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Primeros pasos con Elena y Dani 11

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Intentamos desviar la conversación de cualquier manera. Yo me apuré a tirar un comentario sobre las fechas de los exámenes de agosto, y Elena, tratando de aferrarse a un salvavidas, acotó algo apurada sobre los apuntes de Estadística que todavía nos faltaba fotocopiar. Pero fue inútil. El aire en la mesa de ese barcito de Cordón estaba completamente eléctrico. Cada vez que las jarras de cerveza o los vasos de Fernet pasaban de mano en mano, los roces accidentales de los dedos se sentían como patadas de corriente. Lorena no disimulaba nada; se acomodaba el pelo, cruzaba las piernas y me clavaba esos ojos brillantes, alternando la mirada entre mi entrepierna y la cara de Dani, totalmente ida en su propio morbo después de la confesión de él.
Dani se dio cuenta al toque. Con la lucidez y la soltura que venía mostrando, vio perfectamente cómo Lorena se humedecía los labios y cómo se relamía con cada descripción que él hacía de lo que había pasado en el living. Dani tomó un sorbo largo de su trago, se inclinó hacia adelante apoyando los codos en la mesa y, con una sonrisa de reojo que era puro desafío, soltó el bombazo sin anestesia:
—Y vos, Lore... ¿por qué tan preguntona? ¿Ya la probaste también?
El ruido del boliche pareció desaparecer por completo en nuestra mesa. Lorena, que siempre tenía una respuesta rápida, canchera y filosa para dejar callado a cualquiera, se congeló con el vaso de cerveza a mitad de camino a la boca. Un volcán de sangre le subió por el cuello de golpe, tiñéndole las mejillas y poniéndola ultra roja, perdiendo por completo el control de la situación.
Al lado de ella, el efecto fue todavía más destructivo: Elena se hundió en el asiento como si quisiera que se la tragara la tierra, con la cara prendida fuego, y se tapó los ojos con las manos en un acto de pura desesperación. El delate fue tan instantáneo, tan brutal y corporativo, que no hizo falta que ninguna de las dos dijera una sola palabra para confirmar la sospecha.
Dani abrió los ojos grandes, pasando la mirada de Lorena a Elena, y después me miró a mí. Una expresión de sorpresa genuina mezclada con una calentura nueva e inesperada le transformó la cara en un segundo.
—No... no me jodas —murmuró Dani, con una risita nerviosa que se le escapó entre los dientes—. Pará, pará. ¿Es en serio? ¿Pasó algo entre ustedes tres?
Elena, sintiendo que la presión en el pecho ya no la dejaba respirar y que la mentira se le desmoronaba en la cara, bajó las manos. Miró a Dani con esos ojos verdes atrapantes, que esta vez estaban vidriosos por los nervios, pero también por el morbo de verse acorralada. Sabía que su novio estaba jugando el juego de la honestidad brutal y que, después de lo suelto que había estado relatando todo, guardarse ese secreto iba a ser peor.
—Dani... gordo, te mentí en algo el otro día cuando volviste del viaje —arrancó Elena con la voz un poco temblorosa, pero cobrando fuerza a medida que soltaba la carga—. ¿Te acordás que te conté que a la mañana siguiente de lo nuestro con él tuvimos que ir a la farmacia por la pastilla? Bueno... apenas dimos unos pasos por la vereda con la bolsita en la mano, nos cruzamos de frente con Lorena.
Lorena largó un suspiro largo, dándose cuenta de que ya no había forma de caretearla, y se recostó en la silla cruzando los brazos, todavía ultra roja pero clavándome la mirada con esa actitud desafiante que nunca perdía.
—Nos sacó la ficha al toque por la cara de dormidos y de haber cogido que teníamos —siguió Elena, mirando fijo a Dani—. Como no queríamos armar una escena en la calle, le pedimos que viniera al apartamento. Apenas entró, vio el living hecho un desastre: la ropa tirada, los almohadones en el piso y el olor a concha y verga que había en el aire. Nos sentamos en la cocina a desayunar y me empezó a tirotear a preguntas con lujo de detalle, quería saber los detalles sucios exactamente igual que recién.
Dani escuchaba sin pestañear, con la respiración contenida, absolutamente fascinado por el relato de su novia.
—¿Y qué pasó en la cocina? —preguntó Dani en un susurro, totalmente atrapado por la historia.
—Pasó que Lore se empezó a calentar con los cuentos de cómo me había dominado y cómo me había hecho acabar. Se levantó de la silla, rodeó la mesa y se me paró atrás, agarrándome de los hombros. Lo miro a el —dijo Elena apuntándome a mi con el dedo— y le dijo en la cara si no sería justo que ella también tuviera su parte del secreto, ya que yo ya estaba metida hasta las manos y vos tenías esa verga gigante. Y yo... yo le dije que estaba bien.
Dani se pasó la mano por la boca, mirando a Lorena, que respiraba agitada mientras asentía con la cabeza, asumiendo su parte.
—Lorena no perdió un segundo, Dani —confesó Elena, soltando el tramo final—. Se le tiró encima ahí mismo, le agarró la remera y se lo comió a besos con unas ganas tremendas. Nos fuimos los tres al cuarto. En la cama, él nos hizo besarnos entre nosotras mientras nos tocaba a las dos, y después nos puso de rodillas al borde de la cama frente a él. Lore abrió los ojos gigantes cuando le vio la verga de frente, dijo que era un hijo de puta de lo gruesa que era, pero se la metió en la boca entera igual, babeándose toda. Después se puso en cuatro al lado mío y le suplicaba que la rompiera toda, que se la metiera entera como me la había metido a mí. Nos garchó a las dos por turnos, Dani... nos cambió de posición un montón de veces y nos terminó acabando en las tetas a las dos juntas mientras nosotras nos tocábamos mirándolo.
La mesa del bar era un hervidero de cables pelados. Dani se quedó callado unos instantes, asimilando el impacto de saber que su mejor amigo de la infancia y su novia no solo habían tenido ese encuentro en el living, sino que habían sumado a la tercera integrante del grupo en una fiesta absoluta en su propia cama. Pero lejos de explotar o de mostrar bronca, los ojos de Dani se encendieron con una intensidad morbosa que superaba todo lo anterior. Miró a Lorena, miró a Elena, y finalmente me clavó la vista a mí con una sonrisa lenta que dejaba en claro que la dinámica de este grupo de estudio acababa de romperse para siempre, abriendo la puerta a un terreno del que ninguno iba a querer volver.

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