huevos. El contraste entre su mano firme en ese rabo enorme y sus besitos suaves en los testículos fue demasiado. Me corrí con fuerza, soltando varios chorros espesos que cayeron sobre mi abdomen y sus dedos. Ella los limpió con una toallita, pensando que era solo “líquido acumulado por la irritación”.

Noche del martes siguiente
Estaba especialmente caliente. Le pedí que durmiera conmigo porque “el dolor podía volver en cualquier momento”. Se acostó a mi lado con un tanga rojo diminuto y un top blanco corto. En medio de la noche fingí moverme incómodo y me pegué a ella en cucharita, mi pecho contra su espalda.
Mi pija gruesa y dura quedó atrapada entre sus nalgas. El tanga rojo apenas cubría nada. Empecé a moverme despacio, frotando esa verga de 22 cm contra su culo suave y redondo. Sentía el calor de su piel, la tela fina del tanga deslizándose sobre mi glande hinchado. Mis manos (lo poco que podía mover) descansaban en su cadera mientras empujaba suavemente.
Cada vez más rápido, frotaba mi rabo grueso entre sus nalgas hasta que no aguanté más. Me corrí abundantemente, dejando chorros calientes de semen sobre su trasero y la parte baja de su espalda. Algunos gotearon sobre el tanga rojo. Ella se removió un poco dormida y murmuró:
—Tranquilo, mi niño… ya pasó.
Por la mañana limpió todo sin decir nada.

Noche de luna llena (dos semanas después)
Esa noche llevaba un body negro transparente que marcaba sus pechos caídos y sus pezones. Le pedí solo caricias largas y besos.
Se sentó a mi lado en la cama y sus dos manos envolvieron mi pija gruesa. La acariciaba con devoción, subiendo y bajando por esos 22 cm de carne dura y venosa, apretando justo debajo del glande. De vez en cuando se inclinaba y daba besitos tiernos por toda la longitud: en la base, en el tronco, en el frenillo… besos húmedos y prolongados.
—Besitos aquí también, abuela… donde más me duele —le pedí.
Ella obedeció y concentró sus labios en el glande hinchado, besándolo una y otra vez, abriendo un poco la boca para que su lengua lo rozara. Sus manos no paraban de masturbarme. Cuando empecé a correrme, ella mantuvo los labios pegados a la cabeza, recibiendo varios chorros directamente en la boca. Tragó con naturalidad, como si fuera parte del “alivio”.

Noche de tormenta (un dia después)
La lluvia caía fuerte afuera. Mi abuela vino en braguitas blancas de encaje y una camiseta vieja mía que le quedaba grande. Me pidió que le dijera exactamente dónde me dolía. Le dije que necesitaba frotar mi pija contra algo suave para “distraer el ardor”.
Se acostó de lado frente a mí. Coloqué mi verga gruesa entre sus muslos suaves y empecé a moverme. La fricción era deliciosa. Mis huevos golpeaban suavemente contra su tanga mientras mi pija se deslizaba entre sus piernas. Ella me abrazaba y me acariciaba la espalda, susurrando que todo iba a estar bien.
Me corrí entre sus muslos, dejando un desastre caliente que chorreó por sus piernas. Ella solo sonrió y me limpió con cariño.

Estas sesiones se repetían casi todas las noches. Cada vez me volvía más atrevido, pero ella seguía viéndolo todo como cuidados de abuela. Su inocencia era mi mayor excitación.
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