Marcos se incorporó del sofá con un bostezo prolongado, estirando los brazos por encima de la cabeza mientras su pija, todavía brillante y semi-erguida, descansaba contra su muslo. Sofía levantó la mirada desde el suelo, los labios hinchados y el mentón brillante, como una perra esperando instrucciones. Él le extendió la mano.
—Vamos a la cama —dijo sin mirarme—. Tú te quedas aquí.
No era una sugerencia. Me quedé de pie en el umbral de la sala mientras Marcos guiaba a Sofía por el pasillo, su mano grande apoyada en la curva baja de su espalda, los pies de ella resonando contra el parqué. La puerta de la habitación —nuestra habitación, la que había compartido con Sofía durante tres años— se cerró con un clic suave.
El sofá olía a ella. A su perfume, a su sudor, a la saliva que había dejado en la tela de la funda. Me senté con cuidado, la erección todavía empujando contra la bragueta, y apoyé la cabeza en el cojín que conservaba la huella de Marcos. El primer gemido llegó antes de que encontrara una posición cómoda.
Fue largo. Un sonido agudo, sostenido, que se cortó de golpe y volvió a subir. Después otro. Y otro. La voz de Sofía atravesaba las paredes como si no existieran, como si la puerta fuera de papel.
—Sí, sí, así, así, ME PARTES EN DOS—
Me quedé quieto. Los minutos se convirtieron en media hora, la media hora en una hora. Mi mano bajó al pantalón sin que lo decidiera. La escuché decir su nombre, gritarlo, repetirlo como una letanía rota.
—Tu verga, tu verga, tu verga, la amo, la amo, DIOS—
Me corrí en los calzoncillos antes de darme cuenta. Me limpié con el borde de la camiseta, me quedé respirando el olor a sexo que se filtraba bajo la puerta. Una hora más. Volví a tocarme. Me corrí otra vez, esta vez en el borde de la funda del sofá, con los ojos cerrados y los dientes apretados. La voz de Sofía no se detuvo. Ni un segundo.
Cuando llevaba tres horas, ya había corrido cuatro veces. La mano me dolía, el glande estaba sensible y rojo, y todavía la escuchaba.
—Más fuerte, más fuerte, ROMPEME—
Me levanté. Las piernas me temblaban. Caminé por el pasillo descalzo, los pies fríos contra el suelo, y la puerta estaba entreabierta. La luz de la mesita de noche les daba en la espalda a ambos. Sofía estaba a cuatro patas sobre el colchón, las rodillas hundidas en la sábana revuelta, el vestido enrollado en la cintura como una soga. Marcos la tomaba de las caderas con ambas manos, los dedos hundidos en la carne blanca, y la taladraba con embestidas largas y lentas que hacían que todo el colchón se desplazara. El sonido de piel contra piel era húmedo, pesado, casi obsceno. El coño de Sofía, rosado e hinchado, se tragaba cada centímetro de esa verga enorme con un chasquido audible, y el clítoris brillaba con su propio líquido.
—Ahí, ahí, ahí, no pares, no pares—
Los ojos de Marcos encontraron los míos. No se detuvo. Me sostuvo la mirada mientras embestía, ladeando la boca.
Entré un paso más. Sofía no me vio. Se apartó de golpe, giró sobre sí misma y empujó a Marcos contra el respaldo de la cama. Él se sentó con la espalda contra la pared, la pija empinada y vibrando, y ella se montó sobre él, tomándolo de los hombros. Bajó de golpe. Los dos jadearon. Ella empezó a cabalgar con una furia que hacía rebotar sus tetas contra el pecho de él, el sonido de sus cuerpos chocando cada vez más rápido, más fuerte.
—Así, así, así—
Y entonces bajó el ritmo. Sus caderas se volvieron lentas, circulares, y ella lo miró a los ojos. Marcos la tomó del mentón. Se besaron. No era un beso de follando. Era un beso largo, con lengua, con los ojos cerrados, con las manos de ella subiendo por el cuello de él y los dedos de él acariciando su mejilla como si fuera algo frágil. Ella seguía cabalgando, lento, profundo, y se besaban como si yo no existiera.
—Vente conmigo —susurró ella contra su boca—. Vente conmigo, vente conmigo...
Marcos la agarró de las caderas con ambas manos y la empujó hacia abajo al mismo tiempo que arqueaba la espalda. Sofía abrió la boca y el grito que salió de su garganta fue algo que nunca había escuchado. Fue animal, roto, un sonido que no tenía palabras. Todo su cuerpo se convulsionó, los músculos del abdomen tensos como cuerdas, las piernas temblando, y Marcos gruñó con los dientes apretados, viniéndose dentro de ella mientras la sostenía contra su pecho.
Me corrí en la mano. Sin tocarme, sin apenas rozarme. El semen cayó tibio sobre los dedos y la palma, y me quedé paralizado en el umbral.
Marcos abrió los ojos. Me miró. Bajó la mirada a mi mano.
—Tragátelo —dijo.
Me llevé la mano a la boca. El sabor salado y tibio me llenó la lengua. Tragué. Marcos sonrió y volvió a besar el cuello de Sofía.
—Vamos a la cama —dijo sin mirarme—. Tú te quedas aquí.
No era una sugerencia. Me quedé de pie en el umbral de la sala mientras Marcos guiaba a Sofía por el pasillo, su mano grande apoyada en la curva baja de su espalda, los pies de ella resonando contra el parqué. La puerta de la habitación —nuestra habitación, la que había compartido con Sofía durante tres años— se cerró con un clic suave.
El sofá olía a ella. A su perfume, a su sudor, a la saliva que había dejado en la tela de la funda. Me senté con cuidado, la erección todavía empujando contra la bragueta, y apoyé la cabeza en el cojín que conservaba la huella de Marcos. El primer gemido llegó antes de que encontrara una posición cómoda.
Fue largo. Un sonido agudo, sostenido, que se cortó de golpe y volvió a subir. Después otro. Y otro. La voz de Sofía atravesaba las paredes como si no existieran, como si la puerta fuera de papel.
—Sí, sí, así, así, ME PARTES EN DOS—
Me quedé quieto. Los minutos se convirtieron en media hora, la media hora en una hora. Mi mano bajó al pantalón sin que lo decidiera. La escuché decir su nombre, gritarlo, repetirlo como una letanía rota.
—Tu verga, tu verga, tu verga, la amo, la amo, DIOS—
Me corrí en los calzoncillos antes de darme cuenta. Me limpié con el borde de la camiseta, me quedé respirando el olor a sexo que se filtraba bajo la puerta. Una hora más. Volví a tocarme. Me corrí otra vez, esta vez en el borde de la funda del sofá, con los ojos cerrados y los dientes apretados. La voz de Sofía no se detuvo. Ni un segundo.
Cuando llevaba tres horas, ya había corrido cuatro veces. La mano me dolía, el glande estaba sensible y rojo, y todavía la escuchaba.
—Más fuerte, más fuerte, ROMPEME—
Me levanté. Las piernas me temblaban. Caminé por el pasillo descalzo, los pies fríos contra el suelo, y la puerta estaba entreabierta. La luz de la mesita de noche les daba en la espalda a ambos. Sofía estaba a cuatro patas sobre el colchón, las rodillas hundidas en la sábana revuelta, el vestido enrollado en la cintura como una soga. Marcos la tomaba de las caderas con ambas manos, los dedos hundidos en la carne blanca, y la taladraba con embestidas largas y lentas que hacían que todo el colchón se desplazara. El sonido de piel contra piel era húmedo, pesado, casi obsceno. El coño de Sofía, rosado e hinchado, se tragaba cada centímetro de esa verga enorme con un chasquido audible, y el clítoris brillaba con su propio líquido.
—Ahí, ahí, ahí, no pares, no pares—
Los ojos de Marcos encontraron los míos. No se detuvo. Me sostuvo la mirada mientras embestía, ladeando la boca.
Entré un paso más. Sofía no me vio. Se apartó de golpe, giró sobre sí misma y empujó a Marcos contra el respaldo de la cama. Él se sentó con la espalda contra la pared, la pija empinada y vibrando, y ella se montó sobre él, tomándolo de los hombros. Bajó de golpe. Los dos jadearon. Ella empezó a cabalgar con una furia que hacía rebotar sus tetas contra el pecho de él, el sonido de sus cuerpos chocando cada vez más rápido, más fuerte.
—Así, así, así—
Y entonces bajó el ritmo. Sus caderas se volvieron lentas, circulares, y ella lo miró a los ojos. Marcos la tomó del mentón. Se besaron. No era un beso de follando. Era un beso largo, con lengua, con los ojos cerrados, con las manos de ella subiendo por el cuello de él y los dedos de él acariciando su mejilla como si fuera algo frágil. Ella seguía cabalgando, lento, profundo, y se besaban como si yo no existiera.
—Vente conmigo —susurró ella contra su boca—. Vente conmigo, vente conmigo...
Marcos la agarró de las caderas con ambas manos y la empujó hacia abajo al mismo tiempo que arqueaba la espalda. Sofía abrió la boca y el grito que salió de su garganta fue algo que nunca había escuchado. Fue animal, roto, un sonido que no tenía palabras. Todo su cuerpo se convulsionó, los músculos del abdomen tensos como cuerdas, las piernas temblando, y Marcos gruñó con los dientes apretados, viniéndose dentro de ella mientras la sostenía contra su pecho.
Me corrí en la mano. Sin tocarme, sin apenas rozarme. El semen cayó tibio sobre los dedos y la palma, y me quedé paralizado en el umbral.
Marcos abrió los ojos. Me miró. Bajó la mirada a mi mano.
—Tragátelo —dijo.
Me llevé la mano a la boca. El sabor salado y tibio me llenó la lengua. Tragué. Marcos sonrió y volvió a besar el cuello de Sofía.
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