La tarde se está yendo y yo me preparo para la cena del laboratorio. Martín me mira desde la cama, con la pija ya semi-dura, mientras me meto en el vestido negro que me aprieta las tetas y el culo.
—¿Estás seguro de que no te puedo convencer de quedarte? —me pregunta con la voz ronca.
Sonrío, dándome el último retoque de labial rojo.
—Sabés que no puedo faltar, amor. El director va a estar. Y además… ya sabés lo que hablamos esta mañana.
Se levanta y se me acerca por detrás. Me agarra las caderas y me besa el cuello.
—¿Y qué hay de nuestras charlas de esta mañana?
Me acuerdo de cómo nos pusimos a fantasear en el desayuno. De cómo me confesó, con la pija dura, cuánto le calentaba imaginarse a otros tipos deseándome, manoseándome, metiéndome la pija hasta el fondo mientras él miraba.
—No me olvidé de nada —le digo, dándome vuelta—. ¿Y si esta noche aparece alguien interesante?
Se le corta la respiración.
—¿Lo harías? ¿Traerías a alguien?
—Capaz —le susurro contra la boca, sintiendo cómo se le pone dura contra mi vientre—. Depende de quién aparezca. ¿Te gustaría, no? ¿Vernos? ¿Escucharnos? ¿Ver cómo me chupan la concha o cómo me llenan la boca de leche?
Martín gime, me agarra la cara y me besa como si me quisiera comer.
—Sí… me volvería loco, Flor.
Le paso el pulgar por los labios y sonrío.
—Entonces esperame despierto. No te prometo nada, pero nunca se sabe.
Agarro el bolso y me voy. Siento su mirada clavada en el culo mientras camino.
---
La sala de eventos del restaurante está a media luz. Me muevo entre los del laboratorio con el vestido pegado a cada curva. Sé que me miran. Algunos con disimulo, otros ni se molestan en esconderlo. El vino corre y yo siento una electricidad rara esta noche.
Mis ojos se cruzan con Daniel, el nuevo investigador asociado. Alto, hombros anchos, pelo negro peinado para atrás y una sonrisa de dientes perfectos. Hace un mes que está y lo noto mirándome cuando cree que no lo veo.
—Flor, estás radiante esta noche —me dice cuando me acerco a la barra. Los ojos verdes me recorren sin vergüenza—. Ese vestido debería ser ilegal.
Me inclino a propósito a agarrar la copa, dejándole ver el escote.
—¿Entonces soy una criminal, Daniel?
—La más peligrosa que conocí —responde, acercándose un poco más.
La charla se transforma en un baile de insinuaciones. Le rozo el antebrazo cuando me río. Bajo la mesa le toco la rodilla con la mía. Para el postre la tensión se puede cortar con un cuchillo.
Cuando nos quedamos un momento solos cerca del balcón, le susurro:
—Sabés… mi marido y yo tenemos un arreglo especial.
Arquea una ceja, la respiración un poco agitada.
—¿Qué tipo de arreglo?
Sin responderle, le agarro la mano y se la guío debajo de la mesa. Se la deslizo por el muslo desnudo hasta que los dedos le encuentran la concha sin tanga. Se le cambia toda la cara: de sorpresa a una gana bestial.
—La puta madre, Flor…
—Quiero que vengas a casa conmigo esta noche —le digo al oído, sacando la tanga del bolso y metiéndosela en el bolsillo de la campera—. Mi marido va a estar… mirando. ¿Te calienta eso tanto como a mí?
Los ojos se le oscurecen. Traga saliva y aprieta la tanga en el bolsillo.
—El auto está afuera —responde con voz ronca—. Nos vamos cuando quieras.
Siento una oleada de triunfo y de humedad entre las piernas. La fantasía que armamos con Martín está a punto de volverse real. Los pezones se me ponen duros contra la tela. Sonrío, agarro el bolso y le hago seña de que me siga.
---
En el auto de Daniel escribo rápido en el celular:
“Estoy llegando con alguien. Andá al patio, apagá las luces. Vas a poder vernos por el ventanal. Te amo.”
La respuesta llega al toque: un emoji de fuego. La concha me late fuerte.
Al abrir la puerta del departamento, de la mano de Daniel, veo que el patio está en total oscuridad. Adentro dejé un par de lámparas tenues prendidas. Perfecto.
—¿Tu marido no está? —pregunta él, ya con la voz cargada de ganas.
—No te preocupes por él —le susurro al oído, mordiéndole el lóbulo—. Sentate ahí.
Lo llevo hasta la silla que dejamos justo frente al ventanal. Sé perfectamente que Martín está afuera, escondido en la oscuridad del patio, con los ojos clavados en cada movimiento mío. El pensamiento me pone los pezones duros al toque.
Me arrodillo despacio frente a Daniel. Los ojos verdes le brillan bajo la luz tenue mientras le desabrocho el cinturón y le saco la pija. Gruesa, dura, palpitándole.
—La puta madre, Flor… —gime cuando le cierro los labios rojos alrededor de la punta.
Chupo con ganas, profundo, dejando que la saliva le baje por el tronco. El vestido se me corre solo y se me salen las tetas. No me las cubro. Al contrario, arqueo la espalda para que se vean bien, sabiendo que los dos —Daniel y Martín desde la oscuridad— están disfrutando el show.
—Sos una puta increíble —jadea, metiéndome los dedos en el pelo y empujándome más profundo. Las caderas se le mueven solas, buscando mi garganta.
Siento cómo le late contra la lengua segundos antes de que se corra. La leche caliente y espesa me llena la boca, se me desborda por los labios, me baja por el mentón y me cae sobre las tetas. Lo miro a los ojos mientras trago deliberadamente, dejando que le quede un poco visible en los labios.
—Eso fue… una locura —murmura él, todavía recuperando el aire.
Me levanto con calma, sin limpiarme ni taparme las tetas manchadas.
—Gracias por esta noche, Daniel. Te llamo.
Su cara de confusión me da una satisfacción secreta mientras lo acompaño hasta la puerta y lo empujo afuera con suavidad. En cuanto se cierra, apago las luces de adentro y me voy derecho al patio.
Martín está ahí, respirando como un animal, los ojos negros de deseo. Sin decir nada me le tiro encima y le meto la lengua en la boca para que pruebe la leche de otro hombre.
—¿Te gustó lo que viste? —le susurro contra los labios mientras me aprieta el culo con desesperación.
—Me volviste loco —gruñe, levantándome y sentándome en la mesa del patio—. Ver cómo le chupabas la pija, cómo te llenaba la boca… la puta madre, Flor.
La pija se le mete de una sola embestida en la concha empapada. Me saca un gemido gutural.
—¿Te gusta ser mi puta? —me susurra al oído mientras me coje fuerte—. ¿Te gusta chupar otras pijas y después venir a mí con la boca llena de leche ajena?
—Sí… sí… —gimo, clavándole las uñas en la espalda—. Me encanta ser tu zorra, tu puta, que me veas tragando la leche de otros tipos.
Las palabras lo encienden más. Me embiste como un loco, duro, profundo, agarrándome las caderas con fuerza. Cada embestida me hace gemir más fuerte.
—Decime —me exige, sin parar—. Decime que sos una puta.
—Soy una puta… soy tu puta… —gimo—. Me encanta que me veas chupar pijas ajenas… que me llenen la boca… y después venir a que me cojas con la leche de otro todavía en la lengua.
Martín gruñe como un animal. Siento cómo se le pone más dura adentro, cómo le late.
—Voy a acabar… —jadea—. Voy a acabar adentro de mi puta…
—Dale… acabá… llename… —le digo al oído—. Quiero sentir tu leche después de haber tragado la de él.
Con un gemido grave acaba. Me embiste hasta el fondo y me llena, chorro tras chorro, caliente, espeso. Siento cómo me rebalsa un poco y se me escurre por el muslo. Me sigue cojiendo lento mientras se termina de vaciar, respirando agitado contra mi cuello.
Cuando por fin se detiene, todavía adentro, me mira con los ojos vidriosos.
—La puta madre, Flor… —murmura, todavía sin aire—. Nunca acabé así.
Me acomodo un poco, sintiendo su leche salir de a poco. Le paso la mano por la cara.
—¿Te arrepentís?
Niega con la cabeza, todavía jadeando.
—Ni en pedo. Me volviste loco. Ver cómo le chupabas la pija… cómo te llenaba la boca… y después venirme adentro mientras me contabas todo… fue demasiado.
Sonrío y le muerdo el labio.
—Daniel no significó nada. Fue solo un instrumento para que nos corramos como animales.
—Lo sé —responde, todavía adentro mío—. Pero los celos… la puta madre, los celos me calentaron todavía más.
—Y a mí también —le confieso—. Nunca me sentí tan puta, tan deseada, como cuando te sabía mirando desde la oscuridad.
Queda un silencio pesado, solo el sonido de nuestra respiración.
—¿Y ahora qué? —pregunta al fin.
Le sonrío cerca de la boca.
—Ahora, mi amor… recién estamos empezando.
Me agarra el culo con fuerza otra vez.
—Ver cómo le chupabas… cómo lo recibías en la boca… —murmura, y siento que se le empieza a poner dura de nuevo adentro—. La forma en que lo miraste mientras él se corría…
—Mientras pensaba en vos —completo—. En cómo estarías ahí afuera, con la pija dura, mirándome tragarme la leche de otro.
Martín gime y me da vuelta sobre la mesa. Me penetra de nuevo, más lento esta vez, pero profundo.
—¿Sabés qué me volvió más loco? —susurra contra mi cuello—. Cuando viniste con el sabor de él todavía en la boca. Como si me dijeras: “Mirá lo que hice por nosotros”.
Las piernas se me abren más y lo recibo hasta el fondo. Esta vez no hay apuro. Solo la sensación de su pija moviéndose adentro, todavía con restos de su leche anterior, y la certeza de que esto recién arranca.
—¿Estás seguro de que no te puedo convencer de quedarte? —me pregunta con la voz ronca.
Sonrío, dándome el último retoque de labial rojo.
—Sabés que no puedo faltar, amor. El director va a estar. Y además… ya sabés lo que hablamos esta mañana.
Se levanta y se me acerca por detrás. Me agarra las caderas y me besa el cuello.
—¿Y qué hay de nuestras charlas de esta mañana?
Me acuerdo de cómo nos pusimos a fantasear en el desayuno. De cómo me confesó, con la pija dura, cuánto le calentaba imaginarse a otros tipos deseándome, manoseándome, metiéndome la pija hasta el fondo mientras él miraba.
—No me olvidé de nada —le digo, dándome vuelta—. ¿Y si esta noche aparece alguien interesante?
Se le corta la respiración.
—¿Lo harías? ¿Traerías a alguien?
—Capaz —le susurro contra la boca, sintiendo cómo se le pone dura contra mi vientre—. Depende de quién aparezca. ¿Te gustaría, no? ¿Vernos? ¿Escucharnos? ¿Ver cómo me chupan la concha o cómo me llenan la boca de leche?
Martín gime, me agarra la cara y me besa como si me quisiera comer.
—Sí… me volvería loco, Flor.
Le paso el pulgar por los labios y sonrío.
—Entonces esperame despierto. No te prometo nada, pero nunca se sabe.
Agarro el bolso y me voy. Siento su mirada clavada en el culo mientras camino.
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La sala de eventos del restaurante está a media luz. Me muevo entre los del laboratorio con el vestido pegado a cada curva. Sé que me miran. Algunos con disimulo, otros ni se molestan en esconderlo. El vino corre y yo siento una electricidad rara esta noche.
Mis ojos se cruzan con Daniel, el nuevo investigador asociado. Alto, hombros anchos, pelo negro peinado para atrás y una sonrisa de dientes perfectos. Hace un mes que está y lo noto mirándome cuando cree que no lo veo.
—Flor, estás radiante esta noche —me dice cuando me acerco a la barra. Los ojos verdes me recorren sin vergüenza—. Ese vestido debería ser ilegal.
Me inclino a propósito a agarrar la copa, dejándole ver el escote.
—¿Entonces soy una criminal, Daniel?
—La más peligrosa que conocí —responde, acercándose un poco más.
La charla se transforma en un baile de insinuaciones. Le rozo el antebrazo cuando me río. Bajo la mesa le toco la rodilla con la mía. Para el postre la tensión se puede cortar con un cuchillo.
Cuando nos quedamos un momento solos cerca del balcón, le susurro:
—Sabés… mi marido y yo tenemos un arreglo especial.
Arquea una ceja, la respiración un poco agitada.
—¿Qué tipo de arreglo?
Sin responderle, le agarro la mano y se la guío debajo de la mesa. Se la deslizo por el muslo desnudo hasta que los dedos le encuentran la concha sin tanga. Se le cambia toda la cara: de sorpresa a una gana bestial.
—La puta madre, Flor…
—Quiero que vengas a casa conmigo esta noche —le digo al oído, sacando la tanga del bolso y metiéndosela en el bolsillo de la campera—. Mi marido va a estar… mirando. ¿Te calienta eso tanto como a mí?
Los ojos se le oscurecen. Traga saliva y aprieta la tanga en el bolsillo.
—El auto está afuera —responde con voz ronca—. Nos vamos cuando quieras.
Siento una oleada de triunfo y de humedad entre las piernas. La fantasía que armamos con Martín está a punto de volverse real. Los pezones se me ponen duros contra la tela. Sonrío, agarro el bolso y le hago seña de que me siga.
---
En el auto de Daniel escribo rápido en el celular:
“Estoy llegando con alguien. Andá al patio, apagá las luces. Vas a poder vernos por el ventanal. Te amo.”
La respuesta llega al toque: un emoji de fuego. La concha me late fuerte.
Al abrir la puerta del departamento, de la mano de Daniel, veo que el patio está en total oscuridad. Adentro dejé un par de lámparas tenues prendidas. Perfecto.
—¿Tu marido no está? —pregunta él, ya con la voz cargada de ganas.
—No te preocupes por él —le susurro al oído, mordiéndole el lóbulo—. Sentate ahí.
Lo llevo hasta la silla que dejamos justo frente al ventanal. Sé perfectamente que Martín está afuera, escondido en la oscuridad del patio, con los ojos clavados en cada movimiento mío. El pensamiento me pone los pezones duros al toque.
Me arrodillo despacio frente a Daniel. Los ojos verdes le brillan bajo la luz tenue mientras le desabrocho el cinturón y le saco la pija. Gruesa, dura, palpitándole.
—La puta madre, Flor… —gime cuando le cierro los labios rojos alrededor de la punta.
Chupo con ganas, profundo, dejando que la saliva le baje por el tronco. El vestido se me corre solo y se me salen las tetas. No me las cubro. Al contrario, arqueo la espalda para que se vean bien, sabiendo que los dos —Daniel y Martín desde la oscuridad— están disfrutando el show.
—Sos una puta increíble —jadea, metiéndome los dedos en el pelo y empujándome más profundo. Las caderas se le mueven solas, buscando mi garganta.
Siento cómo le late contra la lengua segundos antes de que se corra. La leche caliente y espesa me llena la boca, se me desborda por los labios, me baja por el mentón y me cae sobre las tetas. Lo miro a los ojos mientras trago deliberadamente, dejando que le quede un poco visible en los labios.
—Eso fue… una locura —murmura él, todavía recuperando el aire.
Me levanto con calma, sin limpiarme ni taparme las tetas manchadas.
—Gracias por esta noche, Daniel. Te llamo.
Su cara de confusión me da una satisfacción secreta mientras lo acompaño hasta la puerta y lo empujo afuera con suavidad. En cuanto se cierra, apago las luces de adentro y me voy derecho al patio.
Martín está ahí, respirando como un animal, los ojos negros de deseo. Sin decir nada me le tiro encima y le meto la lengua en la boca para que pruebe la leche de otro hombre.
—¿Te gustó lo que viste? —le susurro contra los labios mientras me aprieta el culo con desesperación.
—Me volviste loco —gruñe, levantándome y sentándome en la mesa del patio—. Ver cómo le chupabas la pija, cómo te llenaba la boca… la puta madre, Flor.
La pija se le mete de una sola embestida en la concha empapada. Me saca un gemido gutural.
—¿Te gusta ser mi puta? —me susurra al oído mientras me coje fuerte—. ¿Te gusta chupar otras pijas y después venir a mí con la boca llena de leche ajena?
—Sí… sí… —gimo, clavándole las uñas en la espalda—. Me encanta ser tu zorra, tu puta, que me veas tragando la leche de otros tipos.
Las palabras lo encienden más. Me embiste como un loco, duro, profundo, agarrándome las caderas con fuerza. Cada embestida me hace gemir más fuerte.
—Decime —me exige, sin parar—. Decime que sos una puta.
—Soy una puta… soy tu puta… —gimo—. Me encanta que me veas chupar pijas ajenas… que me llenen la boca… y después venir a que me cojas con la leche de otro todavía en la lengua.
Martín gruñe como un animal. Siento cómo se le pone más dura adentro, cómo le late.
—Voy a acabar… —jadea—. Voy a acabar adentro de mi puta…
—Dale… acabá… llename… —le digo al oído—. Quiero sentir tu leche después de haber tragado la de él.
Con un gemido grave acaba. Me embiste hasta el fondo y me llena, chorro tras chorro, caliente, espeso. Siento cómo me rebalsa un poco y se me escurre por el muslo. Me sigue cojiendo lento mientras se termina de vaciar, respirando agitado contra mi cuello.
Cuando por fin se detiene, todavía adentro, me mira con los ojos vidriosos.
—La puta madre, Flor… —murmura, todavía sin aire—. Nunca acabé así.
Me acomodo un poco, sintiendo su leche salir de a poco. Le paso la mano por la cara.
—¿Te arrepentís?
Niega con la cabeza, todavía jadeando.
—Ni en pedo. Me volviste loco. Ver cómo le chupabas la pija… cómo te llenaba la boca… y después venirme adentro mientras me contabas todo… fue demasiado.
Sonrío y le muerdo el labio.
—Daniel no significó nada. Fue solo un instrumento para que nos corramos como animales.
—Lo sé —responde, todavía adentro mío—. Pero los celos… la puta madre, los celos me calentaron todavía más.
—Y a mí también —le confieso—. Nunca me sentí tan puta, tan deseada, como cuando te sabía mirando desde la oscuridad.
Queda un silencio pesado, solo el sonido de nuestra respiración.
—¿Y ahora qué? —pregunta al fin.
Le sonrío cerca de la boca.
—Ahora, mi amor… recién estamos empezando.
Me agarra el culo con fuerza otra vez.
—Ver cómo le chupabas… cómo lo recibías en la boca… —murmura, y siento que se le empieza a poner dura de nuevo adentro—. La forma en que lo miraste mientras él se corría…
—Mientras pensaba en vos —completo—. En cómo estarías ahí afuera, con la pija dura, mirándome tragarme la leche de otro.
Martín gime y me da vuelta sobre la mesa. Me penetra de nuevo, más lento esta vez, pero profundo.
—¿Sabés qué me volvió más loco? —susurra contra mi cuello—. Cuando viniste con el sabor de él todavía en la boca. Como si me dijeras: “Mirá lo que hice por nosotros”.
Las piernas se me abren más y lo recibo hasta el fondo. Esta vez no hay apuro. Solo la sensación de su pija moviéndose adentro, todavía con restos de su leche anterior, y la certeza de que esto recién arranca.
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