Buenas gente, gracias por el buen recibimiento de la primera parte de este relato (el cual dejo link acá por si no lo leyeron)
https://www.poringa.net/posts/relatos/6390256/Mi-mujer-abrio-un-OF.html
Cómo antes, gracias a Fede y Agus por compartirme sus anécdotas y experiencias para poder hacerlo relato.
Así mismo, si tienen historias y/o fantasías para plasmar en relato, pueden mandarme un mensaje (DM) acá y lo vemos.

2: Sarna con gusto... No pica
Habían pasado casi tres semanas desde que subimos el primer video fuerte. La cuenta Afrodita_sur69 ya tenía más de 2.200 seguidores y los ingresos empezaban a ser reales. No era una fortuna todavía, pero el primer cobro nos alcanzó para pagar el alquiler a término, meter una compra grande en el supermercado y hasta nos sobró un poco para estirar el mes sin asfixiarnos.
Yo seguía buscando laburo todos los días. Era una rutina desgastante: mandaba currículums por mail a la mañana, recorría talleres mecánicos y de gráfica a la tarde, contestaba avisos turbios en internet. Pero nada aparecía. El mercado estaba muerto. Mientras tanto, vivíamos básicamente de lo que Agus ganaba con los packs y las propinas en los mensajes privados.
Y ella… ella estaba irreconocible. El cambio no fue un click de un día para el otro, pero cuando miraba atrás, me daba cuenta de lo rápido que se había transformado.
Al principio, Agus grababa con culpa. Esperaba a que yo saliera a patear la calle o a que el pibe se quedara a pasar la noche con los abuelos. Sus primeros videos eran tímidos, planos cortos mostrando un corpiño de encaje, modelando de espaldas, cuidando que no se le viera la cara ni nada demasiado explícito. Eran los mismos conjuntos que antes vendía por Instagram, pero con otra intención.
Sin embargo, la timidez se le empezó a licuar con los comentarios de la página. El feedback la alimentaba.
Una tarde volví antes de un turno de búsqueda que se había cancelado. El departamento estaba en silencio, pero la luz del dormitorio estaba encendida. Entré despacio, sin hacer ruido, y me quedé congelado en el marco de la puerta.
Agus estaba completamente desnuda. Tenía el celular apoyado contra unos libros sobre la mesa de luz y estaba de rodillas en el centro de la cama, dándole la espalda a la lente. Movía el culo lento, en círculos, sosteniendo la pose mientras se miraba en la pantalla para chequear el encuadre. El sol de la tarde entraba de costado por la ventana, marcándole la línea de la columna.
Cuando escuchó el crujido del piso se sorprendió. Giró la cabeza rápido y se le encendieron las mejillas. Pensé que se iba a tapar, que iba a cortar el video. Pero no. Se me quedó mirando un segundo, respirando agitada, y de a poco la vergüenza se transformó en una sonrisa traviesa, casi desafiante. Volvió a mirar a la cámara y siguió moviéndose, pero ahora sabía que yo también la miraba.
—Vení, Fede… —susurró, sin dejar de ondear las caderas—. Grabame vos mejor. Así sale más lindo.
Me temblaron las piernas. Dejé la mochila en el piso y agarré el celular. Ese día grabamos su primer desnudo completo.
—Ponete ahí, frente al espejo grande —le pedí, y mi propia voz me sonó extraña, más gruesa.
Agus caminó descalza y se paró frente al espejo del placard. Se dio vuelta despacio, me miró a través del reflejo y, con una naturalidad que me asustó, usó las manos para abrirse las nalgas, exponiéndose del todo. Después se giró de frente, se pasó los dedos por el cuello, bajó hasta sus tetas pesadas y se pellizcó los pezones hasta dejárselos rojos.
—Acostate —le dije, casi como una orden, sintiendo que el control de la situación se me escapaba.
Se tiró en la cama, abrió las piernas por completo y empezó a masturbarse mirando fijo a la lente del teléfono. Sus dedos se movían rápido, húmedos.
—Miren lo mojada que estoy por ustedes… —gemía, echando la cabeza hacia atrás—. Miren cómo me pongo cuando pienso en lo que me harían…
Yo grababa a centímetros de ella. Tenía la pija tan dura que me dolía el pantalón y un nudo espeso, frío, dándome vueltas en el estómago. Verla tan expuesta, diciendo esas cosas para una manga de desconocidos que pagaban diez dólares al mes, me generaba una mezcla psicótica: unos celos que me quemaban el pecho por dentro, pero al mismo tiempo una calentura tan violenta que no podía controlar.
Esa noche, la tensión estalló.
Estábamos cenando fideos recalentados en la cocina, en silencio. El ruido de los tenedores contra el plato me estaba taladrando la cabeza. No aguanté más y le tiré el comentario, intentando sonar casual, aunque me salió cargado de veneno:
—Agus… hoy te vi muy metida en el papel. Decías “por ustedes” con una cara… Parecía que realmente querías que te cojan todos esos tipos de la página.
Ella dejó el tenedor a un costado. El tintineo del metal pareció un tiro. Me miró seria, con los ojos fijos, sin el rastro de la chica sumisa que yo conocía.
—¿Y qué querés que diga, Fede? ¿"Hola chicos, acá les muestro mi cuerpo pero con distancia"? Es parte del juego —dijo, subiendo el tono—. Cuanto más calientes los ponga, más propinas dejan, más piden. Es marketing. ¿O preferís que volvamos a la lencería por Instagram, a renegar con el correo y a seguir fundidos sin saber si nos desalojan el mes que viene?
El tono pragmático, tan frío, me molestó en el orgullo.
—No es eso, no seas exagerada —retruqué, cruzándome de brazos—. Es que… no sé. Te vi demasiado cómoda. Como si te gustara de verdad que te miren mil pajeros.
Agus se quedó callada un segundo. Sostuvo la mirada, midiendo mis celos. Después, la dureza de su cara se aflojó. Se levantó de la silla, rodeó la mesa despacio y se sentó de horcajadas en mis piernas. Me pasó los brazos por el cuello. Olía al perfume barato que usaba para los videos.
—Me gusta que me miren, sí —admitió bajito, pegando su frente a la mía—. Me di cuenta de que me pone caliente. ¿Está mal? Pero no quiero que me cojan ellos, Fede. Ni loca. Te quiero a vos. Ellos son avatares, son pantallas, son plata. Esto es solo un laburo para que estemos bien. ¿Entendés?
No le contesté con palabras.
Me levanté de la silla, la tomé fuerte de la mano y la llevé casi arrastrando hasta la habitación. Agus no se resistió. Tenía los ojos brillantes y esa sonrisa medio culpable, medio excitada.
La tiré sobre la cama. Le saqué la remera de un tirón y le bajé los shorts y la tanga. Estaba completamente empapada. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a comerle la concha con ganas: le pasé la lengua despacio por toda la raja, le chupé el clítoris hinchado, metí la lengua adentro mientras ella gemía y me apretaba la cabeza contra su concha.
Cuando ya estaba temblando, me incorporé. Agarré la verga dura y empecé a frotarle solo la cabeza entre los labios mojados, rozándole el clítoris, metiéndosela apenas un centímetro y sacándola. La estaba torturando.
—Fede… por favor… metémela —suplicó moviendo las caderas.
Recién ahí se la metí de golpe hasta el fondo. Agus soltó un gemido largo y ronco:
—¡Hijo de puta…!
Empecé a cogerla fuerte, con bronca y posesión. Cada embestida era para marcar territorio. Pero mientras la cogía, no podía sacarme de la cabeza la imagen de ella grabando desnuda, abriéndose para la cámara, diciéndole a todos esos desconocidos lo mojada que estaba. Esa imagen me quemaba… y al mismo tiempo me ponía más caliente de lo normal.
—Decime… ¿te gusta que te miren? —gruñí mientras la penetraba profundo—. ¿Te imaginás que uno de esos tipos estuviera acá ahora, viéndote así?
Agus gimió más fuerte, clavándome las uñas en la espalda. No me contestó con palabras, pero su concha se apretó alrededor de mi pija. Ese pequeño detalle me pegó fuerte. Era la primera vez que sentía ese morbo raro, oscuro, casi inconsciente: la idea de que otros la desearan tanto mientras yo era el que la cogía.
La di vuelta, la puse en cuatro y seguí dándole con todo. Le agarré el pelo y tiré hacia atrás.
—Sos mía, Agus… pero te encanta que te vean como una puta, ¿no?
Ella empujaba el culo contra mí, gimiendo descontrolada:
—Sí… me encanta… pero solo vos me cogés… solo vos…
La cogí más salvaje todavía, imaginando que alguien nos estaba mirando. Ese pensamiento me hizo acabar como nunca. Le apreté las tetas con fuerza y me derramé adentro de ella con un gruñido animal, mientras Agus se corría temblando, apretándome la verga con su concha.
Nos quedamos unidos un rato largo, respirando agitados.
Ella me acariciaba la espalda arañada y me susurró al oído:
—Te amo, boludo… aunque estés celoso.
Yo no dije nada. Solo la abracé más fuerte.
Sabía que algo había empezado a cambiar dentro de mí. Y lo peor… es que no me disgustaba del todo.
-------------------------------------------
A los pocos días, el cartero tocó el timbre. Traía un sobre de cartón marrón, completamente anónimo. Lo pagamos con los primeros dólares que pasamos a la billetera virtual. Adentro estaba el primer juguete: un dildo rosado, mediano-grande, de silicona realista.
Agus estaba nerviosa cuando lo sacamos de la caja, lo sopesaba en la mano como si fuera un artefacto peligroso, pero sus ojos brillaban de una manera distinta.
—Quiero que grabes esto hoy —me dijo, y ya no era una sugerencia. Era una directiva.
Esa tarde el ambiente en el dormitorio era pesado, espeso de transpiración y expectativa. Agus se puso un conjunto de lencería negra totalmente transparente que no dejaba nada a la imaginación. Se arrodilló en el medio del colchón, agarró el dildo y empezó a chuparlo mirando fijo a la cámara, con movimientos lentos, recreando lo que antes había hecho con una banana, pero esto era mucho más real. El ruido de la saliva se escuchaba nítido en la habitación.
Después se acostó boca arriba, se subió las rodillas al pecho, exponiéndose por completo, y se lo apoyó en la entrada. Estaba temblando un poco.
—Metémelo vos primero… despacio —me pidió en un susurro fuera de cámara.
Le agarré la mano que sostenía la base del juguete y la guíe. Se lo metió despacio. Soltó un gemido largo, real, que no tenía nada de actuación. La silicona estiraba las paredes de su concha, que brillaba por la lubricación. Empezó a mover las caderas, subiendo y bajando el dildo, clavándoselo profundo mientras con la otra mano se buscaba el clítoris.
—Quiero que se imaginen que es la pija de ustedes… —habló hacia el teléfono, con la voz entrecortada por el placer—. Que me están cogiendo fuerte contra la cama… miren cómo me entra… me encanta…
Yo grababa desde el costado, con la mano temblando tanto que me costaba mantener el foco. Ver cómo se abría, cómo se mojaba el plástico, cómo se le transformaba la cara cuando estaba por acabar… fue demasiado para mi cabeza. El cerebro se me partía en dos.
Apenas estiró la mano y cortó la grabación, dejé el celular en el piso de un tiro. No hubo previa, no hubo caricias suaves. La calentura y los celos me tenían descontrolado.
La tiré boca abajo en la cama de un empujón. Agus soltó un gemido de sorpresa y excitación. Le levanté el culo en pompa y le metí la pija de un solo golpe brutal hasta el fondo.
—Ahhh… ¡hijo de puta! —gritó ella contra la almohada.
Empecé a cogerla como un animal, con fuerza y bronca. Cada embestida era profunda y violenta. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo llenaba el cuarto.
Agus, entre gemido y gemido, estiró la mano, agarró el dildo que habíamos usado en el video y se lo llevó a la boca. Empezó a chuparlo con ganas, como si fuera una verga de verdad, mientras yo la cogía por atrás.
Esa imagen me pegó fuerte. Verla con la cara hundida en la almohada, el culo en pompa recibiendo mi pija, y al mismo tiempo chupando el dildo con la boca abierta… Por primera vez, de manera inconsciente, me imaginé que no era un juguete. Me imaginé a otro tipo ahí, delante de ella, mientras yo la cogía. Ese pensamiento me dio un morbo oscuro y nuevo que me recorrió entero.
—Mirá cómo chupás… —gruñí, cogiéndola más fuerte—. ¿Te imaginás que fuera de verdad?
Agus solo pudo gemir alrededor del dildo, sin sacárselo de la boca. Su concha se apretó más fuerte alrededor de mi pija.
La agarré de las caderas con más fuerza y seguí dándole sin piedad. El morbo de esa imagen me estaba volviendo loco. Agus se corrió primero, temblando y gimiendo con la boca llena. Su orgasmo me arrastró a mí también.
Empujé profundo y acabé adentro de ella con un gruñido ronco, derramándome hasta la última gota.
Nos quedamos exhaustos, sudados, con el colchón completamente revuelto. Yo todavía adentro de ella, respirando agitado sobre su espalda. Agus soltó el dildo, giró la cabeza y me miró de costado con una sonrisa cansada pero satisfecha.
—Mierda, Fede… esto cada vez está más intenso.
Yo no contesté. Solo le besé la espalda y me quedé ahí, todavía unido a ella.
Esa noche, el departamento estaba a oscuras. Solo nos iluminaba el reflejo azul de la pantalla de la notebook. Estábamos acostados, leyendo los nuevos comentarios privados de los suscriptores que ya habían comprado el video del juguete. Los tipos se volvían locos, mandaban capturas de cómo se habían acabado, pedían más.
Agus estaba abrazada a mí, con la cabeza en mi pecho. Metió la mano abajo de la sábana y empezó a pajearme despacio, con movimientos perezosos pero firmes, mientras me hablaba al oído con esa voz dulce, casi de nena buena.
—Mirá este, amor… —leí en voz alta—. “Hermosa, sos una diosa. Me desleché dos veces seguidas mirando cómo te metías ese dildo. Quiero verte con uno más grande”.
Agus soltó un gemidito y aceleró un poco la mano sobre mi verga.
—Seguí… —susurró, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
—“Qué pedazo de puta. Me encantó cómo gemías. Imagino que soy yo el que te está cogiendo mientras grabás. Te llenaría toda”.
Ella gimió bajito y apretó más fuerte mi pija. Su respiración ya estaba agitada.
Otro comentario:
—“La cara que pusiste cuando acabaste… por favor subi más. Quiero ver cómo te coge tu marido. O mejor, cómo te coge otro mientras él te graba”.
Ese último comentario me pegó fuerte. Sentí una mezcla de bronca, celos y una excitación brutal. Agus lo notó, porque empezó a pajearme más rápido, respirando contra mi cuello.
—Te imaginás… —me susurró— que uno de ellos estuviera acá… mirándome mientras vos me cogés…
Si mano me apretó más fuerte la pija, que se me puso muy dura, y su movimiento se volvió más rápido. Me puso la boca en el oído y me susurró:
-O que vos me grabes, y me esté cogiendo otro...-
No aguanté más. Ese último comentario, combinado con su mano y su voz, me llevó al límite. Gemí y acabé en su mano, corriéndome fuerte mientras ella seguía moviéndola, recogiendo todo.
Agus sonrió satisfecha, besándome el pecho. Sacó su mano de debajo de la mano con mí semen en ella, y se chupó todo. Me miró muy lujuriosamente y me dijo:
—Mirá todo lo que ganamos hoy, Fede… En tres horas hicimos lo que ganarías en dos semanas en cualquier taller. ¿Ves que vale la pena?
Miré el saldo en la pantalla y después la miré a ella en la penumbra. Y sí. Tenía razón. Valía la pena. Aunque la sarna de los celos me picara cada vez más adentro, el gusto de la plata y de esa calentura nueva era demasiado bueno como para querer parar.
Continua en https://www.poringa.net/posts/relatos/6392751/Mi-mujer-abrio-un-OF-3.html
https://www.poringa.net/posts/relatos/6390256/Mi-mujer-abrio-un-OF.html
Cómo antes, gracias a Fede y Agus por compartirme sus anécdotas y experiencias para poder hacerlo relato.
Así mismo, si tienen historias y/o fantasías para plasmar en relato, pueden mandarme un mensaje (DM) acá y lo vemos.

2: Sarna con gusto... No pica
Habían pasado casi tres semanas desde que subimos el primer video fuerte. La cuenta Afrodita_sur69 ya tenía más de 2.200 seguidores y los ingresos empezaban a ser reales. No era una fortuna todavía, pero el primer cobro nos alcanzó para pagar el alquiler a término, meter una compra grande en el supermercado y hasta nos sobró un poco para estirar el mes sin asfixiarnos.
Yo seguía buscando laburo todos los días. Era una rutina desgastante: mandaba currículums por mail a la mañana, recorría talleres mecánicos y de gráfica a la tarde, contestaba avisos turbios en internet. Pero nada aparecía. El mercado estaba muerto. Mientras tanto, vivíamos básicamente de lo que Agus ganaba con los packs y las propinas en los mensajes privados.
Y ella… ella estaba irreconocible. El cambio no fue un click de un día para el otro, pero cuando miraba atrás, me daba cuenta de lo rápido que se había transformado.
Al principio, Agus grababa con culpa. Esperaba a que yo saliera a patear la calle o a que el pibe se quedara a pasar la noche con los abuelos. Sus primeros videos eran tímidos, planos cortos mostrando un corpiño de encaje, modelando de espaldas, cuidando que no se le viera la cara ni nada demasiado explícito. Eran los mismos conjuntos que antes vendía por Instagram, pero con otra intención.
Sin embargo, la timidez se le empezó a licuar con los comentarios de la página. El feedback la alimentaba.
Una tarde volví antes de un turno de búsqueda que se había cancelado. El departamento estaba en silencio, pero la luz del dormitorio estaba encendida. Entré despacio, sin hacer ruido, y me quedé congelado en el marco de la puerta.
Agus estaba completamente desnuda. Tenía el celular apoyado contra unos libros sobre la mesa de luz y estaba de rodillas en el centro de la cama, dándole la espalda a la lente. Movía el culo lento, en círculos, sosteniendo la pose mientras se miraba en la pantalla para chequear el encuadre. El sol de la tarde entraba de costado por la ventana, marcándole la línea de la columna.
Cuando escuchó el crujido del piso se sorprendió. Giró la cabeza rápido y se le encendieron las mejillas. Pensé que se iba a tapar, que iba a cortar el video. Pero no. Se me quedó mirando un segundo, respirando agitada, y de a poco la vergüenza se transformó en una sonrisa traviesa, casi desafiante. Volvió a mirar a la cámara y siguió moviéndose, pero ahora sabía que yo también la miraba.
—Vení, Fede… —susurró, sin dejar de ondear las caderas—. Grabame vos mejor. Así sale más lindo.
Me temblaron las piernas. Dejé la mochila en el piso y agarré el celular. Ese día grabamos su primer desnudo completo.
—Ponete ahí, frente al espejo grande —le pedí, y mi propia voz me sonó extraña, más gruesa.
Agus caminó descalza y se paró frente al espejo del placard. Se dio vuelta despacio, me miró a través del reflejo y, con una naturalidad que me asustó, usó las manos para abrirse las nalgas, exponiéndose del todo. Después se giró de frente, se pasó los dedos por el cuello, bajó hasta sus tetas pesadas y se pellizcó los pezones hasta dejárselos rojos.
—Acostate —le dije, casi como una orden, sintiendo que el control de la situación se me escapaba.
Se tiró en la cama, abrió las piernas por completo y empezó a masturbarse mirando fijo a la lente del teléfono. Sus dedos se movían rápido, húmedos.
—Miren lo mojada que estoy por ustedes… —gemía, echando la cabeza hacia atrás—. Miren cómo me pongo cuando pienso en lo que me harían…
Yo grababa a centímetros de ella. Tenía la pija tan dura que me dolía el pantalón y un nudo espeso, frío, dándome vueltas en el estómago. Verla tan expuesta, diciendo esas cosas para una manga de desconocidos que pagaban diez dólares al mes, me generaba una mezcla psicótica: unos celos que me quemaban el pecho por dentro, pero al mismo tiempo una calentura tan violenta que no podía controlar.
Esa noche, la tensión estalló.
Estábamos cenando fideos recalentados en la cocina, en silencio. El ruido de los tenedores contra el plato me estaba taladrando la cabeza. No aguanté más y le tiré el comentario, intentando sonar casual, aunque me salió cargado de veneno:
—Agus… hoy te vi muy metida en el papel. Decías “por ustedes” con una cara… Parecía que realmente querías que te cojan todos esos tipos de la página.
Ella dejó el tenedor a un costado. El tintineo del metal pareció un tiro. Me miró seria, con los ojos fijos, sin el rastro de la chica sumisa que yo conocía.
—¿Y qué querés que diga, Fede? ¿"Hola chicos, acá les muestro mi cuerpo pero con distancia"? Es parte del juego —dijo, subiendo el tono—. Cuanto más calientes los ponga, más propinas dejan, más piden. Es marketing. ¿O preferís que volvamos a la lencería por Instagram, a renegar con el correo y a seguir fundidos sin saber si nos desalojan el mes que viene?
El tono pragmático, tan frío, me molestó en el orgullo.
—No es eso, no seas exagerada —retruqué, cruzándome de brazos—. Es que… no sé. Te vi demasiado cómoda. Como si te gustara de verdad que te miren mil pajeros.
Agus se quedó callada un segundo. Sostuvo la mirada, midiendo mis celos. Después, la dureza de su cara se aflojó. Se levantó de la silla, rodeó la mesa despacio y se sentó de horcajadas en mis piernas. Me pasó los brazos por el cuello. Olía al perfume barato que usaba para los videos.
—Me gusta que me miren, sí —admitió bajito, pegando su frente a la mía—. Me di cuenta de que me pone caliente. ¿Está mal? Pero no quiero que me cojan ellos, Fede. Ni loca. Te quiero a vos. Ellos son avatares, son pantallas, son plata. Esto es solo un laburo para que estemos bien. ¿Entendés?
No le contesté con palabras.
Me levanté de la silla, la tomé fuerte de la mano y la llevé casi arrastrando hasta la habitación. Agus no se resistió. Tenía los ojos brillantes y esa sonrisa medio culpable, medio excitada.
La tiré sobre la cama. Le saqué la remera de un tirón y le bajé los shorts y la tanga. Estaba completamente empapada. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a comerle la concha con ganas: le pasé la lengua despacio por toda la raja, le chupé el clítoris hinchado, metí la lengua adentro mientras ella gemía y me apretaba la cabeza contra su concha.
Cuando ya estaba temblando, me incorporé. Agarré la verga dura y empecé a frotarle solo la cabeza entre los labios mojados, rozándole el clítoris, metiéndosela apenas un centímetro y sacándola. La estaba torturando.
—Fede… por favor… metémela —suplicó moviendo las caderas.
Recién ahí se la metí de golpe hasta el fondo. Agus soltó un gemido largo y ronco:
—¡Hijo de puta…!
Empecé a cogerla fuerte, con bronca y posesión. Cada embestida era para marcar territorio. Pero mientras la cogía, no podía sacarme de la cabeza la imagen de ella grabando desnuda, abriéndose para la cámara, diciéndole a todos esos desconocidos lo mojada que estaba. Esa imagen me quemaba… y al mismo tiempo me ponía más caliente de lo normal.
—Decime… ¿te gusta que te miren? —gruñí mientras la penetraba profundo—. ¿Te imaginás que uno de esos tipos estuviera acá ahora, viéndote así?
Agus gimió más fuerte, clavándome las uñas en la espalda. No me contestó con palabras, pero su concha se apretó alrededor de mi pija. Ese pequeño detalle me pegó fuerte. Era la primera vez que sentía ese morbo raro, oscuro, casi inconsciente: la idea de que otros la desearan tanto mientras yo era el que la cogía.
La di vuelta, la puse en cuatro y seguí dándole con todo. Le agarré el pelo y tiré hacia atrás.
—Sos mía, Agus… pero te encanta que te vean como una puta, ¿no?
Ella empujaba el culo contra mí, gimiendo descontrolada:
—Sí… me encanta… pero solo vos me cogés… solo vos…
La cogí más salvaje todavía, imaginando que alguien nos estaba mirando. Ese pensamiento me hizo acabar como nunca. Le apreté las tetas con fuerza y me derramé adentro de ella con un gruñido animal, mientras Agus se corría temblando, apretándome la verga con su concha.
Nos quedamos unidos un rato largo, respirando agitados.
Ella me acariciaba la espalda arañada y me susurró al oído:
—Te amo, boludo… aunque estés celoso.
Yo no dije nada. Solo la abracé más fuerte.
Sabía que algo había empezado a cambiar dentro de mí. Y lo peor… es que no me disgustaba del todo.
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A los pocos días, el cartero tocó el timbre. Traía un sobre de cartón marrón, completamente anónimo. Lo pagamos con los primeros dólares que pasamos a la billetera virtual. Adentro estaba el primer juguete: un dildo rosado, mediano-grande, de silicona realista.
Agus estaba nerviosa cuando lo sacamos de la caja, lo sopesaba en la mano como si fuera un artefacto peligroso, pero sus ojos brillaban de una manera distinta.
—Quiero que grabes esto hoy —me dijo, y ya no era una sugerencia. Era una directiva.
Esa tarde el ambiente en el dormitorio era pesado, espeso de transpiración y expectativa. Agus se puso un conjunto de lencería negra totalmente transparente que no dejaba nada a la imaginación. Se arrodilló en el medio del colchón, agarró el dildo y empezó a chuparlo mirando fijo a la cámara, con movimientos lentos, recreando lo que antes había hecho con una banana, pero esto era mucho más real. El ruido de la saliva se escuchaba nítido en la habitación.
Después se acostó boca arriba, se subió las rodillas al pecho, exponiéndose por completo, y se lo apoyó en la entrada. Estaba temblando un poco.
—Metémelo vos primero… despacio —me pidió en un susurro fuera de cámara.
Le agarré la mano que sostenía la base del juguete y la guíe. Se lo metió despacio. Soltó un gemido largo, real, que no tenía nada de actuación. La silicona estiraba las paredes de su concha, que brillaba por la lubricación. Empezó a mover las caderas, subiendo y bajando el dildo, clavándoselo profundo mientras con la otra mano se buscaba el clítoris.
—Quiero que se imaginen que es la pija de ustedes… —habló hacia el teléfono, con la voz entrecortada por el placer—. Que me están cogiendo fuerte contra la cama… miren cómo me entra… me encanta…
Yo grababa desde el costado, con la mano temblando tanto que me costaba mantener el foco. Ver cómo se abría, cómo se mojaba el plástico, cómo se le transformaba la cara cuando estaba por acabar… fue demasiado para mi cabeza. El cerebro se me partía en dos.
Apenas estiró la mano y cortó la grabación, dejé el celular en el piso de un tiro. No hubo previa, no hubo caricias suaves. La calentura y los celos me tenían descontrolado.
La tiré boca abajo en la cama de un empujón. Agus soltó un gemido de sorpresa y excitación. Le levanté el culo en pompa y le metí la pija de un solo golpe brutal hasta el fondo.
—Ahhh… ¡hijo de puta! —gritó ella contra la almohada.
Empecé a cogerla como un animal, con fuerza y bronca. Cada embestida era profunda y violenta. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo llenaba el cuarto.
Agus, entre gemido y gemido, estiró la mano, agarró el dildo que habíamos usado en el video y se lo llevó a la boca. Empezó a chuparlo con ganas, como si fuera una verga de verdad, mientras yo la cogía por atrás.
Esa imagen me pegó fuerte. Verla con la cara hundida en la almohada, el culo en pompa recibiendo mi pija, y al mismo tiempo chupando el dildo con la boca abierta… Por primera vez, de manera inconsciente, me imaginé que no era un juguete. Me imaginé a otro tipo ahí, delante de ella, mientras yo la cogía. Ese pensamiento me dio un morbo oscuro y nuevo que me recorrió entero.
—Mirá cómo chupás… —gruñí, cogiéndola más fuerte—. ¿Te imaginás que fuera de verdad?
Agus solo pudo gemir alrededor del dildo, sin sacárselo de la boca. Su concha se apretó más fuerte alrededor de mi pija.
La agarré de las caderas con más fuerza y seguí dándole sin piedad. El morbo de esa imagen me estaba volviendo loco. Agus se corrió primero, temblando y gimiendo con la boca llena. Su orgasmo me arrastró a mí también.
Empujé profundo y acabé adentro de ella con un gruñido ronco, derramándome hasta la última gota.
Nos quedamos exhaustos, sudados, con el colchón completamente revuelto. Yo todavía adentro de ella, respirando agitado sobre su espalda. Agus soltó el dildo, giró la cabeza y me miró de costado con una sonrisa cansada pero satisfecha.
—Mierda, Fede… esto cada vez está más intenso.
Yo no contesté. Solo le besé la espalda y me quedé ahí, todavía unido a ella.
Esa noche, el departamento estaba a oscuras. Solo nos iluminaba el reflejo azul de la pantalla de la notebook. Estábamos acostados, leyendo los nuevos comentarios privados de los suscriptores que ya habían comprado el video del juguete. Los tipos se volvían locos, mandaban capturas de cómo se habían acabado, pedían más.
Agus estaba abrazada a mí, con la cabeza en mi pecho. Metió la mano abajo de la sábana y empezó a pajearme despacio, con movimientos perezosos pero firmes, mientras me hablaba al oído con esa voz dulce, casi de nena buena.
—Mirá este, amor… —leí en voz alta—. “Hermosa, sos una diosa. Me desleché dos veces seguidas mirando cómo te metías ese dildo. Quiero verte con uno más grande”.
Agus soltó un gemidito y aceleró un poco la mano sobre mi verga.
—Seguí… —susurró, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
—“Qué pedazo de puta. Me encantó cómo gemías. Imagino que soy yo el que te está cogiendo mientras grabás. Te llenaría toda”.
Ella gimió bajito y apretó más fuerte mi pija. Su respiración ya estaba agitada.
Otro comentario:
—“La cara que pusiste cuando acabaste… por favor subi más. Quiero ver cómo te coge tu marido. O mejor, cómo te coge otro mientras él te graba”.
Ese último comentario me pegó fuerte. Sentí una mezcla de bronca, celos y una excitación brutal. Agus lo notó, porque empezó a pajearme más rápido, respirando contra mi cuello.
—Te imaginás… —me susurró— que uno de ellos estuviera acá… mirándome mientras vos me cogés…
Si mano me apretó más fuerte la pija, que se me puso muy dura, y su movimiento se volvió más rápido. Me puso la boca en el oído y me susurró:
-O que vos me grabes, y me esté cogiendo otro...-
No aguanté más. Ese último comentario, combinado con su mano y su voz, me llevó al límite. Gemí y acabé en su mano, corriéndome fuerte mientras ella seguía moviéndola, recogiendo todo.
Agus sonrió satisfecha, besándome el pecho. Sacó su mano de debajo de la mano con mí semen en ella, y se chupó todo. Me miró muy lujuriosamente y me dijo:
—Mirá todo lo que ganamos hoy, Fede… En tres horas hicimos lo que ganarías en dos semanas en cualquier taller. ¿Ves que vale la pena?
Miré el saldo en la pantalla y después la miré a ella en la penumbra. Y sí. Tenía razón. Valía la pena. Aunque la sarna de los celos me picara cada vez más adentro, el gusto de la plata y de esa calentura nueva era demasiado bueno como para querer parar.
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