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Cuando Elena salió del baño con el pelo mojado y envuelta en una toalla, la atmósfera en el living era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. Cruzamos una última mirada con esos ojos verdes suyos que me quemaban la cabeza, pero no dijimos nada más. Agarré mi campera, me despedí de Dani con un cabeceo incómodo y él me acompañó hasta la puerta.
—Hablamos después, che —me dijo con una palmada en la espalda que se sintió extrañamente firme, como queriendo demostrar que todavía tenía el control de la situación.
Pasaron casi tres semanas clavadas de un silencio raro, pesado y helado. El grupo de WhatsApp de la facultad parecía un cementerio: los mensajes se volvieron puramente funcionales. Todo era «¿Alguien tiene el práctico de Estadística?» o «¿A qué hora suben las notas de Metodología?». Nada de chistes, nada de audios interminables de Lorena jodiendo como siempre. En mis momentos de soledad, la cabeza me estallaba reviviendo cada segundo: la imagen de Elena en cuatro sobre la mesa, el sonido de las nalgadas y a Dani al lado, pajeándose en silencio mientras miraba cómo su mejor amigo le llenaba la novia de leche. Me carcomía la duda de qué carajo hablarían ellos dos cuando se apagaban las luces de su cuarto. ¿Me estarían odiando en secreto o aquello los habría encendido más?
Hasta que a mediados de julio, con el frío del invierno montevideano pegando fuerte, llegó el cumpleaños de Elena. Dani mandó un mensaje general al grupo citándonos a los cuatro en un boliche de Cordón para festejar. Fui con el estómago hecho un nudo.
Cuando llegué al bar, ya estaban los tres sentados en una mesa al fondo, entre cervezas y pizzas. Elena (con su metro sesenta y esa belleza menuda) se veía hermosa, vestida con un saquito que le marcaba bien el escote. Al lado estaba Lorena, mi mejor amiga flaquita con ese culazo que siempre llamaba la atención, mirándome con una sonrisa de pilla que no auguraba nada bueno.
Lorena venía acumulando morbo desde la mañana de la farmacia y el trío que armamos en el cuarto. No iba a dejar pasar la oportunidad de pinchar. Tras los saludos de siempre y un par de tragos para romper el hielo, se acomodó en la silla, cruzó las piernas y lanzó el primer dardo directo a Dani.
—Y bueno, che... ¿cómo viene la vida de pareja? Me enteré por ahí de que anduvieron experimentando con la «relación abierta» —soltó Lorena con una sonrisa pícara, clavándole la mirada—. ¿Qué tal el rendimiento del grupete de estudio? ¿Se reactivó la pasión o siguen necesitando ayuda externa?
Elena casi se ahoga con la cerveza y se puso roja como un tomate, bajando la vista al piso. Yo me quedé congelado con el vaso en la mano, esperando que Dani saltara como un resorte o que el ambiente se fuera al demonio.
Pero Dani ni parpadeó. Dejó su vaso en la mesa, se recostó en la silla con una tranquilidad pasmosa y soltó una risita baja que nos dejó mudos a todos.
—Mirá, Lore, para qué te voy a mentir... al principio me dio un poco de celos, no te lo voy a negar —arrancó Dani, con una soltura y un desparpajo brutales—. Pero la verdad es que la «ayuda externa» fue lo mejor que nos pasó. Si supieras lo bien que se porta este gigante...
Lorena abrió los ojos grandes, totalmente fascinada por la reacción, y se inclinó hacia adelante apoyando los codos en la mesa.
—¡No te lo puedo creer! A ver, Dani, no seas amarrete con los detalles. ¿Tan así fue?
—Me quedé corto —siguió Dani, mirándome fijo a los ojos con una mezcla de orgullo y exhibicionismo que me erizó la piel—
Hace 3 semanas, vino a casa a avanzar con un trabajo de la facu, ninguno lograba concentrarse, y para romper esa tensión le dije, "quiero verlos". Tras unos instantes de duda, este animal la agarró, le sacó la remera y le empezó a chupar las tetas y a comer la concha ahí mismo en el piso hasta hacerla acabar.
—¡Ay, Dani, por favor! —susurró Elena moribunda de la vergüenza, tapándose la cara con las manos, aunque por el movimiento de sus piernas se notaba que se estaba humedeciendo entera ahí mismo.
—Dejala que escuche, si a la Lore le encanta el chisme —la cortó Dani, disfrutando del momento—. Pero lo mejor, Lore, fue en la mesa del comedor. La puso en cuatro, bien de costado para que yo tuviera el mejor ángulo de visión. Te juro que ver cómo esa verga enorme que tiene —que es el doble de la mía, hay que admitirlo— entraba centímetro a centímetro en el cuerpo de Elena, estirándola toda, fue lo más fuerte y excitante que vi en mi vida. La garchó con un ritmo tremendo, le daba unas nalgadas que sonaban en todo el apartamento y la hacía gritar.
Lorena estaba con la boca abierta, respirando agitada, devorando cada palabra de Dani con un morbo que ya no podía disimular.
—¿Y vos qué hiciste? ¿Te quedaste quieto mirando como un boludo? —pinchó Lorena, buscando el límite.
—¿Qué quieto? Me saqué la pija y me arranqué a pajear ahí mismo al lado de ellos, mirando cómo rebotaban las tetas de Elena mientras este la destrozaba —remató Dani como si estuviera contando un gol en la hora—. Al final le pedí que no parara, le acabó bien adentro, la llenó toda de leche y yo me descargué en la mano al mismo tiempo. Una locura hermosa.
El silencio que quedó en la mesa del bar era puro fuego. Elena seguía con la cara escondida, temblando de excitación. Yo miraba a Dani sin poder creer la jugada que acababa de hacer: se había adueñado de la situación desnudando toda la intimidad sin pudor.
Lorena se mordió el labio inferior, mirándome de reojo con esos ojos brillantes. Con Dani tan suelto y excitado con el voyeurismo, el gran secreto del trío que ella había tenido con nosotros dos estaba flotando en el aire, a punto de caramelo, y a Lorena claramente le encantaba el peligro.
Cuando Elena salió del baño con el pelo mojado y envuelta en una toalla, la atmósfera en el living era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. Cruzamos una última mirada con esos ojos verdes suyos que me quemaban la cabeza, pero no dijimos nada más. Agarré mi campera, me despedí de Dani con un cabeceo incómodo y él me acompañó hasta la puerta.
—Hablamos después, che —me dijo con una palmada en la espalda que se sintió extrañamente firme, como queriendo demostrar que todavía tenía el control de la situación.
Pasaron casi tres semanas clavadas de un silencio raro, pesado y helado. El grupo de WhatsApp de la facultad parecía un cementerio: los mensajes se volvieron puramente funcionales. Todo era «¿Alguien tiene el práctico de Estadística?» o «¿A qué hora suben las notas de Metodología?». Nada de chistes, nada de audios interminables de Lorena jodiendo como siempre. En mis momentos de soledad, la cabeza me estallaba reviviendo cada segundo: la imagen de Elena en cuatro sobre la mesa, el sonido de las nalgadas y a Dani al lado, pajeándose en silencio mientras miraba cómo su mejor amigo le llenaba la novia de leche. Me carcomía la duda de qué carajo hablarían ellos dos cuando se apagaban las luces de su cuarto. ¿Me estarían odiando en secreto o aquello los habría encendido más?
Hasta que a mediados de julio, con el frío del invierno montevideano pegando fuerte, llegó el cumpleaños de Elena. Dani mandó un mensaje general al grupo citándonos a los cuatro en un boliche de Cordón para festejar. Fui con el estómago hecho un nudo.
Cuando llegué al bar, ya estaban los tres sentados en una mesa al fondo, entre cervezas y pizzas. Elena (con su metro sesenta y esa belleza menuda) se veía hermosa, vestida con un saquito que le marcaba bien el escote. Al lado estaba Lorena, mi mejor amiga flaquita con ese culazo que siempre llamaba la atención, mirándome con una sonrisa de pilla que no auguraba nada bueno.
Lorena venía acumulando morbo desde la mañana de la farmacia y el trío que armamos en el cuarto. No iba a dejar pasar la oportunidad de pinchar. Tras los saludos de siempre y un par de tragos para romper el hielo, se acomodó en la silla, cruzó las piernas y lanzó el primer dardo directo a Dani.
—Y bueno, che... ¿cómo viene la vida de pareja? Me enteré por ahí de que anduvieron experimentando con la «relación abierta» —soltó Lorena con una sonrisa pícara, clavándole la mirada—. ¿Qué tal el rendimiento del grupete de estudio? ¿Se reactivó la pasión o siguen necesitando ayuda externa?
Elena casi se ahoga con la cerveza y se puso roja como un tomate, bajando la vista al piso. Yo me quedé congelado con el vaso en la mano, esperando que Dani saltara como un resorte o que el ambiente se fuera al demonio.
Pero Dani ni parpadeó. Dejó su vaso en la mesa, se recostó en la silla con una tranquilidad pasmosa y soltó una risita baja que nos dejó mudos a todos.
—Mirá, Lore, para qué te voy a mentir... al principio me dio un poco de celos, no te lo voy a negar —arrancó Dani, con una soltura y un desparpajo brutales—. Pero la verdad es que la «ayuda externa» fue lo mejor que nos pasó. Si supieras lo bien que se porta este gigante...
Lorena abrió los ojos grandes, totalmente fascinada por la reacción, y se inclinó hacia adelante apoyando los codos en la mesa.
—¡No te lo puedo creer! A ver, Dani, no seas amarrete con los detalles. ¿Tan así fue?
—Me quedé corto —siguió Dani, mirándome fijo a los ojos con una mezcla de orgullo y exhibicionismo que me erizó la piel—
Hace 3 semanas, vino a casa a avanzar con un trabajo de la facu, ninguno lograba concentrarse, y para romper esa tensión le dije, "quiero verlos". Tras unos instantes de duda, este animal la agarró, le sacó la remera y le empezó a chupar las tetas y a comer la concha ahí mismo en el piso hasta hacerla acabar.
—¡Ay, Dani, por favor! —susurró Elena moribunda de la vergüenza, tapándose la cara con las manos, aunque por el movimiento de sus piernas se notaba que se estaba humedeciendo entera ahí mismo.
—Dejala que escuche, si a la Lore le encanta el chisme —la cortó Dani, disfrutando del momento—. Pero lo mejor, Lore, fue en la mesa del comedor. La puso en cuatro, bien de costado para que yo tuviera el mejor ángulo de visión. Te juro que ver cómo esa verga enorme que tiene —que es el doble de la mía, hay que admitirlo— entraba centímetro a centímetro en el cuerpo de Elena, estirándola toda, fue lo más fuerte y excitante que vi en mi vida. La garchó con un ritmo tremendo, le daba unas nalgadas que sonaban en todo el apartamento y la hacía gritar.
Lorena estaba con la boca abierta, respirando agitada, devorando cada palabra de Dani con un morbo que ya no podía disimular.
—¿Y vos qué hiciste? ¿Te quedaste quieto mirando como un boludo? —pinchó Lorena, buscando el límite.
—¿Qué quieto? Me saqué la pija y me arranqué a pajear ahí mismo al lado de ellos, mirando cómo rebotaban las tetas de Elena mientras este la destrozaba —remató Dani como si estuviera contando un gol en la hora—. Al final le pedí que no parara, le acabó bien adentro, la llenó toda de leche y yo me descargué en la mano al mismo tiempo. Una locura hermosa.
El silencio que quedó en la mesa del bar era puro fuego. Elena seguía con la cara escondida, temblando de excitación. Yo miraba a Dani sin poder creer la jugada que acababa de hacer: se había adueñado de la situación desnudando toda la intimidad sin pudor.
Lorena se mordió el labio inferior, mirándome de reojo con esos ojos brillantes. Con Dani tan suelto y excitado con el voyeurismo, el gran secreto del trío que ella había tenido con nosotros dos estaba flotando en el aire, a punto de caramelo, y a Lorena claramente le encantaba el peligro.
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