You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

No me Resisto a mi Hijastra Culona

Historia contada por Claudia, así es ella: 

No me Resisto a mi Hijastra Culona


Me desperté con dos dedos dentro y la sábana pegada al culo.

El coño me hacía pupa de lo hinchado que estaba. No de dolor. De uso. Como si alguien me hubiera abierto a lo bestia y luego me hubiera dejado ahí, con las piernas flojas y la cabeza hecha un bombo.
—Joder…

La resaca me partía la sien.

La braga —si es que esto era una braga y no un trapo— estaba empapada. Me metí el dedo hasta el nudillo y salió brillante. El clítoris me latía como si lo hubieran estado rozando durante horas.

Pensé en Álex.

En Álex encima, en el piso de estudiantes, con esa polla suya que conozco de memoria. Ni fina ni gruesa. Normal. La justa para correrme si me la trabaja.

Pero el sueño no era Álex.

En el sueño la polla era otra. Más gorda. Me abría el coño como nunca antes. Me llegaba adentro de una forma que Álex no llega. Y alguien me agarraba las nalgas y me las golpeaba al ritmo, seco, como si le debiera algo.

Plaf.

Lo recordé sin querer.

Plaf.

Otra vez.

Me doblé de lado, con los dedos todavía dentro, y me follé la mano un rato, despacio, buscando el ángulo del sueño. El coño me chasqueó. Estaba tan mojada que el sonido salió sucio, de porno de móvil, no de fantasía limpia.

—Hostia… —dije contra la almohada.

No era un sueño húmedo normal. Los sueños húmedos se deshacen. Este tenía peso. Tenía temperatura. Tenía el recuerdo de una verga —no, de una polla— estirándome desde dentro mientras yo no podía hablar.
Flash.

Una mano grande en la nuca.

Flash.

La voz de un hombre, baja, cerca de la oreja: «Qué buen culo que tienes».

Flash.

El ardor de un azote en la nalga.

Me saqué los dedos de golpe. Me temblaban.

Me senté. El mundo dio una vuelta. Me duele hasta el coño al juntar los muslos, un recuerdo físico, como si me hubieran dejado el hueco.

—Fue un sueño —dije en voz alta, para oírme.

No me lo creí.

Bajé.

El salón olía a café y a tostada. La tele puesta en un informativo, volumen bajo, como si la casa fuera normal. Roberto estaba de espaldas en la cocina, en chándal negro y camiseta blanca. Cuarenta y cinco años, creo. Espalda ancha. El culo de tío que trabaja en un taller, para no parecer el padre de nadie.
Cuando se giró, se le cayó un segundo la cara.

Nervios.

Pura cara de «me han pillado» disfrazada de «buenos días».

Yo: —Qué.

Roberto: —Pensé que ibas a dormir hasta las tres. Anoche… estabas regular.

Yo: —¿Regular?

Roberto: —Borracha, Claudia. Muy borracha. Te tuve que subir.

Me miró el camisón de flores. Se le subió el color a las orejas y apartó la vista hacia la cafetera, como si el café fuera a salvarle el cuello, como si esa prenda le recordara algo.

Yo: —¿Tú me vestiste?

Roberto: —Tú me lo pediste. La ropa te estaba matando…

Eso me dijo, y nervios, muchos nervios.

Mentira. O verdad a medias. Su respuesta le salió demasiado rápido, como frase ensayada delante del espejo del baño.
Me duele la cabeza otra vez. Entre las sienes me entra otro flash: yo en la cama, él quitándome el short, mis manos buscando no sé qué, un «cámbiame» que no sé si dije o soñé.

El coño se me apretó solo.
Asqueroso. Lo odio. Me mudé a esta casa para reventarles el matrimonio, no para amanecer con la polla de este tío grabada en la memoria.

Pero no tengo pruebas. Solo un coño destrozado y esa cara de cagado.

Así que fui a por él por otro lado.

Yo: —Necesito seiscientos euros.

Roberto: —¿Seiscientos?

Yo: —Hoy.

Roberto: —Claudia, el taller no es una máquina expendedora. Tu madre…

Yo: —Mamá no está. Estás tú. Seiscientos. Es para un regalo. De Álex. Mi novio.

Se le endureció la mandíbula. Ahí. Celos. Rápidos, sucios, de padrastro que se cree con derecho a mirar y sin derecho a tocar.

Roberto: —¿Seiscientos euros de regalo? ¿Qué le vas a comprar, un riñón?

Yo: —Lo que yo quiera. Tú no eres nadie para preguntar.

Roberto: —Vivo aquí. Pago esto. Y anoche te recogí yo de esa discoteca de mierda, no Álex.

Yo: —Álex no vive aquí. Tú sí. Y te estoy pidiendo un favor. O un chantaje. Como lo quieras llamar.
Me apoyé en el marco. El camisón de flores se me subió un centímetro. No me lo bajé.

Él miró.

Claro que miró. Siempre mira. En el pasillo, en el sofá, cuando me agacho a por el mando. Se cree discreto. Es un hambre con zapatillas.

Yo: —¿Y si te hago un baile?

Roberto: —¿Qué?

Yo: —Un baile. Aquí. Ahora. Que no te hagas el santo, Roberto. Te he pillado mirándome el culo. Mucho. Demasiado para ser casualidad.

Se le puso la cara gris.

Ahí vi el miedo. No el miedo de un padre. El miedo de un tío que anoche hizo algo y no sabe cuánto recuerdo yo.

Me estudió. Los ojos. La boca. Buscó una acusación.

No la encontró. Porque yo todavía no sé. Solo sospecho.

Roberto: —Estás de resaca. No digas gilipolleces.

Yo: —Seiscientos. Y el baile. O bajo a la calle en esta ropa y le cuento a quien sea que mi padrastro me desnuda cuando me pillo una ciego.

Bluff. Pero el bluff le sentó en el estómago. Se le movió la nuez.

Roberto: —Cierra la persiana.

Lo hizo él. El salón quedó en esa luz de media mañana, de piso de clase media, con el zumo de naranja en la mesa y un calcetín suyo al lado del sofá. Doméstico. Asqueroso. Perfecto.

Puse el móvil en el mueble. Un reguetón viejo, de esos que te empujan la cadera sin pedir permiso. El volumen bajo.

Empecé de pie, lejos. Un vaivén de culo. Las manos en los muslos. Nada de stripper de local. Solo una tía de veinte en camisón de flores, descalza sobre el parqué, mirando a su padrastro sentado en el sofá como si le debiera dinero.

Roberto: —Claudia…

No supo qué hacer con las manos. Las dejó en las rodillas, luego en el reposabrazos, luego otra vez en las rodillas. La taza de café se le había quedado en la mesita, olvidada, con el vapor todavía subiendo.
Yo: —Cállate y mira. Que para eso se te para, ¿no?

Se le marcó.

En el chándal negro, deprisa, grosera, una línea dura subiendo hacia el elástico. No era imaginación. Era polla. De tío mayor. De las que pesan. De las que se notan hasta por la tela gorda del pantalón de casa.

A Roberto se le abrió un segundo la boca. La cerró. Tragó. 

Miró la puerta del pasillo como si mamá pudiera aparecer de un cajón. Luego me miró a mí. No sabía si echarme, si levantarse, si taparse. Se quedó sentado, rojo hasta el cuello, con esa cara de taller y de culpa.

Me acerqué al ritmo. Un paso. Otro. El camisón me golpeaba los muslos.
Le di la espalda. Bajé un poco las rodillas y le puse el culo a la altura de la cara, sin tocarle todavía. El camisón se me subió solo. Iba sin braga. Se me acababa de ocurrir, o no se me había ocurrido: me la había dejado arriba, empapada, en la cama.

El aire fresco en el coño me hizo un escalofrío.

Roberto: —Ponte algo.

La voz le salió ronca. No de autoridad. De tío al que se le está yendo la polla de las manos.

Yo: —Ahora te quejas.

Me senté en su rodilla. Un segundo. Sentí el músculo de la pierna tensarse debajo de mi muslo, como si quisiera tirarme al suelo y no se atreviera. Luego resbalé hacia el medio, hacia esa polla marcada, y dejé de bailar.

Se acabó el baile.

Lo que hice después no tenía música. Era frotarme. Abrir las nalgas sobre esa raya dura y arrastrar el culo despacio, de la base a la cabeza, para sentirlo entero.

hijastra


La polla le latía contra la raja. Gorda. Ancha. Una cabeza gruesa que me partía las nalgas aunque no estuviera dentro. Me mordí el labio abajo, fuerte, para no soltar un gemido. Me dolió el diente en la carne. Me gustó.

Yo: —Hostia…

Se me escapó. Bajo. Sucio.

No era la de Álex. Álex no tiene esta madera. Álex no me llena el hueco del culo con un solo roce.
Las manos de Roberto se movieron. Las sentí en el aire antes de sentirlas en la piel: calientes, grandes, de tío que aprieta tornillos. Me agarró una nalga.

Se la quité de un manotazo.

Yo: —No.

Me miró como un perro al que le has quitado el plato. Las manos en el aire, abiertas, sin saber dónde ponerlas. El pecho le subía demasiado rápido para un hombre sentado.

Roberto: —Entonces baja. Claudia. Baja de una puta vez.

No bajé.

Aceleré. El culo me rebotaba contra la polla por encima de la tela. Cada vez que la cabeza se me metía un milímetro entre las nalgas, se me abria el coño solo, buscando. 

El camisón me quedaba hecho un rollo en la cintura. Se me veía todo. El pelo. Lo mojado. El agujero del culo apretándose cuando él contenía la respiración.

Entonces me voltee y ahora rebotaba mi culo encima de su pija, aún con ropa.

Plaf plaf plaf plaf plaf 

El sonido era mi culo contra su chándal y el sofá quejándose. Barato. De casa. De domingo.

Me volví a morder el labio. Esta vez hasta el gusto a sangre. Esa polla era demasiado. Me abría el recuerdo desde fuera. El grosor me subía por la columna. 

Se me pusieron duros los pezones contra la tela barata del camisón.

Sentía como el agarraba su polla y me la acomodaba en el medio de mis nalgas, me deje hacer.

culona
Sus manos volvieron. Más lentas. Como pidiendo permiso. Una en cada nalga. Me las abarcaron enteras. Me las abrieron un poco.

Hasta el punto de que me abria las nalgas con las dos manos para sentir mejor esa pija que me estaba volviendo loca

lapdance


Solo quería sentir más y más esa pija, hasta que empecé a darle sentones, si, como si estuviéramos cogiendo, pero sin penetración, sentía como mi cuerpo se derretía por dentro
Ahora él empezó a abrirme las nalgas, me tocaba el culo con sus manos.
Esta vez no se las quité.

Las dejé.

Un segundo. Otro. El pulgar se le hundió en el pliegue. Me encogí. Y después, sin querer, empujé el culo hacia atrás, contra las palmas, pidiéndole más.

Yo: —Ahí… joder, ahí.

Roberto soltó un sonido que no era palabra. Un gruñido de taller, de hombre que se está follando el matrimonio en el sofá de su casa a las once de la mañana.

Yo: —¿Así me miras cuando mamá está?

Roberto: —No.

Yo: —Mentiroso.

Le agarré una muñeca y me la puse más fuerte en el culo. Ya no era permitir. Era buscar. Quería esas manos. Quería el peso. Quería que me las abriera como en el sueño.

Él apretó.

Y entonces me la soltó.

Una nalgada seca. En el lado derecho. La misma.

Plaf.

Se me paró la cadera.

Flash.

Yo boca abajo.

Él detrás.

Esa misma polla entrando de un golpe, mi coño haciendo un ruido húmedo, una nalgada en el lado derecho que ahora, al apretar el muslo, todavía me escocía.

Era la misma. El mismo sitio. La misma fuerza. No de sueño. De mano. De anoche.

Roberto: —Claudia, basta.

La voz se le había roto. Grave. La misma.

Yo: —Uhmmm dame, dame otra nalgada.

Me la dio. Más fuerte. La nalga me bailó. El ardor me llegó al coño. Se me escapó un «ah» que no era de odio.

Y entonces lo reconocí del todo.

El grosor.

Ese grosor.

No era Álex. Álex es más estrecho, más educado, más de pedirme permiso. Esto era una polla que me había abierto de verdad. La misma presión. El mismo calor atravesando tela, igual que anoche atravesó lo que fuera que yo tuviera puesto.

Yo: —Esta no es la de Álex.

Lo dije sin pensar.

Se le puso el cuerpo de piedra debajo de mi culo.

Roberto: —¿Qué has dicho?

Yo: —Nada. Un sueño.

Mentí. El coño me delató: se me escurría por encima del chándal, un hilo caliente. Él lo tenía que estar sintiendo. La tela se le estaba oscureciendo justo donde yo me frotaba.

Me giré un poco, todavía sentada encima. Le vi la cara de cerca. Sudor en el labio. Ojos de miedo y de hambre a la vez. Ya no había padrastro en esa cara. Había un tío al que se le estaba yendo la cabeza.
Roberto: —Tú no recuerdas nada de anoche.

No era una pregunta.

Yo: —¿Y qué tendría que recordar, padrastro?

Me di vuelta y me arrodillé en el piso, frio no me importaba.

Agarre su polla con mis manos.

Me pesó en la palma. Caliente. Pesada. La cabeza hinchada, morada, ya brillante de lo que se le adelantaba. Una vena gorda subiendo por un lado. Más ancha de lo que yo había imaginado arriba, en la cama. Más ancha que Álex por un tramo que se ve a simple vista. 

La mía —la del sueño— cabía aquí. Exacta.

Me la quedé mirando.

Curiosidad primero. Como si fuera un objeto. Como si pudiera medirla con los ojos y resolver la duda de anoche. Después el deseo se me metió por la boca. Se me hizo agua. Se me abrió la mandíbula sola.
Quise metérmela. Quise bajar la cabeza y llenarme la garganta con esa polla de padrastro para saber, de una vez, si el sabor también era el del sueño. 

Me incliné. El aliento se me estrelló en la cabeza. Se me pegó al labio un hilo de esa lefa adelantada, caliente, salado.

Roberto soltó:

Roberto: —Claudia… no hagas eso… joder…

Las manos le temblaban. Me acercaba la cara a su polla sin atreverse a empujar.
Acerqué la boca. La lengua me salió. Toqué. Un segundo. La piel quemaba. Me gemí yo sola contra la cabeza.

Ah… Uhmm…

Y resistí.

Apreté los dientes. Aparté la cara. Me daba asco querérsela chupar. Me daba más asco no querérsela chupar.

Yo: —Cállate.

Me incorporé otra vez a horcajadas. Le puse la polla entre los labios del coño, a lo largo, y me froté contra ella de verdad. Carne con carne. Sin tela. La cabeza se me resbalaba de arriba abajo, empujándome el clítoris, abriéndome un poco y volviendo a salir, pintándome los muslos.

Estaba empapada. Él también. El sofá debajo hacía un ruido blando cada vez que bajaba las caderas.
Roberto se volvió loco con poca cosa. Los ojos en blanco un segundo. Las uñas en mi culo. Una nalgada más, torpe, de hombre que ya no calcula.

Roberto: —Joder, Claudia… estás… estás chorreando… no puedes… tu madre…

Yo: —Mamá no está.

Le busqué la cabeza con la raja. La encajé. Justo en el agujero. Un empujón mínimo y entra. Un empujón mínimo y se acaba la duda. El coño se me abrió solo, me la besó, me la chupó por fuera. Sentí el hueco de anoche. El mismo. Exacto. Hecho a esa polla.

Me mordí el labio otra vez. Hasta el fondo. Se me saltó el aire.

Yo: —Es esta… es esta, joder…

Roberto: —No. No. Si te la metes… si te la metes no paro.

El «no» le salió flojo. La polla se le dio un salto contra mi entrada. Se le escapó un centímetro. Me abrí. Me tembló el muslo. Estuve dentro de la locura por un pulso: sentarme, tragármela, comprobarlo con el coño y no con la cabeza.

Un segundo más y me la clavo. Un segundo más y se acaba la duda.

Me asusté de lo mucho que lo quería.

Me levanté de un tirón. El salón dio otra vuelta. El zumo en la mesa, la tele hablando de tráfico, su calcetín en el suelo. Casa. Familia. Mentira. Su polla se quedó palpitando en el aire, brillante de mí, buscando el calor que le acababa de quitar.

Yo: —Seiscientos. En efectivo. Esta tarde.

Roberto se quedó sentado, la polla fuera, el chándal en los tobillos, el aire oliendo a coño mío y a café.

Roberto: —¿Adónde vas?

Yo: —A mi cuarto. A pensar si anoche soñé tu polla o me la metiste de verdad.

No esperé respuesta. Subí las escaleras de dos en dos. Cerré con llave. Me apoyé en la puerta, con la mano otra vez en el coño, que seguía latiendo con la forma de esa polla, no con la de Álex.

Todavía no tengo prueba.

Pero ya sé cómo sacarla.

Esta noche lo vuelvo a poner duro. Y esta vez me la meto yo.

relato


¿Quieres saber que paso la noche anterior? ¿Qué le hizo su Padrastro?

No me resisto a mi Hijastra Culona ya disponible en Patreon:
Click Aqui

El relato se irá publicando capitulo por capitulo aquí, en P!.
Sígueme y deja puntos para subirlo pronto!

0 comentarios - No me Resisto a mi Hijastra Culona