



Han pasado exactamente seis meses desde aquella noche inolvidable en la cabaña, y nuestra relación ha evolucionado a un nivel que ni en mis fantasías más prohibidas imaginé. Ya no solo follamos con pasión… nos amamos como pareja, con una intensidad adictiva, posesiva y profundamente sexual. Dentro de casa somos amantes sin límites. Fuera, seguimos siendo lo que la sociedad dicta, aunque cada vez nos cuesta más mantener la farsa.
Los Primeros Días Después del Cumpleaños
Al regresar de la cabaña, todo cambió de inmediato. La primera noche en casa, apenas cerramos la puerta del garaje, Matías me empujó contra el coche y me cogió allí mismo, todavía con la ropa del viaje. Me levantó una pierna, me bajó las bragas y me penetró profundo, diciéndome:
—Ahora este coño es mío. Todos los días lo disfrutaré.
Me corrí tan fuerte que casi me caigo. Esa misma noche inauguramos “nuestra cama”: la mía, que desde entonces es la de los dos. Dormimos desnudos, piel contra piel. Me desperté varias veces en la madrugada para cogérmelo lento y profundo, dejando que me llenara de semen antes de volver a dormir.
Durante el primer mes nos volvimos insaciables. Teníamos relaciones sexuales entre 3 y 5 veces al día. Por las mañanas me arrodillaba en la ducha y le daba una mamada profunda hasta que se corría en mi garganta. Al mediodía, si yo trabajaba desde casa, me cogía sobre el escritorio. Por las tardes, al llegar él, me encontraba esperándolo solo con tacones y delantal, lista para que me usara en la cocina.
Uno de los momentos más importantes fue la primera vez que me penetró por el culo. Fue en la tercera semana. Me había preparado con plugs durante días. Esa noche me puso en cuatro patas, lubricó bien su verga y entró despacio. El dolor inicial dio paso a un placer brutal. Cuando estuvo completamente dentro, me susurró:
—¿Te gusta que te abra el culo?
Yo solo pude gemir:
—¡Sí! ¡Cógeme el culo, mi amor! ¡Soy tu puta!
Se corrió dentro de mí por primera vez analmente y me hizo quedar con su semen chorreando mientras me comía el coño hasta que me corrí gritando.
También empezamos a grabarnos. Tiene una carpeta secreta en su teléfono llena de videos míos: mamándosela, cabalgándolo, siendo follada en todas las posiciones, con la cara llena de semen o con el plug anal puesto. Verlos juntos se convirtió en nuestro nuevo ritual antes de follar.
En el segundo mes introdujimos más dominación. Me compró un collar discreto de “mascota” que uso solo en casa. Cuando llegamos, lo primero que hago es ponérmelo y arrodillarme a sus pies. Él decide cómo me va a usar cada noche.
Uno de los momentos más intensos fue cuando me hizo su esclava durante todo un fin de semana. Estuve desnuda todo el tiempo, con el plug puesto, sirviéndole comida, limpiando la casa y dejándome follar cuando él quería. El domingo me ató a la cama, me vendó los ojos y me cogió durante horas, alternando coño, boca y culo, corriéndose donde quería. Ese fin de semana me declaré por primera vez:
—Te amo como hombre. Soy tuya completamente.
Él me respondió besándome con ternura y penetrándome lento y profundo, mirándome a los ojos mientras me llenaba otra vez.
En el cuarto mes el riesgo de mantener la fachada pública se volvió cada vez más difícil y excitante.
En una comida familiar, Matías me metió dos dedos en el coño por debajo de la mesa mientras hablaba con su tía. Tuve que fingir que tosía para disimular un orgasmo.
En el cine, me hizo quitar las bragas y me masturbó durante toda la película. Salí con los muslos mojados.
La vez más peligrosa fue en una cena con mis amigas. Me siguió al baño, me puso contra la pared y me folló rápido y salvaje. Alguien tocó la puerta mientras yo tenía su verga dentro. Salimos como si nada, pero yo tenía su semen corriendo por mis piernas durante el resto de la noche.
En casa, nuestra vida de pareja es cada vez más real. Me llama “mi mujer” cuando estamos solos. Me regala lencería, juguetes y ropa provocativa. Yo le cocino sus platos favoritos y luego me los “paga” con sexo. Tenemos noches románticas con velas, masajes con aceite y luego sexo lento y profundo donde nos decimos “te amo” entre gemidos.
Ahora, a los seis meses, nuestra rutina es sólida y adictiva:
Todas las mañanas: mamada o follada rápida.
Tarde: sexo espontáneo donde sea (cocina, sala, balcón).
Noche: sesión larga, a menudo con juguetes, grabaciones o bondage ligero.
Fin de semana: días enteros dedicados a follar, salir poco y disfrutar de nuestra “luna de miel secreta”.
Emocionalmente también hemos crecido. Hablamos de todo: de mis miedos a ser descubiertos, de su deseo de tenerme solo para él, de cómo fantaseamos con el futuro. Aunque sabemos que es tabú, ninguno de los dos quiere parar. Yo me siento más viva, más deseada y más mujer que nunca. Él se siente poderoso, amado y sexualmente satisfecho.
La fachada sigue en pie ante el mundo, pero cada vez cuelga de un hilo. Un día, probablemente, no podremos (ni querremos) seguir ocultándolo.
¡Dios mío! No sé cómo explicarlo… pero desde que decidí que ya no quería ocultar lo nuestro, todo se volvió mucho más intenso, más vivo, más… adictivo. Cada encuentro con Matías ahora tiene una carga emocional y erótica brutal. Ya no follamos solamente por placer… lo hacemos con la conciencia de que es algo prohibido, con la adrenalina de que alguien pueda descubrirnos en cualquier momento.
Aquella mañana en el supermercado fue el detonante. Me puse esa falda corta ajustada que tanto le gusta sin nada debajo, la blusa escotada que apenas contenía mis tetas grandes y pesadas. Sentía mis pezones duros rozando la tela mientras caminábamos. En uno de los pasillos más apartados, tomé la mano de Matías y la metí directamente entre mis muslos. Mi coño ya estaba empapado.
—Siente cómo estoy para ti… —le susurré con voz temblorosa.
Sus dedos gruesos separaron mis labios y entraron fácil, moviéndose dentro de mí mientras una señora pasaba a solo dos metros. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se escucharía. Él curvó los dedos tocando ese punto que me vuelve loca y yo tuve que morder mi labio para no gemir. Apreté su mano con mi coño mientras fingía mirar los productos. Mis jugos le chorreaban por los dedos. Cuando la señora se alejó, lo miré a los ojos con lujuria y le dije:
—Quiero que algún día alguien nos vea así… quiero que sepan lo que me haces.
En otra ocasión mientras cenábamos en casa de mi hermana fue uno de los momentos más peligrosos y excitantes. Llevaba un vestido corto, sin bragas, y me senté al lado de Matías. Mientras todos hablaban, deslicé mi mano debajo del mantel, le bajé la cremallera y saqué su verga gruesa y caliente. Empecé a masturbarlo lento, apretando desde la base, sintiendo cómo esa verga palpitaba en la palma de mi mano.
En un momento de pura locura, cuando el marido de mi hermana se retiró de la mesa y ella fue a la cocina por el postre, me agaché fingiendo que se me había caído la servilleta. Debajo de la mesa abrí la boca y me la metí entera. La chupé con hambre, bajando hasta la garganta, babeando, haciendo ruidos suaves mientras mi hermana me hablaba a solo un metro. Sentí sus manos en mi cabello, empujándome más profundo. Cuando se corrió, tragué todo lo que pude, pero algo se me escapó por la comisura de los labios. Salí de debajo de la mesa con las mejillas rojas, los labios hinchados y una gota de semen en la barbilla que disimulé rápidamente.
Mi hermana al acercarse nuevamente a la mesa me preguntó si todo estaba bien. Yo sonreí, todavía con su sabor en la boca, y respondí:
—Nunca he estado mejor, hermana…
Por dentro estaba ardiendo. Esa noche, al llegar a casa, Matías me cogió como un animal contra la puerta, levantándome una pierna y penetrándome tan profundo que grité su nombre sin control.
Una de las noches más intensas fue en la terraza. Dejé todas las luces encendidas a propósito. Me puse de rodillas frente a él, completamente desnuda, y le di una mamada lenta y obscena bajo la luz. Lamía toda su verga desde los huevos hasta la punta, mirándolo a los ojos, babeando sin vergüenza. Luego me puse en cuatro patas contra la barandilla, con el culo en pompa hacia la casa del vecino.
—Cógeme… Quiero que nos vean —le rogué.
Él me agarró fuerte de las caderas y me penetró de un golpe. Sus embestidas eran brutales. Mis tetas grandes se balanceaban colgando, mis gemidos resonaban en la noche. Sentí que se encendió una luz en la casa de al lado. En vez de parar, empecé a gemir más fuerte:
—¡Sí! ¡Así! ¡Más duro, mi amor! ¡Destrózame el coño!
Me corrí con tanta fuerza que me temblaron las piernas. Él me llenó por completo, corriéndose dentro mientras me apretaba las nalgas. Nos quedamos allí, unidos, con su semen escurriéndome por los muslos, sabiendo que probablemente alguien nos había visto.
Cada noche es más intensa. Ahora le pido que me trate con más rudeza. Me encanta cuando me azota el culo hasta dejarlo rojo mientras me penetra por detrás. Me encanta cuando me ata las manos y me usa como quiere: boca, coño y culo, corriéndose donde le plazca. Le digo cosas que sé que lo vuelven loco:
—Soy tuya… soy tu zorra. Úsame, lléname, márcame.
Y él responde cogiéndome más fuerte, mordiendo mis tetas, tirando de mi cabello. Después de corrernos, nos abrazamos con ternura. Me besa la frente y me dice que me ama, que soy la mujer de su vida. Es una mezcla perfecta de amor prohibido, lujuria salvaje y riesgo constante.
Ya no quiero escondernos. Quiero que el mundo sepa que me entrego completamente a Matías, pero moralmente no se puede. Disfruto siendo su amante, su puta y su mujer. La adrenalina de ser descubierta me tiene obsesionada y cada día busco formas más atrevidas de exponernos.
Después de aquella cena familiar, mi hermana Ana no tardó en actuar. Dos semanas después llegó a mi casa a pasar un tiempo. Su voz intentaba sonar casual, pero yo conocía perfectamente ese tono: estaba indagando.
—Edith… ¿puedo ser sincera contigo? —me dijo finalmente—. En la cena noté algo muy extraño entre tú y Matías. La forma en que se miraban… Parecían más una pareja. ¿Hay algo que quieras contarme?
En lugar de negar todo, decidí alimentar el fuego. Le conté algunas verdades a medias, pero con detalles suficientes para excitarla. Ana oscilaba entre el juicio y la fascinación. En un momento me decía que estaba mal, pero no paraba de preguntar detalles más explícitos. Sentía que ella estaba proyectando sus propias fantasías reprimidas.
Lo que más me impactó fue cuando, dos días después, nos volvimos a ver. Esta vez Matías estaba en casa. Me di cuenta que Ana no dejaba de mirarlo. Lo observaba con una intensidad nueva. En un momento en que fui a la cocina, los dejé solos a propósito. Al regresar, vi que Matías se estaba acomodando la verga disimuladamente y Ana tenía las mejillas rojas.
Esa noche, después de que ella se fuera, Matías me confesó que había notado algo raro en su tía. Yo sentí una mezcla explosiva de celos y excitación brutal.
Unos días después, mi hermana me pidió vernos a solas. Ella llegó nerviosa, con las mejillas sonrojadas y vestida más provocativa de lo normal. Apenas cerré la puerta, se derrumbó en el sofá y me miró directamente a los ojos:
—Edith… no dejo de pensar en lo que me contaste. En cómo Matías te folla… en cómo te usa, te llena, te hace suya. Me estoy volviendo loca.
Ana continuó, abriéndose por completo. Quería unirse a nosotros. Quería que Matías la follara también. Sus palabras me golpearon con celos feroces, pero también con una excitación muy fuerte.
—¿Estás segura de lo que me estás pidiendo? —le respondí con la voz ronca—. ¿Quieres que Matías te trate como su puta igual que a mí?
Ana asintió y suplicó. La dejé sufrir unos segundos más, disfrutando de su humillación y de mi poder.
—Ya veremos —fue todo lo que le dije antes de despedirla.
Esa misma noche, cuando Matías llegó a casa, lo esperé desnuda en la cama. Le conté todo con lujo de detalle mientras le chupaba la verga lentamente.
—¿Qué piensas, mi amor? —le pregunté entre lamidas—. Ana quiere que la folles. Quiere probar tu deliciosa verga.
Matías se puso durísimo. Su reacción fue inmediata:
—Joder… me excita la idea. Pero solo si tú estás de acuerdo. Tú eres la principal. Tú eres mi mujer.
Me subió encima de él y me folló con fuerza mientras hablábamos. Entre gemidos le dije que lo estaba considerando, pero bajo mis condiciones. Se corrió dentro de mí gritando mi nombre.
Al día siguiente, hable de nuevo con el sobre el tema y confirmarle que estaba de acuerdo (siempre y cuando yo mantuviera el control total), le mandé un mensaje a mi hermana:
Hola Ana ya lo platique con el y sí, acepto. Pero solo bajo mis reglas. Lee muy bien porque no son negociables:
1. El y yo somos lo primero. Siempre. Tú eres una invitada. No tienes voz ni voto en nuestra relación. Si él y yo queremos follar solos, tú te quedas fuera. Sin quejas.
2. Solo cuando yo lo decida y cuando yo esté presente. No habrá nada a escondidas entre tú y él.
3. Yo marco los límites. Si quiero que solo mires, solo mirarás. Si quiero que participes, participarás como yo diga.
4. Esto no cambia nada entre el y yo. Seguiré siendo su puta principal, su mujer y su amante. Tú eres secundaria.
5. Si en algún momento siento que estás cruzando la línea o que esto afecta nuestra relación, se termina inmediatamente y no hay vuelta atrás.
Si estás de acuerdo con todo esto, ven mañana por la noche a las 8. No llegues tarde. Y prepárate… porque vamos a empezar fuerte."
Envié el mensaje y me quedé mirando la pantalla con el corazón acelerado y el coño empapado. Mi hermana respondió casi al instante:
"Estoy de acuerdo con todo. Gracias, hermana. Allí estaré."
Ahora solo quedaba esperar a mañana… y decidir hasta dónde quería llevar esto.
Al día siguiente por la tarde, mi hermana me llamó de nuevo. Su voz sonaba nerviosa y excitada al mismo tiempo.
Edith… necesito pedirte un favor. Quiero verme muy bien para él. ¿le gusta algo en especial? ¿Algún tipo de ropa, color o lencería que lo vuelva loco? Quiero prepararme bien, quiero que me desee desde el primer momento.
Sonreí con cierta malicia. Me estaba suplicando consejos para seducirlo. Le respondí con detalle, disfrutando de su ansiedad:
Le encantan los conjuntos de encaje negro transparente, de los que se ve todo pero sin enseñar del todo. Le gusta que las bragas sean tanga o que directamente no lleve nada debajo. También le excita mucho el rojo oscuro, los ligueros y las medias. Y sobre todo… que lleves tacones altos. Le gusta que una mujer se vea elegante pero puta al mismo tiempo. Ah, y perfúmate en el cuello, entre las tetas y entre las piernas. Le vuelve loco oler a mujer excitada.
Ana respiraba agitada al teléfono.
Gracias, hermana… voy a comprarme algo ahora mismo.
Entonces fui yo quien preguntó, con tono serio:
Ana, una cosa… ¿cómo piensas salir de tu casa? Es entre semana, vas a llegar muy arreglada, maquillada y perfumada. ¿Qué le vas a decir a tu marido? No creo que se trague que vas a cenar conmigo como si nada.
Ella se quedó callada un segundo y luego respondió con una mezcla de vergüenza y excitación:
Le dije que iba a pasar la noche contigo porque estás teniendo problemas emocionales por el divorcio y necesitas compañía. Le conté que dormiría en tu casa. Ya le mandé un mensaje diciendo que voy a llegar tarde y que no me espere despierto. Cree que solo vamos a hablar y tomar vino. No sospecha nada.
Sonreí. Era una mentira creíble. Perfecto.
Esa tarde, mientras esperaba a que llegara el momento, ya tenía todo planeado. Le tenía preparada una sorpresa a mi hermana… aunque a mí no me gustaba del todo la idea.
Decidí darles privacidad para su primera vez. Yo estaría en la casa, pero no en la misma habitación al principio. Quería que Ana lo disfrutara con más libertad en su primer encuentro, que fuera algo inolvidable para ella. Después, yo me uniría.
Le mandé un mensaje a Ana después de terminar la llamada:
“Te tengo una sorpresa: les daré la habitación principal para que estén solos al principio. Quiero que tu primera vez con él sea especial y privada. Yo estaré en la casa, pero no entraré hasta que los llame. Disfrútalo… pero recuerda las reglas. Él es mío primero y siempre.”
Ana respondió casi inmediatamente con un simple:
“Gracias, hermana. Te quiero. Estoy muy nerviosa y muy mojada.”
Yo me quedé mirando el teléfono, con una mezcla de celos, excitación y poder. Sabía que estaba abriendo una puerta que ya no podría cerrar fácilmente… pero la adrenalina y el morbo eran más fuertes que cualquier duda.
5 comentarios - De Madre a Amante - Parte 2