Ella era mi vecina, una mujer de cuarenta y tantos que, después de varios años viviendo en otra ciudad, volvió a instalarse en la casa de su mamá junto con sus dos hijos y su marido. Desde afuera parecía que simplemente regresaban para empezar de nuevo, pero con el tiempo todos nos dimos cuenta de que algo entre ellos estaba roto. Apenas unos meses después, él se fue a trabajar al exterior y ella quedó sola con los chicos.
Siempre había sido una mujer muy reservada. Saludaba con un gesto, hablaba poco y nunca se mezclaba demasiado con los vecinos. Sin embargo, cuando volvió era completamente distinta. Sonreía más, saludaba con besos y abrazos, se quedaba charlando en la vereda y hasta parecía disfrutar de esas pequeñas conversaciones que antes evitaba.
Yo siempre la había visto con buenos ojos. Me parecía una mujer linda, sin exageraciones: flaquita, de cuerpo proporcionado, con tetas chicas operadas, una cola normal y una sonrisa que, cuando aparecía, le cambiaba toda la cara. Nunca había pensado en ella de otra manera, aunque reconozco que más de una vez se me había cruzado por la cabeza cómo sería estar con una mujer como ella.
Un día, mientras hablábamos de cualquier cosa, me contó casi al pasar que el marido ya se había ido.
—No funcionó... —me dijo con una sonrisa triste.
Le resté importancia. Pensé que era una separación más y que con el tiempo todo se acomodaría.
Pero el destino tenía otros planes.
Un miércoles a la noche, cuando ya estaba tranquilo en casa, sonó el teléfono. Era un mensaje suyo.
—¿Estás? ¿Me podrías dar una mano con la computadora? Tengo que terminar un trabajo y no me funciona.
Le respondí que sí, que en cinco minutos estaba.
Cuando abrió la puerta me recibió con un beso en la mejilla y esa sonrisa que cada vez mostraba más seguido.
—Gracias por venir.
Entré. Me llevó hasta la computadora y enseguida me di cuenta de que el problema era una pavada. Lo solucionaba en dos minutos, pero me hice el distraído. Abría ventanas, cerraba programas, revisaba cosas que no hacían falta. La verdad era que estaba cómodo ahí.
Mientras tanto preparó unos mates y nos pusimos a hablar de cualquier cosa. De los chicos, del trabajo, de la vida. Había algo distinto en ella. Se reía más, me miraba fijo cuando hablaba y, por momentos, parecía olvidarse de todo lo que llevaba encima.
Después de casi media hora le dije:
—Listo, quedó andando.
Se acercó, miró la pantalla y sonrió.
—¿Y qué te debo?
La miré riéndome.
—Nada... con un vino tinto estamos.
Se largó a reír.
—Hecho.
Nos despedimos y me fui pensando que había sido una noche más.
Pero no lo era.
Tres o cuatro días después recibí un audio suyo.
La escuché una sola vez y entendí que algo andaba muy mal.
Lloraba desconsoladamente mientras manejaba.
—No sé con quién hablar... estoy desesperada... siento que voy a explotar...
Sin pensarlo demasiado le respondí:
—Pasame a buscar.
Cinco minutos después frenó frente a mi casa.
Subí al auto y apenas cerré la puerta arrancó. No decía una palabra. Solamente lloraba.
Manejamos unos minutos en silencio hasta que le pregunté qué pasaba.
Entonces explotó.
Me contó que no soportaba más la presión de criar sola a los chicos, vivir nuevamente bajo el techo de su madre, sentirse observada todo el tiempo y no tener un segundo para ella. Se sentía sola, agotada y completamente desbordada.
Intenté tranquilizarla. Le dije que todo eso iba a pasar, que estaba haciendo lo que podía y que nadie podía exigirle más.
En un momento estacionó al costado de una calle oscura.
Seguía llorando, aunque cada vez menos.
Le alcancé un pañuelo.
Lo tomó, se secó las lágrimas y me miró.
—Sos un dulce...
Después bajó la vista.
—Perdoname por todo esto... pero no sabés por qué... vos fuiste la primera persona que se me vino a la cabeza.
No supe qué responder.
Simplemente me quedé escuchándola.
Con el correr de los minutos empezó a calmarse. Traté de hacerla reír contando alguna pavada hasta que, casi sin darse cuenta, dijo algo que me quedó grabado.
—No tengo un segundo de paz... no puedo ni tocarme tranquila... siempre hay alguien que me necesita o me rompe las pelotas.
Se hizo un silencio incómodo.
Ella enseguida dijo:
—Perdón... no debería haberte dicho eso.
Sonreí apenas.
—No tenés que pedirme perdón por ser sincera.
La llevé nuevamente hacia su casa.
Cuando estacionó, abrió la puerta.
—Esperame... no te vayas.
Entró corriendo.
A los dos minutos volvió con una botella de vino y dos copas.
Subió otra vez al auto.
—El vino que te debía... pero quiero tomarlo con vos.
Arrancó nuevamente y manejó unas cuadras hasta estacionar debajo de un árbol, donde no pasaba nadie.
Destapé la botella, serví las dos copas y seguimos hablando. El vino empezó a aflojar las palabras y también las miradas. Ya no había lágrimas; ahora había sonrisas, complicidad y un juego silencioso que los dos entendíamos.
En un momento, al mover la copa, se le volcó un poco de vino sobre la campera blanca que llevaba puesta.
—Uy... qué boluda soy —dijo riéndose.
Se la sacó sin darle importancia y quedó con una remera blanca, vieja y fina, que dejaba adivinar perfectamente la forma de sus pechos y marcaba sus pezones endurecidos.
—Es mi pijama —dijo entre risas.
La miré de arriba abajo.
—Te queda demasiado bien.
Sonrió con esa mezcla de vergüenza y picardía.
—¿Y la parte de abajo también forma parte del pijama? —le pregunté.
Se mordió el labio.
—Abajo duermo solamente con una tanga.
—Entonces es todavía mejor de lo que imaginaba.
Se quedó mirándome unos segundos antes de preguntar:
—¿Y vos?
—Nada. Siempre duermo desnudo.
Su sonrisa cambió por completo.
—Mmm... eso me gusta.
Sin dejar de sostenerme la mirada, apoyó lentamente la mano sobre mi pija. Sentí el calor de sus dedos y cómo la respiración de los dos cambiaba al mismo tiempo. Ya no había lugar para seguir disimulando.
Dejamos las copas sobre el piso del auto y ella se acercó hasta quedar prácticamente encima mío. Nos besamos con desesperación, como si ese beso hubiera estado esperando durante meses. Sus labios buscaban los míos una y otra vez mientras mis manos recorrían lentamente su cintura y su espalda.
Le levanté la remera y empecé a besarle el cuello. Ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido suave. Bajé despacio hasta su pecho, besando su piel antes de rodear con los labios uno de sus pezones. Su respiración se aceleró de inmediato.
—No pares... —susurró.
Alterné entre besos y caricias, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada movimiento. Ella me abrazó con fuerza y llevó una de mis manos hasta su cuello.
—Agarrame fuerte... me encanta.
Eso terminó de prenderme fuego.
Reclinamos el asiento mientras seguíamos besándonos. La ropa empezó a desaparecer entre risas nerviosas y movimientos apurados. Cuando deslicé la mano a su conchita, estaba completamente mojada, muy mojada
Me miró a los ojos y confesó en voz baja:
—Antes de salir me estaba tocando pensando en vos... me interrumpieron, sentí que iba a explotar y entre en crisis nerviosa. Por eso agarré el auto y te llamé.
No hizo falta decir nada más.
Se inclinó hacia mí y comenzó a besarme lentamente por el pecho y la panza antes de empezar a chuparme la pija. Cada movimiento suyo era decidido, como si quisiera recuperar de golpe todo el deseo que había acumulado durante meses. Levantó la vista un instante para buscar mis ojos y sonrió con una picardía que terminó de volverme loco.
La agarré del pelo mientras ella seguía acercándose cada vez más a mí. Levantó la vista, sonrió y volvió a besarme antes de subirse nuevamente encima mío.
Nuestros cuerpos quedaron completamente pegados. Se subio arriba mio, le entró toda la pija, apoyó la frente contra la mía y me besó con una intensidad que hizo desaparecer todo lo demás. Cada movimiento era acompañado por respiraciones agitadas, caricias y palabras apenas susurradas al oído.
—No sabés las ganas que te tenía...
La abracé por la cintura mientras seguíamos besándonos sin apuro. Parecía que ninguno de los dos quería que ese momento terminara. El tiempo dejó de importar. Sólo existían las miradas, las manos recorriendo la piel del otro y esa tensión que finalmente había encontrado una salida, hasta que la escuché gemir muy fuerte y sentí como acababa
Después nos acomodamos en el asiento de atras, le chupe la concha hasta hacerla acabar otra vez.
Me sentó de nuevo y empezó a chuparmela hasta llenarse la boca, me miro y se trago todo.
Lentamente nos empezamos a vestir y terminar el vinito.
Antes de bajar del auto me miró, sonrió y dijo:
—Ahora entendés por qué el vino te lo debía hace varios días.
Los dos nos reímos.
Nos dimos un último beso, largo y tranquilo, y cada uno volvió a su casa con la sensación de que esa noche iba a ser imposible de olvidar.
Siempre había sido una mujer muy reservada. Saludaba con un gesto, hablaba poco y nunca se mezclaba demasiado con los vecinos. Sin embargo, cuando volvió era completamente distinta. Sonreía más, saludaba con besos y abrazos, se quedaba charlando en la vereda y hasta parecía disfrutar de esas pequeñas conversaciones que antes evitaba.
Yo siempre la había visto con buenos ojos. Me parecía una mujer linda, sin exageraciones: flaquita, de cuerpo proporcionado, con tetas chicas operadas, una cola normal y una sonrisa que, cuando aparecía, le cambiaba toda la cara. Nunca había pensado en ella de otra manera, aunque reconozco que más de una vez se me había cruzado por la cabeza cómo sería estar con una mujer como ella.
Un día, mientras hablábamos de cualquier cosa, me contó casi al pasar que el marido ya se había ido.
—No funcionó... —me dijo con una sonrisa triste.
Le resté importancia. Pensé que era una separación más y que con el tiempo todo se acomodaría.
Pero el destino tenía otros planes.
Un miércoles a la noche, cuando ya estaba tranquilo en casa, sonó el teléfono. Era un mensaje suyo.
—¿Estás? ¿Me podrías dar una mano con la computadora? Tengo que terminar un trabajo y no me funciona.
Le respondí que sí, que en cinco minutos estaba.
Cuando abrió la puerta me recibió con un beso en la mejilla y esa sonrisa que cada vez mostraba más seguido.
—Gracias por venir.
Entré. Me llevó hasta la computadora y enseguida me di cuenta de que el problema era una pavada. Lo solucionaba en dos minutos, pero me hice el distraído. Abría ventanas, cerraba programas, revisaba cosas que no hacían falta. La verdad era que estaba cómodo ahí.
Mientras tanto preparó unos mates y nos pusimos a hablar de cualquier cosa. De los chicos, del trabajo, de la vida. Había algo distinto en ella. Se reía más, me miraba fijo cuando hablaba y, por momentos, parecía olvidarse de todo lo que llevaba encima.
Después de casi media hora le dije:
—Listo, quedó andando.
Se acercó, miró la pantalla y sonrió.
—¿Y qué te debo?
La miré riéndome.
—Nada... con un vino tinto estamos.
Se largó a reír.
—Hecho.
Nos despedimos y me fui pensando que había sido una noche más.
Pero no lo era.
Tres o cuatro días después recibí un audio suyo.
La escuché una sola vez y entendí que algo andaba muy mal.
Lloraba desconsoladamente mientras manejaba.
—No sé con quién hablar... estoy desesperada... siento que voy a explotar...
Sin pensarlo demasiado le respondí:
—Pasame a buscar.
Cinco minutos después frenó frente a mi casa.
Subí al auto y apenas cerré la puerta arrancó. No decía una palabra. Solamente lloraba.
Manejamos unos minutos en silencio hasta que le pregunté qué pasaba.
Entonces explotó.
Me contó que no soportaba más la presión de criar sola a los chicos, vivir nuevamente bajo el techo de su madre, sentirse observada todo el tiempo y no tener un segundo para ella. Se sentía sola, agotada y completamente desbordada.
Intenté tranquilizarla. Le dije que todo eso iba a pasar, que estaba haciendo lo que podía y que nadie podía exigirle más.
En un momento estacionó al costado de una calle oscura.
Seguía llorando, aunque cada vez menos.
Le alcancé un pañuelo.
Lo tomó, se secó las lágrimas y me miró.
—Sos un dulce...
Después bajó la vista.
—Perdoname por todo esto... pero no sabés por qué... vos fuiste la primera persona que se me vino a la cabeza.
No supe qué responder.
Simplemente me quedé escuchándola.
Con el correr de los minutos empezó a calmarse. Traté de hacerla reír contando alguna pavada hasta que, casi sin darse cuenta, dijo algo que me quedó grabado.
—No tengo un segundo de paz... no puedo ni tocarme tranquila... siempre hay alguien que me necesita o me rompe las pelotas.
Se hizo un silencio incómodo.
Ella enseguida dijo:
—Perdón... no debería haberte dicho eso.
Sonreí apenas.
—No tenés que pedirme perdón por ser sincera.
La llevé nuevamente hacia su casa.
Cuando estacionó, abrió la puerta.
—Esperame... no te vayas.
Entró corriendo.
A los dos minutos volvió con una botella de vino y dos copas.
Subió otra vez al auto.
—El vino que te debía... pero quiero tomarlo con vos.
Arrancó nuevamente y manejó unas cuadras hasta estacionar debajo de un árbol, donde no pasaba nadie.
Destapé la botella, serví las dos copas y seguimos hablando. El vino empezó a aflojar las palabras y también las miradas. Ya no había lágrimas; ahora había sonrisas, complicidad y un juego silencioso que los dos entendíamos.
En un momento, al mover la copa, se le volcó un poco de vino sobre la campera blanca que llevaba puesta.
—Uy... qué boluda soy —dijo riéndose.
Se la sacó sin darle importancia y quedó con una remera blanca, vieja y fina, que dejaba adivinar perfectamente la forma de sus pechos y marcaba sus pezones endurecidos.
—Es mi pijama —dijo entre risas.
La miré de arriba abajo.
—Te queda demasiado bien.
Sonrió con esa mezcla de vergüenza y picardía.
—¿Y la parte de abajo también forma parte del pijama? —le pregunté.
Se mordió el labio.
—Abajo duermo solamente con una tanga.
—Entonces es todavía mejor de lo que imaginaba.
Se quedó mirándome unos segundos antes de preguntar:
—¿Y vos?
—Nada. Siempre duermo desnudo.
Su sonrisa cambió por completo.
—Mmm... eso me gusta.
Sin dejar de sostenerme la mirada, apoyó lentamente la mano sobre mi pija. Sentí el calor de sus dedos y cómo la respiración de los dos cambiaba al mismo tiempo. Ya no había lugar para seguir disimulando.
Dejamos las copas sobre el piso del auto y ella se acercó hasta quedar prácticamente encima mío. Nos besamos con desesperación, como si ese beso hubiera estado esperando durante meses. Sus labios buscaban los míos una y otra vez mientras mis manos recorrían lentamente su cintura y su espalda.
Le levanté la remera y empecé a besarle el cuello. Ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido suave. Bajé despacio hasta su pecho, besando su piel antes de rodear con los labios uno de sus pezones. Su respiración se aceleró de inmediato.
—No pares... —susurró.
Alterné entre besos y caricias, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada movimiento. Ella me abrazó con fuerza y llevó una de mis manos hasta su cuello.
—Agarrame fuerte... me encanta.
Eso terminó de prenderme fuego.
Reclinamos el asiento mientras seguíamos besándonos. La ropa empezó a desaparecer entre risas nerviosas y movimientos apurados. Cuando deslicé la mano a su conchita, estaba completamente mojada, muy mojada
Me miró a los ojos y confesó en voz baja:
—Antes de salir me estaba tocando pensando en vos... me interrumpieron, sentí que iba a explotar y entre en crisis nerviosa. Por eso agarré el auto y te llamé.
No hizo falta decir nada más.
Se inclinó hacia mí y comenzó a besarme lentamente por el pecho y la panza antes de empezar a chuparme la pija. Cada movimiento suyo era decidido, como si quisiera recuperar de golpe todo el deseo que había acumulado durante meses. Levantó la vista un instante para buscar mis ojos y sonrió con una picardía que terminó de volverme loco.
La agarré del pelo mientras ella seguía acercándose cada vez más a mí. Levantó la vista, sonrió y volvió a besarme antes de subirse nuevamente encima mío.
Nuestros cuerpos quedaron completamente pegados. Se subio arriba mio, le entró toda la pija, apoyó la frente contra la mía y me besó con una intensidad que hizo desaparecer todo lo demás. Cada movimiento era acompañado por respiraciones agitadas, caricias y palabras apenas susurradas al oído.
—No sabés las ganas que te tenía...
La abracé por la cintura mientras seguíamos besándonos sin apuro. Parecía que ninguno de los dos quería que ese momento terminara. El tiempo dejó de importar. Sólo existían las miradas, las manos recorriendo la piel del otro y esa tensión que finalmente había encontrado una salida, hasta que la escuché gemir muy fuerte y sentí como acababa
Después nos acomodamos en el asiento de atras, le chupe la concha hasta hacerla acabar otra vez.
Me sentó de nuevo y empezó a chuparmela hasta llenarse la boca, me miro y se trago todo.
Lentamente nos empezamos a vestir y terminar el vinito.
Antes de bajar del auto me miró, sonrió y dijo:
—Ahora entendés por qué el vino te lo debía hace varios días.
Los dos nos reímos.
Nos dimos un último beso, largo y tranquilo, y cada uno volvió a su casa con la sensación de que esa noche iba a ser imposible de olvidar.
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