Martina y yo nos conocimos en una fiesta en la casa de un amigo en común. Ella era imposible de ignorar: alta, con el pelo largo y castaño cayéndole por la espalda, lentes que le daban un toque intelectual sexy, y un cuerpo que parecía hecho para volver loco a cualquiera. Esa noche solo cruzamos miradas y alguna que otra sonrisa, pero dos semanas después empezó a escribirme.
Las conversaciones subieron de tono rápido. Fotos provocativas, audios con voz ronca, hasta que una noche me invitó a su departamento.
Llegué y apenas cerré la puerta detrás de mí, ya estaba encima. Me empujó contra la pared del pasillo y me besó con desesperación.
—Matías… no sabés las ganas que tenía de tenerte acá —susurró contra mi boca, mordiéndome el labio.
Le respondí el beso con la misma intensidad, bajando las manos por su cintura hasta agarrarle el culo firme. Llevaba la misma ropa de la foto que me había mandado: la top blanca ajustada que apenas contenía sus tetas grandes y la falda corta de lentejuelas.
La levanté en el aire y la llevé hasta el sofá. La senté y me arrodillé entre sus piernas. Le subí la falda y descubrí que no tenía bragas. Su coño ya estaba brillante de humedad.
—Qué puta estás —le dije sonriendo.
—Solo para vos —respondió ella, abriendo más las piernas—. Probame.
Bajé la boca y empecé a lamerla despacio, disfrutando su sabor. Martina gemía y movía las caderas contra mi cara.
—Así… chupame el clítoris —pidió—. Meteme la lengua adentro.
Hice exactamente lo que quería. La penetré con la lengua mientras le frotaba el clítoris con el pulgar. Ella se retorcía de placer, agarrándome del pelo.
—Matías… me vas a hacer acabar ya… no pares, por favor.
Aceleré y metí dos dedos dentro de ella, follándola fuerte con la boca y la mano. Martina se corrió con un gemido largo y tembloroso, inundándome la cara con sus jugos.
Sin darle tiempo, me paré, me bajé los pantalones y saqué mi verga dura. Ella la miró con deseo.
—Quiero que me folles fuerte —dijo, mirándome a los ojos.
La puse de cuatro en el sofá y la penetré de una sola vez hasta el fondo. Estaba tan mojada y apretada que gruñí de placer.
—Joder, Martina… tu coño es perfecto.
—Dame duro —suplicó ella, empujando hacia atrás—. Quiero sentir cada centímetro. Usame.
Empecé a embestir con fuerza, agarrándola de las caderas. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Le di varias nalgadas fuertes mientras la cogía.
—Más… tirame del pelo —pidió.
Agarré su melena larga y tiré de ella mientras aceleraba el ritmo. Sus tetas se balanceaban con cada embestida.
—Sos mi zorra favorita —le dije entre jadeos.
—Y vos mi macho —respondió gimiendo—. No pares de cogerme… quiero que me llenes toda.
La cambié de posición, la puse boca arriba con las piernas en mis hombros y la penetré aún más profundo. Así podía mirarla a la cara mientras la follaba.
—Mirame —le ordené—. Quiero verte la cara mientras te destrozo el coño.
Martina tenía los lentes torcidos, la boca abierta y los ojos vidriosos de placer.
—Me estás rompiendo… me encanta —gemía—. Siento tu verga tan adentro… voy a correrme otra vez.
Le apreté las tetas con fuerza mientras la penetraba sin piedad. Ella se corrió por segunda vez, apretándome la verga con espasmos.
—Ahora te voy a llenar —avisé.
—Adentro todo, Matías —suplicó—. Quiero sentir tu leche caliente dentro mío.
Me corrí con fuerza, descargando chorros profundos dentro de su coño. Cuando terminé, me quedé unos segundos dentro de ella, besándola suave.
Pero eso solo fue el principio.
Después de recuperarnos un poco, la llevé a la cama. Allí pasamos horas. La cogí en misionero lento y profundo, hablando sucio todo el tiempo:
—¿Te gusta sentirme así de adentro? —le preguntaba mientras entraba y salía despacio.
—Me vuelve loca… sos tan grueso —respondía ella, rodeándome la cintura con las piernas—. Quiero que me folles todos los días.
Luego la puse a cabalgarme. Martina subía y bajaba con fuerza, sus tetas rebotando frente a mi cara mientras yo se las chupaba.
—Decime lo que querés —le pedí.
—Quiero que me uses como tu puta personal —jadeó, moviéndose más rápido—. Quiero que me cojas el culo también más tarde…
La noche siguió entre rondas intensas: contra la pared, en la ducha donde la follé mientras el agua caía sobre nosotros, y otra vez en la cama donde la hice correrse con la boca después de correrme yo dentro de ella.
Al final, exhaustos y abrazados, Martina me besó el cuello y susurró:
—Esto no fue solo una noche, ¿verdad, Matí?
—Para nada —respondí, apretándola contra mí—. Ahora que probé este cuerpo, no pienso soltarte.
Y así empezó lo nuestro: una relación llena de deseo, complicidad y sexo salvaje casi todas las veces que nos veíamos. Cada encuentro era más intenso que el anterior.


Las conversaciones subieron de tono rápido. Fotos provocativas, audios con voz ronca, hasta que una noche me invitó a su departamento.
Llegué y apenas cerré la puerta detrás de mí, ya estaba encima. Me empujó contra la pared del pasillo y me besó con desesperación.
—Matías… no sabés las ganas que tenía de tenerte acá —susurró contra mi boca, mordiéndome el labio.
Le respondí el beso con la misma intensidad, bajando las manos por su cintura hasta agarrarle el culo firme. Llevaba la misma ropa de la foto que me había mandado: la top blanca ajustada que apenas contenía sus tetas grandes y la falda corta de lentejuelas.
La levanté en el aire y la llevé hasta el sofá. La senté y me arrodillé entre sus piernas. Le subí la falda y descubrí que no tenía bragas. Su coño ya estaba brillante de humedad.
—Qué puta estás —le dije sonriendo.
—Solo para vos —respondió ella, abriendo más las piernas—. Probame.
Bajé la boca y empecé a lamerla despacio, disfrutando su sabor. Martina gemía y movía las caderas contra mi cara.
—Así… chupame el clítoris —pidió—. Meteme la lengua adentro.
Hice exactamente lo que quería. La penetré con la lengua mientras le frotaba el clítoris con el pulgar. Ella se retorcía de placer, agarrándome del pelo.
—Matías… me vas a hacer acabar ya… no pares, por favor.
Aceleré y metí dos dedos dentro de ella, follándola fuerte con la boca y la mano. Martina se corrió con un gemido largo y tembloroso, inundándome la cara con sus jugos.
Sin darle tiempo, me paré, me bajé los pantalones y saqué mi verga dura. Ella la miró con deseo.
—Quiero que me folles fuerte —dijo, mirándome a los ojos.
La puse de cuatro en el sofá y la penetré de una sola vez hasta el fondo. Estaba tan mojada y apretada que gruñí de placer.
—Joder, Martina… tu coño es perfecto.
—Dame duro —suplicó ella, empujando hacia atrás—. Quiero sentir cada centímetro. Usame.
Empecé a embestir con fuerza, agarrándola de las caderas. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Le di varias nalgadas fuertes mientras la cogía.
—Más… tirame del pelo —pidió.
Agarré su melena larga y tiré de ella mientras aceleraba el ritmo. Sus tetas se balanceaban con cada embestida.
—Sos mi zorra favorita —le dije entre jadeos.
—Y vos mi macho —respondió gimiendo—. No pares de cogerme… quiero que me llenes toda.
La cambié de posición, la puse boca arriba con las piernas en mis hombros y la penetré aún más profundo. Así podía mirarla a la cara mientras la follaba.
—Mirame —le ordené—. Quiero verte la cara mientras te destrozo el coño.
Martina tenía los lentes torcidos, la boca abierta y los ojos vidriosos de placer.
—Me estás rompiendo… me encanta —gemía—. Siento tu verga tan adentro… voy a correrme otra vez.
Le apreté las tetas con fuerza mientras la penetraba sin piedad. Ella se corrió por segunda vez, apretándome la verga con espasmos.
—Ahora te voy a llenar —avisé.
—Adentro todo, Matías —suplicó—. Quiero sentir tu leche caliente dentro mío.
Me corrí con fuerza, descargando chorros profundos dentro de su coño. Cuando terminé, me quedé unos segundos dentro de ella, besándola suave.
Pero eso solo fue el principio.
Después de recuperarnos un poco, la llevé a la cama. Allí pasamos horas. La cogí en misionero lento y profundo, hablando sucio todo el tiempo:
—¿Te gusta sentirme así de adentro? —le preguntaba mientras entraba y salía despacio.
—Me vuelve loca… sos tan grueso —respondía ella, rodeándome la cintura con las piernas—. Quiero que me folles todos los días.
Luego la puse a cabalgarme. Martina subía y bajaba con fuerza, sus tetas rebotando frente a mi cara mientras yo se las chupaba.
—Decime lo que querés —le pedí.
—Quiero que me uses como tu puta personal —jadeó, moviéndose más rápido—. Quiero que me cojas el culo también más tarde…
La noche siguió entre rondas intensas: contra la pared, en la ducha donde la follé mientras el agua caía sobre nosotros, y otra vez en la cama donde la hice correrse con la boca después de correrme yo dentro de ella.
Al final, exhaustos y abrazados, Martina me besó el cuello y susurró:
—Esto no fue solo una noche, ¿verdad, Matí?
—Para nada —respondí, apretándola contra mí—. Ahora que probé este cuerpo, no pienso soltarte.
Y así empezó lo nuestro: una relación llena de deseo, complicidad y sexo salvaje casi todas las veces que nos veíamos. Cada encuentro era más intenso que el anterior.


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