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Travesti cornudo: Mi esposa sale a ligar y yo en casa 1

El aroma del perfume barato que Gabriela se roció en el cuello aún flotaba en el aire del pasillo cuando la oí cerrar la puerta principal con un golpe seco. Me quedé parado frente al espejo del baño, con las manos apoyadas en el lavabo, respirando hondo para calmar los nervios que siempre me provocaban estas noches. La casa estaba en silencio, excepto por el zumbido leve del refrigerador en la cocina. Me miré al cristal. La imagen que me devolvió no era la del "marido" que esperaba la sociedad, sino la de Luna. Me había puesto un vestido negro brillante que se pegaba a mi piel como una segunda capa, resaltando la cintura que tanto trabajo me costaba marcar y la forma de mis piernas largas y depiladas. Mis labios llevaban un rojo carmesí oscuro, un tono que Gabriela había elegido para mí burlándose, diciendo que era el color era perfecto "para una mariquita cómo tú"
Travesti cornudo: Mi esposa sale a ligar y yo en casa 1

Me alejé del baño y caminé por la sala, sintiendo cómo la tela de mi vestido rozaba mis muslos, una sensación constante que me recordaba mi lugar. Sabía lo que estaba pasando en ese preciso momento en algún antro del centro. Gabriela estaba ahí, con su cuerpo paseándose entre los hombres del bar, esa gordibuena provocativa que sabía cómo usar sus curvas para cazar. Me imaginé el maquillaje gótico, los ojos delineados en negro, el cabello rubio cayendo sobre sus hombros pálidos. Sus tetas enormes, esos pechos enormes que a mí me encantaba tocar pero que ella reservaba para otros hombres, estarían casi al descubierto bajo una blusa escotada. Y ese culo, ese inmenso trasero que hacía temblar el suelo cuando caminaba, sería el imán para el tipo de hombre que ella buscaba: alguien que no fuera yo, un hombre de verdad, hecho y derecho jeje.
Me senté en el sofá, me sentía venida y muy femenina, crucé las piernas con cuidado para no arruinar la tela brillante y saqué mi teléfono. La pantalla se iluminó y entré en las aplicaciones de chat de Facebook, Grindr, X, Instagram. Mi corazón latió un poco más rápido. Empecé a deslizarme por los perfiles, buscando esa validación que mi esposa me negaba. Muchos hombres diciendo lo venida y sexy que soy. Encontré a un maduro en Grindr que me escribió y le envié una foto que me había tomado minutos antes: mi cuerpo de lado, el vestido apretado y una pose sexy. "Hola, papi", escribí, sintiendo un calor subir por mi cuello mientras esperaba la respuesta. Mientras el chat cargaba, no pude evitar pensar en el último comentario de Gabriela antes de salir.
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—Quédate en casa, maricón —me había dicho con una sonrisa cruel, arreglándose el cabello—. Vete a poner tus ropitas y juega con tu teléfono mientras busco a un hombre de verdad que sepa satisfacer lo que tú no puedes.
Esas palabras resonaban en mi cabeza. Me acomodé en el sofá, acariciando mis muslos suaves y depilados, me dediqué a responder a los hombres que me pedían más fotos. Les enviaba tomas de mi culo, de mis piernas, de mi boca abierta, sintiéndome una zorra caliente y sumisa. Pero mi mente seguía yendo hacia ella. Sabía que su ritual ya había comenzado. Le encantaba contar sus engaños, pero últimamente había subido el nivel. Ya no bastaba con que yo supiera que estaba con desconocidos; ahora quería que supiera *cómo* los conseguía.
El teléfono vibró con una llamada. Era Gabriela. Mi mano tembló ligeramente al contestar.
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—¿Sí? —dije, intentando que mi voz sonara lo más femenina y suave posible, como a ella le gustaba que hablara cuando estaba vestido así.
—Estoy en el antro, Luna —su voz sonaba fuerte, con el estruendo de la música de fondo—. Ya encontré a alguien.
Apreté el teléfono contra la oreja. —¿Ah sí?
—Sí. Es un tipo increíble. Alto, fuerte, barbón... un hombre de verdad —suspiró al otro lado, y pude escuchar una risa masculina cerca de ella—. Le conté sobre ti.
Me quedé mudo, pasando la mano nerviosa sobre la tela de mi vestido.
—¿Qué... qué le dijiste?
—Le dije la verdad —dijo ella con tono de burla—. Le dije que era casada, pero que mi marido era un maricón. Le dije que tú estabas en casa, probablemente vestido de mujer, chateando con otros hombres porque no sirves para proteger a tu esposa ni para cogertela como se debe.
Sentí una vergüenza quemante en las mejillas, pero también una humillación electrizante que me recorrió la espalda. Me imaginé a Gabriela hablándole a ese extraño, revelando mi secreto, usándolo como un filtro para encontrar al macho alfa que la dominara.
—¿Y... qué dijo él? —logré preguntar con voz entrecortada.
—Se rió —respondió Gabriela, y pude escuchar el placer en su voz—. Dijo que eso lo ponía más caliente. Que le gustaba la idea de una mujer infiel que necesita un macho real porque su esposo es una poca cosa.
Escuché cómo ella le decía algo al tipo, y luego una voz profunda y ronca se acercó al micrófono.
—Oye, maricón —dijo la voz de él—. Tu esposa está muy buena. Me dijo que te gusta vestirte de nena. ¿Cómo puedes abandonar a una mujer tan rica como ella en un lugar como este? Qué puto eres.
—S-sí, señor —murmuré, bajando la cabeza instintivamente aunque él no pudiera verme.
—Pero no te preocupes putito, yo la cuido. Ya la estoy calentando aquí en la pista —siguió el tipo—. Todo el mundo está mirando como me baila y me pega su cuerpo. Tiene un culo enorme, amigo. Un culo de mujer de verdad. ¿Tú alguna vez la has follado bien?
—No... no, señor —admití, sintiéndome pequeño y débil.
—Claro que no. Por eso ella está aquí conmigo —la voz de él era arrogante, dominante—. Estamos besándonos y ya quiero meterle mi mano en ese culo caliente. Pero tenemos un problema.
Gabriela volvió a tomar el teléfono.
—Escucha bien, Luna —dijo ella, jadeando un poco, probablemente mientras el hombre le besaba el cuello—. Él quiere ir a la casa. Ahora.
Me puse de pie de un salto, el vestido revoloteando alrededor de mis caderas.
—¿A casa? ¿Pero... Gabriela, qué vas a hacer?
—Lo que tú no puedes —replicó ella con dureza—. Él quiere conocer al maricón del que le hablé. Quiere verte en tus ropitas. Quiere ver cómo cogen a una mujer de verdad delante de ti y... me ha dicho algo.
Hice una pausa, esperando el golpe final.
—Quiere que nos invites a coger —dijo ella, y su voz se quebró en un gemido ahogado al otro lado de la línea—. Quiere que estés ahí, mirando, mientras yo me lo trago entero. Dice que a los maricones como tú les gusta ver lo que no pueden tener.
Me quedé parado en medio de la sala, la luz de la lámpara reflejándose en mis tacones altos que esperaba usar para alguien más. Mi polla estaba dura dentro de la ropa interior femenina, apretada y dolorosa. La humillación era absoluta. Mi esposa, esa gordita blanca y dominante, no solo me estaba engañando, sino que me estaba entregando a un desconocido, usándome como un juguete para su propio placer y el de él.
—¿Luna? ¿Estás ahí? —preguntó ella.
—Sí... estoy aquí —respondí, mirando alrededor de mi casa, mi refugio, que pronto se convertiría en el escenario de mi degradación pública.
—Bien. Espero te hayas puesto linda porque vamos camino a casa. Y prepárate, porque este hombre tiene una verga que te va a hacer llorar de envidia. La sentí mientras baila amos y debo decir que se siente enorme, no como el chiste que tienes entre tus piernas, por fin me harán sentir placer y no dejarme caliente como acostumbras tu.
Colgaron. Me quedé con el teléfono en la mano, el silencio de la casa volviendo a envolverme, pero esta vez cargado con la anticipación de lo que vendría. Me ajusté el vestido, me pasé la lengua por los labios pintados y caminé hacia la puerta principal. Mis piernas temblaban, no de miedo, sino de la excitación enfermiza de saber que pronto estaría viendo cómo un hombre de verdad tomaba lo que era mío, mientras yo solo servía como espectador y sirviente en mi propia casa,
Tengo miedo pero estoy muy excitado de lo que va a pasar....
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